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La revolución a través de los siglos - Capítulo II

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19 de Abril de 2005
Ciencias socialesHistoriaPensamiento y política
El ideal comunista no desaparece ni aun en medio del humo de las hogueras que la Iglesia enciende más o menos, en todas partes para arrojar en ellas a los herejes. Tampoco es ahogado en la sangre de los revolucionarios que el feudalismo triunfante extermina en masa. Por el contrario, el ideal vive y se manifiesta bajo formas distintas.

A principios del siglo XV se le ve surgir en obras de pensadores eminentes que renuevan, transformándolo, el sueño platónico. En Italia, Francisco Doni escribe I mondi terrestri et infernali. Entre estos mundos hay el de los prudentes, donde todos son iguales, todos trabajan y la propiedad es común.

Algunos años después, Giovani Bonifacio escribe su República delle api (República de las abejas), en la cual sostiene que el régimen más perfecto es el comunismo y que los hombres deben imitar a las abejas.

Le sigue más tarde el gran Tomás Moro, el ilustre pensador, canciller de Inglaterra, que publica su célebre Utopía (1516).- La igualdad -escribe- creo que es imposible en un Estado donde la posesión es solitaria y absoluta. Esto me persuade de modo absoluto que el único medio de distribuir los bienes con equidad y con justicia, y de constituir la dicha del género humano, es la abolición de la propiedad. Mientras el derecho de propiedad sea la base del edificio social, la clase más numerosa y la más digna no tendrá como participación más que penuria, tormentos y desengaños.

También Tomás Moro concibe una sociedad comunista con una organización precisa del trabajo. Todos los hombres trabajan por turno la tierra. Seis horas de labor diaria bastan suficientemente, pero nadie está dispensado del trabajo, considerado, por lo demás, como una fiesta. Cada hombre aprende la agricultura y un oficio. Los viejos, los enfermos y los niños son mantenidos y cuidados por la colectividad. Los habitantes son divididos en grupos que dirigen magistrados nombrados al efecto. El pueblo entero discute y acepta o rechaza las leyes (referendum). Los productos son almacenados en casas comunes y distribuídos bajo la dirección de los magistrados y con arreglo a los recursos comunales. No existe comercio, pero sí matrimonio y divorcio. Las madres son las nodrizas de sus hijos, nutridos y educados en común. La instrucción es común también.

En 1532 el inmortal Rabelais publica su Pantagruel, donde describe la vida y las costumbres de los telemitas, los cuales viven en común, en su abadía, en cuya fachada resplandece su famosa divisa: Haz lo que quieras en medio de una libertad y de una igualdad absolutas. Pero como la utopía de Moro, la abadía de Telema, de Rabelais, es simple obra de imaginación, esto es, inaplicable.

Y mientras en nobles espíritus germinan estas ideas comunistas, reflejadas en magníficas obras, el mundo entero se halla en activa fermentación.

Las represiones de los husitas y de los taboritas no habían extirpado ni de mucho las herejías, pues ni habían abolido la miseria de los unos, ni la opulencia de los otros, ni las costumbres disolutas y desvergonzadas del clero. Todos los aldeanos sometidos a la gleba y colmados de impuestos aspiran a la libertad.

Cubren el suelo del centro de Europa numerosas sociedades secretas. Lutero y Melanchton lanzan un nuevo fermento de revolución en este suelo profundamente trabajado, al levantarse contra la Iglesia. Ni uno ni otro son socialistas, ciertamente. Por el contrario, son enemIgos resueltos del comunismo. Pero la fuerza de las circunstancias les induce a protestar contra la usura, es decir, contra el interés del dinero. Este argumento lleva a otros doctores a sacar todas las consecuencias lógicas de la predicación evangélica. La reforma luterana se verifica en provecho de las clases ricas, de la nobleza y de la burguesía. Pero aldeanos y pequeños burgueses, puestos en movimiento por toda esta agitación política y religiosa, quieren aprovecharse a su vez. En ellos se despiertan las aspiraciones de libertad, siempre adormecidas, pero jamás extinguidas.

