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La felicidad es un estado, una condición espiritual - Las virtudes y Sentimientos humanos

(1 opiniones)
Curso gratis creado por Jesús Rafael Gonzaléz García
04 de Noviembre de 2007

5 - Las virtudes y Sentimientos humanos

Dijo 'Abdu'l-Bahá:
Todos vosotros deberíais sentiros felices y agradecidos a Dios por el gran privilegio que os ha concedido.
Ésta es una reunión enteramente espiritual. Alabado sea Dios, vuestros corazones están vueltos hacia Él, vuestras almas son atraídas hacia el Reino, tenéis aspiraciones espirituales, y vuestros pensamientos se remontan sobre el mundo del polvo.
Pertenecéis al mundo de la pureza, y no os conformáis con vivir la vida de los animales, empleando vuestros días en comer, beber y dormir. ¡En verdad, sois humanos! Vuestros pensamientos y ambiciones están dispuestos para adquirir la perfección humana. Vivís para hacer el bien y llevar la felicidad a otros. Vuestro mayor anhelo es confortar a aquellos que sufren, fortalecer al débil, y llevar confianza al alma desesperada. Día y noche vuestros pensamientos se dirigen hacia el Reino, y vuestros corazones están plenos del Amor de Dios.
Por ello, no conocéis ni la aversión, ni la antipatía, ni el odio, por cuanto toda criatura viviente os es querida, y buscáis el bien de cada una.
Éstas son virtudes y sentimientos humanos perfectos. Si una persona no tiene ninguno de ellos, sería preferible que dejara de existir. Si una lámpara ha cesado de brindar luz, mejor sería destruirla. Si un árbol no produce fruto, debería ser derribado, pues sólo estorba en el suelo.
En verdad, es mil veces preferible para una persona morir que continuar viviendo sin virtud.
Tenemos ojos para ver pero, si no los usamos, ¿de qué nos sirve tenerlos? Tenemos oídos para oír pero, si somos sordos, ¿de qué nos sirve tenerlos?
Tenemos una lengua para alabar a Dios y proclamar las buenas nuevas pero, si permanecemos mudos, ¡cuán inútil es tenerla!
El Todo amoroso Dios creó al ser humano para que irradiara la Luz Divina e iluminase al mundo con sus palabras, sus acciones y su vida. Si no tiene virtud no será mejor que un simple animal, y una criatura carente de inteligencia es una cosa vil.
El Padre Celestial dio al ser humano el inapreciable don de la inteligencia, para que pudiera convertirse en una luz espiritual, penetrando la oscuridad de la materialidad, y llevando benevolencia y verdad al mundo. Si vosotros seguís con ahínco las enseñanzas de Bahá'u'lláh, sin duda os transformaréis en la luz del mundo, el consuelo y la ayuda de la humanidad, y la fuente de salvación para el universo entero. Esforzaos entonces, con alma y corazón, por seguir los preceptos de la Bendita Perfección, y podéis estar seguros que si lográis vivir la vida que Él os ha señalado, la vida eterna y la felicidad perpetua en el Reino Divino serán vuestras, y todos vuestros días os será enviado el sustento celestial para fortaleceros.
¡Es mi más sincera oración que cada uno de vosotros pueda alcanzar esta felicidad perfecta! (Abdu'l-Baha, LA SABIDURIA DE 'ABDU'L-BAHA)

El amor es el único medio que garantiza, asegura la felicidad:
Sabe con certeza que el Amor es el secreto de la sagrada Dispensación de Dios, la manifestación del Todo misericordioso, la fuente de las efusiones espirituales. El Amor es la bondadosa luz del cielo, el eterno hálito del Espíritu Santo que vivifica el alma humana. El Amor es la causa de la revelación de Dios al hombre, el vínculo vital que, de acuerdo con la creación divina, es inherente a las realidades de las cosas. El Amor es el único medio que asegura la verdadera felicidad, tanto en este mundo como en el venidero. El Amor es la luz que guía en la oscuridad, el eslabón viviente que une a Dios con el hombre, que confirma el progreso de toda alma iluminada. El amor es la más grande ley que rige este potente y celestial ciclo, el único poder que une los diversos elementos de este mundo material, la suprema fuerza magnética que dirige los movimientos de las esferas en los dominios celestiales. El Amor revela con infalible e ilimitado poder los misterios latentes en el universo. El Amor es el espíritu de vida para el ataviado cuerpo de la humanidad, el fundador de la verdadera civilización en este mundo mortal, y el derramador de imperecedera gloria sobre toda raza y toda nación altruista.
