Alejo Carpentier - El Camino de Santiago (Segunda Parte)

3 - El Camino de Santiago (Segunda Parte)

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29 de Septiembre de 2005
V

Dice ahora, a quien quiere oírle, que regresa donde nunca estuvo. Allá quedó Santiago el Mayor y la cadena que le aprisionó y el hacha que lo decapitó. Por aprovechar las hospederías de los conventos y su caldo de berzas con pantortas de centeno; por gozar de las ventajas de las licencias, sigue llevando Juan el hábito, la esclavina y la calabaza, aunque ésta, en verdad, sólo carga ya aguardiente. Bien atrás quedó el Camino Francés, beneficio de otro que, al pasar por Ciudad Real, lo tuvo tres días pegado a los odres del más famoso vino de todo el Reino. De allí en adelante nota algo cambiado en las gentes. Poco hablan de lo que ocurre en Flandes, viviendo con los oídos atentos a Sevilla, por donde llegan noticias del hijo ausente, del tío que mudó la herrería a Cartagena, del otro que perdió su plata, por no tenerla registrada. Hay pueblos de donde han marchado familias enteras; canteros con sus oficiales, hidalgos pobres, con caballo y los criados. Ahora tocan cajas en todas las plazas, levando gente para conquistar y poblar nuevas provincias de la Tierra Firme. Los mesones, los albergues, están llenos de viajeros. Así, habiendo trocado la venera por la Rosa de los Vientos, llega Juan el Romero a la Casa de la Contratación, tan olvidado de haber sido peregrino, que más parece un actor de compañía desbandada, de los que a falta de dinero, echan mano a las arcas del vestuario, acabando por ponerse la casaca del bobo de entremés, las bragas del vizcaino, la cota de Pilato y el sombrero que llevaba Arcadio, el pastor enamorado de la comedia al estilo italiano, que no gustó.

Poco a poco, haciéndose de unas calzas acá allá de una capa, cambiando la esclavina por zapatos, regateando al ropavejero, Juan lucía un atuendo que si en nada recordaba al romero, tampoco evocaba al soldado de los Tercios de Italia. Además, no era propósito suyo acudir a la llamada de las levas, pues bien le había advertido el Indiano que las conquistas a lo Cortés, yéndose en armada, no era ya lo que mejor aprovechaba. Lo que ahora pagaba en Indias era el olfato aguzado, la brújula del entendimiento, el arte de saltar por sobre los demás, sin reparar mucho en ordenanzas de Reales Cédulas, reconvenciones de bachilleres, ni griterías de Obispos, allí donde la misma Inquisición tenía la mano blanda, por tener muy poco que hacer con tantos negros e indios, escasamente preparados en materia de fe, sabiéndose, además, que si hubiese empeño en repartir sambenitos, los más se irían en vestir capellanes culpables del delito de solicitación en el confesionario; y como la atenuante del impulso repentino era tanto más válida en tierras calientes, el Santo Oficio americano había optado, desde el comienzo, por calentar jícaras de chocolate en sus braseros, sin afanarse en establecer distingos de herejía pertinaz, negativa, diminuta, impenitente, perjura o alumbrada.

Además, donde no había iglesias luteranas ni sinagogas, la Inquisición se echaba a dormir la siesta. Podían los negros, a veces, tocar el tambor ante figuras de madera que olían a pezuña del diablo. Pero mientras con su pan se lo comieran, los frailes se encogían de hombros. Lo que molestaba eran las herejías que venían acompañadas de papeles, de escritos, de libros. Así, después de agacharse bajo el agua bendita, los negros e indios volvían muchas veces a sus idolatrías, pero hacían demasiada falta en las minas, en los repartimientos, para que se les viera, al tenor del Cuarto Evangelio, como el sarmiento seco que se amontona y arroja al fuego. De este modo, favoreciéndolo con la merced de su larga experiencia, el Indiano , lo había recomendado a un cordelero sevillano, cuya atarazana, repleta de catres y jergones, era posada donde otros aguardaban, como él, permiso para embarcar en la Flota de la Nueva España, que en mayo saldría de Sanlúcar con mucha gente divertida a bordo de las naves. Con el nombre de Juan de Amberes quedaba Juan asentado en los libros de la Casa de la Contratación —pues no debía olvidarse que se le esparaba en Flandes, luego de la promesa cumplida—, entre un Jorge, negro esclavo del Obispo de Tarragona, y uno que demasiado insistía en no ser hijo de reconciliado, ni nieto de quemado por herejía.

