El honor y exaltación de todo ser existente dependen de causas y circunstancias.
La excelencia, el ornato y la perfección de la tierra radican en el verdor y fertilidad que se consiguen merced a las nubes de primavera. Las plantas crecen, las flores y hierbas fragantes se desarrollan, los árboles frutales se cargan de flores y brindan frutos frescos y nuevos. Los jardines se embellecen, las praderas se adornan; las montañas y planicies se revisten de verde manto; jardines y campos, aldeas y ciudades se engalanan. Así es la prosperidad del mundo mineral.
La cima de la exaltación y la perfección del mundo vegetal consisten en que el árbol prospere en la ribera de un arroyo de agua fresca, que sea mecido por la brisa, que reciba el calor del sol que brilla sobre él, que sea cultivado por un jardinero y que cada día se desarrolle y dé frutos. Pero su verdadera prosperidad estriba en que progrese dentro de los mundos animal y humano, y reemplace lo que se ha agotado en los cuerpos de los animales y de los hombres.
La exaltación del mundo animal consiste en la posesión de miembros, órganos y facultades perfectos cuyas necesidades todas sean satisfechas. Ésa es su mayor gloria, su honor y enaltecimiento. De modo que la suprema felicidad de un animal es poseer una pradera verde y fértil, una corriente de agua completamente pura, y un bosque bello y frondoso. Si tales cosas le son proporcionadas, no puede imaginarse mayor bienestar. La felicidad completa del pájaro, por ejemplo, radica en encontrar agua, grano y cuanto precise, y en poder construir su nido en un bosque verde y frondoso, en un lugar bello y elevado, en un árbol robusto, encaramado a lo alto de una rama elevada.
Pero la verdadera prosperidad para el animal consiste en pasar del mundo animal al mundo humano, al igual que lo hacen los seres microscópicos que, transmitiéndose por el agua y el aire, penetran en el hombre, son asimilados y reemplazan los elementos ya consumidos. Tal es el gran honor y la prosperidad del mundo animal; mayor honor que éste no es concebible.
Por tanto, es claro y evidente que la fortuna, bienestar, y abundancia material descritos hacen la felicidad completa de minerales, vegetales y animales. No existen en el mundo material, fortuna, riqueza, bienestar ni descanso que puedan igualarse con la riqueza de un pájaro. La extensión toda de estas llanuras y montañas constituyen su morada; todos los granos y miases son su alimento y riqueza; todas las tierras, aldeas, praderas, bosques y eriales son su propiedad. ¿Quién es más rico, el pájaro o el hombre más acaudalado? Pues, por más granos que aquél consuma o esparza, su prosperidad no decrece.
Salta a la vista, entonces, que el honor y la exaltación del hombre han de reposar sobre algo más que sobre las riquezas materiales. A decir verdad, el bienestar material no es más que una rama. Sin embargo, la raíz de la exaltación del hombre radica en las virtudes y cualidades nobles, que son el ornamento de su realidad. Tales son las manifestaciones divinas, las gracias celestiales, los sentimientos sublimes, el amor y el conocimiento de Dios, la sabiduría universal, la percepción intelectual, los descubrimientos científicos, la justicia, la equidad, la veracidad, la benevolencia, la valentía natural y la entereza innata, el respeto por los derechos, el cumplimiento de pactos y acuerdos, la rectitud en todas las circunstancias, el servicio incondicional de la verdad, el sacrificio de la propia vida por el bien de los demás, la bondad y aprecio hacia todas las naciones, la obediencia a las enseñanzas de Dios, el servicio en el Reino Divino, la guía de los pueblos y la educación de las naciones y razas ¡Tal es la prosperidad del mundo humano! ¡Tal es la exaltación del hombre en el mundo! ¡Tal es la vida eterna y el honor celestial!
Virtudes semejantes no surgen de la realidad del hombre sino mediante el poder de Dios y de las enseñanzas divinas, pues éstas requieren un poder sobrenatural que las manifieste. Quizá en la naturaleza suelan aparecer algunos rasgos de dichas virtudes, pero, al igual que los rayos del sol reflejados en una pared, no son estables ni constantes.
Ya que el Dios compasivo ha puesto una corona encantadora sobre la cabeza del hombre, éste debería esforzarse porque el brillo de sus gemas se vuelva visible en el mundo. (Abdu'l-Baha, Contestación a unas preguntas)