Cualquier pueblo que sea benevolentemente favorecido por Dios con él, ciertamente, su nombre será magnificado y enaltecido por el Concurso en lo alto, y por la compañía de los ángeles, y por los habitantes del Reino de Abhá. Y cualquier pueblo que aparte su corazón de este Amor Divino -la revelación del Misericordioso- errará gravemente, caerá en la desesperación, y será totalmente destruido. A ese pueblo le será negado todo refugio, llegará a ser hasta como las más viles criaturas de la tierra, víctima de la degradación y la vergüenza.
¡Oh vosotros, amados del Señor! Esforzaos por llegar a ser las manifestaciones del amor de Dios, las lámparas de guía divina brillando en medio de los linajes de la tierra, con la luz del amor y la concordia.
¡Todas las salutaciones sean para los reveladores de esta gloriosa luz! (Abdu'l-Baha, Selección de los Escritos)
Las religiones divinas deben ser la causa de unión entre los hombres, y el instrumento de amor y unidad; deben promulgar la paz universal, liberar al hombre de todo prejuicio, conferir alegría y felicidad, practicar la bondad hacia todos los hombres, y suprimir toda diferencia y distinción. Tal como dice Bahá'u'lláh dirigiéndose al mundo de la humanidad: "¡Oh pueblo! Sois los frutos de un solo árbol y las hojas de una misma rama". A lo sumo se trata de que algunas almas son ignorantes y deben ser educadas; algunos están enfermos y deben ser sanados; algunos son todavía de tierna edad, y se les debe ayudar a alcanzar la madurez, y debe mostrárseles la mayor bondad. Esta es la conducta del pueblo de Bahá.
Espero que tus hermanos y hermanas lleguen todos a ser los bienquerientes del mundo de la humanidad. (Abdu'l-Baha, Selección de los Escritos).

EL LLAMADO DE LA CIVILIZACIÓN DEL PROGRESO DEL MUNDO MATERIAL. Y EL LLAMADO DE DIOS, QUE CONMUEVE EL ALMA:

Abdu'l-Bahá subraya que el desarrollo del mundo físico y la felicidad de la humanidad dependen tanto de la "llamada de la civilización, del progreso del mundo material" como de la "llamada de Dios que conmueve el alma, cuyas enseñanzas espirituales son la salvaguardia de la gloria imperecedera, la felicidad eterna y la iluminación del mundo de la humanidad"; Él afirma:

¡Oh vosotros, Concurso del Reino de Abhá! Desde las alturas de la felicidad de la humanidad se elevan dos llamados al éxito y la prosperidad, despertando a los somnolientos, concediendo vista a los ciegos, haciendo que los descuidados se vuelvan atentos, confiriendo oído a los sordos, desatando la lengua a los mudos, y resucitando a los muertos.
Uno es el llamado de la civilización, del progreso del mundo material. Pertenece al mundo de los fenómenos, promueve los principios de la realización material, y es el maestro en los logros físicos del género humano. Comprende las leyes, las ordenanzas, las artes y ciencias mediante las cuales el mundo de la humanidad se ha desarrollado; las leyes y ordenanzas que son el fruto de elevados ideales y el resultado de las mentes sanas, y que han ingresado al ruedo de la existencia a través de los esfuerzos de los sabios y cultos del pasado y de épocas posteriores. El poder ejecutor y los propagados de este llamado es el gobierno justo.
