¿Es inevitable que la gente trate de competir y superar a sus rivales en la sociedad? Puede que así sea. Pero la competencia en sí misma no es dañina; lo dañino es el combate.
Existen muchas formas de competir. La competencia puede consistir en tratar de conseguir siempre más, en mejorar lo que otros han hecho. Por ejemplo, en el pasado, existía competencia entre los gurús de la programación —competencia que consistía en quién era capaz de producir el ordenador que realizase las cosas más fascinantes o quién era capaz de escribir el programa más corto o más rápido para una determinada tarea. Este tipo de competencia puede beneficiar a todos, mientras el espíritu de deportividad se mantenga.
Una competencia constructiva es suficiente para motivar a la gente a realizar grandes esfuerzos. Hay personas que compiten por ver quién es el primero en visitar todos los países de la Tierra; algunos llegan a gastar una fortuna intentándolo. Pero no sobornan a los capitanes de barcos para que dejen desamparados a sus rivales en islas desiertas. No tienen ningún problema en dejar que gane al mejor.
La competencia se convierte en combate cuando los competidores intentan obstaculizarse los unos a los otros en lugar de avanzar por sí mismos —cuando «que gane el mejor» se convierte en «déjame ganar, sea el mejor o no». El software propietario es perjudicial, no porque sea una forma de competición, sino porque es una forma de combate entre los ciudadanos de nuestra sociedad.
La competición en los negocios no es necesariamente un combate. Por ejemplo, cuando dos supermercados compiten, todo su esfuerzo se emplea en mejorar sus actividades, no en sabotear al rival. Pero esto no demuestra un especial compromiso con una ética empresarial; por el contrario, existe un pequeño margen de libertad en esta rama de los negocios carente de violencia física. No todas las áreas de negocio comparten esta misma característica. Preservar información que podría ayudar al avance de todos es una forma de combate.
La ideología empresarial no prepara a la gente para resistir la tentación de combatir a la competencia. Algunas formas de combate han sido prohibidas con leyes antimonopolio, leyes sobre honestidad en publicidad y otras más, pero lejos de generalizarse mediante una repulsa, por principio, hacia el combate en general, los ejecutivos inventan otras formas de combate que no están específicamente prohibidas. Los recursos de la sociedad se despilfarran en el equivalente económico de una guerra civil.