Capitulos de este wiki
  1. 1 Presentación.
  2. 2 Capítulo I
  3. 3 Capítulo II
  4. 4 Capítulo III
  5. 5 Notas

4 - Capítulo III

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Curso gratis creado por A. Hamon. Extraido de: http://www.antorcha.net/biblioteca_virtual/historia/hamon/hamon.html
30 de Noviembre de 1999
Mientras en el siglo XVII el despotismo real (1) y la centralización política habían amortiguado en Francia el pensamiento humano, en el siglo XVIII asistimos a una intensa fermentación de las ideas morales, políticas y económicas. En la primera mitad de este siglo vemos una verdadera lluvia de novelas utópicas al estilo de la Historia de los sevarantes. Entre ellas hay los Diálogos o conversaciones entre un salvaje y el barón de la Hutan, por M. Guedeville {1704), el Nouveau Gulliver, del abate Desfontaines (1730), las Memoires, de Gaudencio di Lucca (1717) y muchas otras. Se presenta el buen salvaje: el hombre sencillo, de la naturaleza, es opuesto al hombre pervertido por la civilización. Se celebran las virtudes de la comunidad de los bienes y de la vida y la ausencia de lo tuyo y lo mío. No hay ricos, ni pobres, ni ociosos. En estas utopías bajo la forma de novelas y en algunas obras teatrales, como Arlequín salvaje, de Delisle (1721) la nota comunista, y socialista por lo tanto, está claramente dada. La propiedad privada es combatida en beneficio del comunismo.

Pero al Iado de estas obras francamente socialistas, hay muchas más todavía que se limitan a la crítica de la sociedad de aquel tiempo y a la indicación de reformas políticas, morales y a veces económicas, pero de tendencia socialista. Sus autores son filántropos, como el abate de Saint-Pierre, y otros.

Pero en esta época, en este fin de reinado del rey Sol, vivía en un humilde curato de la Champaña un sacerdote, Juan Meslier, verdadero socialista. Ateo, materialista, se deja morir de hambre (1729 a 1733) porque no había podido obtener justicia de un señor que maltrató a algunos aldeanos. Meslier dejó un testamento, del cual circularon algunas copias. Pero este monumento del espíritu humano no fue impreso hasta 1864.

El autor ha sufrido, y sobre todo ha visto sufrir. Así es violento y así oye expresar con satisfacción el deseo de que todos los grandes de la Tierra y todos los nobles sean ahorcados y estrangulados con intestinos de cura. Ricos, monjes, magistrados y polizontes son haraganes, son parásitos. Los pobres son sus esclavos. Es preciso revolucionarse, y Meslier predica la revolución. Se ve obligado a callar y sólo confía al papel sus íntimos pensamientos, reflejando en su sentimiento todo su entusiasmo, todo su odio, todo su amor. Los males sociales tienen por origen la desigualdad, que descansa sobre la propiedad y la religión. Urge destruir una y otra. Todos los bienes deben ser poseídos en común. En común se debe gozar. En el comunismo no habrá miseria ni penuria. Meslier es tan avanzado en política como en economía, y preconiza la comuna independiente, autónoma, federándose por regiones con las demás comunas.

También predica el casamiento libre, sin sanción legal. Es, indudablemente, un socialista con grandes tendencias anarquistas, Sirve de transición, según ha dicho M. Liehtenberger, entre John Ball y Bakunín.

Del testamento de Juan Meslier el siglo XVIII sólo conoció verdaderamente la parte antirreligiosa, cuyos extractos fueron publicados por Voltaire y d´Holbach, y ejercieron, por lo tanto, muy poca influencia sobre el pensamiento socialista.

Aunque no socialistas, Montesquieu, Rousseau y otros la hicieron sentir mucho más. Montesquieu celebra el comunismo primitivo de los pueblos agrícolas y pastores y admira las misiones del Paraguay, fundadas por los jesuítas, verdaderos precursores del socialismo de Estado. Concibe la democracia como una República igualitaria al punto de vista económico y político. No obstante, no es socialista, pues lo que quiere no es el Comunismo, ni la propiedad perteneciendo a una colectividad, sino teniendo todos una propiedad igual.

