Responsabilidad social en la alimentación transgénica - Los Stakeholders
18 - Los Stakeholders
Los stakeholders, grupos participantes, o públicos interesados, como se les ha llamado, son los grupos e individuos involucrados o afectados por la actividad empresarial – los empleados, los clientes, proveedores y otros grupos, como medios instrumentales para alcanzar los objetivos de la empresa, o también vistos como amenazas a sus intereses.
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Públicos interesados |
Expectativas |
Efecto |
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Gobierno y autoridades |
“Accountability” |
Legislación y regulaciones |
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Empleados |
Condiciones de Trabajo |
Productividad |
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Comunidad local |
Desarrollo socioeconómico |
Legitimidad para operar |
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ONG |
Transparencia/equidad |
Reputación |
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Industria |
Estándares mínimos |
Buenas prácticas |
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Consumidores |
Productos de calidad |
Compra |
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Inversionistas |
Riesgo/rentabilidad |
Capital |
Fuente: Tironi, Eugenio; Cavallo, Ascanio. “Comunicación Estratégica”. [83]:
La participación y el compromiso de los distintos públicos en la sociedad, en la empresa, público interno, ejecutivos y trabajadores son un componente decisivo en una política de Responsabilidad Social Empresarial. Una empresa que no involucre a sus empleados en una política de RSE, difícilmente logrará involucrar a su público.
Ahora bien, el enfoque de los grupos participantes se ha consolidado en los años noventa como la visión dominante en RSE, en contraste con el enfoque centrado en los intereses y expectativas de los accionistas, el enfoque de los participantes propone una visión de la empresa mucho más compleja que la establecida en la teoría económica neoclásica, obligada a gestionar en función de las necesidades, expectativas e intereses de todos los grupos e individuos afectados por sus actividades, entre los que se destacan junto con los accionistas, sus empleados, los distintos socios del negocio, los clientes y las comunidades en las que se establecen las empresas. Históricamente la principal función de la empresa ha sido la creación de valor para sus propietarios, y ha considerado al resto de los individuos involucrados o afectados – el personal, los proveedores, clientes y otros grupos – como “medios Instrumentales” para alcanzar sus objetivos. Un modelo de gestión basado en el enfoque de los participantes establece criterios de respeto y equilibrio entre todos los intereses que convergen en la empresa.
“El núcleo de esta nueva visión de la gestión de la empresa es la consideración de la creciente complejidad de los entornos internos y externos en los que se desenvuelve. En menos de veinte años hemos visto profundas transformaciones de la organización en la vida social, cambios asociados a los procesos de globalización, a la innovación de la técnica y al despliegue de las nuevas tecnologías de la información, cuyas consecuencias en las posibilidades de acceso a la información y al saber justifican plenamente la idea de una sociedad del conocimiento, en que la autonomía de los individuos está avanzando con un ritmo que no tiene precedentes en la historia de la humanidad.
Con el desarrollo de la sociedad del conocimiento cambian los individuos, sus necesidades y expectativas provocando la modificación de muchos supuestos organizativos e institucionales anteriores. Las bases de la competitividad empresarial y de las relaciones de la gente con las empresas se transforman en todas las direcciones. Se produce un desplazamiento de la soberanía hacia los clientes que favorece el desarrollo de importantes transformaciones estructurales internas, al tiempo que adquieren una nueva y radical importancia las personas, sus iniciativas y capacidad de responsabilización sobre los procesos de trabajo, antes gobernados fundamentalmente desde la óptica de la autoridad jerárquica. Crece también la incertidumbre en todos los niveles de las decisiones empresariales, convirtiéndose en el principal componente de la actividad de las empresas. El efecto más importante de estos cambios en la empresa es la pérdida progresiva de control sobre muchas de las fuerzas que determinan su éxito o fracaso. Y esta constatación de que las corporaciones modernas son influidas por un número creciente de fuerzas y factores que, en muchos casos, están fuera de control, ha favorecido las visiones y los conceptos de gestión que permitan arbitrar y conciliar este nuevo universo de presiones y de intereses.”[84]
El término participante apareció en el Instituto de Investigación de Standford en 1963, en un memorando interno. El documento describía a los participantes como “esos grupos sin cuyo apoyo una organización dejaría de existir” y se recomendaba a los directivos la tarea de comprender sus necesidades e intereses. Empresas como General Electric en los años treinta identificaba cuatro grupos de personas esenciales para el desarrollo de sus objetivos estratégicos: accionistas, empleados, clientes y público. La popularidad y generalización del término se debe a Edward R. Freeman, con la publicación en 1984 de su Strategic Management: A Stakeholder Approach”. Durante el último decenio las propuestas de Freeman han ocupado el centro de los debates en conferencias y reuniones internacionales dedicadas a la RSE. Freeman define el término participante como “un individuo o grupo que puede afectar o verse afectado por el logro de los objetivos de una firma”. El principal eje de su propuesta es que una empresa no sólo es responsable ante sus accionistas y propietarios, sino también ante sus empleados, los consumidores, sus proveedores y el conjunto de grupos e individuos que son necesarios o que pueden influir en el desarrollo de sus objetivos y en el éxito del proyecto empresarial.
