A manera de subversión: Carmen Martín Gaite - Los años ochenta y noventa: la imaginación femenina

4 - Los años ochenta y noventa: la imaginación femenina

Monografía creado por Mercedes Carbayo-Abengozar. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/cmgaite/carbayo.htm
20 de Agosto de 2006

Los años ochenta son años de desencanto, desencanto provocado por el conflicto que supuso el vivir un divorcio entre ideas y comportamientos, es decir, de alguna manera la revolución que supuso el final de franquismo se vivió desde lo imaginario. Las ilusiones que muchos españoles pusieron en los cambios que prometió el partido socialista en 1982 se trocaron en desencanto al ver que los que prometían en su eslogan electoral cambiar el país y los comportamientos públicos, fueron los que más cambiaron asociándose de alguna manera al tópico existencial del buen vivir, optando por una vida sin compromisos ni sobresaltos y asumiendo un conformismo total que se manifestó en un conservadurismo de conducta y pensamiento. Este desencanto lo vemos expresado abiertamente en la novela de Martín Gaite Nubosidad variable (1992). El marido de Sofía, una de las protagonistas es un conformista de los que vivieron la represión franquista y lucharon contra ella y ahora dirigen el país enfundados en sus trajes de marca, asistiendo a cócteles y exposiciones de pintura donde cierran negocios y consiguen conquistas y donde las conversaciones giran en torno a un denominador común: el dinero

Se oían bastante las palabras, tema, problemática, cotización, proyección de futuro, coyuntural y obsoleto. Pero sobre todo kilos. No kilos de filetes ni kilos de oro, ni kilos de papel, kilos de nada, una masa informe, pastosa y marrón en la que se chapoteaba convulsivamente, que pringaba hasta los ojos. Kilos de mierda (p. 86).

Estamos en este estado de la cultura que tiene lugar después de las transformaciones que han afectado a las reglas de juego de la ciencia, la literatura y las artes a partir del siglo XIX definido como lo posmoderno por Lyotard (1984: 10). Es la cultura del desencanto por la desaparición de la fe en un progreso basado en la certeza de que el desarrollo de las artes, de las tecnologías, del conocimiento y de las libertades sería beneficioso para el conjunto de la humanidad. Se ha perdido esa fe porque la promesa de la emancipación de toda la humanidad no se ha cumplido. Por eso hay que volver a mirar a la modernidad psicoanalíticamente o en palabras de umberto Eco: `la respuesta posmoderna a lo moderno consiste en reconocer que, puesto que el pasado no puede destruirse -su destrucción conduce al silencio- lo que hay que hacer es volver a visitarlo, con ironía, sin ingenuidad' (1984: 5). Es a partir de El cuarto de atrás cuando este pasado empieza a verse sin nostalgia y el futuro con la esperanza que da el haber aprendido de los errores.

Por su parte el nuevo feminismo de la diferencia surgido como hemos visto teóricamente a partir del mayo del sesenta y ocho, busca la liberación de la mujer dentro de la dualidad y no del régimen del uno (de la autoridad masculina), como lo hacía el de la igualdad. Esta dualidad va a permitir crear una sociedad donde las mujeres sean libres por el hecho de ser mujer y no a pesar de serlo como reza en las constituciones y leyes discriminatorias. El discurso de la diferencia supone pensarse como sujeto sexuado femenino, es un nombrar el mundo desde nuestra parcialidad, nuestra imaginación. Una manera de hacerlo es entrando en un mundo que ha estado relegado hasta ahora a un segundo plano y es el mundo simbólico de la madre. Este mundo simbólico tiene su origen en la relación de la hija con la madre, relación que, en palabras de Luisa Muraro y el grupo Diótima (1992), falta en el patriarcado. Según Muraro el eslabón que une la relación con la madre y la configuración del orden simbólico es la palabra ya que la madre nos enseña a hablar aunque para algunos la lengua que hablamos sea la del padre. Es desde nuestra concienciación en la edad adulta como hemos de ser capaces de crear ese orden simbólico y podemos hacerlo de dos maneras, mediante la recuperación de la relación infantil con la madre y mediante el reconocimiento de su autoridad.

