Software libre para una sociedad libre - El argumento en contra de la propiedad del software
Curso gratis creado por Richard M. Stallman. Extraido de: http://sindominio.net/biblioweb/pensamiento/softlibre/
17 de Diciembre de 2005
Linux, Unix, GNU
81 - El argumento en contra de la propiedad del software
La pregunta que se nos plantea es: «¿debería el desarrollo del software estar vinculado a la existencia de propietarios que restrinjan su uso?»
Para resolver este problema, tenemos que evaluar el efecto en la sociedad de cada una las dos opciones independientemente: el efecto de desarrollar software —sin tener en cuenta la manera en que se redistribuye— y el efecto de restringir su uso —suponiendo que el software ha sido desarrollado. Si una de estas actividades es beneficiosa y la otra es perjudicial, deberíamos deshacernos de esta doble actividad y utilizar sólo la beneficiosa.
En otras palabras, si restringir la distribución de un programa ya desarrollado es perjudicial para la sociedad en su conjunto, entonces un desarrollador de software con una orientación ética debería rechazar esta opción.
Para determinar el efecto de restringir el derecho a compartir, necesitamos comparar los beneficios para la sociedad de un programa restringido —propietario— con los que ofrece ese mismo programa accesible a todo el mundo. Esto significa comparar dos mundos posibles.
Este análisis también tiene en cuenta el contra-argumento, a veces defendido, de que «los beneficios que se proporcionan al vecino al darle una copia de un programa se cancelan por el perjuicio provocado al propietario». Este contra-argumento presupone que el perjuicio y el beneficio son iguales en magnitud. El análisis implica la comparación de ambas magnitudes y muestra que el beneficio es mucho mayor que el perjuicio.
Para clarificar todo esto, vamos a aplicarlo a otro ámbito: la construcción de carreteras.
Pudiera ser que la financiación para construir todas las carreteras proviniese de los peajes. En consecuencia, nos encontraríamos puntos de peaje en cada esquina. Un sistema de este tipo generaría incentivos a la hora de mejorar las carreteras. También tendría la virtud de obligar a los usuarios de una determinada carretera a que pagasen por ella. Sin embargo, un punto de peaje es un obstáculo artificial para una circulación fluida —artificial, porque no es una consecuencia derivada del funcionamiento de los coches o de las carreteras.
Si comparamos la utilidad de las carreteras libres y de la carreteras con peaje, encontramos que —siendo iguales en todo—, las carreteras sin puntos de peaje son más baratas de construir, más baratas de administrar y más eficientes.3 En un país pobre, el peaje podría provocar que algunas carreteras fuesen inaccesibles a muchos ciudadanos. De manera que las carreteras sin peajes ofrecen mayores beneficios a la sociedad y un coste menor; por lo tanto son preferibles para la sociedad. De este modo, la sociedad debería elegir financiar las carreteras de otra forma, y no mediante peajes. El uso de las carreteras, una vez construidas, debería ser gratuito.
Cuando los defensores de los peajes, los presentan como meros recaudadores de fondos, distorsionan la elección que existe de verdad. Los peajes incrementan los fondos públicos, pero hacen algo más: degradan, de hecho, la carretera. La carretera de peaje no es tan buena como la carretera libre; que se nos proporcionen más carreteras o carreteras técnicamente superiores puede muy bien no ser una mejora si implica sustituir carreteras libres por carreteras de peaje.
Por supuesto, la construcción de una carretera gratuita cuesta dinero, que de alguna manera la gente debe pagar. Sin embargo, esto no implica la inevitabilidad de los peajes. Nosotros, que en ambos casos pagamos, obtendremos mayores beneficios de nuestro dinero si compramos una carretera gratuita.
No quiero decir que una carretera de peaje sea peor que la ausencia de carreteras. Eso sería verdad si el peaje fuese tan alto que casi nadie pudiese usarla —pero esta es una política improbable para un recaudador de impuestos. Sin embargo, en tanto que los peajes suponen pérdidas de tiempo y molestias considerables, es mejor conseguir el dinero de una manera menos obstructora.
Para aplicar este mismo argumento al desarrollo del software, mostrará ahora que introducir «peajes» en el software le cuesta caro a la sociedad: hace que se encarezca la construcción de los programas, encarece la distribución y los hace menos satisfactorios y eficientes con relación a su uso. De lo que se deduce que la construcción de programas debería promoverse de alguna otra forma. Más tarde, continuará explicando otros métodos de promoción y —hasta donde sea de verdad necesario— financiación del desarrollo de software.