El otro es el llamado de Dios, que conmueve el alma, cuyas enseñanzas espirituales están protegidas por la gloria sempiterna, la felicidad eterna y la iluminación del mundo de la humanidad, y hacen que sean revelados los atributos de la misericordia en el mundo humano y en la vida del más allá.
Este segundo llamado está basado en las instrucciones y exhortaciones del Señor, y en las amonestaciones y emociones altruistas, pertenecientes al dominio de la moralidad, las cuales, al igual que una luz brillante, alumbran e iluminan la lámpara de las realidades del género humano. Su penetrante poder es la Palabra de Dios.
No obstante, mientras los avances materiales, los logros físicos y las virtudes humanas no sean fortalecidos por las perfecciones espirituales, las cualidades brillantes y las características de la misericordia, no saldrá de ellos ningún fruto ni resultado, ni se logrará la felicidad del mundo de la humanidad, lo cual es el objetivo final. Pues aunque, por una parte, los logros materiales y el desarrollo del mundo físico producen prosperidad, lo cual manifiesta exquisitamente sus deseados fines, por otra parte, los peligros, las severas calamidades y las violentas aflicciones son inminentes.
En consecuencia, cuando observas el ordenado diseño de los reinos, de las ciudades y aldeas, con el atractivo de sus ornamentos, con la frescura de sus recursos naturales, el refinamiento de sus dispositivos, la comodidad de sus medios de transporte, la extensión del conocimiento disponible referente al mundo de la naturaleza, las grandes invenciones, los colosales emprendimientos, los nobles descubrimientos e investigaciones científicas, has de concluir que la civilización conduce a la felicidad y al progreso del mundo humano. Mas si vuelves tu mirada al descubrimiento de máquinas destructivas e infernales, al desarrollo de las fuerzas de demolición y la invención de implementos ígneos, los cuales arrancan de raíz al árbol de la vida, se te hará evidente y manifiesto que la civilización está conjurada con la barbarie. El progreso y la barbarie marchan de la mano, a menos que la civilización material sea confirmada por la Guía Divina, por las revelaciones del Todo misericordioso y por virtudes divinas, y sea vigorizada por la conducta espiritual, por los ideales del Reino y las efusiones del Dominio del Poder.
Considera ahora que los países más avanzados y civilizados del mundo se han transformado en arsenales de explosivos, que los continentes del globo han sido convertidos en gigantescos campamentos y campos de batalla, que los pueblos del mundo se han transformado en naciones armadas, y que los gobiernos del mundo compiten unos con otros en dar el primer paso por entrar en el campo de la matanza y el derramamientos de sangre, sometiendo así al género humano al mayor grado de aflicción.
Por tanto, esta civilización y progreso material deben combinarse con la Más Grande Guía, a fin de que este mundo inferior llegue a ser el escenario de la aparición de las dádivas del Reino, y los avances físicos se unan con las efulgencias del Misericordioso. Ello, para que la belleza y la perfección del mundo del hombre sean reveladas y puestas de manifiesto ante todos, con la mayor gracia y esplendor. Así, la gloria y felicidad sempiternas serán reveladas.
