Capitulos de este wiki
  1. 1 Presentación.
  2. 2 Capítulo I
  3. 3 Capítulo II
  4. 4 Capítulo III
  5. 5 Notas

2 - Capítulo I

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Curso gratis creado por A. Hamon. Extraido de: http://www.antorcha.net/biblioteca_virtual/historia/hamon/hamon.html
30 de Noviembre de 1999
Si la palabra socialismo no se encuentra hasta el siglo XIX, lo que ella significa se descubre muchos siglos antes. Entonces estaba representada por una sola escuela del socialismo, por el Comunismo.

En la antigüedad grecolatina, existe, lo mismo que hoy, antagonismo entre ricos y pobres; produciéndose luchas de éstos contra aquéllos. A veces triunfan. Sin embargo, el socialismo no se implanta en Grecia ni en Roma. Los gracos (dos siglos a. de J. C.) no eran totalmente socialistas, pues no querían la abolición de la propiedad privada. Algunas de las leyes agrarias con tanta persistencia exigidas por el pueblo, no s6lo no eran socialistas, sino que ni tenían estas tendencias.

La única protesta comunista que conocemos de aquella antigua fecha, es la utopía de Platón (siglo IV a. de J. C.). Es producto exclusivo de la fantasía. Se trata de una sociedad ficticia, donde impera un comunismo autoritario y jerárquico. En ella hay cuatro clases de ciudadanos y esclavos, pudiéndose pasar de una clase a otra. Bienes y mujeres son comunes. Los hijos son atendidos en común, sin que conozcan a sus padres. Predomina el Estado, al que representan magistrados y hombres prudentes. Estos señalan las fechas de las reuniones anuales.

Las ideas de Platón han permanecido irrealizables, aunque Plotín (siglo III de nuestra era) tuvo el propósito de ponerlas en práctica. En Oriente el ideal socialista se realiza más o menos totalmente en pequeñas comunidades o conventos budistas; en particular entre los terapeutas y los esenianos del Asia Menor. Los bienes y la vida son comunes. En estas comunidades reina la más completa igualdad, predominando como regla general el celibato, salvo pequeñas excepciones. Sobre el ideal comunista se mezclan prácticas de diversos cultos.

En Judea, desde el siglo IX (a. de J. C.) se presentan casi diariamente ante el pueblo nuevos profetas que predican la igualdad social. Primero es Amós, después Isaí; más adelante les siguen los salmistas, después los pobres (ebionim), los cuales son sus discípulos y beben las palabras inflamadas de estos profetas israelitas, que según expresión de Renán son fogosos publicistas que hoy designaríamos con el nombre de anarquistas o socialistas.

La religión es el manto con que se cubren. La causa verdadera de su propaganda es la desigualdad. económioa, la lucha de los pobres contra los ricos. Predican la abolición del interés del capital; la justa retribución del trabajo y la justicia social, es decir, la igualdad civil, política y económica, y hasta la comunidad de bienes.

Estos revolucionarios, profetas más o menos célebres, se suceden casi sin interrupción hasta Jesús, discípulo en parte de Juan el Bautista y precedido él mismo por Judas el Gaulonita. Los dos últimos preconizan la comunidad de los bienes y sostienen que no debe llamarse amo a ninguna persona.

Jesús, impregnado de la doctrina profética, protesta contra la avaricia, que es, en su concepto, el simple ahorro. Prohibe la usura, es decir, el préstamo, a interés. Lanza violentos apóstrofes contra los ricos. En su célebre parábola del ecónomo infiel, no vacila en preconizar el despojo de los ricos. (Evangelio según San Lucas, XVI, 1 a 9). Proclama el Comunismo. (Evangelio según San Mateo, VI, 19, 20; X, 9 a 15 ; XIV, 13 a 21, etc.). En la inmortal parábola de los obreros de la hora undécima (Evangelio según S. Mateo, XX, 1 a 15), llega a afirmar la famosa máxima comunista: a cada uno según sus necesidades. Predica la internacionalidad, la fraternidad (amad a vuestro prójimo como a vosotros mismos), la igualdad, la solidaridad (no llaméis a nadie amo vuestro), la irresponsabilidad moral y el perdón (perdonadles que no saben lo que hacen). Protesta contra la violencia, contra la guerra, contra el militarismo, contra la magistratura, contra el comercio, contra los comerciantes, clero, ricos y gobiernos.

