Supremacía neoliberal y pensamiento social
El pensamiento crítico latinoamericano y las ciencias sociales afines como la filosofía, la antropología, la sociología, la economía y la ciencia política fueron desarticulados en el curso de las décadas de los ochenta y noventa por la acción corrosiva del neoliberalismo en los centros culturales e intelectuales latinoamericanos: universidades, centros e institutos de difusión e investigación de ciencias sociales y humanidades.
El “pensamiento único” anunció con bombo y platillo el “fin de la historia”, la rehabilitación de las “democracias gobernables” bajo las directrices de Washington, y el “fin de las desigualdades sociales y de las contradicciones del capitalismo”. En este contexto, especial mención merecen los efectos ideológicos y políticos del golpe militar chileno de 1973 en las sociedades latinoamericanas y, en especial, en su intelectualidad, ya que dicho golpe:
pasa a sumarse a la cadena de alzamientos militares iniciados en la región en 1964 con el derrocamiento de Joao Goulart, que constituyó un periodo de interrupción y desarticulación tanto de la actividad política como del desarrollo de las ciencias sociales, especialmente del marxismo. Los equipos de trabajo se desarticularon y los centros de estudio e investigaciones sociales fueron cerrados, provocando un fuerte descalabro en la producción teórica que venía desarrollándose con mucha fuerza en el Cono Sur (Gilbert, 1996: 4).
La desarticulación del pensamiento crítico latinoamericano ocurrió en virtud de una serie de acontecimientos, entre los que destacan los siguientes: crisis estructural del capitalismo, derrota de la revolución nicaragüense, pérdida de eficacia política y desgaste de las dictaduras militares, inicio del proceso de democratización formal del poder político del Estado latinoamericano bajo la égida de las “democracias gobernables” y la tutela de Estados Unidos, la caída del Muro de Berlín y la desintegración de la Unión Soviética, la posguerra fría y la implementación del Consenso de Washington (1989).
La crisis estructural que sacudió a América Latina en la década de los ochenta —durante la famosa “década perdida” que estimuló la entrada del neoliberalismo en la región y el apoderamiento de los aparatos productivos por las gigantescas empresas transnacionales— enfrentó a las ciencias sociales y al pensamiento crítico con los embates del pensamiento eurocéntrico y norteamericano (bajo sus variadas formulaciones posmodernistas). El objetivo de esta incursión ideológica fue desbancar un pensamiento que explicaba y analizaba críticamente la inserción de América Latina en la economía capitalista mundial: el marxismo. Y la forma que iba a asumir ese desplazamiento teórico era mediante la drástica reducción de esa autonomía cognoscitiva, conceptual, metodológica y analítica que se había mantenido en la producción intelectual y científica de la región. Para ello influyó, entre otros factores, la reorientación de los financiamientos educativos y científicos a los centros de promoción del pensamiento neoliberal (éste se analiza en Sotelo, 2000).
A partir de entonces se desplegó un esfuerzo global y sistemático, a través de los medios de comunicación e información, dirigido a “explicar” el acontecer latinoamericano a partir de marcos teóricos de referencia y métodos provenientes de los centros dominantes (como la teoría poscolonial), en medio de un creciente proceso de debilitamiento del pensamiento crítico de la región. El resultado ha sido, en general, un empobrecimiento del pensamiento latinoamericano y el abandono de la teoría y de los métodos de investigación integrales que, con visiones globales y dialécticas, aseguraban su autonomía intelectual frente a los centros académicos e intelectuales de los países imperialistas. Al respecto basta constatar cómo actualmente en las escuelas de ciencias sociales y de humanidades de las universidades públicas latinoamericanas se enseña masivamente la teoría neoclásica y el funcionalismo sociológico; se representan restringidamente los fenómenos sociales y humanos en simples modelos matemáticos presuntamente científicos, a-históricos y sin ninguna connotación con la realidad social de nuestros pueblos y países. Así, en medio de concurrentes crisis estructurales, de la extendida pobreza en la sociedad y la precarización del mundo del trabajo, el desempleo y la desigualdad del ingreso, en los programas oficiales de estudio se difunde el equilibro perfecto de la macroeconomía neoclásica y la modernización de la sociedad a través de inexistentes sistemas orgánicos de integración social. Para ello se asumen pasivamente teorías provenientes de los centros hegemónicos intelectuales como la teoría de los juegos, la marginalidad social, la tercera vía, la globalización, el equilibrio de los mercados, el monetarismo, la austeridad, los sujetos sociales, la teoría del capital humano, el posmodernismo o el posoccidentalismo. Se piensa, por ejemplo, en la devastación masiva del medio ambiente de los países latinoamericanos con ideas importadas —e impuestas— por el Banco Mundial. Además, la bibliografía es las más de las veces en inglés y, preferentemente, de autores europeos y norteamericanos, con ausencia de autores latinoamericanos y mexicanos; en particular de los críticos, quienes son prácticamente ignorados en las cátedras y en los planes y programas de estudio.