Alabado sea Dios, pues a lo largo de sucesivos siglos y edades se ha elevado el llamado de la civilización, ha avanzado y progresado día a día el mundo de la humanidad, se han desarrollado a pasos agigantados varios países, y han aumentado las mejoras materiales, hasta que el mundo de la existencia obtuvo capacidad universal como para recibir las enseñanzas espirituales y escuchar el Llamado Divino. El niño de pecho pasa por varias etapas físicas, creciendo y desarrollándose en cada etapa, hasta que su cuerpo alcanza la edad de la madurez. Habiendo llegado a esta etapa, adquiere la capacidad de manifestar las perfecciones espirituales e intelectuales. Se hacen perceptibles en él las luces de la comprensión, de la inteligencia y el conocimiento, y se desarrollan los poderes de su alma. Asimismo, en el mundo contingente la especie humana ha sufrido progresivos cambios físicos y, por un lento proceso, ha ascendido por la escala de la civilización, realizando en sí misma las maravillas, las excelencias y dones de la humanidad en su forma más gloriosa, hasta adquirir la capacidad de expresar los esplendores de las perfecciones espirituales y los ideales divinos, y llegar a ser capaz de escuchar el llamado de Dios. Entonces, por fin el llamado del Reino se elevó, las virtudes y perfecciones espirituales fueron reveladas, el Sol de la Realidad despuntó y las enseñanzas de la Más Grande Paz, de la unidad del mundo de la humanidad y de la universalidad de los hombres fueron promovidas. Esperamos que la refulgencia de estos rayos se haga cada vez más intensa y las virtudes ideales más resplandecientes, a fin de que la meta de este proceso humano universal sea alcanzada, y que aparezca el amor de Dios en la mayor gracia y belleza deslumbrando a todos los corazones.
¡Oh vosotros amados de Dios! Sabed, ciertamente, que la felicidad de la humanidad descansa en la unidad y la armonía de la raza humana, y que los avances espirituales y materiales dependen del amor y la amistad entre todos los hombres. Considerad las criaturas vivientes, en particular aquellas que se mueven sobre la tierra y aquellas que vuelan, aquellas que pacen y aquellas que devoran. Entre los animales de presa cada clase vive aparte de las otras especies de su género, observando completo antagonismo y hostilidad; y cuando quiera que se encuentren, inmediatamente luchan y se hieren, haciendo rechinar sus dientes y descubriendo sus garras. Éste es el modo como se comportan las bestias feroces y los lobos sanguinarios, animales carnívoros que viven solitarios y luchan por su vida. Pero los animales dóciles, bondadosos y mansos, ya sea que pertenezcan a las especies voladoras o a las herbívoras, se asocian unos con otros en completa afinidad, unidos en sus rebaños, viviendo sus vidas con goce, felicidad y contento. Como tales son las aves que están satisfechas con unos pocos granos; están agradecidas y viven en la más completa alegría, y prorrumpen en rico y melodioso canto mientras se remontan por los prados, los llanos, las colinas y montañas. Asimismo, los animales que pacen, como la oveja, el antílope y la gacela, se asocian en la mayor amistad, intimidad y unidad, mientras viven en sus llanos y praderas, en una condición de absoluta felicidad. Pero los perros, los lobos, los tigres, las hienas y otros animales de presa se alejan mutuamente cuando cazan y vagan a solas. Las criaturas de los campos y las aves del aire nunca se esquivan o molestan unas a otras cuando descubren sus mutuas tierras de pastoreo y descanso, sino que se aceptan unas a otras con amabilidad, a diferencia de las bestias devoradoras que inmediatamente se acometen cuando una se introduce en la cueva o guarida de la otra; es más, basta con que una pase frente a la morada de la otra para que esta última salga velozmente a atacar, y si es posible, matar a aquella.
Por consiguiente, se ha hecho claro y manifiesto que también en el reino animal el amor y la afinidad son los frutos de una disposición benigna, de una naturaleza pura y un carácter loable, mientras que la discordia y el aislamiento son característicos de las fieras de la selva.
El Todopoderoso no ha creado en el hombre las garras y los dientes de los animales feroces sino que, más bien, la forma humana ha sido modelada y engalanada con los más hermosos atributos, y ornada con las más perfectas virtudes. El honor de esta creación y el valor de este atuendo requieren, por tanto, que el hombre tenga amor y afinidad para con su propia especie; no, es más, que actúe con todas las criaturas vivientes con justicia y equidad.
Asimismo, considerad cómo la causa del bienestar, de la felicidad, el gozo y el confort de la humanidad, son la amistas y la unión, mientras que la disensión y las discordia son, en grado sumo, conducentes a las dificultades, la humillación, la agitación y el fracaso.