Forman sociedades secretas, tales como las de Bundschuh (Zapato federativo), así nombrado porque los aldeanos no tienen el derecho de llevar zapatos ní botas.

Su bandera es negra y a su sombra combaten por la libertad. Son vencidos y dispersados (1512) pero reaparecen en Suabia bajo el nombre de Pobre Conrado. Son jornaleros, obreros, aldeanos, pequeños propietarios (1514), cuentan con mucha fuerza, pero la nobleza emplea el engaño y la astucia para vencerles. Les halaga, les colma de promesas, y fiados en una fingida seguridad hace de ellos una horrible matanza y les ímpone sangrientas torturas.

Desaparece el Pobre Conrado y se funda la Confederación Evangélica. Han transcurrido diez años. Tomás Münzer (1498-1525) se levanta frente a Lutero, y él, pequeño burgués, sacerdote, doctor en Teología de la Universidad de Hall, presta al movimiento el poder de su pluma, la elocuencia de su palabra y el ardor de su fe.

Es preciso -dice- atacar la sociedad en su raíz, arrancar las causas del mal de la opresión y fundar la Iglesia del Espíritu Santo y de la libertad sobre bases sólidas ... La tierra es una herencia común, de la que nos corresponde una parte que se nos arrebata ... ¡Devolvednos, ricos de los siglos, avaros, usurpadores, los bienes que injustamente retenéis!

Inflamado por el amor al pueblo y a la humanidad entera, y quizás llevado inconscientemente por el odio a los señores, uno de los cuales ha hecho dar muerte a su padre, Tomás Münzer no vive más que para la realización de una idea: la liberación de los humanos. Soporta estoicamente las persecuciones. Desterrado de una población después de otra, gracias a Lutero, pobre, anda errante seguido de su joven esposa, que se halla encinta. No piensa más que en una cosa; su ideal, y no trabaja más que para su realización. Sus sufrimientos ni los sufrimientos de los demás nada le importan. No vive más que para su obra, y los folletos se suceden a los folletos y los discursos a los discursos.

La felicidad del hombre se encuentra en la misma vida, en la plena satisfacción de todos sus derechos, de todos los bienes de la naturaleza, en la libertad y en la vida. Dios está en nosotros. Cada hombre es una parte de Dios. Todos los hombres deben ser iguales. No hay siervos ni señores, hay hombres, hay hermanos. Esta igualdad completa no puede conseguirse más que en la comunidad de los bienes y de los trabajos.

A cada uno según sus necesidades y su posibilidad -decía. Esta doctrina la predicaba en nombre del Evangelio y la apoyaba con textos del mismo y de los padres de la Iglesia. A veces reproducía en violentos acentos, las imprecaciones de los cristianos contra los ricos.

Todos los señores son bandidos, son enemigos del pueblo, a los cuales debe estrangular cuanto antes.

Estas elocuentes predicaciones son oídas por las muchedumbres, a las cuales sólo falta convencer de su derecho a la insurrección para lanzarse a la conquista de su libertad. Y las multitudes proletarias, unidas en la Confederación evangélica, se sublevan. Tienen una carta, en la cual no reclaman el comunismo, sino la simple extensión de las propiedades comunales. Y lo que piden en primer término es la libertad. Tienen poca organización, y para obligar a todos los aldeanos, sus semejantes, a unirse a ellos, se disponen a aplicar una especie de excomunión, precursora directa del boycottage contemporáneo. A cuantos permaneces fuera de la Confederación, todos los hermanos miembros de la misma se comprometen a no vender, ni a comprar ni a dar nada, a no trabajar para ellos y a no prestarles ayuda de ningún género. Les considerarán como miembros muertos de la sociedad. Los aldeanos han levantado la bandera de la rebelión. A ellos se han unido los aventureros y los restos de las revueltas anteriores. Las bandas son numerosas y diversos los jefes.

