Las alarmas del profesor Antonio Vaquero - Apocalypse now!
Curso gratis creado por Luis Pueyo, Pablo Usabiaga, José Luis Ariel, Miquel Vidal. Extraido de: http://sindominio.net/biblioweb/s/view.php?CATEGORY2=8&ID=97
20 de Diciembre de 2005
Filología
5 - Apocalypse now!
Etimológicamente, aberrante no significa otra cosa que «aquello que se aparta de lo normal». Lo normal, se sabe, no es una función estadística, sino una expresión del poder. Pero, si pudiéramos prescindir de toda la connotación peyorativa y moral del término, se podría asumir sin aspavientos como «aberrante» casi toda la práctica habitual de cualquier persona, ya que casi nadie en su sano juicio tiene por norma ajustarse a la misma, empezando por el propio profesor Vaquero, que, cuando escribe, viola (posiblemente sin saberlo) muchas de esas reglas que tanto le preocupan y sin las cuales supone que el lenguaje se corrompe o sus hablantes se vuelven ágrafos y afásicos. Pero no somos nosotros quienes vamos a cuestionar cómo utiliza la lengua el profesor Vaquero o cualquier otro hablante. Precisamente lo que defendemos es su derecho (y el de todos) a usar la lengua libremente. Y que nadie se alarme por ello. Siglos de admoniciones, quejas y lamentos no han servido para que la gente se ajuste a las normas académicas, y no por ello las lenguas se empobrecen o se corrompen en modo alguno. Buena prueba de ello es que las «aberraciones» del profesor Vaquero no impiden que finalmente comprendamos sus palabras.
El profesor Vaquero nos advierte, en tono apocalíptico, que «existe un peligro cierto de inmadurez en el lenguaje por el uso intensivo de las computadoras». Para ejemplificar, menciona el caso de los hackers estadounidenses, adolescentes que hablan una jerga empobrecida llamada «technobable», en clara referencia al lenguaje de los bebés. Resulta asombroso que un profesor de informática —¿o no tan asombroso?— exhíba tal desconocimiento por el mundo de los hackers, y se limite a reproducir la visión mediática y totalmente distorsionada que se suele dar de ellos. El gusto por las comunidades virtuales —ese uso intensivo de los ordenadores tan «peligroso»— se fundamenta en un ideal de relación humana desterritorializada, transversal, libre. Es lógico que lo perciba como «inmaduro» y «peligroso» quien hace tal defensa de la autoridad y del mando: sencillamente esos chicos hablan otro idioma basado en el juego, el compartimiento de los conocimientos y el aprendizaje cooperativo. Pero es aún peor la irrisoria sentencia con la que cierra su ejemplo el profesor Vaquero: «Sin un dominio del lenguaje es imposible comunicarnos.» ¿Es que acaso los hackers adolescentes no pueden comunicarse por hablar esa tecnojerga? De hecho, se les puede acusar de cualquier cosa salvo de no comunicarse. Este último prejuicio llevado al extremo es el que permite relacionar la capacidad para emplear la norma académica («escribir y expresarse correctamente») con la inteligencia o con el nivel cultural. El niño que «habla mal» o «comete errores» es orientado hacia los trabajos manuales, o bien fracasa escolarmente y deja los estudios, etc. El adulto que no se ajusta a la Norma y emplea un sociolecto vulgar difícilmente podrá aspirar a ciertos trabajos con prestigio social y siempre mejor remunerados, pues su ortografía y su gramática delatan su «ignorancia». (En ese sentido, nos gusta evocar a un notable profesor neoyorquino que daba sus clases empleando el dialecto del Bronx, sin menoscabo para sus alumnos o para la materia que impartía, que por cierto era lingüística.)
El profesor Vaquero habla también de «obedecer al principio de respeto y enriquecimiento del lenguaje». ¡Principio de respeto!, ¡principio de enriquecimiento! ¿Estos son principios lingüísticos? No, no figuran ni han figurado nunca en ninguna teoría lingüística. Nada tienen que ver con las leyes que gobiernan el lenguaje y ni siquiera con las reglas gramaticales de una lengua determinada. Es cierto que las lenguas se enriquecen pero no en el sentido en que el profesor Vaquero supone: no se enriquecen porque emplean las palabras con mayor precisión y «corrección», sino porque —y esto sí es un principio— sencillamente cambian, varían, así como varían, cambian o caen en desuso las palabras, las declinaciones...
