Educarse todavía hoy es caminar domesticado hacia cuatro paredes, ir cotidianizado hacia un centro memorializado. Quizá el gran debate de hoy se centra en la escogencia que se haga entre los espacios de la imaginación y la memoria. Nada más falso que esta separación dinámica. Lo que está en crisis no es la memoria, en cuanto energía y plasma del alma, sino la concepción reductivista que de ella se promueve. Esta facultad desde el siglo de las luces ha sido reducida a paquete de información, a canasto de datos. Hoy la comparamos con el archivo o el ordenador, cuando son estas prótesis las que se hicieron a semejanza de la memoria humana. Nuestra educación tradicional tiene fe ciega en la memoria porque la considera: primero, como infalible, cuando ella es siempre imperfecta y transformadora; segundo, se pedagogiza la idea de que la materialización de la memoria (los recuerdos) únicamente se dan por experiencias padecidas, pero la verdad es que los recuerdos son también fruto del mismo pensamiento, de la ensoñación y la experiencia intrasubjetiva; tercero, la memoria no siempre es el resultado de un estado de vigilia consciente y concentrado, sino también de un estado indirecto, relajado e inconsciente. La memoria no es simple reconstrucción periódica o jerárquica del ayer histórico, no hace presencia a los sentidos en forma directa; la memoria creadora está mediada por la percepción y por ende el recuerdo estético no puede ser reemplazado por la sensación inmediata. La memoria como la inteligencia no puede ser creadora sino es mediante un proceso creador que partiendo de la percepción, se re-encuentra en la intuición abriendo posibilidades de acción y valoración de la experiencia nueva.
Las re-creación del pasado es memoriosa porque es fractura de la realidad que vuelve a sanar, visión, ensoñación, evocación, presencia en la ausencia. Marcel Detienne (1983), hablando de la memoria del poeta, por ejemplo, dice que es una omnisciencia de carácter adivinatorio, y la define como "saber mántico, por la fórmula: lo que es, lo que será, lo que fue". La memoria así entendida posee dos valores: es videncia como palabra eficaz y es el ser del hombre que la pronuncia. Pero también es olvido, porque en su territorio se escinde la infancia renaciendo cuando se despierta todo su poder imaginario. Como olvido la memoria retorna, se suspende silente y recomienza. La memoria y el olvido, nos dice el etnólogo Marc Augé (1998), guardan en cierto modo la misma relación que la vida y la muerte, se necesitan mutuamente para liberar el pasado de su carga y crear el futuro saludable. La memoria y el olvido son a la imaginación lo que los sentidos al cuerpo o las expresiones al arte, por medio de la memoria cada arte se teje con las demás artes, de allí que Mnemosina haya sido para los griegos la madre de las Musas.
Ahora bien, la acción creadora de la imaginación es el resultado, por una parte de una roce interactuante con la riqueza y variedad de la experiencia acumulada por el hombre; de allí que entre más rica la experiencia de la infancia mejor el material de que dispone para su imaginación. Por otro parte, realidad y imaginación entablan relaciones complejas en las cuales ésta última se excede aportándole lo no pensado o no visto, sacando al sujeto del encierro al que queda sometido con su propia experiencia e integrándolo con la historia y las experiencia colectivas. Memoria e imaginación quedan así conectadas por las fuerzas creativas que atan el suceso pretérito con el acontecer futuro, produciendo un presente lo suficientemente vívido para alimentar el porvenir.