Éste es el sentido que vamos a dar a la última etapa de la obra de Martín Gaite: veremos sus obras escritas desde el desencanto y por otra parte desde la recuperación de ese orden simbólico. Por una parte me referiré a sus dos novelas Nubosidad variable y Lo raro es vivir en las que esta relación entre madres e hijas es uno de los temas principales, y por otra veremos que mediante la creación de cuentos de hadas, ya sean nuevos, ya revisados, la autora se permite recrear una nueva sociedad desde el principio, en la cual la relación con la madre y la creación de ese orden simbólico es fundamental.

Ya he apuntado el comentario que una de las protagonistas de Nubosidad variable hace respecto al dinero y su poder en una sociedad que ella siente alienante y vacía. Siente el profundo desencanto de su presente y vuelve hacia el pasado y hacia una relación que también el tiempo deterioró y que le trae un sueño con el que comienza la novela: la relación con su amiga Mariana a la que, como la liebre que duerme en el erial y salta cuando menos lo esperamos, encuentra en una de esas exposiciones de pintura al día siguiente de haberla soñado. Este encuentro repentino anima a las dos amigas a escribirse cartas en las que ambas dan rienda suelta a sus vidas y que al final, cuando definitivamente se encuentran, van a convertir en novela, una novela hecha de `añicos de espejo que es la vida y en los que uno se puede mirar' (p. 76), una novela que es un collage de sentimientos, recuerdos, sinsabores, confidencias y reencuentros, consigo mismas y, en el caso de Sofía, con su madre y sus propias hijas con las que vuelve a recuperar su propia infancia y de quien espera que sus vientres jóvenes `puedan algún día anidar la continuación de estas memorias' (p. 379). Como la protagonista de El cuarto de atrás, Sofía afirma que `la literatura es el único refugio' (p. 161). Sin embargo aquí se da un paso hacia delante. Después abandonar la casa conyugal, se refugia en la casa de sus hijos y desde la cama de una de ellas sueña con una conversación reconciliadora con con su madre a la que empezó a odiar: `desde que supe que me leía las cartas de Guillermo. Hace diez años, cuando murio, me dí cuenta de que todavía no había sido capaz de perdonarle aquello' (p. 39). Cuando se levanta, sale al encuentro de su amiga con la que ha estado compartiendo esos textos, esas cartas con las que ambas han conseguido ir desmontando los roles que las han estereotipado como si de personajes de novela se tratara, y desde la aceptación de esa autoridad materna se reconstruyen para nombrar su nuevo mundo en femenino: `Pero ni ahora aquellos rostros, por los que empezaba a resbalar la lluvia, daban muestras de cansancio, contrariedad o apuro, sino que parecían, más bien, iluminados por un resplandor interno de serenidad' (p. 391); la serenidad de haber logrado encontrar un lugar en un mundo sin polaridades, un mundo que sea uno siendo los dos.

De la misma manera, Lo raro es vivir, supone un pasó más en la creación de ese mundo dual al me estoy refiriendo. Por primera vez en las novelas de la autora, se plantea la posibilidad de un matrimonio feliz basado en la diferencia dentro de la igualdad. La historia la cuenta Águeda, la protagonista, en primera persona. Su madre, con la que siempre mantuvo una relación muy difícil, acaba de morir y Águeda es contactada por el médico que atiende al abuelo para que, por una vez, dado el precario estado de salud del anciano, suplante a la madre y se presente frente a él, ya que la noticia de la muerte de su hija podría ser fatal para su salud. Esta petición obliga a la protagonista a desenterrar viejos recuerdos y le va a llevar mediante un doloroso proceso de autoanálisis y autocrítica, a entender mejor la tortuosa relación con una mujer que se llevó con ella la infancia de Águeda y a aceptar que: `en mi madre no había una persona sino varias, y aunque no las conociera a todas, intuía que ninguna de ellas estaba dispuesta a dejarse vampirizar por amores exclusivos, éramos de la misma raza' (p. 210). De la misma manera vamos a verla cambiar de un `No quiero tener hijos nunca, nunca. ¡Jamás en mi vida!' (p. 20) al principio de la novela a concebir a Cecilia con cuya aparición concluye la misma. A través de su propio texo, Águeda recupera su propia infancia y acepta la autoridad y la multiplicidad de su madre lo que le permite perder el miedo a su propia maternidad.