No conforme con sus alarmas lingüísticas, el profesor Vaquero se aventura también como teórico de la literatura: ante el fenómeno lingüístico de la ambigüedad, no tiene mejor ocurrencia que postular que «el dominio de la lengua que tienen los buenos escritores es lo que les permite la precisión absoluta en la transmisión de los conceptos o los sentimientos más sutiles». Es evidente que este profesor desconoce que precisamente algunos de los recursos más explotados por los escritores a lo largo de la historia de la literatura —hasta tal punto que para algunos teóricos constituye su elemento determinante— son la ambigüedad sistemática, la primacía de la connotación sobre la denotación, el fenómeno del extrañamiento y, en general, un uso aberrante —anómalo— de la lengua. Góngora y Joyce son dos buenos ejemplos de ello.
El profesor Vaquero nos advierte, en tono apocalíptico, que «existe un peligro cierto de inmadurez en el lenguaje por el uso intensivo de las computadoras». Para ejemplificar, menciona el caso de los hackers estadounidenses, adolescentes que hablan una jerga empobrecida llamada «technobable», en clara referencia al lenguaje de los bebés. Resulta asombroso que un profesor de informática —¿o no tan asombroso?— exhíba tal desconocimiento por el mundo de los hackers, y se limite a reproducir la visión mediática y totalmente distorsionada que se suele dar de ellos. El gusto por las comunidades virtuales —ese uso intensivo de los ordenadores tan «peligroso»— se fundamenta en un ideal de relación humana desterritorializada, transversal, libre. Es lógico que lo perciba como «inmaduro» y «peligroso» quien hace tal defensa de la autoridad y del mando: sencillamente esos chicos hablan otro idioma basado en el juego, el compartimiento de los conocimientos y el aprendizaje cooperativo. Pero es aún peor la irrisoria sentencia con la que cierra su ejemplo el profesor Vaquero: «Sin un dominio del lenguaje es imposible comunicarnos.» ¿Es que acaso los hackers adolescentes no pueden comunicarse por hablar esa tecnojerga? De hecho, se les puede acusar de cualquier cosa salvo de no comunicarse. Este último prejuicio llevado al extremo es el que permite relacionar la capacidad para emplear la norma académica («escribir y expresarse correctamente») con la inteligencia o con el nivel cultural. El niño que «habla mal» o «comete errores» es orientado hacia los trabajos manuales, o bien fracasa escolarmente y deja los estudios, etc. El adulto que no se ajusta a la Norma y emplea un sociolecto vulgar difícilmente podrá aspirar a ciertos trabajos con prestigio social y siempre mejor remunerados, pues su ortografía y su gramática delatan su «ignorancia». (En ese sentido, nos gusta evocar a un notable profesor neoyorquino que daba sus clases empleando el dialecto del Bronx, sin menoscabo para sus alumnos o para la materia que impartía, que por cierto era lingüística.)
El profesor Vaquero habla también de «obedecer al principio de respeto y enriquecimiento del lenguaje». ¡Principio de respeto!, ¡principio de enriquecimiento! ¿Estos son principios lingüísticos? No, no figuran ni han figurado nunca en ninguna teoría lingüística. Nada tienen que ver con las leyes que gobiernan el lenguaje y ni siquiera con las reglas gramaticales de una lengua determinada. Es cierto que las lenguas se enriquecen pero no en el sentido en que el profesor Vaquero supone: no se enriquecen porque emplean las palabras con mayor precisión y «corrección», sino porque —y esto sí es un principio— sencillamente cambian, varían, así como varían, cambian o caen en desuso las palabras, las declinaciones...
No conforme con sus alarmas lingüísticas, el profesor Vaquero se aventura también como teórico de la literatura: ante el fenómeno lingüístico de la ambigüedad, no tiene mejor ocurrencia que postular que «el dominio de la lengua que tienen los buenos escritores es lo que les permite la precisión absoluta en la transmisión de los conceptos o los sentimientos más sutiles». Es evidente que este profesor desconoce que precisamente algunos de los recursos más explotados por los escritores a lo largo de la historia de la literatura —hasta tal punto que para algunos teóricos constituye su elemento determinante— son la ambigüedad sistemática, la primacía de la connotación sobre la denotación, el fenómeno del extrañamiento y, en general, un uso aberrante —anómalo— de la lengua. Góngora y Joyce son dos buenos ejemplos de ello.
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