Rousseau se acerca más al socialismo, aunque en ninguna parte propone el comunismo. Sin embargo, escribe: Quiero, en una palabra, que la propiedad del Estado sea tan grande y tan potente y la de los ciudadanos tan pequeña y débil como sea posible. Admira el hombre de la naturaleza y la igualdad natural y afirma que la propiedad privada, esto es, lo tuyo y lo mío es origen de crímenes, de muertes, de miserias, de castigos, etc. Los ricos son ladrones. Trabajar es un deber indispensable al hombre sociaL

Con Rousseau, casi todos los pensadores y filósofos de esta época se niegan a ver en la propiedad un derecho natural. La propiedad es de origen social, es el producto de un contrato, es una concesión de las leyes civiles, y el Estado puede organizarla, en un momento cualquiera de su existencia, en la forma que mejor le plazca.

Elvetius, Graslin, Linguet, Turgot y otros fisiócratas defienden, en unión de Diderot, esta tesis del origen de la propiedad y se entregan a una crítica acerba, áspera, de la sociedad de aquel tiempo. En multitud de escritos se encuentran exactamente las mismas críticas sociales que se oyen hoy de labios de los socialistas.

Diderot ve en la propiedad el origen de los vicios, y no obstante la defiende en diferentes partes de sus obras. Cierto que en su Suplément au Voyage de Bougainville escribe un ditirambo a favor del comunismo de los bienes y hasta de las mujeres, pero parece más bien un arranque que una verdadera apología del comunismo. No es lo mismo en los Incas, de Marmontel, verdadero elogio del comunismo peruano.

Además, existe una literatura abundante, en la cual predomina el espíritu comunista. En ella se elogian los Hermanos Moravos, las comunidades de la Auvernia y de Orleáns, especie de experimentos comunistas semejantes a los tantas veces realizados en la América del Norte, en la Gran Bretaña y en Francia. Numerosos curas y abates siguen exponiendo la tesis de los padres de la Iglesia respecto a las riquezas y a la usura, dirigiendo sus críticas contra los ricos y alabando a veces el comunismo, lo que hacen también otros escritores protestantes. Pero todo éste es un socialismo vago. No así el que se expone en la Basiliade (1753) y particularmente en el Code de la Nature (1755), de Morelly.

La primera de estas obras es una novela utópica en la que se describe la vida de pueblos que se hallan en el estado de naturaleza. La inhumana propiedad, madre de todos los crímenes que se cometen en el resto del mundo, era de ellos desconocida. Nadie dice: mi campo, mi buey. El bienestar individual es inseparable del bienestar común. La comunidad de los bienes une más eficazmente a los hombres que el interés personal. Los bienes son comunes, pues, en este país. El trabajo se efectúa en común, de muy buena voluntad, pues todos se esmeran en él, siendo la fraternidad grande. Los productos son distribuídos según las necesidades. El casamiento es absolutamente libre. Todos son iguales, aunque existe un rey.

Morelly trazaba en la obra de referencia la silueta de una sociedad comunista, aunque un poco autoritaria. Pero precisa más su ideal en su Code de la Nature. En su concepto, lo que importa es que los bienes sean comunes, no afectando apenas la forma de gobierno. Todos los males provienen de la forma de la propiedad. Es éste un socialismo puro. No quiere el reparto de la propiedad, ni igual, ni desigual, sino la propiedad común. Presenta un modelo de legislación para una sociedad comunista y fija las reglas de la misma estableciendo tres leyes fundamentales: 1° En la sociedad nadie será propietario más que de aquellas cosas que haga uso personal. 2° Todo ciudadano será hombre público. 3° Todo ciudadano contribuirá, por su parte, a la utilidad pública.

En una serie de leyes MoreIly reglamenta minuciosamente los trabajos y la distribución de productos. Estos son concentrados en almacenes y distribuídos bajo la intervención de los magistrados. Entre los ciudadanos no se verifica ninguna venta. El casamiento es obligatorio. El cuidado y la educación de los niños se realiza en común. Un senado compuesto de ancianos dirige. Los crímenes y los delitos son castigados en prisión: Los condenados permanecerán ociosos.

