Las alarmas del profesor Antonio Vaquero - Las alarmas del profesor Antonio Vaquero

1 - Las alarmas del profesor Antonio Vaquero

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Curso gratis creado por Luis Pueyo, Pablo Usabiaga, José Luis Ariel, Miquel Vidal. Extraido de: http://sindominio.net/biblioweb/s/view.php?CATEGORY2=8&ID=97
20 de Diciembre de 2005
La palabra problema puede ser una insidiosa petición de principio. Hablar del «problema judío»
es postular que los judíos son un problema; es vaticinar (y recomendar) las persecuciones,
la expoliación, los balazos, el degüello, el estupro y la lectura de la prosa del doctor Rosenberg.
Otro demérito de los falsos problemas es el de promover soluciones que son falsas también.
A Plinio (Historia natural, libro octavo) no le basta observar que los dragones atacan en verano a los elefantes:
aventura la hipótesis de que lo hacen para beberles toda la sangre que, como nadie ignora, es muy fría.
J.L. Borges, «Las alarmas del doctor Américo Castro»


Una vez más, un defensor de la pureza y la unidad de la lengua española ha dado la voz de alarma, horrorizado ante la invasión de términos extranjeros y la consiguiente «corrupción» del Idioma. Esta vez los responsables son «los científicos, en particular los informáticos», quienes deben «entonar un mea culpa porque la Informática corrompe el lenguaje». Antes de desgranar los motivos que llevan al profesor Vaquero a semejante conclusión, parece interesante acometer un análisis de la idea —tan falsa como, por desgracia, extendida— que subyace a las quejas de este atormentado aprendiz de filólogo: la de la existencia de una lengua pura, que es la auténtica, que es la que debe hablarse, que es la que corresponde al arte de hablar y escribir correctamente. Digámoslo cuanto antes: no es ningún afán polemista el que nos mueve a responder a los desasosiegos del profesor Vaquero (carentes de todo interés en términos científicos), sino salir al paso de una serie de prejuicios que su artículo recoge, lugares comunes demasiado arraigados en nuestra cultura y que sirven para fomentar mala conciencia lingüística en los hablantes y para legitimar a la insidiosa casta de los legisladores del Idioma.

Decía Wittgenstein que el filósofo no debiera dedicarse a postular problemas sino a deshacerlos: mostrar cómo ciertos problemas no son sino trampas lingüísticas, sinsentidos ocultos detrás de las sombras y niebla de expresiones que impactan por su aparente sensatez y circunspección. Los consternados y casi alucinatorios apóstrofes del profesor Vaquero son un ejemplo del método rigurosamente opuesto: ver un grave problema donde no hay absolutamente nada. Así, el profesor Vaquero riñe a sus colegas informáticos: no sólo los neologismos («compilador») y los préstamos («ordenador») inquietan a este desconsolado príncipe de las letras: también lo perturba la falta de «cohesión» de la lengua, que se produce porque hablantes de distintos lugares usan palabras distintas para nombrar una misma cosa. Y hasta las metáforas («cambiar de chip») y las metonimias («admitir esa denominación [ordenador] sería como admitir la designación del todo por una parte») le parecen oscuras amenazas, inadmisibles recursos. En suma, parafraseando la cita borgiana de Plinio, el profesor Vaquero trata de meter al elefante —El Idioma— en el zoológico para que el dragón no se beba su sangre: falso problema, solución aún más falsa.

El profesor Vaquero comete el error común de considerar a los académicos con competencia máxima para dirimir cuestiones lingüísticas. Salvo rarísimas excepciones, ni académicos ni normativistas son lingüistas (por supuesto, no nos referimos a si poseen o no tal título, esto carece de importancia), puesto que, cualquiera sea su rama, marco teórico o método, los lingüistas se ocupan ante todo de cuestiones como qué es el lenguaje, cómo se adquiere, cuáles son los principios que rigen el acto comunicativo, cuáles son los procesos cognitivos relacionados con el lenguaje, qué relación existe entre las palabras y las cosas, cómo describir y explicar adecuadamente los fenómenos lingüísticos, en qué se asemejan o distinguen unas lenguas de otras, de qué forma la sociedad determina el lenguaje y viceversa, qué relaciones se establecen entre lenguaje, mente y mundo, por qué cambian las lenguas, cuáles son su aplicaciones, e incluso qué actitudes y juicios adoptan los hablantes ante usos estigmatizados... Nada de esto tiene que ver con la función legisladora y preceptiva que se arrogan los académicos. El lingüista se preocupa por lo que realmente es el lenguaje, no por lo que debe ser. Así que hablar de la corrupción de la lengua como «la preocupación del lingüista» es un acto de injusticia hacia aquellos que se toman en serio el estudio del lenguaje. Con sus alarmas, el profesor Vaquero no hace otra cosa que dar un poco de oxígeno a la rancia tradición occidental, que asignaba al gramático la función de enseñar qué es la lengua, pero al mismo tiempo privilegiaba unos usos sobre otros.
En lingüística, como en cualquier otra disciplina científica, lo que hoy consideramos rigurosamente cierto mañana puede demostrarse falso; de todas formas, existen algunos conceptos básicos que, al menos por imperativo metodológico, no se pueden eludir y menos emplear equívocamente a la hora de tratar sobre el lenguaje. Por desgracia, en el plañido del profesor Vaquero cunden los errores conceptuales, a la vez que los prejuicios, los clichés y los tópicos, algunos de los cuales son —como veremos— realmente perniciosos. Vayamos repasándolos uno a uno.
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