Para resolver este problema, tenemos que evaluar el efecto en la sociedad de cada una las dos opciones independientemente: el efecto de desarrollar software —sin tener en cuenta la manera en que se redistribuye— y el efecto de restringir su uso —suponiendo que el software ha sido desarrollado. Si una de estas actividades es beneficiosa y la otra es perjudicial, deberíamos deshacernos de esta doble actividad y utilizar sólo la beneficiosa.
En otras palabras, si restringir la distribución de un programa ya desarrollado es perjudicial para la sociedad en su conjunto, entonces un desarrollador de software con una orientación ética debería rechazar esta opción.
Para determinar el efecto de restringir el derecho a compartir, necesitamos comparar los beneficios para la sociedad de un programa restringido —propietario— con los que ofrece ese mismo programa accesible a todo el mundo. Esto significa comparar dos mundos posibles.
Este análisis también tiene en cuenta el contra-argumento, a veces defendido, de que «los beneficios que se proporcionan al vecino al darle una copia de un programa se cancelan por el perjuicio provocado al propietario». Este contra-argumento presupone que el perjuicio y el beneficio son iguales en magnitud. El análisis implica la comparación de ambas magnitudes y muestra que el beneficio es mucho mayor que el perjuicio.
Para clarificar todo esto, vamos a aplicarlo a otro ámbito: la construcción de carreteras.
Pudiera ser que la financiación para construir todas las carreteras proviniese de los peajes. En consecuencia, nos encontraríamos puntos de peaje en cada esquina. Un sistema de este tipo generaría incentivos a la hora de mejorar las carreteras. También tendría la virtud de obligar a los usuarios de una determinada carretera a que pagasen por ella. Sin embargo, un punto de peaje es un obstáculo artificial para una circulación fluida —artificial, porque no es una consecuencia derivada del funcionamiento de los coches o de las carreteras.
Si comparamos la utilidad de las carreteras libres y de la carreteras con peaje, encontramos que —siendo iguales en todo—, las carreteras sin puntos de peaje son más baratas de construir, más baratas de administrar y más eficientes.3 En un país pobre, el peaje podría provocar que algunas carreteras fuesen inaccesibles a muchos ciudadanos. De manera que las carreteras sin peajes ofrecen mayores beneficios a la sociedad y un coste menor; por lo tanto son preferibles para la sociedad. De este modo, la sociedad debería elegir financiar las carreteras de otra forma, y no mediante peajes. El uso de las carreteras, una vez construidas, debería ser gratuito.
Cuando los defensores de los peajes, los presentan como meros recaudadores de fondos, distorsionan la elección que existe de verdad. Los peajes incrementan los fondos públicos, pero hacen algo más: degradan, de hecho, la carretera. La carretera de peaje no es tan buena como la carretera libre; que se nos proporcionen más carreteras o carreteras técnicamente superiores puede muy bien no ser una mejora si implica sustituir carreteras libres por carreteras de peaje.
Por supuesto, la construcción de una carretera gratuita cuesta dinero, que de alguna manera la gente debe pagar. Sin embargo, esto no implica la inevitabilidad de los peajes. Nosotros, que en ambos casos pagamos, obtendremos mayores beneficios de nuestro dinero si compramos una carretera gratuita.
No quiero decir que una carretera de peaje sea peor que la ausencia de carreteras. Eso sería verdad si el peaje fuese tan alto que casi nadie pudiese usarla —pero esta es una política improbable para un recaudador de impuestos. Sin embargo, en tanto que los peajes suponen pérdidas de tiempo y molestias considerables, es mejor conseguir el dinero de una manera menos obstructora.
Para aplicar este mismo argumento al desarrollo del software, mostrará ahora que introducir «peajes» en el software le cuesta caro a la sociedad: hace que se encarezca la construcción de los programas, encarece la distribución y los hace menos satisfactorios y eficientes con relación a su uso. De lo que se deduce que la construcción de programas debería promoverse de alguna otra forma. Más tarde, continuará explicando otros métodos de promoción y —hasta donde sea de verdad necesario— financiación del desarrollo de software.
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