La imaginación poética: Afectos y efectos para una pedagogía - El exceso del mirar o la lectura como escritura

7 - El exceso del mirar o la lectura como escritura


Curso gratis creado por Julio César Goyes Narvaez . Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero13/imagina.html
28 Agosto 2006
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La preocupación por los hábitos y ávidos lectores a hecho aparecer una didáctica llamada "animación a la lectura" que, en la mayoría de los casos, termina siendo no ánima-acción (alma de la lectura) sino un rodeo activista que no penetra el toro textual, y no es que deseemos "una oreja", por el contrario hay que rescatar el toreo lector como un arte que deja al toro vivo, listo para una faena escrita. Quizá esta analogía me clasifica como un ignorante en materia taurina, pues el toreo es rito de la muerte; pero la lectura es un acto trágico y sublime a la vez y a lo mejor, la única conexión del lector(torero) con el toro(texto) sea a través de la sangre que circula en ambos templándoles el ánimo.



Los esfuerzos que se hacen porque el niño y el adulto lean son inmensos por parte de gobiernos, escuelas y editoriales. Esta últimas enpeñadas en salir airosas en las ferias de libros, clasifican por edades, temas y costos, dividen y condicionan las necesidades de la cultura lectora. Las entidades justifican su mercado editorial y discursivo, bajo el presupuesto de que una de las fallas en la educación moderna es porque "ya no se lee" "ni renuevan lecturas", y esto porque profesores y alumnos no disponen de textos ni de estrategias adecuadas. Observamos por ejemplo, que a fin de corregir estas deficiencias hay un gran entusiasmo en congresos, coloquios y talleres; pero se están convirtiendo tales actividades en un trabajo escolar más, en rutina y didáctica obligatoria. Ciertos textos publicados en los últimos años dedican más páginas a ejercicios sobre el texto leído que el propio original literario publicado en el mismo volumen. El adulto que se dirige a los niños, por tomar un ejemplo, no tiene por qué falsear la voz o imitar a la abuelita para contar un cuento. Esta comunicación ridícula evita que los niños, cuando la historia es de su interés, logren superar el vocabulario desconocido con preguntas e imaginación lingüística.


El mediador (maestro) tiene que estar convencido, hechizado por un texto poético oral, escrito o visual, para que su transmisión no únicamente sea un acto comunicativo, la entrega de una mercancía, sino el revelamiento de un misterio profundamente humano, un regalo que un ser le da otro, un rito más allá del sentido y del sonido. El adulto mediador debe ser un auténtico modelo de lectura, de pasión y goce. No únicamente "animar" o "trabajar" con la literatura, hay que desarrollar unos deseos y gustos literarios y unos hábitos críticos que generarán opiniones o valoraciones que el maestro debe fomentar y siempre rescatar. Bien lo escribió Luis de Castresana, "la lectura es uno de los pocos actos estrictamente individuales, personales e íntimos, en los que aún puede encontrarse así misma la criatura humana". Quizás por esto debamos coincidir con Borges que el libro es uno de los pocos regocijos en los que encontramos nuestra propia libertad; pero al poeta del laberinto le enorgulleció siempre su práctica lectora antes que las páginas magníficas que escribió.


Leemos para agregarle algo nuevo a nuestro mundo fragmentario, defectuoso y palimpsestuoso. Leer es oír lo que me falta, mirar fundiéndome en el otro como en el cuento de Handersen, al fundirse el corazón de la bailarina con el del soldadito de plomo. Un exceso en el mirar había identificado al soldadito de plomo en su diferencia, en su deseo de creer que el Otro (la bailarina) era como él. El incólume guerrero intenta colmar lo incolmable: la soledad. Todo es posible y todo es inmediatamente imposible; no obstante se arriesga por entre pruebas laberínticas y terroríficas. Atacado en una ocasión por una rata, luego devorado por un pez, que a su vez es pescado y abierto para que el soldadito de plomo vea de nuevo la luz cruzando su mirada con la mirada de la bailarina, que esta allí de nuevo frente a sus ojos. El encuentro con la Sílfide es un eterno retorno, una especie de monotonía del deseo, pero la bailarina es de cartón y se vuelve cenizas al lado del corazón de plomo que es todo lo que queda; el destino los une pero los desune, son presencia pero en ausencia; he allí la poesía.