De esta manera vemos resuelto el problema de la maternidad vista como institución que, o bien recluye a la mujer o bien la despersonaliza, inventando lo que pretendía la madre de Germán en Retahílas, una manera de atarse sin perder la propia autonomía, o lo que es lo mismo, una manera de ser madre sin dejar de ser persona.

En Lo raro es vivir se critica abiertamente también otro tipo de feminismo que ha empezado a hacer su aparición en los años noventa, y es el feminismo `que vende' (p. 40), el producto comercial , de marca o de diseño, que permite, como le ocurre al amigo de Águeda: `escribir una novela para pillar un premio de muchos kilos y que nos retraten con la cara apoyada en la mano' (p.40) aunque en esa novela un hombre se cargue a su compañera de piso porque está embarazada. Es el feminismo mal entendido, como tema de moda y no una manera de cuestionamiento de las estructuras patriarcales lo que una vez más mantiene a nuestra autora del lado de la subversión, de la crítica y del cuestionamiento de ideas y actitudes.

Este continuo espíritu crítico lleva a Martín Gaite a la necesidad de crear un mundo nuevo, fantástico, donde todo sea posible, un mundo deseado y por lo tanto en sí, subversivo: `If the fantastic is the literature of desire it is so primarily because it dares to articulate the unsaid or give voice to that which is customarily prohibited by culture' (Jackson 1981: 54). Los cuentos de hadas permiten esta subversión porque están relacionados con el origen de las cosas puesto que cuentan sobre un tipo de sociedad primaria y nueva y permiten soñar y maravillarse.

En 1996 la autora recopila dos cuentos de hadas en un volumen publicado por Lumen: `El castillo de las tres murallas' y `El pastel del diablo'. Ambos tienen elementos típicos del género como el proemio, la localización temporal y espacial indefinida, las fórmulas mágicas y los sueños como portadores de mensajes que hay que decifrar. Pero ambos introducen elementos nuevos. Las dos portagonistas son mujeres encerradas, una en un castillo, la otra en su afán de saber. Ambas buscan la libertad y ambas la encuentran: Serena a través del amor, hacia su hija y hacia el profesor de música de la misma con el que se escapa dejando a la niña con un padre avaro y desconfiado pero con la que se mantiene en contacto continuo a través del lenguaje de los sueños. Nada puede hacer el padre para separarlas y finalmente Serena regresa a buscarla encontrándose a una hija fuerte, activa y promotora de los cambios que se han dado para mejorar el país a pesar de los impedimentos del padre. En `El castillo de las tres murallas' la maternidad se convierte en vehículo de libertad y no al revés.

Sorpresa, la protagonista de `El pastel del diablo' se da muy pronto cuenta de que el cuento que le han contado los mayores de casarse, tener hijos, envejecer en el pueblo y `colorín colorado era un cuento tonto y triste' (p. 160). Se siente sola en el mundo: `sin más compañía que ese motorcito invisible que fabricaba imágenes por dentro de su cabeza' (p. 171) así que decide escribir sus cuentos y aprender a comerse sola el pastel del diablo, siendo esta vez la literatura el camino para encontrar la ansiada libertad.

