La falta de «cohesión»3 es otro de los espectros que espantan al profesor Vaquero. Si los hablantes de América dicen computadora y los de España ordenador, ¿cómo nos vamos a entender? Esta sandez no merece mayores comentarios: es una variante más del miedo a la diversidad, que en otras áreas de la cultura y de la política hace estragos... Pero ya que estamos «en el contexto informático», digamos que este es también el fantasma que agita Bill Gates en contra de la filosofía abierta, diversificada y polifónica del mundo del software libre, el cual, dicho sea de paso, genera sus propios estándares sin necesidad de que nadie los imponga. Al igual que el software, como expresión del conocimiento humano, no debería tener propietarios, así también la lengua es modelada, parcheada, difundida, probada y adoptada por la comunidad lingüística (si bien en este último caso todo el proceso se produce de un modo involuntario). El empeño de las academias o de los partidarios de la Norma es equivalente a quienes defienden el software propietario. Subyace una idea patrimonial de la lengua, en el sentido de que es mejor un modelo en el cual alguien ordene el caos. No es casual (nada es casual) que hace un mes el diario El País publicara un artículo en el que se hablaba de la preocupación de determinada gente por la diversidad terminológica de los léxicos informáticos del español de España y el de América: ¡mientras en España se dice bandeja de entrada, en México se dice charola! Pero ¿quién es esa gente que está preocupada? Pues nada menos que Microsoft y... la Real Academia Española. Y ambas entidades, informaba el artículo, están en vías de firmar un acuerdo de colaboración para acabar con esta «peligrosa» diversidad. ¿Y quién nos salva de los salvadores?
La unidad de «El Idioma» ha sido siempre la preocupación mayoritaria de los normativistas y, a su sombra, de los centros de poder. Pero, al menos en los términos planteados por estos paladines de la pureza, es un imposible, una tarea evanescente. Y siempre obedece más a razones ideológicas que a razones lingüísticas. No es casual que el ansia de unidad, entre otras causas, motivase la primera descripción lingüística que conocemos: la del gramático hindú Panini (siglo IV a. de C.). Y la motivó porque la lengua sánscrita cultivada (bhasha), amenazada por las lenguas populares (prakrits), debía estabilizarse, como dice Ducrot, «aunque sólo fuera para asegurar la conservación literal de los textos sagrados». En el caso del español, mucho más uniforme que otras lenguas en el plano fonético, morfológico y sintáctico, la única manera de cohesionar sería imponiendo un estándar, un dialecto sobre otros. No otra cosa hacen las gramáticas tradicionales y el empeño normativista: imponer un dialecto —el culto— sobre los demás. Y eso es también lo que hacen los medios de comunicación, los organismos oficiales, los centros de enseñanza y las empresas de la lengua como la RAE. Pero, si bien es cierto que promover e imponer una norma consagrada sobre otras es una necesidad glotopolítica (¿geopolítica?), hemos de entender que lo de dialecto culto es sólo un espejismo, otro prejuicio más; porque lo que hoy es culto ha sido inequívocamente popular, argótico o dialectal antaño (hace siglos el latín era la lengua culta, y el incipiente castellano era el «latín vulgar»). Algo que nunca hay que perder de vista al hablar de cohesión en la lengua o de «unidad en la diversidad»; algo que puede también llevar, como ha llevado, a considerar ciertos dialectos, ciertas variedades lingüísticas, como sistemas imperfectos, degradados con respecto a la norma. Y la verdad, que aún se siga despreciando ciertos dialectos, muchos años después de que la lingüística demostrara que no existen lenguas ni variedades superiores a otras, ya no sólo es indignante, es toda una ostentación de ignorancia.
Por otra parte, es muy habitual confundir la razonable necesidad de los científicos de unificar la terminología que manejan para entenderse entre ellos, con las necesidades del resto de los hablantes, que generalmente no requieren para nada esos niveles de rigor formal. Y cuando los precisan, el propio lenguaje posee de modo natural un arsenal de recursos para desambiguar esos contextos... La lengua es un instrumento mucho más rico y con más posibilidades y recursos para ser eficaz de lo que sospechan quienes la ven en estado de permanente amenaza. El cambio (la «corrupción») y la diversidad (la «falta de cohesión») no suponen ningún peligro para nadie. Tampoco suponen un peligro para la comunicación. No hace falta nadie que dicte norma alguna. No es un problema que en España se diga bandeja y en México charola. El lenguaje humano está tan bien diseñado (por Dios o por la naturaleza) que no hay riesgo de incomunicación. Se caracteriza —entre otras cosas— por la retroalimentación, la autorregulación y la función metalingüística. Por ejemplo, si no entiendes una palabra, puedes preguntar por su significado. Que el lenguaje se ocupe del lenguaje.
Sabemos lo chocante que puede resultar esto que decimos. Es un prejuicio tan arraigado el de la necesidad de la Norma que gente muy abierta en otros temas se arroja sin dudarlo en los brazos de la Autoridad, académica por supuesto. No es extraño y entendemos incluso el miedo frecuente a caer en la descalificación intelectual por no ajustarse a la norma —esto es, por no hablar o escribir correctamente—, que se practica desde tiempo inmemorial con todos aquellos que no comulgan con la cultura dominante. En las disquisiciones sobre estas cuestiones se suelen llevar las cosas al límite del dramatismo y siempre se acaba presentando un falso y perverso dilema: o la corrección o el caos. Y como no es correcto nada que no esté previsto en los manuales autorizados, a cualquier partidario de superar los puntos de vista academicistas se lo califica automáticamente como un partidario del caos, como un ignorante o directamente como un enemigo del Idioma. Y se suele cerrar la discusión con afirmaciones de esta guisa: «Si no hubiera normas, cada uno hablaría (haría) como quisiera». Como si al fin y al cabo no fuese eso lo que hace, con sabiduría infinita, la inmensa mayoría de los hablantes.