En el mismo folio de asientos desfilaban, a continuación, un pellejero de la Emperatriz, un mercader genovés llamado Jácome de Castellón, varios chantres, dos polvoristas, el Deán de Santa María del Darién con su paje Francisquillo, un algebrista maestro en pegar huesos rotos, clérigos, bachilleres, tres cristianos nuevos, y una Lucía, de color de pera cocha. En eso del color, mejor hubiera sido no entrar en distingos, buscándose matices de era cocida o no, porque Juan, en sus andanzas por el laberinto bético, se asombraba ante el gran portento de los humanos colores. Y no eran tan sólos negros horros que esperaban el día de salir en las flotas, loros como brea o con el pellejo de berenjena; no eran tan sólo las morenas del para cumbé, guineas alcojoladas, mulatas de Zofalá, sino que se veían, en estas vísperas de salida, muchog indios que aguardaban el regreso a sus patrias en el séquito de prelados o capitanes, venidos a tratar negocios en la Corte.

El solo Chantre Mayor de Guatemala, que embarcaría en la Flota, se traía tres criados, de color aceitunado, con las frentes ceñidas por tiras bordadas, y una manta de lana espesa, con los colores del arco iris, metida por la cabeza a modo de capisayo. Los tres llevaban cruces al cuello, pero sabe Dios de qué paganismo hablarían, en su idioma de respirar para dentro, que más soñaba protesta de sordomudo que a lengua de cristiano había indios de la Española, yucatecos que llevaban calzones blancos, y otros, de cabeza redonda, bocas belfudas, y pelo espeso, cortado como a medida de cuenco, que eran de la Tierra Firme, y hasta aparecían en misa, algunas veces, los ocho mexicanos de la casa de Medina Sidonia, que habían tocado chirimías —y muy diestramente, por cierto —en las fiestas dadas para celebrar el encuentro de Doña María con el Príncipe Felipe, en Salamanca.

Todo aquel mundo alborotoso y raro, tornasolado de telas gritonas, de abalorios y de plumas, donde no faltaban eunucos de Argel, y esclavas moras con las caras marcadas al hierro, ponían un estupendo olor de aventuras en las narices de Juan de Amberes. Y luego, era la salmuera de los matalotajes, la brea de los calafates, las sardinas salpresadas de las tabernas de vino blanco, el dado echado a todas horas, y la endemoniada zarabanda que ya se bailaba en las casas del trato, donde los marineros habían traído la costumbre de mascar una yerba parda, que les teñía la saliva de amarillo, y ponía en sus barbas un fuerte olor a regaliz, a vinagre, a especias, y a muchas cosas más que no acababan de oler bien.

Y ya está Juan de Amberes en alta mar. No le dejan pasar a México, porque el Consejo quiere gente para poblar comarcas empobrecidas por los saqueos de piratas franceses, la falta de labradores, la mortandad de los indios en las minas. Juan recibió la nueva con pataleos y blasfemias. Pensó luego que era castigo de Dios, por no haber llegado hasta Compostela. Pero a punto apareció el Indiano de la feria de Burgos en el albergue de viajeros, para decirle que una vez cruzado el Mar Océano, podría reírse de los oficiales del Consejo, pasando a donde mejor le viniera en ganas, como hacían los más cazurros. Y así, ya sin enojo, anda Juan redoblando el tambor en la cubierta de su nave, para anunciar la carrera de cerdos que se hará en el sollado, antes de que los animales caigan bajo el cuchillo del cocinero, para ser salados.