Hay pastores, como Jacobo Wehe, el doctor Carlstad, el maestro Lutero; pequeños burgueses, como Jacques Rohrbache, llamado Jacques, que venga a su prometida, deshonrada por un señor y por su lacayo, y nobles como Florián Geyer y Goetz. Las bandas son indisciplinadas. Roban, incendian los castillos, los conventos, destrozan y queman los libros, las cartas y los papeles, que suponen instrumentos de su servidumbre. Por reacción natural, a la esclavitud impuesta, los aldeanos contestan con una licencia desenfrenada. Les gusta el vino que recogen para los señores. Convertidos en sus propios amos, vacían las bodegas de los castillos y de las abadías. Los nobles dan buena cuenta de ellos. A ninguno dan cuartel. Antes de darles muerte, muy a menudo torturan a los jefes. Los campesinos, que primero se limitaban a saquear las casas de los señores, contestan a su vez realizando sangrientas ejecuciones. La matanza es general. Se distingue la banda Jacques, empujada por la negra hechicera Hoffmann, la entusiasta libertaria que se propone ahogar en sangre el recuerdo de sus sufrimientos.

Los aldeanos no merecen aún ser libres, pues no poseen la libertad interior, sin la cual no es posible ningún derecho -decía con razón Tomás Münzer, discurriendo respecto a la que ocurría entre los sublevados. No hay más que disentimientos. Entre los jefes predomina la envidia. De castas y de clases distintas, sus intereses son opuestos y reina el descontento entre ellos. Entran en mucho las influencias femeninas. Además, los aldeanos son niños mayores, a los cuales se engaña fácilmente con buenas palabras. Los señores les atraen, y una vez reunidos en gran número les acometen y se muestran irreconciliables. Jacques y la Hoffmann son quemados vivos, o por mejor decir, tostados. Atados a un árbol, como vacas a una estaca, son rodeados de haces de leña encendida que les tuestan lentamente. Los nobles vencedores, sentados alrededor de las mesas, beben y cantan; la multitud de prisioneros, encadenados, llora y ruega, puesta de rodillas. Jacques y Hoffmann mueren clamando venganza. Su voz encuentra eco. Un año más tarde, cuarenta grandes y poderosos señores perecen a los golpes de los aldeanos.

Mientras las bandas aldeanas realizan diversas coalisiones, combatiendo valerosamente, aunque siendo casi siempre derrotadas. Tomás Münzer se halla en Mulhaucen, de Turingia. Del 17 de marzo al 12 de mayo de 1525, es dueño absoluto de la ciudad. Sin emplear la violencia, sin derramar una gota de sangre, transforma la población entera en una gran comunidad cristiana. Por espontánea voluntad, escribe Luis Blanch, establecen una sola familia, como en tiempo de los Apóstoles. A los que cuentan con menos fuerzas les imponen trabajos menos pesados, y de acuerdo con su condición social y con sus aptItudes. Todas las funciones se consideran igualmente honorables, sin otras diferencias que las dei deber y con absoluta ausencia de todo orgullo en la dirección, ante la obediencia voluntaria. Era la familia engrandecida.

Mulhaucen es sitiado y vencido. Münzer es torturado espantosamente cada dos días. Su joven mujer, encinta, es insultada por la soldadesca ebria. Lanzada al suelo, es violada en presencia de todo el ejército. Al levantarla había fallecido. Algunos días después Tomás Münzer era decapitado.

Las matanzas de los aldeanos y las violaciones de sus hijas no cesan, lo mismo que los suplicios más refinados. Los señores les hacen cortar los puños y sacar los ojos. Duques, condes, barones, margraves (Título otorgado a algunos príncipes en alemania) obispos, abates y sacerdotes presencian las torturas, que perfeccionan algunas veces excitando a los verdugos. El resplandor de los incendios de pueblos y burgos alumbra a los miserables traicionados por sus jefes, fácilmente comprados mediante promesas que los señores no reparan en hacer. Entretanto se mata y se sigue matando, hasta tal extremo, que los aldeanos corren a ia muerte como a la libertad. Van a ella satisfechos, pues así acaban todas sus penas. No más sumisión, no más diezmos, no más servidumbre. La libertad es la muerte.

