Martín Gaite publica sus primeros poemas en la revista universitaria Trabajos y días mientras estudia la carrera de Filosofía y Letras en Salamanca. Una vez terminada, se marcha a Madrid con la intención de escribir su doctorado y allí colabora en periódicos y revistas de la época y entra en contacto con un grupo de escritores jóvenes a los que Josefina R. de Aldecoa llama Los niños de la guerra (1983) y que van a formar lo que se ha llamado `la generación del 50'.
Su primer cuento `Un día de libertad' (1953) lo publicó en Revista Española. `El balneario', ganador del Premio Café Gijón 1954 aparece junto a otros tres cuentos, `Un día de libertad', `Los informes' y `La chica de abajo'. Desde entonces hasta 1962 escribe relatos breves que publica en 1960 en un pequeño volumen llamado Las ataduras, y en 1978 recopila todos sus cuentos en un volumen que llamó Cuentos completos en cuyo prólogo explica el motivo de los mismos:
La rutina, la oposición entre pueblo y ciudad, las primeras decepciones infantiles, el desacuerdo entre lo que se hace y lo que se sueña, la incomunicación y el miedo a la libertad. Todos ellos pertenecen a campos muy próximos y remiten, en definitiva, al eterno problema del sufrimiento humano, despedezado y perdido en el seno de una sociedad que le es hostil y en la que, por otra parte, se ve obligado a insertarse (1978: 8).
Son todos temas existenciales en los que vemos sus preferencias por el mundo de los sueños, la literatura de misterio, el surrealismo, la incomunicación y el mundo femenino. Todos los cuentos muestran el trasunto de un breve fragmento en la vida de una persona, normalmente de una mujer, que nos da una idea de su situación en una sociedad que aliena y margina. En el prólogo citado la autora presenta los cuentos ordenados más por el asunto que por un criterio cronológico y convino en llamarlos `cuentos de mujeres' porque predomina la figura femenina aunque contrapuesta: por un lado, la mujer de clase media que sólo pretende mantenerse y renovarse físicamente, y por otro, la mujer un poco más modesta que no puede reivindicar su condición femenina en una sociedad convencional. Esta problemática la muestra sin irritar, sin la intención de remover demasidado los ánimos: `suelen ser mujeres desvalidas y resignadas las que presento, pocas veces personajes agresivos, como trasunto literario que son de una época en que las reivindicaciones feministas eran prácticamente inexistentes en nuestro país' (1978: 9).
En esta afirmación subyace ya la subversión a la que me he referido, una rebeldía que como ella afirma, le lleva a hacer y decir siempre lo que quiere pero sin levantar banderas.
El momento en el que empiezan a aparecer estos cuentos, sus compañeros de generación publican también sobre temas parecidos, de corte existencial y social, porque en este momento de la historia de España hay que luchar contra un enemigo común y, en cierto sentido, monolítico: el franquismo y su discurso opresor. Lo importante es darse a conocer. La censura era muy fuerte y había que burlarla para conseguir títulos acreditados en otros países y para publicar sus propias obras. Este grupo de amigos inicia una tarea de compromiso entre la sociedad y la literatura estableciendo una relación dialéctica entre las condiciones sociales en las que vive el país y el proyecto literario individual y colectivo a través del cual se mantienen esas condiciones.
Influidos por Sartre y su: `I reveal the situation by my very intention of changing it; I reveal it to myself and to others in order to change it... to reveal is to change...' (1965: 16-17), y por Poe: `con frecuencia y en algo grado el objetivo del cuento es la verdad' (1956:323), comienzan a escribir relatos que invitan al lector a concienciarse con la situación que revelan en ellos y a responsabilizarse de cambiarla.
Martín Gaite como sus compañeros, escribe sobre lo que ve y con esa manera tan suya de revelar sin molestar, nos invita a mirar en los problemas que afectan al ser humano y sobre todo a las mujeres. Pero será sobre todo con su primera novela Entre visillos, cuando la subversiva autora se embarque en esa tarea de mostrar, criticar, romper y componer que tanto la caracteriza.
La novela pretende mostrar la vida de un grupo de chicas adolescentes de clase media en una ciudad provinciana en la España de los cincuenta. A través de su existencia anodina, tediosa y rutinaria dominada por las tareas domésticas, los bailes en el Casino, el cine y la iglesia, nos adentramos en un mundo ficcional en el que en términos existencialistas las mujeres existen para el hombre siendo `lo otro'; su vida gira en torno a sus deseos y humores y su existencia se vacía, no `se hace'. Por lo tanto, lo que De Beauvoir decía: `una mujer no nace, llega a serlo' se aplica aquí de una manera en la que este llegar a ser es un llegar a `no ser'.
