Aquellos que se benefician del sistema actual, en el que los programas son concebidos como propiedad privada, esgrimen dos argumentos en favor de su derecho de ser propietarios de programas: el argumento emocional y el argumento económico.
El argumento emocional es del tipo: «Pongo mi sudor, mi corazón, mi alma en este programa. ¡Proviene de mí, es mío!»
Este argumento no requiere una refutación seria. El sentimiento de apego puede ser cultivado por los programadores cuando les convenga, pero no es inevitable. Considérese, por ejemplo, cuán deseosos firman y ceden sus derechos sobre el programa a una gran empresa a cambio de un salario; misteriosamente el apego emocional se desvanece. Por el contrario, considérense a los grandes artistas y artesanos de la época medieval, que ni siquiera firmaban sus trabajos. Para ellos, el nombre del artista no era importante. Lo que importaba era que el trabajo se había hecho —y el propósito al que servía. Esta visión ha prevalecido durante cientos de años.
El argumento económico es del tipo: «Quiero ser rico —normalmente expresado de manera poco precisa como «tengo que vivir de algo»— y si no me dejas enriquecerme programando, entonces no programaré. Todo el mundo es como yo, de manera que nadie programará jamás. ¡Y te encontrarás con que no tienes programas!» Esta amenaza suele venir disfrazada como un amigable y sabio consejo.
Explicaré más tarde por qué esta amenaza es algo completamente absurdo. Antes me gustaría presentar un presupuesto implícito que está mucho más presente en otra formulación del mismo argumento.
Esta formulación empieza comparando la utilidad social del software propietario con la utilidad que se derivaría de no tener software y entonces llega a la conclusión de que el software propietario es, en general, beneficioso y que debería ser promovido. La falacia reside aquí en comparar solamente dos posibilidades —software propietario versus ausencia de software— y suponer que no existen otras posibilidades.
En un sistema en el que impera la propiedad intelectual, el desarrollo del software se encuentra generalmente vinculado a la existencia de un dueño que controla el uso de ese software. Mientras exista este vínculo, nos enfrentamos continuamente a la elección entre software propietario o nada. Sin embargo, esta vínculo no es inherente ni tampoco inevitable; es más bien consecuencia de una decisión política sociolegal específica que aquí estamos cuestionando: la decisión de que el software tenga propietarios. Formular la elección entre software propietario y ausencia de software implica empobrecer la cuestión.