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25 años después: democracia y totalitarismo mediático - El imaginario social no es un teatro sino un laboratorio

Monografía creado por Franco Berardi. Extraido de: http://sindominio.net/biblioweb/s/view.php?CATEGORY2=12&ID=149
19 de Diciembre de 2005
Gestión de medios de comunicación

3 - El imaginario social no es un teatro sino un laboratorio

Radio Alice nació en febrero de 1976. Muchas circunstancias hacían de aquella época un tiempo de transición, de innovación profunda. No fuimos capaces de ver todas las líneas de transformación que atravesaban la sociedad y la cultura, pero algunas las logramos intuir.
Y algunas de aquellas líneas han llegado hasta nosotros y atraviesan completamente como una flecha el campo de la comunicación, la política y la producción, en la actual transición hipermoderna y postindustrial.
En aquel período, en el centro de la escena, estaban los movimientos de la autonomía social y la transformación de éstos sobre la cultura, las formas de vida, de agregación y también de comunicación.
En aquellos años comenzábamos a comprender la relación entre procesos sociales y mutación tecnológica. El pensamiento obrerista italiano de los años sesenta (Panzieri, Tronti, Asor Rosa, Negri, Cacciari, Alquati, Bologna) había investigado la relación entre composición social y política de la clase obrera y constitución técnica del trabajo productivo. Por otra parte, el influjo de Mc Luhan había hecho emerger en la conciencia teórica la relación entre tecnologías y efectos sociales de la comunicación.
En 1974 salieron dos intervenciones importantes sobre estos temas: un ensayo de 1970 de Hans Magnus Enzensberger titulado Por una estrategia socialista de los medios de comunicación (publicado en Italia por Guaraldi, 1973) y el de Jean Baudrillard, Réquiem por los media, que fue publicado en Italia incluido en el libro Por una crítica de la economía política de la señal (Mazzaotta, 1974).
«La definición clásica de fuerzas productivas es una definición restrictiva», escribe Baudrillard, «y se debe alargar el análisis en términos de fuerzas productivas a todo el campo oculto de la significación y de la comunicación».
La tesis de Enzensberger se inscribía en la concepción marxista dominante en aquel tiempo: la contradicción entre las fuerzas de producción y las relaciones de producción se extiende al sector de la producción comunicativa y significante. Enzensberger se daba cuenta del hecho de que la producción de significado es subsumida por el proceso de reproducción del capital, pero no conseguía ver que esto modifica todos los términos del problema.
En pocas palabras: sólo Baudrillard intuía la novedad radical del semiocapital, integración de semiótica y economía, remodelación del campo comunicativo y del campo productivo.
La tarea política de la estrategia socialista en el campo de la comunicación, para Enzensberger, consistía simplemente en la recuperación de la verdad en la información, en reafirmar el valor de uso del proceso de significación para sustraerlo, organizarlo, oponerlo al servicio del capital.
Baudrillard excavaba más a fondo, y descubría que el proceso de mercantilización afecta a la estructura misma del mensaje, a la modalidad de su producción. «Lo que caracteriza a los mass media es el hecho de que éstos son antimediadores, intransitivos y que fabrican la no-comunicación si aceptamos definir la comunicación como un intercambio, como el espacio recíproco de una palabra y de una respuesta, por lo tanto, de una responsabilidad».
Baudrillard retomaba la lección esencial de Mc Luhan (aunque no se ahorraba alguna que otra objeción polémica). La estructura organizativa, tecnológica, relacional del medio influye de modo decisivo en la modalidad de la comunicación, las condiciones en las que se desarrolla el intercambio comunicativo y, por lo tanto, aunque no de manera determinista, en el propio mensaje.
Baudrillard nos permitía comprender que el efecto de la comunicación sobre la sociedad depende en buena parte de las modalidades relacionales que la tecnología pone a disposición de los actores de la partida, y no sólo de las intencionalidades ideológicas o políticas de los actores sociales. Este discurso fue muy importante para la maduración de la toma de conciencia del deber militante de la comunicación. No se trataba de restablecer una supuesta verdad revolucionaria contra el embuste burgués, no se trataba de hacer contrainformación para desenmascarar las tramas ocultas del enemigo. La exigencia era intervenir sobre las formas del imaginario social, de poner en circulación flujos delirantes, es decir, capaces de des/lirar 3 el mensaje dominante del trabajo, del orden, de la disciplina.