El Code de la Nature fue muy leído. Sabios, ignorantes y mujeres, según afirma Voltaire, experimentaron una viva influencia. D'Argenson, el ministro de Estado, se entusiasma con esta obra y la cita en sus Memorias. Morelly se declara en ella admirador de las misiones paraguayas. Protesta contra la desigualdad de las riquezas, contra el sistema capitalista entonces en sus comienzos y contra la herencia en línea colateral. Analiza las causas de la desigualdad y deduce que dimana de la propiedad individual.

Su ideal, no obstante, no es puramente socialista, pues desea que las tierras estén en poder de los que las cultivan, los cuales no deben poseer más que aquellas que puedan laborar. La propiedad es, pues, hasta cierto punto, individual. Finalmente, pide la autonomía de los municipios y se declara partidario de una dictadura ilustrada.

Con las obras del abate de Mably (1768 y 1776) vemos un retorno a las Repúblicas antiguas. Como Morelly, Mably es comunista y considera, como Rousseau, bueno al hombre de la naturaleza y mala la civilización. Mably describe un régimen social con la comunidad de bienes, sin industria y sin comercio. El Estado, propietario de todo, distribuye a los particulares lo que necesitan. La idea sostenida por Mably, Rousseau y Morelly es la misma: es la moral del interés.

Filántropo y sensible, Mercier la emprende contra los ricos, pero no ataca el principio de autoridad, mientras lo hace Retif de la Bretaña, el cual es deliberadamente comunista. En sus utopías Le Paisan Perverti (1776) y la Découverte Australe (1782) se erige en ardiente defensor de la posesión común de los bienes, pues la ley de la propiedad es origen de toda miseria humana. Todo el mundo trabaja, siendo suficientes seis horas de labor. No hay procesos ni encargados de hacer justicia. La fraternidad y la igualdad reinan entre todos. Las mujeres son comunes, en el sentido de que no pasan toda su vida con el mismo hombre. Los niños son cuidados y educados en común.

Parece que las novelas utópicas de Retif de la Bretaña no tuvieron un gran éxito. Sin embargo, según opinión de M. Lichstenberger ejercieron gran influencia sobre Fourier y Saint-Simón.

Morelly, Mably, D'Argenson y Retif de la Bretaña son comunistas más o menos impregnados de autoritarismo. Dom Deschamps, es un benedictino bretón, que se declara francamente comunista en una obra escrita en 1770, que ha quedado manuscrita, y de la cual sólo publicó su esencia M. Beaussire en 1865. El benedictino es ateo, determinista y transformista a la manera de Darwin, y un predecesor directo de Hegel, quien pudo tener conocimiento directo o indirecto de la obra manuscrita del metafísico francés. Debemos atender nuestra dicha por la dicha de los demás, si queremos que los demás atiendan la suya por la nuestra -escribía Dom Deschamps-. También es adversario de las leyes y preconiza una sociedad donde no existan, donde reine un estado de costumbres. Para trazar de antemano este estado de costumbres, basta concebir los hombres fuera de las ciudades, disfrutando sin inconvenientes, sin leyes y sin rivalidad alguna, de toda abundancia, y de completa salud y de la fuerza necesaria contra lo que pudiese perjudicarles; de toda la tranquilidad de alma y de toda la felicidad que la vida campestre, la igualdad moral y la comunidad de bienes, entre ellos la de las mujeres, pueden procurarles. El estado social ideal deseado por Dom Deschamps es el comunismo anárquico.

Belly, el benedictino de Montreil, es un antecesor inmediato del socialismo, mucho más que Brissot de Warville, considerado comúnmente como tal. Este filósofo afirma que toda propiedad procede de una usurpación, mas por otra parte deduce que debe ser conservada y se limita a pedir una reducción de las penas que se aplican contra el robo. Este es también el objeto de J. P. Marat en un Plan de legislation criminelle, y de Nicolás Pinel en su Dissertation sur la peine de mort. Todavía este último filósofo, como protesta contra el derecho de propiedad emite algunos conceptos que permiten considerarle como un precursor del socialismo.

Todos los escritores franceses de esta segunda parte del siglo XVIII combaten los prejuicios sociales, examinan todos los principios de la moral, la religión, el matrimonio, la propiedad, etc. Un gran número admiran al hombre salvaje. Es increíble el número de taitianos, iroqueses, peruanos, hurones, indios, etcétera, que nos describen las excelencias de un comunismo más o menos vago, en multitud de novelas utópicas, de relatos imaginarios, que critican de un modo acerbo las riquezas, el lujo y las desigualdades de la sociedad de aquel tiempo.