A lo anterior contribuyó una sistemática (contrarrevolución) resurrección de conceptos, lenguajes, categorías, símbolos e ideologías que se han empeñado en sobreponerse a los contenidos críticos de las ideas, conceptos, hipótesis, leyes y métodos imaginarios, resultado de la elaboración epistemológica latinoamericana en el periodo anterior. Conceptos como
democracia ahora sustituye al de
revolución;
movimientos y sujetos sociales sustituyen a los de
clase y lucha de clases; la
tercera vía, importada de Europa, viene a sustituir a la necesidad que tienen los pueblos y clases sociales de construir sistemas alternativos de vida, trabajo y existencia de naturaleza radicalmente diferente a la del sistema capitalista en tanto modo de producción; el concepto de
Estado queda sustituido por el concepto metafísico de
sector público y el
imperialismo por el ambiguo de
globalización o imperio, este último, por ejemplo, en la posmoderna y neoconservadora versión de Negri y Hardt (2002; para una crítica a estos autores véase Borón, 2002 y respecto a una variante a tono con la ideología posmoderna, hoy de moda, que niega la necesidad de luchar por la conquista del poder político del Estado, véase Holloway, 2002).
El neoliberalismo se constituyó, así, en ideología dominante en centros culturales y de investigación, en las universidades públicas y en los espacios estatales. En beneficio del proyecto mundial de expansión capitalista, ahora se resucitan y hacen pasar por ultramodernas ideas arcaicas provenientes de la economía política clásica, principalmente, de Adam Smith y David Ricardo, retomadas por el pensamiento post-marxista de autores que van desde William Stanley Jevons y Alfred Marshall hasta otros como Böhm-Bawerk, Friedrich von Hayek —ambos del
Círculo de Viena—, Milton Friedman y Arnold Harberger —estos últimos asesores de las dictaduras militares y del neoliberalismo en América Latina—, para destacar a los más conocidos. Conceptos cimentados en la idea-fuerza, de enorme falsedad, de que el mercado estaba encaminado a constituirse en el mecanismo propulsor del sistema económico y de la humanidad (para este tema véase Frank, 1977: 61-90).1
En este escenario ni los propios neoliberales asumen sus dogmas inventados. En efecto, preocupados por la reproducción estratégica del capitalismo, ya no creen en sus mercados, cuestión que comprueba el mega especulador George Soros, quien, para impedir el colapso de los mercados financieros y reconocer que éstos son inestables, no vacila en afirmar sin empacho que “la disciplina de mercado debe complementarse con otra disciplina: mantener la estabilidad en los mercados fi
1Para una crítica de estas vertientes de la economía marginalista véase el libro de Bujarin (1974), centrada en las dos principales expresiones burguesas del pensamiento antimarxista: la
escuela histórica y la
escuela austriaca.
nancieros debe ser un objetivo explícito de la
política
pública” (Soros, 1999: 20, cursivas mías). Mientras que Gray (2000: 250), otro liberal, expresa:
En la actualidad, los mercados globales provocan la fractura de 1as sociedades y el debilitamiento de los Estados […] La historia confirma que los libres mercados no son capaces de autorregularse; son instituciones inherentemente volátiles, proclives a los despegues y a las caídas especulativas. Durante el periodo en el que el pensamiento de Keynes era el dominante, se reconoció que los libres mercados son instituciones muy imperfectas. Para trabajar bien necesitan no sólo una regulación sino también una gestión activa. Durante el periodo de posguerra, la estabilidad de los libres mercados se mantuvo gracias a los gobiernos nacionales y al régimen de cooperación internacional.