Pero otros se refugian en las selvas, en las montañás, en los estanques. Conviértense en bandidos y bandidos seguirán siendo antes que someterse nuevamente al yugo de la esclavitud. Otros van a unirse a los anabaptistas, en Suiza, en los Países Bajos y en Westfalia. La guerra de los aldeanos ha terminado, pero continúa la destrucción de los revoltosos que han tomado el nombre de anabaptistas. En Zurich el Senado hace ahogar algunos millares. En todas partes los directores, reyes, nobles y curas los envían al patíbulo y a la hoguera. Hombres, mujeres y niños son decapitados, ahogados y muertos de mil y mil maneras.

Los pobres no resisten. Huyen, y cuando renace la paz vuelven. Los predicadores son en gran número. Jean Volkerts, Hoffmann de Strasburgo, Meuno Simón, Juan Van Geelén, Juan Van Kampen, Juan Mathysz, Juan Beukelsz, tan célebre bajo el nombre de Juan de Leyde, van predicando la comunidad de los bienes y la no resistencia al mal por la violencia. Rechazan toda autoridad, no quieren militares, gobierno ni magistrados. Entre esta multitud de predicadores los hay de diversas sectas y algunos proclaman la comunidad de mujeres. Otros mantienen la propiedad privada sin otra restricción que la de que el propietario debía conducirse como si no lo fuese. Todos los hombres son iguales y todos deben ser atendidos. Está prohibido prestar juramento e intentar procesos.

Las doctrinas anabaptistas tienen por objeto la transformación completa de la sociedad de entonces. Los beneficiados del orden social imperante se oponen en todas partes. En Polonia, Bohemia, Morabia, Suabia, Suiza y Países Bajos, de 1525 a 1535 no cesan las persecuciones. Es indispensable extirpar la herejía anabaptista. La religión es el manto con el cual se cubren los intereses materiales de los señores, del clero y de los laicos. Las hogueras, los patíbulos y los ahogados no impiden la propagación de la doctrina y en febrero de 1534 los anabaptistas se hallan dueños de Munster, en Westfalia.

Mientras el obispo pone sitio a Munster, los sitiados, dirigidos por Juan de Leyde, Juan Mathysz, Knipperdolling y Rothmann proclaman el comunismo. La producción y el consumo se hacen en común y el oro y la plata cesan de ser empleados. Entre toda esta gente, que vive en una atmósfera de visiones y de sueños, el entusiasmo es indescriptible. Cada uno quiere sacrificarse para la salud de todos. Bajo la influencia de las predicaciones religiosas, de los profetas alucinados, de los sufrimientos del sitio, que dura cerca de dos años, de la inextinguible sed de libertad y de igualdad en que viven todos estos aldeanos y pequeños burgueses, la tensión nerviosa es considerable. La noción de lo tuyo y de lo mío, ya no existe. Todo es común entre elios. Cada uno considera su ocupación como un oficio, como una misión divina. Juan Mathysz muere en una salida hecha contra las tropas episcopales y Juan de Leyde queda como jefe. Inspirado en las santas escrituras, establece la ley mosaica, tan bárbara en su represión, pero la atenúa con el perdón a todo culpable que se arrepiente sinceramente. Queriendo imitar a David, establece la poligamia, con lo cual no hace más que legitimar las costumbres de la época en que el adulterio y el concubinato de los curas y de los laicos es realizado en alto grado.

Juan de Leyde se hace proclamar rey. Llevado de la manía de las grandezas, e influído en parte por la intensidad de su fe religiosa, se rodea de una corte y vive en medio de una pompa oriental, mientras Munster es presa del hambre. El mismo, por otra parte, se ofrece a las tropas del obispo, que se lo lleva al fin, apoderándose de la ciudad por sorpresa. Juan de Leyde es preso, torturado y ejecutado. Así termina el ensayo de gobierno comunista que había durado cerca de diociocho meses, realizado en condiciones tales que es irracional y anticientífico el deducir, como algunos lo han heeho, que el comunismo es impracticable.