La doctrina de Jesús es esencialmente comunista y anarquista. Se dirige a los pobres, y entre ellos, entre los artistas, los pescadores y las prostitutas es donde recluta sus primeros partidarios.

Los apóstoles son gentes sencillas. Practican, el comunismo. Y todos los que creían estaban reunidos en un mismo local y tenían todas las cosas comunes. Cada uno recibe según sus necesidades (Actos de los Apóstoles, II, 45; IV, 32 y 35). El trabajar empieza a ser un título de honor; el primer cristiano se considera honrado siendo obrero. El rico es un parásito. El que no quiere trabajar no debe comer (Epístola de San Pablo a los tesalienses, III, 10).

Como Jesus, sus discípulos la emprenden contra los ricos y las riquezas, cuyo interés es la raíz de todos los males (Epístola de San Pablo a Timoteo, VI, 10; epístola de San Jaime, etc.).

Como Jesús son comunistas, y durante los primeros siglos, en pequeños grupos de pequeñas iglesias, donde todos son hermanos, donde todo es común, los cristianos critican ricos y riquezas y predican la comunidad de bienes. Así proceden Tertuliano, Lactancio, San Clemente (siglo III), San Jerónimo, San Juan Crisóstomo, San Basilio, San Gregorio de Nisa, San Ambrosio (siglo IV), etc. Respecto al carácter de la propiedad privada, su doctrina es absolutamente uniforme. Para todos la opulencia es siempre, según lo ha expresado San Jerónimo, producto del robo; si no ha sido cometido por los actuales propietarios, lo ha sido indudablemente por sus antecesores. Todos enseñan, con San Clemente, que la vida común es obligatoria para todos los hombres, que la propiedad privada es hija de la iniquidad.

Hasta el siglo VII, todos los padres de la Iglesia consideran, de acuerdo con San Gregorio el Grande, la tierra como cosa común a todos los hombres y el comunismo como la forma más cristiana y más perfecta organización social. Esta es la opinión general de todos los cristianos. Por eso se fundan en todas partes, desde el triunfo del cristianismo, claustros donde subsisten durante largos siglos, hasta el XII y en algunos casos hasta el XV, los principios igualitarios y comunistas de la primitiva iglesia.

Los pobres se refugian en estos monasterios, donde encuentran la libertad en el seno de la servidumbre. Para vivir mejor, consumen y producen en común. Es una especie de vida en cooperación. Cada uno toma según sus necesidades y produce según sus medios. Los monjes producen para el consumo, y no venden al exterior más que el sobrante.

Entre ellos desconocen la moneda. Fuera del claustro no tienen familia. Tienen establecida una jerarquía, pero es electiva. El jefe dirige, pero apenas se diferencia de los demás miembros de la comunidad.

La Iglesia triunfa. Directores y gobernantes se acogen a ella. Entonces cesa de consolar a los afligidos y de mostrarse dulce a los humildes, y éstos, los hambrientos, empiezan a separarse de los heresiarcas.

Los partidarios de las doctrinas de Cristo constituyen multitud. Nacen y crecen a la sombra de los monasterios y después se extienden por el mundo entero reclutando sus adeptos entre los andrajosos y los que viven fuera de la ley.