Queriéndose burlar el tedio de la calma chicha, y olvidar que el agua de los barriles ya sabe a podrido, se corren cochinos, se corren becerros, mientras todavía están en pie, en espera de otras diversiones. Habrá, luego, la batalla de jeringas cargadas de agua de mar; el palo atado a la cola del perro enfurecido, que romperá más de una cabeza de un molinete; la busca, a ojos vendados, del gallo apretado entre dos tablas, para zajarle la cabeza de un sablazo; y cuando todo esto aburre y el dinero de los unos ha pasado a ser de otros, diez veces, al juego de la quínola o el rentoy, se desatan las fiebres, caen los de la insolación, hay quien deja los colmillos en una galleta ya rumiada de ratones, pasa algún difunto por sobre la borda, pare mellizos la negra lora, vomitan estos, se rascan los otros, largan aquellos las entrañas, y cuando ya parece que no se aguanta más, de pulgas de liendres, de mugre y hediondeces, grita el vigía, una mañana, que por fin se divisa el morro del puerto de San Cristóbal de La Habana. Era tiempo de llegar: el ingrato camino para alcanzar la fortuna estaba cansando ya a Juan, a pesar de que peces voladores, vistos algunos días antes, le hubieran parecido un portento anunciador de Arpías Americanas y tierras de Jauja. Contento ahora, al mirar un campanario esbelto sobre el hacinamiento de tejados y chozas de lo que debe ser la ciudad, agarra los palillos y atruena el tambor con el compás de la marcha que llevaba su compañía, cuando entrara en Amberes a tomar cuarteles de invierno, para hacer la guerra a los herejes, enemigos de nuestra santa religión.

VI

Pero allí todo es chisme, insidias, comadreos, cartas que van, cartas que vienen, odios mortales, envidias sin cuento, entre ocho calles hediondas, llenas de fango en todo tiempo, donde unos cerdos negros, sin pelo, se alborozan la trompa en montones de basura. Cada vez que la Flota de la Nueva España viene de regreso, son encargos a los patrones de las naves, encomiendas de escritos, misivas, infundios y calumnias, para entregar, allá, a quien mejor pueda perjudicar al vecino. En el calor que envenena los humores, la humedad que todo lo pudre, los zancudos, las nihuas que ponen huevos bajo las uñas de los pies, el despecho y la codicia de menudos beneficios —que grandes, allí, no los hay— roen las almas. Quien sabe escribir no usa la merced en escribir discursos de provecho, a la manera de los antiguos, alguna pastoral o invención de regocijo para el Corpus, sino que se las pasa mandando quejas al Rey, habladurías al Consejo, con la pluma mojada en tinta de hiel. Mientras el Gobernador trata de desacreditar a los Oficiales Reales en carta de ocho pliegos, el Obispo denuncia al Regidor por amancebado; el Regidor al Obispo, por usurpar cargos de Inquisidor, no conferidos por el Cardenal de Toledo; el Escribano Público acusa al Tesorero, amigo del Alcalde, acusa al Escribano de pícaro y trapacero. Y va la cadena, rompiendo siempre por lo más débil o lo más forastero.

A éste se denuncia de haber comprado hierbas de buen querer a un negro brujo, a quien mandarán azotar en Cartagena de Indias; al Pregonero, porque dicen que cometió el nefando pecado; al Encomendero, por haber movido los linderos de un realengo; al Chantre, por lujurioso; al Artillero por borracho, al Pertiguero por bujarrón. El Barbero de la villa  —bizco de daña con el solo mirar cruzado— es la espernada de la cadena de infamias, afirmando que Doña Violante, la esposa del antiguo gobernador, es zorra vieja que tiene comercio deshonesto con sus esclavos. Y así se lleva, en este infierno de San Cristóbal, entre indios naboríes que apestan a manteca rancia y negros que huelen a garduña, la vida más perra que arrastrarse pueda en el reino de este mundo. ¡Ah! ¡Las Indias!...Sólo se le alegra el ánimo a Juan de Amberes, cuando llega gente marinera de México o de la Española. Entonces, durante días, recordando que fue soldado, roba a los carniceros un costillar que guisarán entre varios, en salsa de achiote o polvo de chile traído de la Veracruz —o ayuda a tumbar las puertas de las pescaderías, para cargar con las cestas de pargos y jicoteas.

