La verdad sobre María - La figura de María en el Nuevo Testamento (IV parte)
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31 de Marzo de 2005
Religión
7 - La figura de María en el Nuevo Testamento (IV parte)
Muchas personas llaman a María “Madre” y llegan a justificar dicho título en este relato de la acogida del “discípulo amado” a María como madre en su casa. De nuevo aclaremos que cuando el apóstol Juan escribió el evangelio, se autodenominó el discípulo a quien Jesús amaba, como un medio para velar su nombre y manifestar su estrecha relación con su Maestro. La palabra específica de Jesús en el madero fue para María y Juan. Quienes quieren verse identificados con el discípulo a quien Jesús amaba tienen que confrontarse con el hecho de que antes de llamarse hijos de María, TIENEN QUE SER DISCÍPULOS DE JESUCRISTO. Para llegar a experimentar la pertenencia a la familia del Hijo de Dios no basta con devociones a la madre de Jesús, hay que “hacer lo que Jesús dice”: <>. Sólo así se puede pertenecer a la familia de Dios. Y ¿qué significa oír y obedecer la Palabra de Dios? Significa creer en Jesús, que es la Palabra (Verbo) de Dios (ver Jn 1:1) y obedecerle. La Biblia no enseña a ser hijos de María, sino a ser hijos de Dios por la fe en Jesús el Mesías. “Mas a todos los que le recibieron (a Jesús), a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios” (Jn 1:12-13), “Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abbá, Padre!.” (Gal 4:6), “pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús” (Gal 3:26), “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios, por eso el mundo no nos conoce, porque no le conoció a Él” (1 Jn 3:1), “Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con Él, para que juntamente con Él seamos glorificados” (Rom 8:14-17)
El peligro es llamar “madre” a María sin ser discípulo de Yeshua (Jesús) y sin haber nacido por el Espíritu quien nos hace hijos de Dios, hermanos adoptivos de Cristo y hermanos unos con otros en la misma fe.
“Respondió Jesús y dijo: De cierto os digo que no hay ninguno que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por causa de mí y del evangelio, que no reciba cien veces más ahora en este tiempo; casas, hermanos, hermanas, madres, hijos, y tierras, con persecuciones; y en el siglo venidero la vida eterna.” (Mr 10: 29-30). El Señor nos dijo que en el reino de Dios tendríamos cien veces más de lo que dejamos: hermanos, hermanas, hijos y madres… muchas, no una sola, pero por qué no nombra padres? Porque él nos dijo: “y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra; porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos” (Mt 23:9); así es que tenemos muchos hermanos y hermanas, muchos hijos y muchas madres, pero un solo Padre. Declarar “Madre” a María (Myriam) es pensar en su posición privilegiada frente a Cristo por ser su madre, y es juzgar por la apariencias y no por la Palabra de Dios que nos enseña que ella es una entre muchas, y que tuvo que ser discípula para entrar en la familia del Hijo de Dios por la fe al igual que tú o yo, no por ser la madre carnal de Jesús.