Aunque sus adeptos sean exterminados, entregados a la hoguera, al patíbulo o al hacha, no por eso mueren las ideas. La persecución no extirpa del cerebro de los hombres una idea cualquiera. Por el contrario, muchas veces contribuye a su propagación, modificando solamente el medio de difundirla. El comunismo no desaparece, pues, con la caída de Munster, lo mismo que los anabaptistas, que subsisten de una manera más o menos velada.

Vemos reaparecer el ideal comunista en la imaginaria Civitas Solis (Ciudad del Sol) del monje Campanella (1568-1639). Encerrado una veintena de años en la prisión por haber conspirado contra la dominación española en Nápoles, y pretendido instaurar con ayuda de tres monjes una República comunista. Campanella sufre la tortura repetidas veces, una de ellas durante cuarenta horas seguidas, sin pronunciar palabra. Puesto al fin en libertad a instancias del Papa Urbano VIII, muere trece años después pensionado por Luis XIII.

Campanella considera el egoísmo como la raíz de todos los males. El interés particular, único móvil de las acciones humanas, es el gran azote del mundo. La propiedad privada es la fuente del egoísmo. Por eso debe ser abolida. Por consecuencia, en la Ciudad del Sol la propiedad es común; los hombres producen y consumen en común. No por eso son libres. El jefe tiene un poder absoluto. Fija y distribuye el trabajo e interviene en las uniones de los dos sexos. La reglamentación es mayor aún, pues llega a fijar las cohabitaciones conyugales. Campanella quiere llegar al perfeccionamiento de las razas por la selección de las uniones. Los castigos son todos corporales, existiendo hasta la ley del talión. En la Ciudad del Sol bastan cuatro horas de trabajo para proporcionar a todos lo necesario y lo superfluo. Los niños de los dos sexos son cuidados e instruídos en común. Tal es la economía de la utopía de Campanella.

En esta época de intensa fermentación intelectual son numerosas las utopías comunistas. Vairasse escribe Les Sévarantes (1667), cuya vida social traza. El Estado es propietario de todos los bienes. Los productos son distribuídos por magistrados. El trabajo es obligatorio para todos (8 horas de trabajo, 8 horas de descanso, 8 horas de diversión). Los niños son educados en común y la vida se realiza en común en grandes establecímientos.

Todo es común, asimismo, en la vida que narran en Les aventures de Jacques Sadeur (Varmes, 1676) o en L´histoire de l´ille de Talevaja, por Claudio Gilbert (Dijón, 1700). Todas estas utopías tuvieron una realización parcial en las misiones jesúiticas del Paraguay (1610-1750).

A una hora fija, la misma para todos, se levantaban por la mañana. Los casados eran despertados para que tuvieran tiempo de comunicarse las impresiones íntimas y de pensar en la reproducción de la familia -Creced y multiplicaos- repetían los padres jesuitas, deseosos de tener numerosos trabajadores. Las mujeres hilaban el algodón. La labor empezaba a las diez. Los hombre trabajaban ya en los campos, en el cultivo del mate principalmente, ya en los talleres, bajo la vigilancia de los jesuitas. Los productos de la cosecha eran almacenados en depósitos públicos, siempre bajo el vigilante ojo de inspectores. Perteneciendo a todos, los productos a consumir eran distribuiídos cada mes a los jefes de barrio o de distrito, los cuales los repartían a las familias proporcionalmente al número de sus miembros. Cada día se sacrificaban un número suficiente de bueyes y carneros, que se distribuían de igual suerte. En las misiones paraguayas reinaba, pues, el comunismo más despótico. En ellas era desconocida la libertad individual. Sin distinción de sexo ni de edad, el látigo castigaba todas las faltas públicas. Los indios constituían un verdadero rebaño humano, dirigido por los jesuítas como un rebaño de carneros lo es por el pastor. Por otra parte, la miseria era desconocida. Nadie sufría hambre, pero nadie era libre.