Radio Alice nació conscientemente «fuera», mejor dicho, «contra» las teorías militantes y dialécticas. Nuestra intención no era hacer una radio para adoctrinar o para hacer emerger la conciencia de clase escondida tras los comportamientos cotidianos.
Nosotros queríamos abandonar toda la fraseología y la metodología política del leninismo. Lenin ha sido un tipo bastante importante en la historia del siglo XX. Su pensamiento ha jugado un rol fundamental en la historia política del siglo XX, y no sólo del movimiento obrero. Lenin ha formalizado la noción moderna de política, la noción que desde Maquiavelo rige la forma de la acción organizada.
Pero su visión del mundo, aunque eficaz (terriblemente eficaz) tiene un carácter sustancialmente paranoico. Según su pensamiento, la contradicción entre Clase Obrera y Capital (con todas las mayúsculas en el lugar oportuno) es el motor más importante de la historia moderna. Pero la conciencia de esta contradicción no es para él un hecho inmediato. Hace falta, por tanto, una fuerza subjetiva, un punto principal de voluntad organizado que sea capaz de hacer aflorar lo que en la vida de las masas está presente solamente de modo objetivo.
Hace falta construir la fuerza subjetiva que permita manar a la conciencia, organizarse y destruir el estado actual de las cosas. Esta fuerza subjetiva, huelga decirlo, es el Partido Comunista (bolchevique).
Pero en aquellos años setenta que trataban de fugarse de las ataduras ideológicas de las categorías de la primera mitad de siglo, nosotros nos preguntábamos: ¿quién ha dicho que el Partido Comunista sea el portador de una verdad escrita en la estructura material de la sociedad? ¿Qué verdad estaría escrita en el orden objetivo de las cosas?
El Partido Comunista bolchevique, ese grupo de hombres que se erigía en interprete subjetivo de la necesidad objetiva, era en realidad el núcleo de una dictadura de la voluntad sobre la vida. Aquí estaba el principio del autoritarismo paranoico del régimen soviético. Aquí estaba la raíz de toda la violencia que la política ha ejercido (incluso en nombre del progreso, de la revolución, de la igualdad) sobre la vida cotidiana.
En aquellos años setenta habíamos leído también otro libro, la primera obra en común de Gilles Deleuze y Félix Guattari que se llama El antiedipo.
El antiedipo cuenta una enorme cantidad de cosas, construye castillos de palabras, de conceptos y de imágenes. Pero esta construcción no es un simple ejercicio literario, sino proyección de imaginario.
El inconsciente no es un teatro sino una fábrica, dicen Gilles y Félix. El inconsciente no es el lugar en el que se desarrolla un drama ya escrito, en el que se mueven actores que han aprendido su papel, o que tienen que aprendérselo (y esto sería el partido leninista que conoce el papel que hay que recitar y se lo sugiere a los actores).
No, no, no; el inconsciente es una fábrica, o mejor un laboratorio (taller) artesanal en el que cada actor construye maquinarias bizarras, que funcionan de una u otra forma, que cortan y cosen, combinan y recombinan.
Más allá del inconsciente, también el imaginario social se ve como una fábrica y no como un teatro. Una trastienda desordenada de la mente colectiva en la que se producen los comportamientos y se elaboran las formas de conciencia discursiva que la sociedad pone en escena. Si se quiere intervenir sobre los movimientos de la sociedad, si se quiere desarrollar un rol de transformaciones reales, hace falta trabajar sobre esta escena.
A partir de finales de los años setenta, en los años en los años en que se estaba preparando la revolución microelectrónica, tras la informatización, el proceso productivo global empezó a trasformarse. El proceso de producción se integraba progresivamente en la semiótica y el lenguaje se integró en la producción económica. El antiedipo había propuesto la metáfora de la mente como fábrica, pero ahora sabemos que no se trataba solamente de una metáfora, sino de la trasformación real.
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