En esos meses, a falta de manjares más finos, Juan se ha aficionado a las novedad del jitomate, la batata y la tuna. Se llena las narices de tabaco, y en días de penurias —que son los más— moja su cazabe en melado de caña, metiendo luego la cara en la jícara para lamerla mejor cuando la tripulación de las flotas viene a tierra, se da a bailar con las negras horras —de cara de Diablo para hacer tal oficio, donde tanto escasean las hembras—, que tienen un corral de tablaje, con catres chinchosos, junto a la dársena del carenero. Lo poco que gana tocando el atambor cuando hay arco a la vista, encabezando alguna procesión, o tratando de concertar a las zambas que tocan maracas en los Oficios de Calenda, se lo gasta en el bodegón de un allegado del Gobernador, próximo la Casa del Pan, que suele recibir, de tarde en tarde, barricas del peor morapio. Pero aquí no puede hablarse de vino de Ciudad Real, ni de Ribadavia, ni de Cazalla.

El que le baja por el gaznate, esmerilándole la lengua, es malo, agrio, y caro por añadidura, como todo lo que de esta isla se trae. Se le pudren las ropas, se le enmohecen las armas, le salen hongos a los documentos, y cuando alguna corroña es tirada en medio de la calle, unos buitres negros, de cráneo pelado, le destrenzan las tripas como cintas de Cruz de Mayo. Quien cae al agua de la bahía es devorado por un pez gigante, ballena de Jonás, con la boca entre el cuello y la panza, que allí llaman tiburón. Hay arañas del tamaño de la rodela de una espada, culebras de ocho palmos, escorpiones, plagas sin cuento.

En fin, que cuando tintazo avinagrado se le sube a la cabeza, Juan de Amberes maldice al hideputa de indiano que le hiciera embarcar para esta tierra roñosa, cuyo escaso oro se ha ido, hace años, en las uñas de unos pocos. De tanto lamentar su miseria en un calor le tiene el cuerpo ardido y la piel como espolvoreada de arena roja, se le inflaman los hipocondrios, se le torna pendenciero el ánimo, a semejanza de los vecinos de la villa, cocinados en su maldad, y una noche de tinto mal subido, arremete contra Jácome de Castellón, el genovés, por fullerías de dados, y le larga una cuchillada que lo tumba, bañado en sangre, sobre las ollas de una mondonguera. Creyéndolo muerto, asustado por la gritería de las negras que salen de sus cuartos abrochándose las faldas, toma Juan un caballo que encuentra arrendado a una reja de madera, y sale de la ciudad a todo galope, por el camino del astillero, huyendo hacia donde se divisan, en días claros, las formas azules de lomas cubiertas de palmeras. Más alla debe haber monte cerrado, donde ocultarse de la justicia del Gobernador.