“Todos éstos perseveraban unánimes en oración y ruego, con las mujeres, y con María la madre de Jesús, y con sus hermanos” (Hechos 1:14) ¡Jesús ha resucitado! ¡Jesús ha ascendido hasta la diestra de Dios el Padre! Su misión aquí en la tierra como el Hijo del hombre ha terminado. Consumado es. Los apóstoles y otros discípulos han sido testigos de que el Crucificado ahora es Resucitado por Dios y está vivo, lo pueden constatar por cuarenta días, pero ahora su presencia física se ha ido y ¿qué les ha dicho?, que no se fueran de Jerusalén sino que esperasen la promesa del Padre anunciada por Él (Hch 1:4) La promesa a la que el Mesías se refería era el Espíritu Santo, del que ya les había hablado:
“Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; más si me fuere, os lo enviaré” (Jn 16:7) Para los discípulos era mucho mejor que Jesús partiese y que no se quedara con ellos, pues solo le conocían a un nivel superficial aunque convivieron con él cerca o más de tres años, y aunque a ellos el Maestro les habló claramente sin parábolas. No podían entender las realidades que se les avecinaban porque no habían nacido del Espíritu. SABÍAN cosas de Jesús, pero no lo CONOCÍAN, aún no tenían una comunión íntima y personal desde ADENTRO. Esta era la obra del Espíritu Santo. “Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir. Él me glorificará; porque tomará de lo mío y os lo hará saber” (Jn 16:13-14). ¿Por qué Jesús fue ‘incapaz’ de hacerles entender a sus discípulos más cercanos las realidades de Su persona y su misión durante tres años, aún sabiendo que Jesús estaba lleno del Espíritu Santo desde su bautismo? Por dos cosas fundamentales: El pecado en el mundo aún reinaba (en sus discípulos también) y por lo tanto el Espíritu Santo no podía descender a este mundo. No podía tener comunión con el pecado (Él es Santo) mientras éste siguiera gobernando al hombre; tendría que ser arrancado para que el Espíritu descendiera. Jesús no había muerto por el pecado de la humanidad, por el pecado de sus discípulos que con una mente dominada por el pecado era incapaz de comprender las realidades divinas. Después de pagar el precio de nuestro pecado en la cruz, el pecado murió y ahora sí el Espíritu Santo podía tomar su lugar en los corazones. Los discípulos reunidos en Jerusalén ya estaban limpios de pecado pero aún no entendían todas las cosas que su Maestro y Señor les había enseñado, todavía eran tímidos, cobardes, cotidianos (ver Jn 21:3 y ss.). Si ya eran limpios de pecados por la redención en la cruz del calvario ¿por qué seguían siendo iguales aunque habían visto a Jesús resucitado? Porque su vida era aún natural, necesitaban nacer sobrenaturalmente. “De cierto, de cierto os digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es” (Jn 3:5-6) Ahora sí podrían conocer a su Maestro; si nacían del Espíritu Santo conocerían las verdades espirituales y ya no serían iguales, serían nuevas criaturas.
Entonces, ¿qué hacía la madre de Jesús reunida con los apóstoles, con otras mujeres y con otros discípulos en un número cercano a los 120, en un aposento alto precisamente esperando lo que Jesús había prometido: el Espíritu Santo? La iglesia católica enseña que ella asistía al nacimiento espiritual de la iglesia así como asistió al nacimiento de Jesús. Según estas doctrinas, ella estaría “concibiendo” de manera espiritual a la iglesia (ekklesia es un término griego que significa asamblea, congregación) y de allí el título Madre de la Iglesia. El relato bíblico no hace ninguna alusión a un papel materno de María el día de Pentecostés, ni a ninguna palabra similar a la del nacimiento virginal del Mesías a través de ella. Esta conclusión fue sacada “bíblicamente” por el hecho de ser la madre del Señor y Salvador quien se encontraba allí reunida. No se tomaron la molestia, o tal vez no quisieron tomársela, de concluir verazmente según la Palabra de Dios y no según criterios humanos de los que ya hemos hablado anteriormente. Entre los argumentos que sostienen es que en las Escrituras ninguna palabra es en vano, y que la sola mención de María entre la iglesia reunida en espera del Santo Espíritu es suficiente para afirmar que Dios nos quiso decir algo: ella es la Madre de la Iglesia también (dogma definido 1900 años! después de la predicación apostólica, por el papa Pablo VI, el 21 de noviembre de 1964). Es muy cierto que ninguna palabra en la Escritura es en vano, es muy cierto que el Espíritu Santo quien inspiró a los escritores de la Biblia puso las palabras que Él quiso para enseñarnos algo nuevo y es muy cierto que en este pasaje Él nos enseña algo al mencionar la presencia de María (Myriam) entre los creyentes, pero ¿nos está enseñando lo que la iglesia de Roma sostiene? Afirmar esto, es afirmar que María no necesitaba ser llena del Espíritu Santo, que no necesitaba CONOCER a Jesús desde ADENTRO, que no necesitaba nacer del Espíritu y al afirmarlo concluir que Jesús era mentiroso al decir que el Espíritu Santo aún no estaba entre sus discípulos. Claro, pues si Jesús al enseñarnos que su madre no era bienaventurada por ser su madre sino por ser su discípula al oír y obedecer la voz de Dios, pretende decirnos que uno de sus discípulos no tenía necesidad de nacer de nuevo por el Espíritu, se hace mentiroso. TODOS necesitaban nacer del agua y del Espíritu para ver el reino de Dios y María no era la excepción; por eso estaba allí, en la espera del Consolador junto con sus demás hijos, hermanos de sangre de Jesús. ¿Pero si a María se le llama “llena del Espíritu” (en el catolicismo) quiere decir que ella sí estaba exenta de una nueva llenura del Espíritu Santo en Pentecostés y lo que realizó fue una labor materna? dirán algunos.