También debemos citar una utopía curiosa y al presente muy ignorada -cuyo autor no nos ha sido posible descubrir- y cuyo largo título es: Découvertes dans la mer del Sud, nouvelles de M. de Laperouse jusqu´ a 1794, traces de son passage trouvés en diverses illes et terres de l'Ocean Pacifique: grande ille peuplée d'emigrés franÇais. El ignorado autor, en un admirable cuadro pinta la naturaleza y el clima y describe una sociedad falansteriana.

Mientras en Francia los filósofos y los pensadores dedican su imaginación a construir sociedades ideales, en Rusia las poblaciones intentan llevar a la práctica estos sueños de los pensadores.

Gran número de sectas racionalistas, entre ellos los rascoluiks, los biegunys, los dukhoborkzis y otras, reclaman la libertad y la igualdad para todos. No aceptan ni autoridad ni patria y se declaran internacionalistas. Rechazan el servicio militar y no quieren curas ni imágenes de Dios. Protestan contra la propiedad individual y reclaman el casamiento libre. Su ideal es la posesión íntegra del suelo, lo mismo que el trabajo en común y la posesión común de los productos.

Además, partidarios del self government (gobierno de ellos mismos por ellos mismos), afirman el derecho de todos a la parte igual de los bienes. Basan sus doctrinas sobre la Biblia y sobre los evangelios. Ee muy probable que las sectas protestantes de la Europa occidental influyesen en la formación de estas sectas realistas y racionalistas de Rusia.

Los sectarios no se limitan a predicar sus ideas, sino que quieren ponerlas en práctica, realizando al efecto diversas sublevaciones, tales como la de Stenko Razine, a fines del siglo XVII, la muy importante de Pugatchev, en 1773, y otras.

Por otra parte todo ha contribuído a la realización de estas revueltas; más aún que impulsados por el ideal, han obrado ante la opresion ejercida por los señores, con sus grandes crueldades, ante la miseria, ante la violación de las siervas, etc., etc.

Los motines parciales no cesan desde 1762 a 1773. A pesar de las matanzas del knout, del descuartizamiento y de los destierros, los levantamientos se reproducen sin cesar, para terminar con la gran revo¡ución de Pugatchev, en la que tomaron parte miles de aldeanos, derrotando a los ejércitos imperiales. Pero masas sin cohesión y sin disciplina, son dispersadas y al fin sometidas. La represión es salvaje, realizándose atroces suplicios: descuartizamiento, hoguera, etc., hasta tal punto, que los mismos revolucionarios se dan la muerte ante los ojos de los soldados, antes que rendirse. Los sectarios huyen a los bosques y para traerlos a las poblaciones, los soldados se entregan a una caza en toda regla. Los argumentos son el látigo y las vergas. Al fin las sectas son sometidas, pero no destruídas. Por el contrario, crecen y progresan, efecto común de las persecuciones.

En la Gran Bretaña, las persecuciones alcanzan un grado menos agudo, aunque las autoridades gubernamentales molestan y condenan a los pensadores audaces que atacan los principios de la propiedad, del Estado y de la religión. Burke escribe su libro A Vindication of natural society (1756), considerado por todos como una burla, como una chanza, sin gran alcance. El maestro Tomás Spencer propone, en 1775, a la sociedad filosófica de Newcastle On Tyme que el suelo, el subsuelo y los ríos sean propiedad común, cuyas rentas pertenezcan a todos. Diez años más tarde (1785) publica Spentonia, o sea la descripción de una República ideal donde el Estado es propietario de todo y donde se halla establecido el sufragio universal para los dos sexos.

La posesión común del suelo y del subsuelo interesa también a los escoceses, pues en 1781 Ogilvie publica: An essay on the right of property in land (Ensayo sobre el derecho de propiedad del suelo). En él demuestra que la posesión común del suelo es de absoluta justicia. Algunas pequeñas sectas religiosas escocesas se esfuerzan en establecer el comunismo, pero desaparecen bajo las persecuciones, huyendo gran parte de los sectarios a los Estados Unidos.

