“Y los que se habían encargado de conducir a Pablo le llevaron a Atenas; y habiendo recibido orden para Silas y Timoteo, de que viniesen a él lo mas pronto que pudiesen, salieron. Mientras Pablo los esperaba en Atenas, su espíritu se enardecía viendo la ciudad entregada a la idolatría. Así que discutía en la sinagoga con los judíos y piadosos, y en la plaza cada día con los que concurrían...” (Hch. 17:15-18.)
¿Una era nueva?
Los seguidores del movimiento de la Nueva Era dicen: -”Estamos al principio de una era”. Esto lo expresan con símbolos del horóscopo. La era de Piscis ha pasado. Como se sabe, el pez es un especial símbolo cristiano. Se lo puede encontrar en las catacumbas de Roma. ¿Saben por qué los cristianos escogieron este símbolo? En griego, que era el idioma de entonces, al pez se le llama ichtus. Y esta es una palabra formada por iniciales, cada letra es la primera letra de una palabra. Así la i sustituye a ièsus. La ch está por Christos. La th sustituye a Theos. La u está por uios. Y la s es la primera letra de soter. Si colocas en fila cada una de estas letras te encuentras con una breve confesión de fe: Jesucristo Hijo de Dios Redentor. Ichtus, el pez, es, pues, una corta profesión de fe de los primeros cristianos. Ahora bien, la Nueva Era (NE) dice: -La era del pez era la época del “nosotros somos, y vosotros no”. La época de la lucha y los conflictos. Pero ahora amanece un tiempo nuevo, una nueva era, la era de Acuario. Es la era de la harmonía, del buscar juntos a Dios. “La era de la fusión de las religiones”.
¿Cómo un pez en el acuario?
¿Cómo te relacionas si eres una persona-acuario? ¿Te sientes como un pez en el acuario? ¿Cómo sorteas las diferentes repuestas a las diversas preguntas que hoy día te asedian? ¿Cómo reaccionas si ya has encontrado la respuesta a lo que ichtus significa: JesuCristo, Hijo de Dios, Redentor? ¿Esto te deja frío? ¿Cooperas en ello? Fijémonos cómo se comporta Pablo. De él se puede aprender mucho.
No te deja frío
Al ver a Pablo ocupado, no ves a alguien que dice: -”Cada cual debe buscar por sí mismo. Tú tu fe, y yo la mía”. No; Pablo cambia de color, es decir, se irrita ante tantas imágenes de dioses con que está sembrada Atenas. No puedes soportarlo; y ello porque esas gentes le afectan, y porque se ha entregado a esas gentes. Pero, sobre todo, porque él cree en la verdad del Evangelio.
Tantas cabezas como ideas
Cuando Pablo ve todas aquellas imágenes de dioses de los paganos, ¿qué le habrá pasado por su cabeza? Dios que es Espíritu, ¡hecho de barro! Algo que puedes coger con tus manos. Alguien al que literalmente puedes manipular. Un Dios conforme a la medida humana. Claro, visible, terreno, material. Cuando Pablo ve todas esas imágenes, no lo puede soportar más. Y, ¿sabes lo que hace? Se dirige a hablar con la comunidad judía, donde encuentra casi lo contrario. A saber, allí se adora al invisible, al Dios excelso, para quien el cielo de los cielos aun es demasiado pequeño. Ellos tienen a Dios extraordinariamente alto. Ni una sola vez quieren pronunciar Su nombre. Una cosa les parece imposible: que Dios, ese Dios excelso, se habría hecho hombre. Eso no les entra en la cabeza. Esto es, pues, el otro extremo. Pero Pablo también habla con los epicúreos y estoicos. Son hombres difíciles, pero sus ideas son sencillas. Son personas que se limitan a lo visible. Dios quizá esté detrás de lo visible, o quizá no; no importa. Aférrate a lo perceptible y a su orden, -dicen unos y otros. Y continúan: A pesar de todo, deja estar tu vida en equilibrio, entonces puedes volverte un hombre feliz. Estas son gentes sin Dios; personas que piensan: que con la vida terrena ya lo has tenido todo.
¿Dónde está la frontera entre cielo y tierra?
Tres grupos: gentiles, judíos y filósofos; pero en todas sus respuestas tienen algo en común: intentan establecer la frontera entre el cielo y la tierra. Pero ninguno de ellos acierta en el empeño. Se mantiene un abismo absoluto. En un grupo Dios es el Altísimo, pero ¿dónde está ese Dios en la tierra? El segundo grupo ha roto con la religiosidad: sólo creen en lo que ven.
Pablo el palabrero
Es un abismo insalvable, así lo parece, ese espacio entre el cielo y tierra. Pero, ¿qué es lo extraño en Pablo? En su predicación habla tanto del cielo como de la tierra; tanto acerca del Dios altísimo como del Dios en nosotros. Aquellas gentes ya no entienden nada al respecto. Y, ¿sabes como le llaman? Le llaman palabrero; pero, literalmente, le dicen: picagrano. Es un insulto; pero así ven a Pablo “pica” algo del cielo, y “pica” algo de la tierra. Así se ve a Pablo: como un picagrano, como un palabrero. Ha leído y oído algo de todo, y todo ello está como revuelto en un solo estómago.
¿Palabrero? ¿Cómo llegan a esa idea?
Uno llega a comprender por qué se tuvo esa idea de Pablo, pues el texto dice: “...porque les predicaba el Evangelio de Jesús, y de la resurrección” (v.18). El Evangelio de Jesús..., más terrenal no puede ser. Jesús, ese es el hombre que podías pellizcar en sus brazos, que podías ver; contra quien podías decir algo. Pero Pablo no sólo trae el Evangelio de Jesús, sino que añade algo al mismo: Pablo trae el Evangelio de Jesús, sino que añade algo al mismo: Pablo trae el Evangelio de Jesús y (la buena nueva) de la resurrección. ¿Cómo puede ser eso? ¿Cómo se pueden conjugar ambas cosas? ¿Resurrección? Pero, entonces, ese Jesús tampoco es un hombre cualquiera; entonces ese Jesús..., sí, es el Hijo de Dios con poder,..., por la resurrección de entre los muertos” (Ro. 1:3-4). Pablo, pues, hablaba de alguien que participaba en el cielo y en la tierra, un hombre que, al mismo tiempo, era Dios; que en Su resurrección había cruzado el abismo aparentemente insalvable entre Dios y los hombres. Pablo exponía “el Evangelio de Jesús, y de la resurrección”. Si conoces al Señor Jesús, entonces no te da lo mismo lo que crean las gentes. Si le conoces, no dices: “¡Qué me importa eso! ¡Cada uno con su fe!” No; quizá no ganas mucho con eso, pero te llega al corazón; te afecta. Quizá, en un principio, cierras la boca, y primero te quieres informar al respecto. Quizá primero tengas más preguntas que respuestas. Pero no te deja tranquilo. Se trata verdadera y propiamente de una sola cosa, y esa es Jesús, el Resucitado. Cuando le llegas a conocer, El es el puente entre cielo y tierra.