Mientras en Sud América se organizaba esta autocracia comunista, en Europa se elaboraba la autocracia real de un Luis XIV y la revolución inglesa.

La agitación religiosa y política de las guerras de la liga contribuye a la formación de un reinado cuyo poder absoluto se acrecienta paulatinamente bajo Enrique IV y Richelieu y conduce a Luis XIV, que sintetiza todo el Estado en él. Los pensadores del siglo XVI, adecuados a su época de fermentación, han desaparecido. La monarquía absoluta no tiene necesidad de pensadores; lo que le falta son cortesanos, que sabe encontrarles. Entre la multitud de escritores y oradores de este tiempo, ninguno demuestra tener independencia y ser hombre verdaderamente libre. Apenas Bossuet se atreve, en medio del incienso que quema ante los grandes de la Tierra, a recordar las doctrinas de la primitiva Iglesia. Tímidamente escribe que a la sociedad corresponde hacer la vida cómoda a todos que sin los gobiernos todos los bienes son tan comunes entre los hombres como el aire y la luz y que según el derecho primitivo de la naturaleza, todo es de todos. Apenas Fenelón, con mayor independencia, osa trazar en su Joven Telémaco la descripción de una monarquía comunista en Salento.

El rey quiere servidores, no pensadores. La masa popular, explotada, expoliada, presa a veces de convulsivos sobresaltos, se revoluciona, siendo rápidamente castigada y sometida de nuevo a la esclavitud. Luis reina. Nobles, burgueses y proletarios obedecen.

En Inglaterra la situación es muy distinta. La Iglesia católica, tan absoluta, carece de fuerza. La reforma ha difundido en la multitud los principios del libre examen. Todos, nobles, grandes y pequeños burgueses y hasta los mismos aldeanos quieren ser libres. Los descubrimientos transoceánicos y las transformaciones del comercio y de la industria que les han sucedido han lanzado en la masa poderosos fermentos. Se levanta todo un pueblo de agitadores, y como la religión en estos tiempos interesa a todos, a menudo es con el nombre de la doctrina de Cristo que se propaga.

Carlos V, con la alta y rica nobleza, quiere resistir y transformar Inglaterra en un reino antocrático, pero halla oposición entre una multitud de pequeños nobles rurales y de burgueses de las ciudades, cuyas embarcaciones cubren los mares, enriqueciendo la Gran Bretaña. En esta época se agitan muchas sectas, todas más o menos inficionadas de anarquismo y de socialismo. Entre dichas sectas se cuentan los familistas, derivados de los anabaptistas alemanes, los partidarios de la quinta monarquía, los antinomistas, enemigos de las leyes morales y religiosas escritas, los rauters, que practican el amor libre y muchas otras, todas comunistas.

Se publican muchos folletos y escritos propagando la buena palabra, entre ellos algunas utopías, como Macaria, de Harktib (1641), que sin ser socialista está, no obstante, fuertemente impregnada de tendencias socialistas.

Pero contra todas las sectas, adversarios de aquellas doctrinas, están los burgueses, los grandes burgueses de las ciudades, los que tienen en sus manos el comercio mundial de la época. Suprimida la monarquía, las doctrinas con que los libelistas alimentan al pueblo ponen en peligro la propiedad privada. La lucha continúa, contribuyendo todo a mantenerla: la miseria, la carencia de trabajo, la efervescencia en los espíritus populares alimentada por el ardor prosélito de los libelistas y de los sectarios de todo género.

Así no cesan de repartirse hojas y folletos. Entre los autores más vehementes se cuentan John Liburne, Overtón, Prince, los jefes de los niveladores, que continúan contra Cromwell y los presbiterianos la lucha emprendida contra Carlos I. Estos jefes son republicanos, uno de ellos, Overtón, es hasta materialista, pero no comunista. En cambio participan de estas ideas Walwyn, Winstanley, Everard y otros niveladores.