Durante varios días cabalga Juan de Amberes el rocín que pierde las herraduras en tierra cada vez más fragosa. Ahora que se dejaron atrás los últimos campos de caña, una cordillera va creciendo a su derecha, con cerros de lomo redondeado, como grandes perros dormidos bajo su lana de manigua. Siguiendo las orillas de un arroyo que viene bajando a saltos, trayendo semillas y frutas podridas, con altas malangas en los remansos y pececillos de ojos negros que titilan a contracorriente, el fugitivo va subiendo hacia donde los árboles cargan flores moradas, o se enferman, en la horquilla de un tronco, del tumor de una comejenera hirviente de bichos. Hay matas que parecen vestidas de cáscara de cebolla, y otras que cargan los nidos de enormes ratas. Juan deja el caballo en el amarradero de un tronco de ceibo, pues tendrá que trepar ahora por grandes piedras para alcanzar el filo de la cordillera. Y ya baja hacia la otra vertiente, cuando clarea el matorral, y se abre el mar a sus pies: un mar sin espuma, cuyas olas mueren, con sordo embate, en las penumbras de socavones habitados por un trueno de gravas rodadas. Al atardecer está en una playa cubierta de almejas, donde unas vejigas irisadas mueren al sol, entre cáscaras de erizos pomas leonadas y guamos grandes, de los que braman como toros. Juan se hincha los pulmones de aire salobre, de brisa fresca que le llena los ojos de lágrimas, al olerle a Sanlúcar el día de la partida, y también a su desván de Amberes, con la pescadería de abajo, cuando ladra un perro tras de los cocoteros, y ve el fugitivo, al volverse, un hombre barbado que le apunta con un arcabuz:

—¡Soy calvinista! —dice, en tono de reto.

—¡Yo he matado!—responde Juan, para tratar de descender, en lo posible, al nivel de quien acaba de confesar el peor crimen. El barbado afloja el arma, lo contempla durante un rato, y llama por un Golomón —negro de mejillas tasajeadas a cuchillo—, que cae de un árbol, casi encima de Juan, y le baja el sombrero sobre la cara, con tal fuerza que la cabeza se lo raja a media copa. Metido en la noche del fieltro, lo hacen caminar.

VII

Seiscientos fueron los calvinistas degollados por el desmadrado de Menéndez de Avilés en la Florida, cuenta el barbado, enfurecido, golpeando la mesa con anchos puños, mientras Golomón, más lejos, afila el machete en una piedra. De milagro escapó el hugonote, compañero de René de Landonnière, con treinta hombres que luego se dispersaron tratando de alcanzar la Española. Y el hombre, entreverando la doctrina de la predestinación con blasfemias para herir al cristiano, cuenta la degollina con tales detalles de tajos altos y tajos bajos, de sables mellados, que se paraban a medio cuello y terminaban aserrando —de hachazos que venían a caer en lo empinado del espinazo sonando a trinchante de carnicero— que Juan de Amberes agacha la cabeza con una mueca de disgusto, dando a entender que por honrar a Dios y a Jesucristo con menos latines, el castigo le parecía un poco subido, y más aquí donde las víctimas, en verdad, en nada molestaban. A uno, de un mandoblazo, le llevaron el hombro izquierdo con la cabeza. «Otro empezó a gatear, ya sin cabeza, con el pescuezo hecho un cuello de odre», —cuenta el barbado, furibundo, queriendo hallar objeción en el otro, para ordenar a Golomón que le tumbe, de un machetazo, todo lo que se le alza por encima de la nuez. Pero Juan de Amberes no aprueba ya por fingimiento.

Él, que ha visto enterrar mujeres vivas y quemar centenares de luteranos en Flandes, y hasta ayudó a arrimar la leña al brasero y empujar las hembras protestantes a la hoya, considera las cosas de distinta manera, en ese atardecer que pudo ser a el último de su vida, luego de haber padecido la miseria de estos mundos donde el arado es invento nuevo, espiga ignorada la del trigo, portento el caballo, novedad la talabartería, joyas la oliva y la uva, y donde el Santo Oficio, por cierto mal se cuida de las idolatrías de negros que no llaman a los Santos por sus nombres verdaderos, del ladino que todavía canta areitos, ni de las mentiras de los frailes que llevan las indias a sus chozas para adoctrinarlas de tal suerte que a los nueve meses devuelven el Páter por la boca del Diablo.