Finalmente, en 1793, W. Godwin publica su célebre Political justice, donde se critica la sociedad en nombre del derecho natural y de la igualdad y se demuestra la necesidad de la posesión común de los bienes.

En Alemania el socialismo no aparece hasta la publicación de la obra de Fichte Geschbossene Handelstaat (1796). Verdadero predecesor de los socialistas de Estado, dice en síntesis: El que no trabaja no tiene derecho a obtener de la sociedad medios de subsistencia ... La sociedad debe proporcionar a todos los medios de trabajo, y todos deben trabajar para vivir ... El trabajo y el reparto serán organizados colectivamente. Cada uno recibe, por una parte determinada de su trabajo, la parte equivalente de capital, que constituye su propiedad, con arreglo a derecho ... Los agricultores y los obreros se asociarán para producir más con el menor esfuerzo posible.

En Francia toda la sociedad está en activa fermentación. Nos hallamos en vísperas de la Gran Revolución burguesa. Las ideas socialistas, que habían sido bastante raras a principios del siglo XVIII, son propagadas ahora con mucha frecuencia. El comunismo es una base de la moral.

No hay en Francia, sin embargo, un movimiento general, sino muchos movimientos aislados. A menudo no existe entre los escritores la menor relación. Los pensadores pasan por el tamiz de la razón el derecho de la propiedad, dejando en mal lugar la posesión individual de los bienes. Hay escritores de tendencias socialistas, pero no hay sociaIistas verdaderos, a excepción de Meslier, de Sylvain Marechal, de Babeuf y de Boissel.

En 1781 Sylvain Maréchal publicó su Nouveau Luréce y en 1788 sus Apologues modernés á l~usage d'un dauphin, donde se erige en defensor del comunismo. Babeuf y Boissel hacen lo propio en su Catéchisme du Genre Humain (1789).

Todos estos escritos, producto de los defectos de la sociedad de aquel tiempo, de las injusticias y de los males sociales, ejercieron una gran influencia sobre la masa popular de entonces y más tarde sobre los pensadores del siglo siguiente. La masa popular sufre, gime, se queja y se subleva en todas partes. Se registran movimientos populares contra los ricos -generalmente contra los nobles- en la Bretaña, en el Delfinado y en el Franco Condado (1787-1788), pero la represión de costumbre restablece el orden momentáneamente.

A estos movimientos le sucede el de los Estados Generales de 1787. En los cahiers no se pone en duda el principio de la propiedad. El país está inundado de folletos y hojas en favor del tercero y cuarto estado (aldeanos y obreros). Pero muchos no están impregnados de socialismo. La Revolución, al acentuarse, impulsa algunos movimientos contra los ricos.

Los revolucionarios fulminan sus protestas contra los comerciantes, tales como Fouché y Carrier en Nantes (1790-1793) y en la Niebra (1793).

Finalmente sobreviene la conspiración de los iguales (1796) con Babeuf, Darhté, Buonarotti, Sylvain Maréchal, Rosignol, etc. El Manifiesto de los Iguales está impregnado de socialismo. Reclama la comunidad de los bienes. No más propiedad agrícola individual -dice-. La tierra no pertenece a nadie. Reclamamos, queremos la posesión común de los frutos de la tierra; los frutos son de todos ... Y en el Tribun du Peuple se decía: Es preciso despropietarizar a Francia. Para dicha común quiero que no exista ninguna propiedad individual ... Babeuf, Buonarotti y sus conspiradores acordaron que el Comité insurreccional publicaría durante la insurrección dos decretos, en virtud de los cuales los pobres serían inmediatamente vestidos a expensas de la República y alojados el mismo día en las casas de los ricos, a los cuales no se les habría dejado más que las habitaciones indispensables.

Pero la conspiración de los Iguales fracasó, a pesar de sus 17.000 afiliados, por la traición de un oficial, y el tribunal condenó a muerte en 1797, a Babeuf y Darthé, pagando con la cabeza su amor a la humanidad.

La revolución francesa, qne hubiera podido ser social, sólo revistió el carácter de política. Sin embargo, el movimiento de los Iguales no fue estéril. Por Buonarotti y otros ejerció gran influencia entre los pensadores del siglo XIX, según tendremos ocasión de demostrar en otro trabajo donde sintetizaremos la historia del movimiento socialista en el siglo XIX.
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