Por otra parte, está escrita a la manera del momento, siguiendo las técnicas de la novela social, con predominio del diálogo sobre la descripción, el predominio del aspecto social y colectivo sobre el individual y la condensación y actualización del tiempo: la acción transcurre entre septiembre y diciembre y los acontecimientos que narra son actuales para un/a lector/a de los años cincuenta. Sin embargo, una lectura más profunda revela que estas mujeres sufren la incomprensión de una sociedad que las reprime y margina convirtiéndolas en un estereotipo. Esta sociedad establece un sistema binario de oposiciones donde lo masculino, viril y nacional constituyen los términos positivos y referentes en la comparación frente a lo femenino que es lo negativo. Así, en la novela nos encontramos con el tipo de las solteronas, representadas por Mercedes y la tía, dos mujeres intransigentes y neuróticas dignas de lástima. La tía ha encontrado una forma de mejorar su estado a ojos de la sociedad cumpliendo un papel en la casa que oscila entre sirvienta de lujo y la perfecta pero platónica casada cuando, muerta la madre, se traslada a vivir con la familia mejorando así su estatus de solterona. Mercedes es presentada de una forma un tanto caricaturesca, como eran definidas las solteronas en los cómics de la época, con una exacerbada religiosidad y una tendencia obsesiva al cotilleo. Otro tipo de mujer es el de la chica casadera, representada por Gertru; en la novela, dedicada por entero a preparar la fiesta de pedida, el ajuar y la boda y la más estimada socialmente por todos. Era un tipo de mujer que en palabras de la misma autora en su libro Usos amorosos de la posguerra española: `no se le permitía tener una visión complicada de la vida, tenía una obligación de ofrecer una imagen dulce, estable y sonriente' (1992: 40), es decir, mantenerse de alguna manera dentro de la infancia, ser inocente, sumisa y sexualmente pura. La chica topolino representa a la mujer urbana que viene de Madrid a las fiestas de provincias. Empieza a representar a la futura sociedad de consumo mediante sus conversaciones desenfadadas sobre cine, moda, viajes, dinero y gustos.
Las demás hasta llegar a la protagonista, pertenecen al grupo de muchachas sin novio esperando que pase el invierno mientras estudian algo práctico y femenino alrededor de la mesa camilla. Estas chicas nos revelan el vacío existencial de las mujeres como entidad colectiva que viven para los otros, la incomunicación a la que los somete su inactividad limitada a la esfera doméstica y las limitaciones que sufren dentro de una estructura patriarcal. Así llegamos a Natalia, la chica rara de la novela y con la que la autora va a cometer la mayor subversión. Natalia y en cierto sentido Elvira son mujeres inconformistas que se niegan a someterse a su destino. Ambas escriben lo que sienten en un diario que, en el caso de Natalia, es parte de la novela y mediante el cual ambas dejan de existir para `lo uno' siendo `lo otro' y se convierten en un objeto creativo de su propio mundo ficcional, ya que gracias al diario van creandose una nueva existencia a medida que narran lo que les está sucediendo en relación a lo que está sucediendo fuera de ellas. La aparición de ese diario es, en sí mismo, una subversión, en un momento en que los escritores, como ya he mencionado, se afanan por crear novelas sociales exentas de individualismo. El diario de Natalia y las cartas de amor de Julia (ambas formas muy femeninas de expresión) se utilizan en la novela para dar la palabra a aquéllas que están obligadas a guardar silencio ya que a través de ellos y con el secreto que suponen, las protagonistas se sienten a sus anchas para expresarse y decir lo que piensan de esa sociedad.
Martín Gaite, como los demás escritores del momento, utiliza la narración en tercera persona como una forma de distanciamiento requerido por este tipo de novela de crítica. Sin embargo, y es criticada por ello, Entre visillos la relatan tres narradores: el omnisciente en tercera persona, el diario de Natalia y las impresiones de Pablo, un profesor de alemán que llega a la ciudad para hacer una sustitución en el Instituto de Bachillerato.
Estamos pues ante una novela subversiva principalmente en dos aspectos: en la forma, al introducir la voz narrativa de un diario femenino y las impresiones de un personaje y en el contenido puesto que, aunque podemos afirmar que es una novela de corte existencialista por los temas que trata, es a su vez una crítica a la visión patriarcal del mismo. Me refiero a que la novela trata no sólo de los problemas de las mujeres y la incomprensión de los hombres hacia estos problemas, sino porque los dos caracteres masculinos que aparecen más perfilados tampoco les sirven a las mujeres para llenar su vacío existencial sino que, de alguna manera, obstaculizan el deseo de ser en sí mismas: Miguel, el novio de Julia y a Pablo, el profesor de alemán. En principio parecería que la elección de un `outsider' de otro sexo, otro país y otra mentalidad como es Pablo, se debería precisamente a esa búsqueda de distanciamiento que he mencionado. Sin embargo, en mi opinión, su función es precisamente la contraria. Ambos critican la sociedad burguesa provinciana a la que consideran inherentemente hipócrita, pero en lugar de comprometerse con las mujeres que confían en ellos y demostrarles cierta disponibilidad, eximen cualquier tipo de responsabilidad al marcharse cuando son más necesitados. En palabras de Sartre: `Man is nothing else but what he makes of himself. When a man commits himself to anything... in such a moment a man cannot escape from the sense of complete and profound responsibility' (1989: 28). Ni Miguel ni Pablo sienten esta responsabilidad hacia las tres mujeres, Julia, Natalia y Elvira, con las que de una manera u otra se comprometieron a mejorar sus vidas. La novela acaba con un tren que se va llevándose a Julia a los brazos de Miguel, con lo que esta huida puedo suponer para una chica provinciana, y a Pablo que, aun sabiendo que no volverá, deja a Natalia en el andén esperando su vuelta.