Que allá, en el Viejo Mundo, se pelee por teologías, iluminaciones y encarnaciones, le parece muy bien. Que demande el Duque de Alba a quemar al barbado, allá donde el hereje pretende alzar provincias contra el Rey Felipe, Campeón del Catolisismo, Demonio de Mediodía, es acto de buena política. Pero aquí se está entre cimarrones. Es cimarrón él mismo, por la culpa que acarrea. Cimarrón como el calvinista que ha compartido la cimarronada con un cristiano nuevo, tan nuevo que se olvidó del bautismo, luego de haber tenido que escapar de La Habana, al de nunciar que el Obispo vendía por buenas, a la Parroquial Mayor, unas custodias enchapadas, de lo peor, pidiendo su pago en oro del que se muerde. Así, con el calvinista y el marrano, ha encontrado Juan amparo contra la justicia del Gobernador, y calor de hombres. Y calor de mujeres.

Porque, en la cimarronada que acaudillara Golomón, al escabar de una plantación de cañas de azúcar, los perros agarraron a muchos esclavos que fueron rematados luego por los ranchadores. Entretanto, las mujeres, que iban delante, alcanzaron el monte. Así, tiene ahora el tambor Juan de Amberes dos negras para servirle y darle deleite, cuando el cuerpo se lo pide. A la grandísima, de senos anchos, con la pasa surcada por ocho rayas, ha llamado Doña Mandinga. A la menuda, cuyas nalgas se sobrealzan como sillar de coro, y apenas si tiene un pelo ralo donde las cristianas lucen tupido vellón, ha llamado Doña Yolofa. Como Doña Mandinga y Doña Yolofa hablan idiomas distintos, no discuten a la hora de ensartar los peces por las agallas en el asador de una rama. Y así se va viviendo, en trabajos de encecinar la carne del jabalí o del venado, guardando bajo techo las mazorcas de los indios, en un tiempo detenido, de mañana igual a ayer, donde los árboles guardan las hojas todo el año, y las horas se miden por el movimiento de las sombras. Al caer de las tardes, una gran tristeza se apodera de los que viven en el palenque.

Cada cual parece recordar algo, añorar, echar de menos. Sólo las negras cantan, en el humo de leña que demora sobre la mar tranquila, como una neblina que oliera a cortijo. Juan de Amberes se quita el sombrero, y, de cara a las olas, dice el Padrenuestro y también el Credo, con voz que le retumba a lo hondo del pecho, cuando afirma que cree en el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida perdurable. El calvinista, más lejos, musita algún versículo de la Biblia de Ginebra; el marrano, de espaldas a las carnes desnudas de Doña Yolofa y Doña Mandinga, dice un salmo de David, con inflexiones que parecen de llanto contenido: «Clemente y misericordioso Jehová, lento para la ira y grande para el perdón...» Álzase la luna y los perros del palenque, sentados en la arena, aúllan en coro. El mar rueda sus gravas en los socavones de la costa. Y como el judío, después de los rezos, denuncia una trampa del calvinista en el juego de los naipes, se lían los tres a puñetazos, pegando, cayendo, abrazados en lucha, pidiendo cuchillos y sables que no les traen, para reconciliarse luego, entre risas, sacudiendo la arena que les ha llenado las orejas. Como no tienen dinero, juegan conchas.

VIII

Pero, al cabo de meses que no se cuentan, Juan se enferma de languidez. Pueden abanicarlo con pencas, la Doña Yolofa y la Doña Mandinga, espantando las diminutas moscas que se alzan, en este tiempo, sobre los manglares cercanos; pueden traer buenos peces los indios encandilándolos con teas en las cuevas de la costa. El Tambor de Amberes pasa largas horas sacando humo de tabaco de un hueso que para eso tiene, añorando los tiempos en que entraba en las ciudades, junto al abanderado, el trompeta y el pífano de boj, y a su paso se abrían las ventanas verdes, con adorno de corazones calados en la madera de los postigos, y sobre los alféizares florecidos asomábanse mujeres que parecían ofrecer el pecho sonrosado bajo el encaje de la camisola —que eso sí eran mujeres, las de Italia, de Castilla, de Flandes, y no esos pellejos de odres, con olor a chamusquina, tan duros que no podían pellizcarse, de las negras que aquí había que tomar como hembras.

