En base a la Biblia, se dice, y con razón, que Dios, el Espíritu de Dios, vive en el creyente, véase, por ejemplo, RO.8:9-10: “...Si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros... si Cristo está en vosotros...”; y también Ef.3:17. “... para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones... “ Pero a esto se lo estira tanto que nos volvemos parte de Dios. Puesto que Dios vive en nosotros, en la oración somos el canal para el poder de Dios hacia el otro. Estamos, por ejemplo, entre el enfermo y Dios. Así se llega a decir y a escribir: “Dios no está a millones de kilómetros de distancia de nosotros: Dios no es el Dios de hace 2000 años; ni sólo el Dios del futuro. Vuestro Dios vive en vosotros con todas Sus riquezas, poder, y autoridad; Su dirección está en vosotros. Por consiguiente, cada día podéis llegar a El, y usar de Sus riquezas mediante la oración y la fe”. Sin embargo, en ningún lugar de la Biblia somos llamados a tener una relación con el Dios-en-nosotros, y tampoco a hablar con el Dios-en-nosotros, etc. Está claro que Dios el Padre mora en el cielo (“... y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” Mt.5:16); y que Dios el Hijo ahora está sentado a la diestra de Dios (“Y dijo: He aquí, veo los cielos abiertos, y al Hijo del hombre que está a la diestra de Dios” Hch.7:56).