En el siglo VIII aparecen en el sudoeste de Francia los vandos. Quizás se inspiraban en las doctrinas que Manés había predicado en el siglo IV: nadie tiene derecho a ser propietario de un campo, de una casa, de dinero; todo pertenece a todos. Manés fue desollado vivo (374 años después de J. C.) y sus discípulos, los manichenses, sufrieron incesantes persecuciones. Perseguidos en todas partes, en todas partes subsisten y continúan no obstante la propagación de sus doctrinas. En último término, en los altos valles campestres, en las escarpadas gargantas, los vandos viven en común. Trabajan manualmente y rechazan el comercio por el engaño y la mentira que lleva consigo. Tienen una moral rígida y no reconocen ninguna autoridad civil o religiosa. Quieren la igualdad y la libertad.

Algunos de los vandos fueron indudablemente los iniciadores del movimiento de los patarines o patares, que estalló en el siglo XI en el norte de Italia. El populacho se sublevó contra el clero, contra la nobleza y contra los ricos. Siguió una represión rápida y sangrienta, mas el ideal del comunismo subsiste.

Este ideal progresa secretamente entre la vil multitud que según las épocas se mueve a la elocuente palabra de los monjes o de los laicos. Nobles y sacerdotes seculares tienden a conservar riquezas y poder. Así, a las quejas de la turba popular, contestan con el exterminio y la dispersión. Todos estos movimientos, y son numerosos y apenas cesan, sucediéndose constantemente unos a otros, son religiosos en apariencia. Pero de hecho, estas agitaciones de las masas populares son de origen económico y social. Son fruto de la miseria y de la opresión.

Todos, reformadores y heresiarcas predican, como Pedro Valdo (siglo Xll), la pobreza, la igualdad, la libertad y la fraternidad. Sus discípulos, los pobres de Lyón, son adeptos a las doctrinas socialistas de los vandos, a los cuales se unen pronto por efecto de las persecuciones. Quieren una sociedad sin cura, sin magistrado, sin amo, sin ricos; quieren, en una palabra, una sociedad comunista.

El ardor del proselitismo hace diseminar a gran número de estos hombres por toda Europa (Inglaterra, Lombardía, Bohemia, Países Bajos, etc.), predicando la buena palabra. En todas partes halla la nueva doctrina suelo propicio para su germinación, en todas partes se levantan comunistas y heresiarcas. En Flandes es un poeta, Jacobo Van Maerlant, quien en 1235 canta las bellezas del comunismo. En la Italia del Norte, Gerardo Segeralli (1260-1300) funda los Hermanos de los Apóstoles; una organización de hombres y mujeres de la más baja condición. No deben poseer casa ni nada que pueda ser útil para el día siguiente. Viven en común, pues el comunismo es para ellos la condición sine qua non de la perfección. Se extienden fuera de Italia y sufren diversas persecuciones, viendo quemar a su fundador, Segarelli, hacia el año 1300. Muerto Segarelli, le sucede otro jefe, Dolcino, el cual al frente de bandas armadas derrota las tropas episcopales. Los revoltosos roban, saquean y destruyen, reacción natural de la opresión y de la servidumbre sufridas. Pero el orden contemporáneo triunfa al fin, y los hermanos de los apóstoles son dispersados y destruídos.

Sin embargo, el ideal comunista no desaparece. En la misma época lo encontramos entre los Hermanos y hermanas del Libre espíritu, los cuales quieren la comunidad de los bienes y de las mujeres y rechazan toda clase de autoridad. Cada uno, dicen, tiene el derecho y el deber de seguir sus propias inclinaciones. La doctrina se difunde, pues el suelo está laborado bastante profundamente para que la semilla germine.