Según Walwyn, la propiedad territorial es un robo: el suelo entero pertenece al pueblo y sólo los ricos tienen necesidad de la ley para su protección.

Winstanley y Everard no quieren ni jefes ni magistrados, reclaman la comunidad de los frutos de la tierra y afirman lo pernicioso del comercio, que califican de pecado original. La riqueza es imposible sin la explotación, pues los ricos viven del trabajo de los demás. No es necesario, pues, ni los ricos ni la moneda. Todos los productos deben ser comunes, almacenados en locales comunes, donde cada uno tomará lo que necesite. Como todos son iguales, la instrucción debe ser integral para todos. El casamiento es libre y el trabajo es obligatorio hasta los cuarenta años. No hay sentencias ni penas. -No tenemos necesidad -dice- de aprisionar, de azotar ni de ahorcar, como en las leyes destinadas a la mutua represión (The Law of Freedom, 1651-52).

Los mismos Everard y Winstanley intentaron la realización de su ideal. Al frente de algunos hombres, se apoderaron de tierras, las sembraron y destruyeron los cotos que no debían existir. Fueron perseguidos y libertados después de haber afirmado su derecho y su deber, ellos, verdaderos niveladores, de trabajar para restaurar la comunidad en la posesión de los frutos de la tierra, para repartirlos entre los pobres y los menesterosos y para dar de comer a los hambrientos y vestir a los desnudos.

Estos son comunistas anarquistas, cuya tendencia general predomina en la época. Pero la efervescencia es tal, que se ven surgir otras ideas, como la del doctor Chamberlán, el cual en The Poor Man´s Advocate resulta un predecesor del socialismo de Estado, preconizando la nacionalización del suelo. Otros, como Hobbes, en Leviathan, como James Hartington en Océana, no son socialistas, pero tienen algunas tendencias.

Por el contrario, la secta de los cuákeros, secta numerosa, que se denomina a sí misma Sociedad de amigos, es francamente socialista. Aunque en sus escritos apenas se descubre la doctrina, lo cierto es que se pronuncia violentamente contra la propiedad privada y que en su enseñanza secreta preconiza la comunidad de los bienes. Esta propaganda se hace en los Países Bajos, en Rotterdam y en los puertos de la Alemania del Norte, donde reclutan sus partidarios entre los pobres. Por eso son objeto de algunas persecuciones. Muy solidarios entre sí, asisten a sus pobres, a sus enfermos, a sus perseguidos. Es, naturalmente, en nombre del Evangelio y de la difusión de la doctrina de Cristo como sus propagandistas John Belles y Plockboy, que escribe con el nombre de Van Zurickzee (1659), publican folletos democráticos preconizando realmente el comunismo bajo diversos aspectos.

Así el último propone una sociedad donde las habitaciones serían comunes a grupos, teniendo los individuos departamentos privados. Habría sala común para las comidas, las reuniones, los niños, etc. Tan pocas reglas fijas como sea posible. La igualdad es completa para todos. Cada uno conserva lo que quiere, mientras no esté en contradicción con el buen sentido. Los niños aprenden dos o tres oficios cada uno; las niñas aprenden un oficio manual. La producción se realiza en común, pues hay economía de trabajo. Conociendo cada uno varios oficios, varía de ellos cuando quiere.

Como las habitaciones son comunes, el trabajo doméstico lo es también, con menos pérdida de tiempo por igual producción. Los productos serán ingresados en casas centrales conteniendo numerosas tiendas. Los niños corren a cargo de la sociedad. No hay siempre igualdad de fortunas. Esta doctrina cuákera desciende del primitivo comunismo cristiano, para insistir sobre la idea de asociación y de cooperación libres. Estas ideas, emitidas en el siglo XVII, encontraron su aplicación más o menos efectiva en el siglo XIX, según tendremos ocasión de demostrar.
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