Con esas loras, lorísimas, no podía un antiguo colegial de Alcalá hablar de las mil cosas que había visto y aprendido en sus andanzas por el mundo, pues todo lo que sabían ellas era aporrear sus bárbaros tambores y cantar unas coplas tan extravagantes y repetidas que cuando las empezaban, a manera de un responso, sacudiendo unas sonajas, y coreando lo que Golomón guiaba a la comodidad de la garganta, Juan el Estudiante se iba al monte con los perros, en muestra de su disgusto. Porque estudiante había sido Juan según contaba al barbado y al judío —en la clase donde se enseñaban las artes del Cuadrivio, con el conocimiento de las cifras para tañer la tecla, el harpa y la vihuela, el modo de hacer diferencias, mudanzas y ensaladas, sin olvidar el conocimiento del canto llano y la práctica del órgano. Y como no había tecla ni vihuela en aquella costa, Juan demostraba, de palabras y tarareos, cómo sabía hacer glosas a una pavana o hermoseaba la tonada del Conde Claro o el Mírame cómo lloro, con floreos y adornos a la manera francesa o italiana, como ahora se acostumbraba en la Corte.

Con el cuadro de aquellos conocimientos había crecido también la condición del fugitivo, que ahora resultaba ser el hijo de un escudero de los que en aquellos tiempos llevaban su penuria con dignidad, por no deshacerse de una casa solariega, desde cuyo zaguán divisábase —a la distancia de donde queda aquel árbol: y miraban todos para allá —la fachada de la Imperial Universidad de San Ildefonso, cuya vida estudiantil contaba el atambor con detalles, sucedidos y ocurrencias, que cada día tomaban mayores vuelos. Si alguna vez había sido soldado, lo debía al compromiso de servir al Rey, observado por todos sus antepasados, hasta donde las fechas se enredaban con las hazañas de Carlomagno. Así, dándose a encopetar el árbol genealógico, se aliviaba del hastío de comer tanta almeja, tanta tortuga mal adobada, tanta carne ahumada en las parrillas del calvinista. Su paladar reclamaba el vino con apremio casi doloroso, y cuando la mente se le iba tras de bodegones imaginarios, se le pintaban mesas enormes, cubiertas de perdices, capones, gallipavos, manos de vitela, quesos de grandes ojos, fuentes de escabechados, manjar blanco y miel de Alcarria.

Pero no era Juan el único alanguidecido en aquel palenque, donde los negros y los indios, en cambio, librados de mastines ranchadores, se hallaban muy a gusto, en una constante paridera de mujeres y de perras. El judío soñaba con la Judería toledana, donde se vivía apaciblemente, desde hacía muchos años, pudiendo cada cual regocijarse en las bodas de mucha música, o escuchar a los sabios que leían los Tratados, sin que las persecuciones de otros días llenaran las casas de lágrimas y de sangre. Cerrando los ojos, vela el marrano las estrechas calles donde los linterneros y cuchilleros tenían sus talleres, junto a la pastelería de los hojaldres, con sus roscas de almendras y las toronjas alcorzadas. Los padres, conversos por pura forma, seguían el mandato de enseñar a sus hijos algún oficio manual, además de hacerles estudiar la Tora, y así, quien no hacía balanzas, como el primo Mossé, era trabajador en coral y pintor de barajas, como Isaac Alfandari; platero famoso como el otro primo Manahén, o Maestro de Llagas, como el pariente Rabi Yudah.

Las judías endecheras cantaban por dinero en los entierros de cristianos, y en las oficinas y comercios sonaba siempre la bella música sorda de las cuentas movidas en el ábaco. Sueña el judío con la Judería, y el barbado sueña con París, de donde se dice oriundo, aunque la verdad es que nació en un arrabal de Rouen, y sólo estuvo ocho días al pie del Châtelet, siendo grumete de una barcaza leñera. Pero le bastaron los ocho días para ver a los farsantes que representaban comedias sobre un puente muy hermoso, meditar acerca de la vanidad de todo al pie de las horcas de Montfaucon, y catar el vino de las tabernas de la Magdalena y de la Mula.