Junto a estos dos cuentos nuevos, Martín Gaite publica en los años noventa dos versiones revisadas de dos cuentos tradicionales: Caperucita roja y La reina de las nieves. Ambas versiones están ya localizadas en el tiempo. Son cuentos urbanos, contemporáneos, que pretenden:

To create something new that incorporates the critical and creative thinking of the producer and corresponds to changed demands and tastes of audiences. As a result of transformed values, the revised fairy tale seeks to alter the reader's views of traditional patterns, images, and codes (Zipes 1994: 9)

Caperucita en Manhattan (1990) nos presenta a una niña de diez años, Sara Allen, solitaria, preguntona, escritora, creativa y deseosa de libertad. La abuela, Rebeca Little, no es una anciana

que aguarda a la nieta metida en cama sino una mujer activa, casada varias veces, cantante de music-hall en su juventud. Vive sola inventando historias y sin miedo a las apariencias. Una tarde en que los padres no están, Sara decide llevarle ella sola a la abuela una tarta de fresa, especialidad de la madre. El viaje a Manhattan se convierte en un viaje hacia el interior de sí misma. Se encuentra con Miss Lunatic, un espíritu, la encarnación de Madame Bartholdi, la estatua de la libertad, que cada noche baja a la ciudad a ayudar a los necesitados, y que con un pacto de sangre traslada a la niña los atributos de la libertad. Sara se encuentra también con Mr. Woolf, el propietario de la mejor pasteleria de Manhattan que busca desesperadamente la receta de la tarta de fresa. A diferencia del lobo convencional, el Sr. Woolf no quiere comerse a Sara ni seducirla, sino quedarse con la abuela en quien ha reconocido a una amante suya de los años de juventud.

Con este cuento, Martín Gaite recrea una nueva visión del mundo en la que las mujeres se enfrentan a su destino y buscan su libertad a la vez que cambia la imagen típica de la mujer anciana representada siempre como bruja mala o abuelita indefensa. Las dos mujeres ancianas de este cuento son mujeres sabias, pero no usan su sabiduria en hacer bebedizos que duerman a la protagonista sino que la aconsejan para despertarla y encaminarla hacia la libertad. Son, en suma, mujeres responsables y autónomas.

La historia de La reina de las nieves comienza con un reconocimiento del protagonista, Leonardo: `La ausencia definitiva del padre, la visión ahí enfrente de su butaca vacía, es lo que diferencia este comienzo de todos los que había imaginado' (p. 73).

Leonardo/Kay empieza su historia transformándose en sueños en su madre en un deseo de entenderla. Ella, en forma de estatua blanca, convertida en la reina de las nieves, abraza a Leo y lo convierte en hielo. Desde entonces tiene un cristalito en el ojo que le impide llorar.

Los padres de Leo han muerto en accidente de coche. La soledad provocada por su falta lo lleva a la casa de su niñez en un intento de buscar ese hilo perdido en su vida, desde que, desesperado por la frialdad de la madre y el inmovilismo del padre, o su ausencia, como dice al principio, dejó la casa familiar y se perdió por el mundo. Revolviendo los papeles de su padre aparece enseguida un personaje misterioso, alguien llamado Sila de quien el padre estaba enamorado y con quien Leo encuentra multitud de afinidades. Como su padre, Leonardo se enamora de esa figura que va conociendo por fragmentos: `Sí, a qué daré más vueltas, me trae loco perdido la nieta del farero, la novia de mi padre... me está sorbiendo el seso y ya no aguanto más' (p. 241), a la que poco después, uniendo todos esos fragmentos, reconoce como su madre biológica, la Gerda de su infancia, la del cuento que le contaba la abuela, aquella muchacha que, contra viento y marea y salvando todos los peligros del mundo, se embarcó en una aventura peligrosa para recuperar a Kay de las garras de la reina de las nieves. La única capaz de sacarle el cristalito del ojo y devolverle las lágrimas.