El
corpus de las ideas evangélicas de la ideología neoliberal, predica que:
...la sociedad representa un conjunto de individuos libres e iguales ante la ley, que actúan movidos por su interés personal, egoísta, subordinados tan sólo al movimiento objetivo de las cosas, el cual se expresa en leyes naturales, como las de oferta y demanda. La investigación de los procesos y regularidades que caracterizan un proceso económico dado, objeto de estudio de la economía política, se convierte así en la exaltación apologética de las leyes ciegas del mercado. El liberalismo, expresión doctrinaria de esa nueva postura, alcanza entonces su plenitud (Marini, 1994, p. 20).
De acuerdo con el neoliberalismo, toda intervención extraeconómica encaminada a regular el sistema económico y social es intolerable para las fuerzas del mercado: la intervención de la sociedad, de los sindicatos, de los partidos políticos y, aun del Estado capitalista son fuerzas que estropean la buena marcha de los negocios. En la lógica neoliberal, en su fantasioso mundo subliminal, la única intervención racional es la de los empresarios privados: ellos, más que nadie, son los destinados a garantizar y distribuir los beneficios económicos y sociales de su acción, bajo una implacable lógica capitalista neoliberal que obedece a las políticas de privatización del Estado formalmente impulsadas desde la década de los ochenta por los gobiernos mercantilistas latinoamericanos asesorados por organismos internacionales como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y la OCDE.
De hecho, la crisis de la década de los setenta fue vista por las burguesías y los ideólogos de las burocracias políticas como resultado del “aprisionamiento” de las fuerzas del mercado por el Estado. En México, esta visión arcaica neoliberal prevalece en el gobierno empresarial de Vicente Fox y en los principales partidos políticos registrados (PRI, PAN y PRD), para quienes la situación de recesión y crisis que priva en la economía mexicana, así como la falta de crecimiento económico, obedece a la ausencia de reformas estructurales; en lenguaje liso y llano, a la postergación de la privatización de la electricidad y del petróleo, así como de la imposición del impuesto al valor agregado a medicinas y alimentos básicos para la población (reforma fiscal, en el lenguaje de la tecnocracia neoliberal); finalmente, a la imposibilidad de implementar la reforma laboral (conocida como
Ley Abascal) que introduce los contratos temporales, flexibiliza las relaciones laborales e introduce masivamente la precarización del mundo del trabajo. Se cree que por no haber echado a andar esas reformas neoliberales se mantiene la crisis (para este último tema, véase Sotelo, 2003a), aunque no se reconozca que donde sí se han implementado, como en el Cono Sur, la situación del mundo del trabajo y de la sociedad se ha agravado fatalmente para la población.
Ante la sacrosanta idea de la supremacía del mercado como motor propulsor del progreso humano y social, no había aparentemente condiciones para una réplica por parte del pensamiento crítico, porque éste se había acostumbrado a caracterizar
fácilmente la fenomenología latinoamericana. En el fondo, no se tenía conciencia de que la crisis del pensamiento latinoamericano, iniciada en la década de los ochenta, era expresión de la inadecuación de postulados, hipótesis, tesis e ideas que se habían elaborado para explicar los problemas generales y los fenómenos económicos y sociopolíticos en el contexto de las transformaciones del modo capitalista de producción en condiciones de dependencia estructural.
Pero una cosa era esta inadecuación y otra muy distinta que las corrientes y teorías latinoamericanas no tuvieran ya ninguna fuerza explicativa, y que las herramientas teóricas y los métodos de investigación elaborados por las ciencias sociales carecieran de significado y de funcionalidad para comprender y explicar la naturaleza de nuestros países y sociedades, tanto entre sí como en el concierto internacional.
Otros hechos contribuyeron para generar esta impresión, cuya influencia afianzó la ideología de la globalización y el pensamiento único, que esencialmente postula la ineficacia del marxismo y de sus conceptos analíticos:
a) la victoria de la derecha y la derrota de la izquierda junto con su pensamiento político,
b) la crisis de los países capitalistas avanzados, y
c) el uso de nuevas tecnologías, de las comunicaciones y de la informática bajo el control absoluto del capital (Petras, 2000: 35-36).
En América Latina concurrieron también para evidenciar la incapacidad explicativa del pensamiento latinoamericano factores como la crisis estructural y financiera de 1982, el efecto de la desmilitarización del Estado, la
ilusión óptica que causaba en amplios sectores de la población y de la intelectualidad el surgimiento de la democracia y, finalmente, el triunfo de la derecha y del empresariado en la conducción política del poder político del Estado capitalista neoliberal.