Cansados los jaques de las exacciones sufridas, del hambre y del frío aguantado, y no queriendo ser más los esclavos, las cosas de sus amos, los señores sacerdotes y laicos, se han sublevado. Han colgado a los nobles, han violado a su vez las doncellas de alto linaje, quemado los castillos y destruído las cartas y otros títulos de propiedades. Al fin la organización feudal triunfa y los jaques son reducidos a la obediencia. Los más resueltos y enérgicos se refugian en las montañas, se esconden en los bosques y en los pantanos. Después se convierten en bandidos y van a engrosar las bandas de los heresiarcas, siempre batidas, siempre perseguidas y desapareciendo de una parte para reaparecer en otra. Así se fundan a fines del siglo XIII los Hermanos y hermanas del libre espíritu, y a principios del siglo XIV aparecen los Fraticeli o Frateli y los begardos. Ambos predican y practican la comunidad de bienes. Son celibatarios. Los begardos residen generalmente en los Países Bajos, donde ejercen con mucha habilidad diversos oficios, particularmente el de tejedores.

Los movimientos populares y las herejias del continente repercuten en la Gran Bretaña, donde aparece Juan Wicleff, sacerdote, doctor en teología y profesor de la ya célebre Universidad de Oxford, el cual predica y escribe contra toda herencia y contra toda jerarquía. Cada uno es su propio amo. Nada de propiedad individual. Wicleff, bien considerado de los poderosos, pudo escapar a la persecución, mas no así otro sacerdote discípulo suyo, llamado John Ball. De 1370 a 1381 Wicleff recorre los campos, los burgos y las ciudades, llevando a todas partes la palabra divina. En las calles, al aire libre, en los recintos de los cementerios, junto a las iglesias, a la salida de los oficios, reúne hombres, mujeres y niños y les expone su doctrina.

- Buenas gentes -les dice-, las cosas no pueden ir bien en Inglaterra mientras los bienes no sean comunes, mientras haya villanos y gentiles hombres.

Es detenido y encarcelado. Escapa de la prisión, empieza de nuevo sus predicaciones y es encerrado otra vez. Pero la propaganda se hace tan bien, ayudada además, allá como en todas partes, por las continuas exacciones, por las persecuciones y por las opresiones de los grandes y de los ricos, que en mayo de 1381 estalla la revuelta de los collardos. Los jefes son Wat Tyler y Jack Straw, lo propio que John Ball cuando la multitud lo hubo sacado de la cárcel. Son más de cien mil, más bien rebaño que ejército. Incendian los hoteles y los castillos, a los cuales sienten gran odio, lo mismo que a los señores. Todos cuantos cogen son colgados o decapitados. Las cabezas, colocadas a lo alto de las picas, sirven de estandarte a la multitud, la cual destruye joyas, muebles, vajilla, quema las cartas, los registros y los pergaminos, que conceptúa instrumentos de su servidumbre. No roban nada. Son, dicen los revolucionarios, celadores de la verdad y de la justicia, y no ladrones. Pero si no roban, matan. Las venganzas se ejercen libremente. En un momento se extiende el odio que durante años han amasado estos hombres lentamente, como fruto del desprecio, de las vejaciones sufridas, de la opreslon moral, intelectual y física ejercida por los señores clérigos y laicos. Los propietarios, tratados como perros y bestias repugnantes, se vengan. Quieren la libertad, la supresión de las leyes, la igualdad. Por eso cantan:

Cuando Adán cavaba y Eva hilaba ¿quién era entonces el gentilhombre?

Banda desordenada, los aldeanos se extIenden como un rio que ha roto sus diques y cuyas aguas van a perderse insensiblemente en las arenas. Desorganizados, son deshechos por las tropas reales. Wat Tyler es muerto. Ellos mismos se dispersan y el rey y su nobleza anuIan las cartas que el miedo les había arrancado. John Ball y otros jefes son ejecutados, y los aldeanos vuelven a su esclavitud, vencidos pero no sometidos. En ellos va a dormitar el ideal del comunismo y de la libertad.

En el continente la miseria es también grande, numerosas las persecuciones y fuerte la opresión. Los efectos son los mismos. Sublevación de los proletarios (Compañeros de Ruán; Champerons blancos, de Flandes; Ciompi, de Florencia; Pobres, del Languedoc, etcétera), incendio de castillos, asesinato de nobles, destrucción de las bandas aldeanas y suplicio de los sublevados. Algunos escapan, no obstante. Unos se refugian en las inaccesibles regiones de montañas todavía inexploradas, otros se unen a los grupos de heréticos, como los hermanos moravos, y a los partidarios de Juan Huss, que predica la doctrina de Wicleff, una parte de los cuales son llamados taboritas (siglo XV).