En esta novela la autora juega con el concepto de madre y madrastra. En los relatos de Martín Gaite la figura de la madrastra influye más en los hijos que en las hijas, como ocurre, además de en La reina de las nieves, en Fragmentos de interior y Retahílas. Otra subversión, pues según Madonna Kolbenschlag, en casi todos los cuentos en los que aparece la figura de la madrastra malvada, la presentan en relación con una hija y raras veces con un hijo (1993: 72). Esto es porque en las hijas, la madre ve una continuación de sí misma, semejanza que genera una especie de tiranía. La madrastra, según Rheingold (1964: 136), ha sido utilizada siempre como recurso para encontrar un chivo expiatorio sobre el que descargar el miedo y el odio a la madre, es decir, una proyección de los temores de la sociedad patriarcal.

Martín Gaite decide que, de los cinco personajes masculinos mejor perfilados en sus novelas: Pablo Klein, Entre visillos, David, Ritmo lento, Jaime, Fragmentos de interior, Germán, Retahílas y Leo en La reina tres de ellos tengan madrastra aunque esta relación madrastra/hijo vaya cambiando. Mientras que la madre del Germán de Retahílas muere pronto, como ocurre en el cuento tradicional, en La reina, desde el mismo recinto del cuento de hadas la madre buena resucita para su hijo, reconciliando la relación y a la vez salvando de madrastras malvadas a la madre/hija.

Desde el mundo de lo imaginario, de la fantasía donde todo es posible y desde el deseo, La reina de las nieves recrea un mundo donde las mujeres son libres y conscientes de la relación especial que surge entre madres e hijas, aunque sea una relación: `a través de la galería de ese reino subterráneo... Y aquella relación entre ella y yo ha perdurado siempre y me mantiene en vida' (p. 291) en palabras de la propia Sila refiriéndose a su madre, lo que nos hace recordar a Serena y Atalé, de `El castillo de las tres murallas'.También en estos dos cuentos se supera el concepto de madre abnegada y sufriente acuñado en los tiempos del franquismo. Sila y Serena, son madres diferentes. Sila, en un acto de generosidad entregó su hijo al padre y a la mujer estéril con quien se había casado aunque nunca dejó de seguirle la pista y quererle desde su propio mundo interior. Serena se marchó con el profesor de música y dejó a Atalé en el castillo pero, como le había prometido en sueños, volvió a buscarla cuando cumplió quince años.

En resumen, ya sean creados desde el principio o recreaciones de otros anteriores, los cuentos escritos por Martín Gaite en los años noventa han encontrado ese orden simbólico al que me refería al principio de este apartado porque en ellos, las hijas y también los hijos, han aceptado la figura materna y han recuperado ese espacio en el que la relación con la madre es tan especial: la infancia. Son cuentos escritos desde la diferencia.


En este artículo he intentado, muy resumidamente, hacer un pequeño viaje desde los años cuarenta hasta hoy, montada en las novelas de Carmen Martín Gaite y con la subversión como compañera de trayecto. Es, como dije al principio, la subversión de una mujer modosa, una mujer que conoce muy bien las normas lo que le permite subvertirlas a gusto sin que parezca que lo está haciendo. Como dice Francisca López: `sus obras encajan fácilmente en las diversas categorías que las clasificaciones de la novela de su tiempo han establecido' (1995: 16). Para alguien que huye de las etiquetas y las clasificaciones, esta afirmación tiene que ser difícil de aceptar, a menos que estemos hablando de una autora subversiva como definitivamente lo es Carmen Martín Gaite.

1 opinión

Seamos mujeres fuertes, mujeres capaces de si.

Me encanta que las mujeres de hoy en dia se han mas libres de sus propias decisione no como en ese tiempo que tenian que aguantar derscriminaciones hechas por el hombre por ser supuestamente el sexo debil las mujeres cuando en realidad aveces somo hasta mas fuertes que ellos muchas de las descriminaciones aveces no se tienen en cuenta ejemplo nada nunca se ha visto una mujer presidenta en clombia o en estados unidos
gracias por brindar este espacio: aura morales 14años.

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Monografía de Mercedes Carbayo-Abengozar. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/cmgaite/carbayo.htm CopyLeft
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