En suma, si bien es cierto que el resultado de todo este proceso se tradujo en la constitución de la más perversa visión de la ideología neoliberal en el mundo, no es menos cierto que el pensamiento latinoamericano es capaz de remontar derrotas, reconstituirse y aprovechar creativamente la crisis de los paradigmas neoliberales (con su “eficacia racional”), retomar y reafirmar su autonomía, marcando al mismo tiempo nuevas pautas de análisis y de búsqueda de alternativas radicales —es decir, de raíz— en el plano cultural, social y humano a partir de la superación cualitativa del modo de producción y de vida capitalistas.
La corriente neoestructuralista
Después de la instauración del neoliberalismo en América Latina, con el beneplácito de las fuerzas vivas de las clases dominantes, muchos autores buscaron diferentes alternativas frente a la crisis en que se debatía la mayor parte de los pueblos y países del continente durante la década de los ochenta y principios de los noventa. Fue entonces cuando cristalizó la idea de que la única salida que quedaba frente al neoliberalismo y sus doctrinas de mercado, pero también frente a la derrota y fracaso del estatismo y el socialismo soviético y de los países del bloque, era justamente el neoestructuralismo, que implicaba, en síntesis, articular las políticas de mercado con el intervencionismo estatal para propiciar una nueva vía de industrialización que —a diferencia del pasado— se sustentara en la proyección hacia el exterior.
La génesis teórica del neoestructuralismo es la siguiente: parte de una revisión de las ideas estructuralistas vigentes en los años cincuenta; enseguida, las contrasta con el proceso concreto de expansión capitalista que se desplegó en las décadas de 1960 y 1970 (balanceando aciertos y fracasos); continúa con el abordaje de la crisis estructural de la década de los ochenta para culminar con una revisión y reinterpretación de las causas y los problemas derivados de dicha crisis. Por último, en función de lo anterior, se hace referencia al análisis de perspectivas y propuestas —supuestamente— encaminadas a superar la crisis capitalista y descubrir nuevas sendas por donde transitar (Sunkel, 1995: 9 y ss.).
El neoestructuralismo es un paradigma teórico dentro de las ciencias sociales que se puede rastrear, por lo menos, desde mediados de la década de los ochenta, de acuerdo con un texto de French-Davis publicado en 1986, así como de otros autores neoestructuralistas (Fajnzylber, 1983; para una análisis y crítica a este último véase Sotelo 2004, capítulo 4).
Según French-Davis (1986:116), la perspectiva neoestructuralista está cimentada en tres pilares: el económico, la equidad social y la autonomía nacional —cuestiones que hasta la fecha, en el primer quinquenio del siglo XXI, contando a partir del siglo XIX, todavía no se han cumplido en América Latina, ni se cumplirán en el futuro venidero—. Este autor también plantea que el viejo estructuralismo adoleció de dos insuficiencias; por un lado, ignoró las variables
macroeconómicas de corto plazo (déficit fiscal, liquidez monetaria, etc.) y, por otro, desdeñó políticas de mediano plazo que con
ciernen a los objetivos nacionales en materia de desarrollo y planificación (French, 1986: 119). Debido al retroceso que registró el monetarismo de corte neoliberal este autor apunta:
A nuestro juicio corresponde retomar la tradición estructuralista, incorporándole una preocupación sistemática por el diseño de políticas económicas. Los equilibrios macroeconómicos, la coordinación del corto con el largo plazo, la concertación entre sectores públicos y privados, la construcción de estructuras productivas y de gestión que tengan incorporadas en sí una mayor igualdad, y consideraciones respecto de estrategias y políticas que posibiliten una mayor autonomía nacional, son aspectos que poseen gran relevancia. Es lo que puede denominarse “neoestructuralismo” (French, 1986:119).
Otros autores aseguran que, probablemente, el documento fundacional del neoestructuralismo sea
Transformación productiva con equidad, ya que fue elaborado por la CEPAL en 1990 para revisar su propia teoría. Al respecto Braite-Poplawski (s/f, documento de Internet:
http://tiss.zdv.uni-tuebingen.de/webroot/sp/barrios/∞ themeA3b-sp.html) plantea que: “El concepto de Transformación Productiva con Equidad de 1990 nació después de una revisión hecha por CEPAL al viejo Modelo del Estructuralismo; y es visto como la base fundamental del Neoestructuralismo”.