Los hermanos moravos practican la comunidad de bienes y viven y trabajan en común. Observan una moral rígida, hasta puritana. Se casan, pero entre ellos es preferible el estado de celibato. Uno de sus más importantes doctores es Pedro Cheleícky o Kheltchistky. Según él, todo guerrero no es más que un asesino; la guerra es el más terrible de los males. El cristiano no puede ser propietario, ni comerciante, ni gobernante. No debe existir ni jefe ni amo. Los hermanos moravos son partidarios de la instrucción y abren escuelas en todas partes. Todo el mundo debe trabajar.

Tábor es la villa-refugio de los comunistas perseguidos, vandos, begardos, husitas y otros. Hay en ella una gran aglomeración de obreros, más de 40.000, en su mayoría tejedores y vendedores de tejidos. Todo es común entre ellos. Ignoran la diferencia que va de lo tuyo a lo mío. Quieren ser todos hermanos e iguales. Ni rey ni súbditos. De una moralidad perfecta, son heréticos y como tales dispersados y exterminados.

Mientras el socialismo se manifiesta de ésta suerte en Europa en los movimientos populares y en la propaganda comunista de los heresiarcas, aparece en Asia entre los pereas y entre los chinos y en América entre los peruanos.

A raíz del hambre y de la peste que azotó a Persia (año 500) el gran pontífice de los magos, Mazdak (470-535) emprendió una reforma moral y religiosa. Toda cosa animada o inanimada -decía- pertenece a Dios. Es, pues, una impiedad en un individuo, el apropiarse de un objeto que es propiedad del Creador, y como tal, destinado al uso común del género humano. Predica la comunidad de los bienes y de las mujeres y la igualdad de las clases y de las fortunas. Su palabra hace una multitud de discípulos entre los cuales se cuenta el mismo rey, quien da orden de que sean puestas en práctica las doctrinas de Mazdak. Pero los poderosos se resisten a la reforma, se insurreccionan, triunfan y ahogan en sangre el intento comunista, dando muerte a Mazdak y a miles de sus partidarios.

En China es también un poderoso el que intenta implantar el comunismo. Wang Ngan Che, ministro del emperador Chen Isug (1609), hace practicar el comunismo durante quince años. Como siempre, los poderosos y los ricos protestan, echan al ministro de su puesto y la reforma fracasa.

Para ver un estado comunista subsistir dnrante más de cuatro siglos, es preciso dirigir las miradas a los incas peruanos. Este Estado fue destruido en plena prosperidad, en plena vitalidad por los conquistadores españoles, los feroces y brutales compañeros de Pizarro, a principios del siglo XVI.

En el Perú impera un despotismo absoluto. El emperador es un semidios. No hay ninguna iniciativa individual. Todos obedecen y trabajan. El pueblo está dividido en secciones teniendo cada una un jefe responsable. El Inca, el emperador, lo posee todo. El suelo está dividido en partes para la corona, los templos y los sacerdotes, el pueblo y los auxiliados (enfermos, huérfanos, soldados, etc.). Los peruanos van al trabajo cantando, con la ropa de los días festivos. El casamiento es obligatorio, y se realiza en una edad determinada. Cada casta está estrictamente cerrada. El nacimiento determina la profesión a ejercer. No hay quien sufra hambre ni frío, ni quien quede abandonado. No existen crisis ni penuria. Cada uno obra según sus medios. Todos reciben, según el reglamento, los productos distribuídos administrativamente. Es éste el Estado-providencia en todo su esplendor.

El comunismo de los incas, con su total desdén de la libertad individual, es un ejemplar único en la historia de la humanidad.
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