También en el mito de Diana (Artemis) el mirar es canibalesco, obscenidad pura. La mirada se excede en un grito que calla, pues el silencio le permite a Acteón mirar a la diosa en la desnudez que lo devora. Diana se baña. Acteón que ha salido de caza por casualidad la mira y se eterniza mirándola. Para poder continuar con su rito mata un venado y se esconde adentro de su piel, así simula su presencia entre los matorrales, pero la diosa lo adivina reflejándose así misma en su propio lenguaje, en su propia mudez que habla, en su desnudez visible. Acteón nieto de Cadmo, primo de Dionisio, escondido en la gruta, asumiendo su comportamiento de ciervo, espera que Diana baje al río a bañarse, y entre ella y éste, se demonisa la mirada en una intimidad que crea teofanía, misterio; crea escritura y lectura de algo que se siente e imagina pero que no es visible, porque escapa al mirar físico y se instala en la mirada imaginaria, más allá del lenguaje sígnico, en la poesía. Finalmente, Diana hiere al ciervo que hay en Acteón disfrazado, con el arco y las flechas que le ha dado su cuidador el Cíclope Brontes. Acteón herido se interna en el bosque y huye, pero la sangre lo delata y sus perros, sus propios perros lo devoran, no pueden reconocerlo. Acteón es Otro siendo a un tiempo el Mismo. Llegados a esta parte no podemos evitar citar el nombre de Borges y su espejo, menos el de Pierre Klossowski y su memorable libro El Baño de Diana. Como Nietzsche, Klossowski intenta enseñarnos lo inenseñable, la soledad esencial de la poesía, el exceso del mirar fragmentado y azaroso que devora nuestro propio afecto. Por eso, insiste Klossowski, "lo inenseñable son los momentos en que la existencia (...) se revela como restituida así misma sin más fin que volver sobre ella misma: entonces todas las cosas parecen muy nuevas y muy antiguas a un tiempo; todo es posible y todo es inmediatamente imposible; y no hay para la conciencia más que dos medios: o bien callarse o bien decirlo todo" (1990: XII).


El sortilegio básico sería: no es que haya un espacio escritural dispuesto a recibir la acción de la lectura, es que cualquier acción lectora que resulté destacable convierte automáticamente el espacio escritural en Lectura. Un texto es una escena, un mirar excesivo que parte de una presencia que ve-viviendo consciente de la acción y se arremolina en la representación que ve-mirando la acción "como si". Este exceso de singularidad es catártico, porque regenera el plano de la realidad mediante la verosimilitud del imaginar de la lectura. La lectura es acción, acción del yo ante y en lo que es el mundo, y acción del mundo sobre y en lo que es y constituye el yo. Si la escritura es verbalización de la mirada sin ver, la lectura es reconocimiento de esa mirada en su salto imaginario. No leemos un libro –escribe Jaime Siles– sino el mundo; no visualizamos un conjunto de signos, sino un ser: el que es y el que somos, lo que es y me es, el que soy y el que he sido, lo que será y lo que seré. La lectura es un reconocimiento de mi yo en el otro y viceversa (1988: 211). El poeta Rene Char escribió que es preciso escuchar a la palabra realizar lo que dice, sentir la palabra ser a su vez lo que tú eres y su existencia se vuelve doblemente tuya. Leer es, entonces, un exceso en el mirar, una capacidad, dirá Eliseo Diego, de un mirar absoluto, donde quedan suspensas las otras potencias del alma, un acto de suprema atención. Semejante capacidad de mirar es en sí misma el don de ese reconocimiento oscuro pero inmediato que es la poesía.

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