En este documento la CEPAL propone el siguiente objetivo:
...
la transformación de las estructuras productivas de la región en un marco de progresiva equidad social. Mediante esta transformación, se pretende crear nuevas fuentes de dinamismo que permitan cumplir algunos de los objetivos propios de una concepción actualizada del desarrollo: crecer, mejorar la distribución del ingreso, consolidar los procesos democratizadores, adquirir mayor autonomía, crear condiciones que detengan el deterioro ambiental y mejorar la calidad de la vida de toda la población.
La reflexión crítica sobre la crisis que sacudió a América Latina en la década de los ochenta (“década perdida”), pone de relieve los errores y omisiones que tuvo la CEPAL a lo largo de la aplicación de sus estrategias y propuestas para superar el subdesarrollo y el atraso, pero sin plantear nunca, ni por asomo, modificar las estructuras del modo de producción capitalista en nuestros países, particularmente en lo que concierne a las relaciones de propiedad y a la reforma agraria.
Esta corriente constituyó una respuesta —aunque más de forma que de contenido— a las políticas salvajes del neoliberalismo, que desde un principio produjeron estancamiento económico, pauperización de la sociedad y pobreza extrema, gestionadas fuertemente con las políticas de ajuste estructural y austeridad que adoptaron casi todos los gobiernos latinoamericanos en la década de los ochenta del siglo pasado.
Según Guillén (2000:211), el neoestructuralismo surgió a finales de la década de los ochenta y principios de los noventa y en él se pueden apreciar dos vertientes: por un lado, la
inicial, muy cercana al neoliberalismo, con la diferencia de que impulsó programas heterodoxos de ajuste y estabilización, particularmente en la esfera de los circuitos monetarios y financieros. Surgieron así los llamados planes monetaristas de estabilización como el Plan Cruzado en Brasil y el Austral en Argentina.
Una segunda línea del paradigma neoestructuralista apareció con el fracaso de la vertiente ortodoxa y se caracterizó por un
retorno crítico al pensamiento original de la CEPAL. Lo mejor de su aporte político cristalizó en la propuesta de realizar una síntesis del enfoque neoliberal y del estructuralista de viejo cuño para “responder a las características y exigencias de la época actual, superando las negativas experiencias de las recién pasadas décadas” (Ramos y Sunkel, 1991, cit. por Guillén, 2000: 212).
En esta línea también se ubica el trabajo de Sunkel y Zuleta (1990:35-53), para quienes el neoestructuralismo —derivado del documento
Transformación productiva con equidad— es una síntesis del pensamiento estructuralista latinoamericano, aunque renovado y reformulado, y de “la contribución neoestructuralista que ha surgido en la última década” (Sunkel y Zuleta, 1990: 36).
Pero cuando se leen entre líneas los planteamientos de estos autores neoestructuralistas —empobrecidos considerablemente respecto a los de los fundadores del estructuralismo latinoamericano original, como Prebisch, Furtado y Pinto— no deja de sorprender su enorme semejanza con los del neoliberalismo, además de evidenciar su fuerte cariz tecnocrático en el tratamiento de los problemas del desarrollo en la época de la globalización, desde su propuesta para reactivar las tasas de crecimiento económico de los países latinoamericanos, pero sin decir cómo ni quiénes están llamados a realizar esta tarea. En el siguiente pasaje, que plantea las políticas para recuperar y consolidar el desarrollo latinoamericano y que sintetiza la concepción neoestructuralista, se advierte el carácter metafísico, ingenuo, irreal y mecanicista de sus planteamientos:
...en consonancia con el diagnóstico neoestructuralista inicial, ambas alternativas reúnen proposiciones concretas orientadas a configurar una estructura productiva que permita crecer con dinamismo y asegure una inserción eficiente de nuestros países en la economía mundial, incremente la generación de empleo productivo, reduzca la heterogeneidad estructural y, de este modo, mejore la distribución del ingreso y alivie la situación de extrema pobreza en que vive gran parte de la población latinoamericana (Sunkel y Zuleta, 1990:42).
