El siguiente cliché tiene que ver con la eficacia en el lenguaje. El profesor Vaquero se pregunta y se responde sin ningún rubor: «¿Cuáles son las lenguas más eficaces? El inglés y el chino. [...] ¿Y el español? [...] es claro que no es tan eficaz como el inglés.» Y esto es lo que entiende por eficacia: «poder comunicar las ideas con un mínimo de reglas y con la mínima cantidad de texto». Cualquier mínima reflexión repudiaría de inmediato este dislate. Llevando su argumento al absurdo, la lengua más eficaz sería entonces aquella que pudiera comunicarse telepáticamente o al menos mediante una sola palabra, una palabra holística, una palabra-mundo; pero eso parece más un sueño borgiano que una realidad lingüística. Aunque no tanto: de hecho existen lenguas aglutinantes como el turco o el finés que en una sola palabra condensan varias funciones sintácticas; lenguas polisintéticas como el esquimal que expresan mediante afijos lo que otras expresan con auxiliares (p.ej. en esquimal urninngissinnaavara quiere decir «yo no soy capaz de acercarme a él»). El alemán también es capaz de expresar en una palabra toda una oración (p.ej. donaudampfschiffahrtsgesellschaft, «sociedad para el viaje en barco por el río Danubio»). Por tanto, si hablamos de eficacia en términos de economía expresiva y uso de reglas, estas lenguas podrían ser consideradas mucho más eficaces que el omniinfluyente inglés.
Más todavía. El profesor Vaquero echa en falta «la flexibilidad morfológica del inglés». Esto es un disparate. Desde el punto de vista de la morfología flexiva, el inglés es una lengua paupérrima. Lo mismo puede decirse respecto de la morfología apreciativa (en comparación con el español, claro está). Y en cuanto a la morfología derivativa, exceptuando la nominalización, el español no es menos rico4 que el inglés. Que la palabra encontrador no se emplee (si es que no se emplea; no obstante, tenemos «buscador») ni acuse registro en diccionario alguno, no quiere decir que sea una formación incorrecta. Cualquier hispanohablante la reconocería como una palabra legítima de su lengua. Con esto pretendemos decir que el hecho de que no se use no obedece a una «rigidez morfológica» a la hora de verbalizar, sino sencillamente a caprichos de la lengua o al azar. El profesor Vaquero, en este caso, debió buscarse un ejemplo mejor.
La idea de lengua eficaz es una de las más insidiosas aberraciones whorfianas, cuya genealogía se remonta quizá al efervescente idealismo de Humboldt y subsiste en la actualidad en opiniones como la que aquí comentamos. El profesor Vaquero, en lo idealista y disparatado, recuerda precisamente a Whorf, autor de afirmaciones tan románticas y curiosas como: «La lengua hopi es más apta para la física moderna que las nuestras porque el tiempo es concebido por sus hablantes no como movimiento sino como algo esencialmente relativo: un llegar más tarde» (en Lenguaje, pensamiento y realidad). Esta peculiar distinción lingüística de los hopi con respecto al tiempo no les ha ayudado a hacer descubrimientos importantes en el ámbito de la teoría de la relatividad, sencillamente porque es irrelevante. Que cierto tipo de lenguas gramaticalicen los objetos, por ejemplo, como largos o cortos en virtud de su visión del mundo (otra vez el hopi), no las hace más eficaces o superiores a otras, sino distintas en ese plano.
Que el español carezca de un término para designar el hardware no implica que de haber sido un país hispanohablante el inventor de ese artefacto, no hubiese podido crear o «reciclar» una palabra para nombrarlo. Si el inglés fuera más eficaz que el español, en el sentido definido por el profesor Vaquero, es decir, si las diferencias morfológicas, sintácticas o semánticas determinaran una ventaja en la manera de aprehender el mundo y en el pensamiento, ¿por qué un niño de Chicago y otro de Madrid tardan lo mismo en «adquirir» sus respectivas lenguas? Además, en términos de eficacia, en términos de lenguaje preciso, ¿qué diferencia existe entre Shakespeare y Cervantes, entre «Los muertos» y «El Aleph»?