Pero es de lamentar un millar de veces que el hombre sea negligente e inconsciente de estos hechos, y que diariamente se pasee ufano con las características de una bestia salvaje. ¡He aquí! En un momento se vuelve un tigre feroz; al siguiente se transforma en una reptante, en una venenosa víbora. Mas los logros sublimes del hombre radican en las cualidades y atributos que pertenecen exclusivamente a los ángeles del Concurso Supremo. Por tanto, cuando del hombre emanan las cualidades loables y la conducta elevada, él llega a ser un ser celestial, un ángel del Reino, una realidad divina y una efulgencia de los cielos. En cambio, cuando se dedica a la guerra, a la lucha y al derramamiento de sangre, llega a ser más vil que la más feroz de las criaturas salvajes, puesto que si un lobo sanguinario devora un cordero en una sola noche, el hombre, en el campo de batalla, quita la vida a un centenar de miles de seres humanos, cubriendo el suelo con sus cadáveres y amasando la tierra con su sangre.
En pocas palabras, el hombre está dotado de dos naturalezas: una tiende hacia la sublimidad y la perfección intelectual, mientras que la otra se vuelve hacia la degradación bestial y las imperfecciones de la carne. Si viajáis por los países del globo observaréis por una parte los restos de ruina y destrucción, mientras por una parte los restos de ruina y destrucción, mientras que por otra parte veréis los signos de la civilización y el desarrollo. Tal desolación y ruina son el resultado de la guerra, la contienda y la lucha, mientras que todo desarrollo y progreso son los frutos de las luces de la virtud, de la cooperación y la concordia.
Si uno viajara a través de los desiertos del Asia Central observaría cuántas ciudades, otrora tan grandes y prósperas como París o Londres, se encuentran ahora demolidas y arrasadas. Desde el Mar Caspio al río Oxo se extienden salvajes y desolados llanos, desiertos, páramos y valles. Durante dos días y dos noches el ferrocarril ruso atraviesa las ciudades en ruinas y las aldeas deshabitadas de aquel yermo. Antiguamente esa llanura producía el fruto de las mejores civilizaciones del pasado. Eran evidentes por doquier las señales del desarrollo y el refinamiento; las artes y las ciencias eran bien protegidas y promovidas; las profesiones e industrias florecían; el comercio y la agricultura habían alcanzado un elevado nivel de eficiencia, y los fundamentos del gobierno y del Estado descansaban sobre una base firme y sólida. Hoy en día esa vasta extensión de tierra ha llegado a ser en su mayor parte el abrigo y el asilo de tribus turcomanas, y una arena para el feroz despliegue de las bestias salvajes. Las antiguas ciudades de esa planicie, tales como Gurgán, Nissá, Abívard y Shahristán, famosas en todo el mundo por sus artes, sus ciencias, su cultura, su industria, y reconocidas por si riqueza y grandeza, su prosperidad y distinción, han cedido su lugar a un desierto en el que no escucha voz alguna salvo el rugido de las bestias salvajes, y donde vagan a gusto los sanguinarios lobos. Esta destrucción y desolación fueron acarreadas por la guerra y la contienda, la disensión y la discordia entre los persas y los turcos, quienes discrepaban en su religión y sus costumbres. Tan rígido era el espíritu del prejuicio religioso, que los líderes carentes de fe sancionaron el derramamiento de sangre inocente, la ruina de la propiedad y la profanación del honor de las familias. Esto es solo por citar un ejemplo.
En consecuencia, cuando atravieses las regiones del mundo, llegarás a la conclusión de que todo progreso es el resultado de la asociación y la cooperación, mientras que la ruina es el producto de la animosidad y el odio. No obstante ello, el mundo de la humanidad no hace caso de la advertencia, ni despierta del sueño de la negligencia. El hombre todavía provoca diferencias, disputas y rivalidad, con el objeto de reunir las cohortes de la guerra, y con sus legiones, lanzarse al campo del derramamiento de sangre y la matanza.
