2 - French Correction

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Curso gratis creado por Luis Pueyo, Pablo Usabiaga, José Luis Ariel, Miquel Vidal. Extraido de: http://sindominio.net/biblioweb/s/view.php?CATEGORY2=8&ID=97
20 de Diciembre de 2005
La característica biológica de la especie humana a la que denominamos lenguaje ha sido fundamentalmente utilizada para la comunicación y el intercambio de información. De este modo el lenguaje se ha incorporado a los sistemas sociales y culturales y con ello se le ha hecho depositario de identidades, marcas y valores. Cada lengua es vista como un objeto social, un módulo de una cultura determinada, como pueden serlo la moda o la gastronomía. Es así como el criterio de corrección entra a formar parte de las afirmaciones sobre la lengua: en tanto que algo es social o culturalmente inadecuado de acuerdo a unos valores concretos, es rechazado por incorrecto.

La ciencia lingüística no se mueve en esta esfera: nada tiene que decir un lingüista acerca de si una palabra es «correcta» o «incorrecta» porque esos conceptos no significan nada para el método científico. ¿Sería «correcta» para un químico o un biólogo cierta combinación de moléculas? La combinación podrá ser posible o no, pero si la encuentra en la naturaleza no le aplicará criterios evaluativos: sencillamente dará cuenta de ella, la estudiará. En cambio, sí puede ser incorrecta una teoría o un experimento. Nunca el objeto de estudio.

Por lo tanto, ningún criterio lingüístico puede ser aducido como base de una afirmación evaluativa del tipo «comando es una palabra incorrecta». Esta afirmación pertenece a la esfera de las opiniones no científicas, como las del tipo: «El rojo y el rosa no combinan bien.» No queremos decir que las opiniones no científicas carezcan de valor, queremos decir que carecen de valor científico y que no deben utilizarse como científicas porque resultan disparatadas. Es como si una Academia del Buen Vestir afirmase: «Llevar pantalones blancos es incorrecto.» Es un disparate para un lingüista una afirmación como: «El término ordenador es incorrecto porque ordenar significa dar órdenes, no recibirlas, que es lo que hace un ordenador.» Es ingenuo suponer que los hablantes aplican las reglas de derivación de acuerdo a una gramática normativa. Le guste o no al profesor Vaquero, la historia de la lengua está cuajada de derivaciones que conllevan desplazamientos de significado, metonimias o metáforas: velar, pata, pielroja... ratón, navegar, red, telaraña, memoria... La palabra mirador no significa «el que mira» sino «lugar desde donde se mira». Estas reglas de derivación siguen procesos cognitivos muy alejados de meras reglas de diccionario, muy corrientes en los lenguajes naturales y cuya apreciación como incorrectos es fruto de una visión poco experta.

Excluido del ámbito científico el criterio de corrección, sólo le queda la esfera de lo cultural o de lo moral: de ese modo, una expresión será «correcta» o «incorrecta» dependiendo de su aceptación social, cultural o política. Una sociedad puede ser más o menos diversa, más o menos unidimensional, pero siempre segrega una ideología dominante cuya presencia no siempre es apreciable a simple vista, ya que muchas veces se cubre de pías intenciones como puede ser la de «defender nuestro Idioma». Esta ideología se compone de módulos normativos que nos dicen cómo vestir, cómo comer, cómo comportarnos, cómo hablar y, ante todo, cómo pensar. La transgresión de esas normas aparta al individuo del «buen camino», de lo «correcto». Esto nos muestra que el criterio de corrección, el hablar bien, no es más que un criterio ideológico compuesto por múltiples valores como podrían ser el tradicionalismo, el clasismo, el machismo, el nacionalismo, etc. Un ejemplo de mandato social es «cambiar el chip es incorrecto» y el prejuicio que lo sustenta es el tradicionalismo que excluye los neologismos. En el ejemplo de comando: el valor que subyace es el nacionalista que excluye los extranjerismos. En el caso de me se es el clasismo que excluye las expresiones de sociolectos vulgares. Y así hasta el infinito. Quienes mantienen la Norma y sus colaboradores espontáneos como el profesor Vaquero forman una corriente academicista que protege celosamente, no la lengua, sino las marcas lingüísticas de un grupo socio-cultural más o menos amplio, las cuales caracterizan su sociolecto. Un sociolecto —y el español «correcto» es sólo uno de ellos— no es más que un dialecto social, que, desde un punto de vista lingüístico, es exactamente igual a todos los demás que conforman una comunidad lingüística: igual de complejos, igual de coherentes, igual de ricos, igual de eficaces.

La pureza y la corrección son supersticiones que se basan, entre otras cosas, en la creencia de que cuando se habla de un modo diferente al que manda el establishment1 lingüístico —ya sea por hábitos «corruptores» como decir clickear en lugar de hacer clic, ya sea por «incultura» o «torpeza mental» como decir Pepe la regaló el arradio a María en lugar de Pepe le regaló la radio a María—, la expresión estigmatizada contraría aspectos inherentes a la estructura de «El Idioma». Nada más falso. Si existiera esa incompatibilidad, la expresión sonaría ininteligible y jamás podría dar lugar a un cambio en la lengua. Declarar que quien dice arradio habla «mal» por falta de seso o por ignorancia es un dislate tan grande como declarar que habla «mal» quien dice vos tenés en lugar de tú tienes; la diferencia entre ambos ejemplos es que en el último nos desplazamos a través del espacio, y en el primero nos desplazamos a través de capas sociales. Y si fuera incorrecto decir arradio, ¿por qué no lo es escribir (como «permite» la RAE) güisqui en lugar de whisky, vikingo en lugar de viking, o el penúltimo delirio académico: cederrón en lugar de CD-ROM? La explicación de por qué es incorrecto decir la dio un beso valdría igualmente para mostrar que es incorrecto decir le llamó por teléfono (en el primer caso se usa acusativo en lugar de dativo; en el segundo, dativo en lugar de acusativo); pero los señores de la Real Academia han decidido que el segundo es correcto, sencillamente porque en ese «error» caen también los encopetados hablantes del dialecto del encopetado barrio madrileño de los Jerónimos, donde se encuentra la encopetada sede de esta noble institución. Borges escribió que los mismos españoles que pretenden imponer su forma de hablar a América cometen este error («confunden acusativo y dativo, dicen le mató por lo mató»); también se horrorizó de la entrada de vikingo en el diccionario de la Academia («pronto oiremos hablar de la obra de Kiplingo»). Cuando la Real Academia «explica» que tal expresión es correcta y tal otra incorrecta, ocurre lo mismo que cuando un niño pregunta a su madre por qué no puede comer más caramelos y esta le responde: «Porque lo digo yo.» Se trata de respuestas autoritarias, no científicas.

La conclusión es clara: una expresión no es intrínsecamente incorrecta, sino que es tachada de incorrecta. El hecho de que haya sectores socialmente prestigiosos encargados de vigilar y mantener un sistema de normas restrictivas se explica sociológicamente por la necesidad de imponer un modelo cultural y político del cual la lengua es integrante fundamental. Es sabido que el poder económico que determina las clases sociales está penetrado profundamente por el poder del lenguaje y el dominio de la gramática normativa es considerado como uno de los criterios para la diferencia y la discriminación social. Por tanto, tras esos intentos correctores y rectificadores, tras esa defensa ora bienintencionada ora dogmática de las gramáticas normativas que hace el profesor Vaquero, aflora directamente una ideología de corte muy conservador2, que obviamente nada tiene que ver con planteamientos científicos.
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