El peligro es llamar “madre” a María sin ser discípulo de Yeshua (Jesús) y sin haber nacido por el Espíritu quien nos hace hijos de Dios, hermanos adoptivos de Cristo y hermanos unos con otros en la misma fe.
“Respondió Jesús y dijo: De cierto os digo que no hay ninguno que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por causa de mí y del evangelio, que no reciba cien veces más ahora en este tiempo; casas, hermanos, hermanas, madres, hijos, y tierras, con persecuciones; y en el siglo venidero la vida eterna.” (Mr 10: 29-30). El Señor nos dijo que en el reino de Dios tendríamos cien veces más de lo que dejamos: hermanos, hermanas, hijos y madres… muchas, no una sola, pero por qué no nombra padres? Porque él nos dijo: “y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra; porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos” (Mt 23:9); así es que tenemos muchos hermanos y hermanas, muchos hijos y muchas madres, pero un solo Padre. Declarar “Madre” a María (Myriam) es pensar en su posición privilegiada frente a Cristo por ser su madre, y es juzgar por la apariencias y no por la Palabra de Dios que nos enseña que ella es una entre muchas, y que tuvo que ser discípula para entrar en la familia del Hijo de Dios por la fe al igual que tú o yo, no por ser la madre carnal de Jesús.
“Todos éstos perseveraban unánimes en oración y ruego, con las mujeres, y con María la madre de Jesús, y con sus hermanos” (Hechos 1:14) ¡Jesús ha resucitado! ¡Jesús ha ascendido hasta la diestra de Dios el Padre! Su misión aquí en la tierra como el Hijo del hombre ha terminado. Consumado es. Los apóstoles y otros discípulos han sido testigos de que el Crucificado ahora es Resucitado por Dios y está vivo, lo pueden constatar por cuarenta días, pero ahora su presencia física se ha ido y ¿qué les ha dicho?, que no se fueran de Jerusalén sino que esperasen la promesa del Padre anunciada por Él (Hch 1:4) La promesa a la que el Mesías se refería era el Espíritu Santo, del que ya les había hablado:
“Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; más si me fuere, os lo enviaré” (Jn 16:7) Para los discípulos era mucho mejor que Jesús partiese y que no se quedara con ellos, pues solo le conocían a un nivel superficial aunque convivieron con él cerca o más de tres años, y aunque a ellos el Maestro les habló claramente sin parábolas. No podían entender las realidades que se les avecinaban porque no habían nacido del Espíritu. SABÍAN cosas de Jesús, pero no lo CONOCÍAN, aún no tenían una comunión íntima y personal desde ADENTRO. Esta era la obra del Espíritu Santo. “Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir. Él me glorificará; porque tomará de lo mío y os lo hará saber” (Jn 16:13-14). ¿Por qué Jesús fue ‘incapaz’ de hacerles entender a sus discípulos más cercanos las realidades de Su persona y su misión durante tres años, aún sabiendo que Jesús estaba lleno del Espíritu Santo desde su bautismo? Por dos cosas fundamentales: El pecado en el mundo aún reinaba (en sus discípulos también) y por lo tanto el Espíritu Santo no podía descender a este mundo. No podía tener comunión con el pecado (Él es Santo) mientras éste siguiera gobernando al hombre; tendría que ser arrancado para que el Espíritu descendiera. Jesús no había muerto por el pecado de la humanidad, por el pecado de sus discípulos que con una mente dominada por el pecado era incapaz de comprender las realidades divinas. Después de pagar el precio de nuestro pecado en la cruz, el pecado murió y ahora sí el Espíritu Santo podía tomar su lugar en los corazones. Los discípulos reunidos en Jerusalén ya estaban limpios de pecado pero aún no entendían todas las cosas que su Maestro y Señor les había enseñado, todavía eran tímidos, cobardes, cotidianos (ver Jn 21:3 y ss.). Si ya eran limpios de pecados por la redención en la cruz del calvario ¿por qué seguían siendo iguales aunque habían visto a Jesús resucitado? Porque su vida era aún natural, necesitaban nacer sobrenaturalmente. “De cierto, de cierto os digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es” (Jn 3:5-6) Ahora sí podrían conocer a su Maestro; si nacían del Espíritu Santo conocerían las verdades espirituales y ya no serían iguales, serían nuevas criaturas.