Luego, por otra parte, considera el fenómeno de la composición y la descomposición, de la existencia y la no existencia. Cada cosa creada en el mundo contingente está formada por muchos y variados átomos, y su existencia depende de la composición de ellos. En otras palabras, por medio del divino poder creador tiene lugar una conjunción de elementos simples, de modo que de esta composición se produce un organismo diferenciado. La existencia de todas las cosas está basada en este principio. Pero cuando el orden ser rompe se produce la descomposición y comienza la desintegración, y entonces tal cosa cesa de existir. Es decir, la aniquilación de todas las cosas es causada por la descomposición y la desintegración. Por tanto, la atracción y la composición entre los diversos elementos son el instrumento de la vida, y la discordia, la descomposición y la división, producen la muerte. Así, las fuerzas de cohesión y atracción en todas las cosas conducen a la aparición de resultados y efectos fructíferos, mientras que el distanciamiento y el alejamiento de las cosas conducen a la perturbación y aniquilación. A través de la afinidad y la atracción llegan a la existencia todas las cosas vivientes, como las plantas, los animales y el hombre, en tanto que la división y la discordia acarrean descomposición y destrucción.
En consecuencia, aquello que conduce a la asociación y la atracción y la unidad entre los hijos de los hombres, es el instrumento de la vida del mundo de la humanidad, y todo lo que causa división, repulsión y lejanía, conduce a la muerte del género humano.
Y si al pasar por campos y plantaciones observas que las plantas, las flores y las perfumadas hierbas crecen juntas frondosamente, formando un diseño de unidad, ello evidencia el hecho de que esa plantación y ese jardín florecen bajo el cuidado de un hábil jardinero. Mas cuando lo ves en estado de desorden e irregularidad, infieres que le ha faltado el cuidado de un labrador eficiente, habiendo producido así malezas y cizañas.
Se hace por tanto manifiesto que la amistad y la cohesión son indicadores de entre las enseñanzas del Real Educador, y que la dispersión y la separación son prueba de salvajismo y privación de la educación divina.
Un crítico puede observar que los pueblos, razas, tribus y comunidades del mundo son diferentes y variadas costumbres, hábitos, gustos, carácter, inclinaciones e ideas, que las opiniones y pensamientos son contrarios unos a otros y, por tanto, ¿cómo es posible que se revele la unidad real y exista el perfecto acuerdo entre las almas humanas?
En respuesta decimos que las diferencias son de dos clases. Una de ellas es la causa de aniquilación, y es como la antipatía que existe entre naciones en guerra y tribus en conflicto, que buscan cada cual la destrucción de la otra, desarraigando cada una a las familias de la otra, privándose una a la otra de tranquilidad y comodidad, y desatando la matanza. La otra clase es una expresión de diversidad, es la esencia de la perfección, y la causa de la aparición de las dádivas del Más Glorioso Señor.
Considera las flores de un jardín: aunque difieren en tipo, en color, forma y aspecto, sin embargo, por cuanto son refrescadas por los hálitos de un único viento, vigorizadas por los rayos de un único sol, esta diversidad aumenta su encanto y realza su belleza. Así, cuando esa fuerza unificadora, la penetrante influencia de la Palabra de Dios, tiene efecto, la diferencia de costumbres, maneras, hábitos, ideas, opiniones y disposiciones, embellecen el mundo de la humanidad. Esta diversidad, esta diferencia, es como la naturalmente creada disimilitud y variedad de los miembros y órganos del cuerpo humano, ya que cada uno de ellos contribuye a la belleza, la eficiencia y perfección del todo. Cuando estos diferentes miembros y órganos se someten a la influencia de la soberana alma del hombre, y el poder del alma penetra las extremidades y miembros, las venas y arterias del cuerpo, entonces la diferencia refuerza la armonía, la diversidad fortalece el amor, y la multiplicidad es él más grande factor de coordinación.