Obsérvese la
mecánica en círculo vicioso de éste
razonamiento: la recuperación y consolidación del desarrollo crean una estructura productiva que crece y asegura una “inserción eficiente” en los mercados internacionales, crea más empleos, reduce la heterogeneidad estructural para mejorar la distribución del ingreso y reduce la pobreza extrema. Pregunta: ¿quién es aquí, en este razonamiento, el “sujeto activo”? Respuesta: ¡la estructura productiva! Además, en su ensayo, estos autores no indican cómo se va a lograr lo anterior; a lo sumo, tal como en el pasado planteó la CEPAL, son nuevamente el capital (nacional y extranjero), así como el Estado (viejos actores ya conocidos), los únicos sujetos en este proceso. Dentro de esta concepción, el pueblo, los trabajadores y las clases sociales, figuran, a lo sumo, como simples
espectadores de última fila.
Los neoestructuralistas retoman la vieja idea del “desarrollo hacia adentro” —que en esencia significa
endogeneizar el capitalismo— y reciclan la ilusión en la autonomía del capitalismo, mientras que lo “nuevo” es impulsar la (nueva) industrialización con ayuda del Estado —ahora reducido a simple “sector público”— pero, a diferencia del pasado, fincada en la especialización del mercado mundial, en la exportación de materias primas, de alimentos, productos manufacturados y de masas crecientes de fuerza de trabajo, prácticamente, en todos los países latinoamericanos.
Respecto a la “raíz principal” de las causas de los problemas económicos y, específicamente, del subdesarrollo, la derivan no de contradicciones profundas de las estructuras capitalistas, sino de lo que ellos denominan “distorsiones estructurales” (Sunkel y Zuleta, 1990: 51).
Transcurre así el discurso neoestructuralista: varía en el lenguaje, pero, en esencia, con los mismos argumentos y planteamientos que se asemejan cada vez más al lenguaje y a los postulados ortodoxos y heterodoxos del neoliberalismo. Cristóbal Kay (1998), un neoestructuralista heterodoxo que pretende armonizar el estructuralismo con la teoría de la dependencia (sin aclarar a cuál de sus corrientes teóricas se refiere), reconoce esta similitud con el neoliberalismo cuando expresa que: “El neoestructuralismo ha adoptado ciertos elementos del neoliberalismo a la vez que conserva algunas de las ideas estructuralistas medulares. Aunque hay autores que han rechazado el neoestructuralismo tildándolo de ser la mera cara humana del neoliberalismo y su segunda fase”.
Los neoestructuralistas defienden, así, una serie de principios neoliberales como crear un
Estado eficaz, privatizar las empresas productivas
no estratégicas (¿?), inducir
al capital extranjero a
invertir,
reducir las funciones empresariales del Estado porque
hoy son menos necesarias y
despolitizar la gestión pública; todo el ideario de las políticas estratégicas que el radicalismo neoliberal ha aplicado sin piedad, sistemáticamente, en las dos décadas últimas a todos los pueblos del Tercer Mundo.
En cuanto a las
similitudes entre neoliberalismo y neoestructuralismo, Sunkel y Zuleta enuncian lo obvio: “tanto los neoliberales como los neoestructuralistas coinciden en la necesidad impostergable de efectuar profundas transformaciones en la estructura económica de nuestros países” (Sunkel y Zuleta, 1990: 49); pero sin identificar sujetos concretos, medios y políticas reales, ni mucho menos los obstáculos y dificultades que se encuentren en el camino. Pareciera que toda la
diferencia entre ambos paradigmas radica en el tamaño y dimensión de la intervención del Estado capitalista: mientras que para el primero debe ser nula, para el segundo debe asegurar una cierta “intervención razonable y eficaz”.
En efecto, después de reconocer que el neoestructuralismo es la “única alternativa factible y creíble ante el neoliberalismo en las actuales circunstancias históricas”, Kay (1998) sostiene que: “...el neoestructuralismo atribuye mayor relevancia a las fuerzas del mercado, la empresa privada y las inversiones extranjeras directas en comparación con el estructuralismo”. Pero alega que el Estado debería gobernar el mercado.
Lo demás son minucias respecto a los caminos que hay que seguir para lograr la plenitud del sistema capitalista, pero dependiente, de nuestros países.
Kay (1998), como los demás autores de esta corriente, es todavía más explícito al reconocer sin tapujos la posibilidad de continuidad del modelo neoliberal, y vislumbra la insólita posibilidad de que éste produzca “mejores condiciones sociales y seguridad para los grupos más vulnerables y débiles de la sociedad”, además de que reduzca las “desigualdades” entre los países pobres y los países ricos.
En estos términos se establecen las diferencias entre neoestructuralismo y neoliberalismo en el pensamiento contemporáneo.