Es decir, la empresa debe ser gestionada en beneficio de todos los individuos y grupos que participan en su desarrollo o pueden verse afectados por sus actividades, lo que obliga a sus gestores a establecer un nuevo equilibrio entre las distintas necesidades, intereses y expectativas que concurren en la empresa, tanto en el nivel interno como en sus relaciones más amplias con la sociedad.
Desde esta perspectiva, la empresa es considerada un sistema complejo de equilibrios entre grupos de participantes. Desde el inicio Freeman sugiere la distinción entre participantes directos e indirectos, aunque más tarde se ha impuesto la diferenciación entre participantes primarios y secundarios. Los primarios son los individuos y grupos sin los que la empresa no puede sobrevivir, como los accionistas, empleados, clientes, suministradores y los poderes públicos – el desarraigo de un participante primario significa en muchas ocasiones el bloqueo o la paralización del sistema corporativo en su conjunto, mientras que los secundarios pueden ejercer una importante influencia en el desarrollo de los planes y objetivos de la empresa, pero no comprometen de manera esencial su funcionamiento en el corto plazo. Entre los grupos secundarios destacan los grupos de presión y los movimientos sociales, las instituciones educativas y los medios de comunicación.
Ha sido muy positiva la penetración del enfoque de los participantes en la apertura de la empresa a la sociedad, sin embargo el proceso ha favorecido también la realización de lecturas cargadas de acentos de dirección empresarial que se desvían sustancialmente de las propuestas iniciales de Freeman, para acentuar el cálculo en términos de beneficios y de costes económicos, sociales y políticos de las opciones de la empresa en un momento determinado.[85]
En el plano teórico confiere a la empresa un nuevo estatuto como “actor social”,
Fundamentando la necesidad de “una nueva dimensión de la estrategia de la empresa: la gestión de cuestiones sociales y políticas dentro del marco de las finalidades tradicionales de la empresa “. La propuesta es ir más allá de la racionalidad existente, en una transición tranquila desde lo que se pleanteaba como el “business of business is business”, donde aparece Harry Hummels en 1984 y señala que a la eliminación del significado de los valores, los propósitos y los objetivos de la empresa, el modelo puede convertirse en “una nueva parcialidad” en la forma de una coalición de intereses entre los principales participantes. Cuyo efecto más importante es la neutralización de las preguntas y dilemas éticos relacionados con la actuación de la empresa. [86]
El concepto de “responsabilidad” ha suscitado en el debate público una nueva atención en los últimos tiempos. Un interés académico e intelectual al que han contribuido en gran medida los trabajos de Hans Jonas, para quien la responsabilidad es un concepto fundamental en la reflexión sobre las nuevas amenazas desatadas por las promesas de la ciencia, la tecnología y la economía, cuyo poder de transformación y de destrucción era inimaginable hace tan sólo cincuenta años. Aunque la ética sigue teniendo validez en el ámbito próximo de los efectos de las relaciones entre los individuos “impone la ética una dimensión nueva, nunca antes soñada, de responsabilidad”. “La responsabilidad no afecta sólo a los propósitos y consecuencias de los actos sino que obliga a realizar actos cuyo fin es el bienestar de los demás. Una responsabilidad que adquiere todo su sentido al prescribir como exigencias éticas las acciones positivas dirigidas a los otros, especialmente cuando el bienestar y el destino de los otros está en nuestras manos”. [87]
Una responsabilidad que no sólo se proyecta sobre el presente, sino que se orienta y se hace cargo del futuro, afirmando el principio de responsabilidad individual, y en otra medida colectivo, sobre las condiciones de posibilidad de una vida digna para generaciones venideras. Un tipo de racionalidad que convertiría un progreso económico en riqueza y bienestar para toda la sociedad. Desarrollar una nueva forma de pensar la ciencia, las relaciones sociales y el conjunto de la organización de la vida social se ha convertido en un imperativo ético. Reivindicar la responsabilidad como una idea maestra del cambio y de la superación de las trampas de una sociedad de individuos y organizaciones “responsables sin responsabilidad” que oprimen botones sin que les sea alcanzable sufrimiento alguno de sus víctimas.