¡Qué ingrato a la vista sería si todas las flores y plantas, todas las hojas y capullos, los frutos, las ramas y los árboles de ese jardín fueran todos de la misma forma y color! La diversidad de tonos, de forma y aspecto, enriquece y adorna el jardín, y realza su efecto. De la misma manera, cuando se reúnan diferentes matices de pensamiento, de temperamento y carácter, y se sometan al poder y la influencia de un único organismo central, la belleza y la gloria de la perfección humana se revelarán y pondrán de manifiesto, nada que no sea la potencia celestial de la Palabra de Dios, la cual gobierna y trasciende la realidad de todas las cosas, es capaz de armonizar los divergentes pensamientos, sentimientos, ideas y convicciones de los hijos de los hombres. En verdad, ella es el poder que penetra todas las cosas, el motor de las almas, y el amalgamador y regulador en el mundo de la humanidad.
Alabado sea Dios, hoy en día el esplendor de la Palabra de Dios ha iluminado todos los horizontes, y procedentes de todas las sectas, razas, tribus, naciones y comunidades, las almas se han reunido a la luz de la Palabra, juntas, unidas y de acuerdo, en perfecta armonía. ¡Oh! ¡Qué gran número de reuniones se celebran, adornadas con las almas de varias razas y de diversas sectas! Cualquiera que asista a ellas quedará sorprendido, y podría suponer que estas almas son todas de un mismo país, de una misma nacionalidad, de una misma comunidad, de un mismo pensamiento, de una misma creencia y de una misma opinión; mientras que, de hecho, uno es americano, otro africano, uno proviene de Asia, otro de Europa, uno es nativo de la India, otro de Turquestán, uno es árabe, otro tajik, otro persa, y aun otro griego. No obstante tanta diversidad ellos se asocian en perfecta armonía y unidad, en amor y libertad; tienen una sola voz, un solo pensamiento y un solo propósito. ¡En verdad, ello es debido al penetrante poder de la Palabra de Dios! Si se combinaran todas las fuerzas del universo, aun así no serían capaces de reunir a una sola asamblea tan imbuida con sentimientos de amor, de afecto, de atracción y ardor, como para unir a los miembros de las diferentes razas y hacer surgir del corazón del mundo una voz que disipe la guerra y la contienda, que desarraigue la disensión y la disputa, que inaugure la era de la paz universal y establezca la unidad y la concordia entre los hombres.
¿Existe algún poder que sea capaz de resistir la penetrante influencia de la Palabra de Dios? ¡No, por Dios! ¡La prueba es clara y la evidencia es completa! Si alguien observa con el ojo de la justicia, quedará admirado y sorprendido y atestiguará que todos los pueblos, las sectas y razas del mundo deberían ser felices, estar contentos y agradecidos por las enseñanzas y exhortaciones de Bahá'u'lláh. Pues estos preceptos divinos amansan a toda bestia feroz, transforman al insecto que se arrastra en un ave que alza el vuelo, hacen que las almas humanas lleguen a ser ángeles del Reino, y convierten el mundo humano en un foco de las cualidades de misericordia.
Además, se requiere que todos y cada uno muestren obediencia, sumisión y lealtad a su propio gobierno. Hoy en día ningún Estado en el mundo se halla en situación de paz y tranquilidad, pues la seguridad y la confianza se han desvanecido de entre la gente. Tanto gobernados como gobernantes están en peligro por igual. El único grupo de gente que en la actualidad se somete pacífica y lealmente a las leyes y ordenanzas del gobierno, y que actúa honesta y francamente con los demás, no es otro que esta comunidad agraviada. Pues mientras todas las sectas y razas de Persia y el Turquestán se hallan absortas en promover sus propios intereses y solo obedecen a sus gobiernos con la esperanza de recibir recompensa o por temor al castigo, los bahá'ís son los bienquerientes del gobierno, obedientes a sus leyes y amantes de todos los pueblos.