Afirma que no hay nada como París, y reniega de estas tierras ruines, llenas de alimañas, donde el hombre, engañado por gente embustera, viene a pasar miserias sin cuento, buscando el oro donde no reluce, siquiera, una buena espiga de trigo. Y habla de hembras rubias, y de la sidra que bulle, y de la oca que suda el zumo sobre un fuego de sarmientos, acabando de alterar los hipocondrios del tamborero, que increpa a Golomón por perezoso, ahora que le ha dado, de tanta oír, por hablar confusamente de un linaje que el hierro candente humilló en su carne. Todos fueron gente de condición, y el negro, que apenas si se acuerda, en cuanto a su nación, de un río muy ancho y muy enturbiado de raudales, a cuya orilla había chozas con paredes de barro embostado, habla de un mundo en que su padre, coronado de plumas, paseaba en carrozas tiradas por caballos blancos —semejante a la que hacían rodar los de Medina Sidonia, por la Alameda de Sevilla, en días de fiesta. Todos sueñan, malhumorados, entre cangrejos que hacen rodar cocos secos, triscando las frutillas moradas de un árbol playero, que medio saben a uva, y remozan apetencias de vino en las bocas hastiadas de cazabe y chicha de maíz.

Todos piensan en cosas que poco tuvieron en realidad, aunque las columbraron con apetito adivino, hasta que revientan las lluvias, alzando nuevas plagas. Juan se enfurece, patalea, grita, al verse envuelto por tantas mosquillas negras que zumban en sus oídos, pringándose con su propia sangre al darse de manotazos en las mejillas. Y una mañana despierta todo calofriado, con el rostro de cera, y una brasa atravesada en el pecho. Doña Yolofa y Doña Mandinga van por hierbas al monte —unas que se piden a un Señor de los Bosques que debe ser otro engendro diabólico de estas tierras sin ley ni fundamento. Pero no hay más remedio que aceptar tales tisanas, y mientras se adormece, esperando el alivio, el enfermo tiene un sueño terrible: ante su hamaca se yergue, de pronto, con torres que alcanzan el cielo, la Catedral de Compostela.

Tan altas suben en su delirio que los campanarios se le pierden en las nubes, muy por encima de los buitres que se dejan llevar del aire, sin mover las alas, y parecen cruces negras que flotaran como siniestro augurio, en aguas del firmamento. Por sobre el Pórtico de la Gloria, tendido está el camino de Santiago, aunque es mediodía, con tal blancura que el Campo Estrellado parece mantel de la mesa de los ángeles. Juan se ve a sí mismo, hecho otro que él pudiera contemplar desde donde está, acercándose a la santa basílica, solo, extrañamente solo, en ciudad de peregrinos, vistiendo la esclavina de las conchas, afincando el bordón en la piedra gris del andén. Pero cerradas le están las puertas.

Quiere entrar y no puede. Llama y no le oyen. Juan Romero se prosterna, reza, gime, araña la santa madera, se retuerce en el suelo como un exorcizado, implorando que le dejen entrar. «¡Santiago! solloza—. ¡Santiago!» Al atorarse de agua salada, se ve a la orilla del mar y ruega que le dejen embarcar en una urca fondeada donde sólo ven los demás un tronco podrido. Tanto llora, que Golomón tiene que atarlo con unas lianas, dentro de su hamaca, dejándolo como muerto. Y cuando abre los ojos al atardecer, hay un gran alboroto en el palenque. Una nave en derrota, desmantelada por las Bermudas, ha venido a vararse en un cayo, frente a la costa. Traídas por la brisa, se oyen las voces de los marineros pidiendo ayuda. Golomón y el barbado empujan la canoa hasta el agua, mientras el marrano carga con los remos.
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1 opinión

viaje a la semilla

muy bueno

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Autor y licencia de 'Alejo Carpentier'

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