Entonces, ¿qué hacía la madre de Jesús reunida con los apóstoles, con otras mujeres y con otros discípulos en un número cercano a los 120, en un aposento alto precisamente esperando lo que Jesús había prometido: el Espíritu Santo? La iglesia católica enseña que ella asistía al nacimiento espiritual de la iglesia así como asistió al nacimiento de Jesús. Según estas doctrinas, ella estaría “concibiendo” de manera espiritual a la iglesia (ekklesia es un término griego que significa asamblea, congregación) y de allí el título Madre de la Iglesia. El relato bíblico no hace ninguna alusión a un papel materno de María el día de Pentecostés, ni a ninguna palabra similar a la del nacimiento virginal del Mesías a través de ella. Esta conclusión fue sacada “bíblicamente” por el hecho de ser la madre del Señor y Salvador quien se encontraba allí reunida. No se tomaron la molestia, o tal vez no quisieron tomársela, de concluir verazmente según la Palabra de Dios y no según criterios humanos de los que ya hemos hablado anteriormente. Entre los argumentos que sostienen es que en las Escrituras ninguna palabra es en vano, y que la sola mención de María entre la iglesia reunida en espera del Santo Espíritu es suficiente para afirmar que Dios nos quiso decir algo: ella es la Madre de la Iglesia también (dogma definido 1900 años! después de la predicación apostólica, por el papa Pablo VI, el 21 de noviembre de 1964). Es muy cierto que ninguna palabra en la Escritura es en vano, es muy cierto que el Espíritu Santo quien inspiró a los escritores de la Biblia puso las palabras que Él quiso para enseñarnos algo nuevo y es muy cierto que en este pasaje Él nos enseña algo al mencionar la presencia de María (Myriam) entre los creyentes, pero ¿nos está enseñando lo que la iglesia de Roma sostiene? Afirmar esto, es afirmar que María no necesitaba ser llena del Espíritu Santo, que no necesitaba CONOCER a Jesús desde ADENTRO, que no necesitaba nacer del Espíritu y al afirmarlo concluir que Jesús era mentiroso al decir que el Espíritu Santo aún no estaba entre sus discípulos. Claro, pues si Jesús al enseñarnos que su madre no era bienaventurada por ser su madre sino por ser su discípula al oír y obedecer la voz de Dios, pretende decirnos que uno de sus discípulos no tenía necesidad de nacer de nuevo por el Espíritu, se hace mentiroso. TODOS necesitaban nacer del agua y del Espíritu para ver el reino de Dios y María no era la excepción; por eso estaba allí, en la espera del Consolador junto con sus demás hijos, hermanos de sangre de Jesús. ¿Pero si a María se le llama “llena del Espíritu” (en el catolicismo) quiere decir que ella sí estaba exenta de una nueva llenura del Espíritu Santo en Pentecostés y lo que realizó fue una labor materna? dirán algunos.
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