Expectativas públicas y responsabilidad: La importancia de la responsabilidad ante los clientes no tiene carácter normativo ni constituye una exigencia legal, pero condiciona de forma creciente la actuación de las empresas generando cambios en los objetivos y las estrategias. El papel de las personas en la organización, favoreciendo el desarrollo de estructuras de poder mucho más planas en que los trabajadores asumen nuevas responsabilidades en la relación con la empresa y con los clientes. También se ha producido un notable crecimiento de las expectativas de los consumidores y de la opinión pública en relación con la empresa. Tanto en los efectos ambientales de su actividad como en el despliegue de iniciativas ambientalistas, utilización de tecnologías y en el desarrollo de productos verdes. La empresa necesita un equilibrio entre su responsabilidad convencional y las asociadas a las expectativas públicas cada vez más importantes, que desempeñan en la creación de riqueza y en el conjunto de la vida social, un mundo sometido a rápidas transformaciones y en el que la complejidad y las interdependencias están creciendo.
Otro concepto de público que nos interesa mencionar, es el que destaca Roberto Porto Simoes, en su libro de Relaciones Públicas como: “La sugerencia es que sea agregada a la teoría de los agentes con influencia, siguiendo el pensamiento de Mintzberg (1992). Esa construcción teórica caracteriza mejor la bipolaridad de, ante todo, influenciar a la organización, y a continuación, ser influenciado por ella” [88].
Desde luego, observamos una transmisión de doble vía, de acuerdo a un modelo que no se limita a lo receptivo, sino que va y viene en un continum, en un intercambio de información y reacción que produce la interacción de los públicos. La organización y los públicos en estado de sistema se encuentran en un proceso: el conflicto y la cooperación. Su dinámica se condiciona por los eventos que suceden en el sistema, sus dimensiones, pero principalmente por la relación de poder entre la organización y sus públicos, en la confrontación entre políticas y las acciones para consecución de la misión organizacional con los intereses, las expectativas y los objetivos específicos de cada uno de los públicos. El proceso se desarrolla por la intervención de las variables independientes, o sea aquellas que generan o son generadas por los eventos del flujograma del sistema social.
La función organizacional política es la contribución del conjunto de programas de acción (políticas, normas, procedimientos, actividades, servicios y productos) para la integración de los intereses comunes y específicos de la organización con sus públicos, evitando los conflictos y llevándolos al estado de cooperación, para lograr la consecución de la misión de la organización. Esta función, cuando es ejercida en consonancia con los intereses de los públicos lleva a la organización a tener credibilidad ante estos, lo que le permite influir en ellos para lograr un intercambio cooperativo de intereses.
La elección de los consumidores en el mercado es de importancia, si éstos deciden no comprar, el impacto en las empresas se deja sentir. Pero el mercado no es el único lugar donde pueden expresar sus opiniones y preferencias. Probablemente deseen intervenir en forma más directa en el modo de producción, pero los consumidores en el mundo viven y trabajan lejos de los sitios donde se cultivan los alimentos y por lo tanto su opinión sobre el sistema agroalimentario no es considerados.
Para ejemplificar lo anterior, presentamos un esquema que grafica a los transgénicos en su cadena de suministros:
Existe confusión en torno a los riesgos de los transgénicos y en lo que respecta a la inocuidad de los mismos en el largo plazo, por tanto el análisis de riesgos es un proceso que consta de tres componentes: la evaluación de riesgos, la gestión de riesgos y la comunicación de riesgos.
Los consumidores necesitan estar seguros de que sus alimentos son sanos y nutritivos. En el contexto de la inocuidad, el riesgo incluye dos elementos:
i) el peligro, factor intrínseco (por ejemplo un agente biológico, químico o físico, o una propiedad de alimento capaz de provocar un efecto nocivo a la salud) que indica el daño si se produce el suceso; y
ii) la probabilidad o posibilidad de que se produzca el suceso
Se construyen modelos para predecir el riesgo, las cuales pueden verificarse a través de estudios epidemiológicos que tienen un valor predictivo y de análisis.
La gestión de riesgos es el proceso que consiste en ponderar las diferentes opciones normativas en consulta a todas las partes interesadas y teniendo en cuenta la evaluación de riesgos y otros factores relacionados con la protección de los consumidores en conjunto con la promoción de prácticas comerciales adecuadas y la selección de posibles medidas de prevención y control apropiados. Cuando es posible comparar las ventajas e inconvenientes de una variedad más amplia de posibles soluciones, se puede garantizar una participación más amplia en la sociedad interesada.
Comunicación de riesgos:
Es el intercambio interactivo de opiniones a lo largo de todo el proceso de análisis de riesgos entre las personas encargadas de la evaluación de los riesgos, gestión de riesgos y consumidores, la industria, la comunidad académica y otros grupos de interés. El intercambio de información se refiere a factores relacionados con los riesgos y sus percepciones, comprendida la explicación de los resultados de la evaluación y los fundamentos de las decisiones relacionadas con la gestión de riesgos. Es imprescindible que la comunicación con el público sobre los riesgos proceda de fuentes creíbles y de confianza.
Ahora bien, esta misma comunicación con los grupos de interés debe ser analizada en detalle y bajo la óptica de cada uno de sus componentes.
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