Existen algunos tipos de trabajo en los que pocos entrarán si no es por dinero; la construcción de carreteras, por ejemplo. Hay otros campos del estudio y del arte en los que existe escasa probabilidad de enriquecerse, en los que la gente entra por fascinación o por que perciben que son valiosos socialmente. Algunos ejemplos son la lógica matemática, la música clásica y la arqueología; y la organización política entre los trabajadores. La gente compite, de forma triste más que incisiva, por las pocas posiciones remuneradas existentes, ninguna de las cuales financiada de forma generosa. Quizás tengan que pagar por la posibilidad de trabajar en ese campo, si pueden permitírselo.
Un campo así puede transformarse de la noche a la mañana si empieza a ofrecer posibilidades de enriquecimiento. Cuando un trabajador prospera, otros demandan las mismas oportunidades. Pronto todos pedirán grandes sumas de dinero por aquello que antes hacían por placer. En un par de años, todo el mundo relacionado con ese campo se burlará de la idea de que ese trabajo se realice sin grandes sumas de dinero a cambio. Aconsejarán a los planificadores sociales que se aseguren de que estos retornos de capital sean posibles, creando privilegios especiales, poderes y monopolios, alegando que son necesarios para lograrlo.
Esta transformación acaeció en el campo de la programación informática durante la década pasada. Hace quince años8 uno podía encontrarse con artículos sobre la «adicción a los ordenadores»: los usuarios estaban «conectados» y tenían adicciones que les costaban cien dólares por semana. Parecía aceptable que la gente amase tanto la programación como para acabar con sus matrimonios. Hoy en día, se entiende que nadie programe sin recibir una excelente remuneración a cambio. La gente ha olvidado lo que sabía hace quince años.
Llegado el momento en que quienes trabajan en un campo determinado exigen a cambio altas sumas de dinero, el campo en cuestión ya no necesita regirse por esa pasión voluntariosa. La dinámica del cambio puede efectuarse al revés si la sociedad proporciona el empuje inicial. Si anulamos la posibilidad de enriquecerse enormemente, entonces, después de un tiempo, cuando la gente haya reajustado sus actitudes, volverán una vez más a trabajar en ese campo por el placer de hacerlo.
La respuesta a «¿cómo podemos pagar a los programadores?», resulta más fácil cuando nos damos cuenta de que no es una cuestión de pagarles una fortuna. Es más fácil conseguir los fondos necesarios para ganarse la vida simplemente.