Cualquier actor que ejerza el poder político, no sólo espera obtener obediencia forzando a los demás a que hagan algo, sino que también espera la aceptación sin coacción. Esa aceptación del mandato por parte de los demás es la legitimidad.
La legitimidad no deriva de las leyes sino de la aceptación del mandato. Y justifica el poder con un universo de ideologías, valores y creencias. Cuanto más legitimado está el poder, menos necesidad tendrá el mismo de recurrir a la coacción.
Según Weber, existen tres fuentes de legitimidad del poder:
1) LA TRADICIÓN: El precedente se convierte en el argumento decisivo para obtener la aceptación de una decisión o una propuesta (ancianos, nobles...)
2) LA RACIONALIDAD: Tiene que ver con la adecuación de fines y medios (normas electorales, elección de personal funcionario...)
3) CARISMA (GRACIA O DON PERSONAL): Puede conferir legitimidad a una propuesta o a una decisión una cualidad excepcional de quien la formula.
A estas tres fuentes, puede añadirse:
4) EL RENDIMIENTO: El poder puede fundar su legitimidad en el resultado de sus propias actuaciones. Si ese resultado es positivo, la legitimidad queda reforzada. Por el contrario, el bajo rendimiento hace perder credibilidad.
No es lo mismo legitimidad que legalidad.
La legitimidad evoca la conformidad de un mandato de una institución con la ley.
La legitimidad racional es aquella que ampara en normas estables y señalizadas.
La legitimidad del poder en los sistemas liberales se apoya en la existencia de una constitución.
La legalidad es la conformidad con las normas vigentes (Por ejemplo, la insumisión, el aborto...)