Tal obediencia y sumisión es forzosa y obligatoria para todos, por el Texto explícito de la Belleza de Abhá. Por tanto, los creyentes, obedeciendo los mandamientos del Único Verdadero, muestran la mayor sinceridad y buena voluntad hacia todas las naciones; y si algún alma actuase contrariamente a las leyes del gobierno, se consideraría a sí misma responsable ante Dios, mereciendo la ira divina y el castigo divino por su pecado e iniquidad. Es sorprendente que, a pesar de ello, algunos de los funcionarios del gobierno consideran que los bahá'ís son malquerientes, mientras que estiman a los miembros de otras comunidades como sus bienquerientes. ¡Dios bondadoso! Recientemente, cuando hubo revolución y agitación general en Irán y en otras provincias de Persia, se probó que ni un solo bahá'í había participado ni intervenido en esos asuntos. Por esta razón fueron reprochados por los ignorantes, debido a que habían obedecido el mandamiento de la Bendita Perfección y se habían abstenido absolutamente de intervenir en asuntos políticos. Ellos no estaban asociados con ningún partido, sino que se preocupaban de sus propios asuntos y profesiones y cumplían con sus propios deberes.
Todos los amigos de Dios brindan testimonio del hecho de que 'Abdu'l-Bahá es, desde todo punto de vista, el bienqueriente de todos los gobiernos y naciones, y hace votos sinceros por su progreso y adelanto, especialmente por los dos grandes Estados del este, pues estos dos países son la tierra natal y el lugar de exilio de Bahá'u'lláh. En todas las epístolas y escritos Él ha elogiado y alabado a estos dos gobiernos y ha suplicado las confirmaciones divinas para ellos, desde el Umbral del Único Dios Verdadero. La Belleza de Abhá -que mi vida sea un sacrificio para sus amados- ha ofrecido sus oraciones por Sus Majestades Imperiales. ¡Dios bondadoso! Qué extraño es que, a pesar de estas pruebas concluyentes, cada día ocurra algún suceso y surjan dificultades. Pero nosotros, y los amigos de Dios, por ningún motivo debiéramos manifestar nuestra veracidad y sinceridad, es más, habremos de ser constantes en nuestra fidelidad y confiabilidad, y ocuparnos en ofrecer oraciones por el bien de todos.
¡Oh vosotros, bienamados de Dios! Estos son días de constancia, de firmeza y perseverancia en la Causa de Dios. No debéis enfocar vuestra atención en la persona de 'Abdu'l-Bahá, pues dentro de podo él se despedirá de vosotros. Más bien, debéis fijar vuestra mirada en la Palabra de Dios. Si se promueve la Palabra de Dios, regocijaos y sentíos agradecidos y felices, aunque 'Abdu'l-Bahá mismo sea amenazado por la espada o agobiado por el peso de cadenas y grillos. Pues lo importante es el Sagrado Templo de la Causa de Dios, no el cuerpo físico de 'Abdu'l-Bahá. Los amigos de Dios deben levantarse con tal constancia que, si en algún momento un centenar de almas como 'Abdu'l-Bahá llegan a ser el blanco de las flechas de la aflicción, no cederán ni vacilarán en su resolución, en su determinación, su ardor, y su devoción y servicio a la Causa de Dios. 'Abdu'l-Bahá mismo es un siervo ante el Umbral de la Bendita Belleza y una manifestación de pura y total servidumbre ante el Umbral del Todopoderoso. Él no tiene otra posición o título, ni otro rango o poder. Este es mi propósito último, mi eterno Paraíso, mi santísimo Templo y mi Sadratu'l-Muntahá. Con la Bendita Belleza de Abhá y el Exaltado, su Heraldo -que mi vida sea un sacrificio para ambos- se ha completado el surgimiento de la Manifestación universal e independiente de Dios. Y por un millar de años todos serán iluminados por sus luces y sustentados por el océano de sus favores.
¡Oh vosotros, amados de Dios! Esto, verdaderamente, es mi último deseo y mi advertencia a vosotros. Bendito, por tanto, es aquel quien es ayudado por Dios a seguir lo que está grabado en este pergamino, cuyas palabras están santificadas de los símbolos corrientes entre los hombres. (Abdu'l-Baha, Selección de los Escritos).
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