América Latina: de crisis y paradigmas - Teoría y realidad en el pensamiento social latinoamericano

1 - Teoría y realidad en el pensamiento social latinoamericano

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Monografía creado por Adrián Sotelo Valencia. Extraido de: http://www.rebelion.org/mostrar.php?
16 de Enero de 2006
El presente capítulo se concentra en la idea de que el pensamiento teórico y crítico latinoamericano experimentó tres etapas importantes a lo largo del siglo XX. En la primera, que abarca la segunda mitad del siglo XIX hasta antes de la Segunda Guerra Mundial, hubo un predominio del positivismo que asumió rasgos autóctonos. En la segunda etapa, que despega de la Segunda Guerra Mundial hasta finales de la década de los setenta resalta la autonomía lograda por dicho pensamiento latinoamericano y sus distintas corrientes teóricas frente a los paradigmas de los países avanzados (“originalidad de la copia”, como la denominara F. H. Cardoso en tono un poco absolutista). Por último, durante las décadas de 1980 y 1990 retrocedió y se cuestionó severamente la autonomía de dicho pensamiento; lo que pone a la orden del día la necesidad de recuperarla, si es que se quiere analizar y comprender a profundidad la naturaleza de la fenomenología latinoamericana inserta en el proceso de globalización del capitalismo que liderea el imperialismo estadounidense.

Una autoevaluación necesaria


Evaluar la teoría de la dependencia es una tarea compleja si se considera que en el transcurso de su evolución el pensamiento latinoamericano atravesó por distintas etapas históricas hasta que finalmente se impuso en la región el pensamiento conservador neoliberal, por lo menos desde la década de los ochenta hasta nuestros días.

Aparentemente una de las consecuencias de ese desplazamiento del pensamiento crítico por el neoliberalismo1 fue la de desvirtuar —y desfasar— el pensamiento latinoamericano y sus principales corrientes teóricas en el análisis, comprensión, explicación y ela

1Aquí retomo la definición de Gonçalves (2002: 134) de neoliberalismo como “revitalización de la ideología centrada en una mayor libertad para las fuerzas del mercado, menor intervención estatal, desreglamentación, privatización del patrimonio público, preferencia por la propiedad privada, apertura al exterior, énfasis en la competitividad internacional y menor compromiso con la protección social”.

boración de propuestas de transformación histórica y de cambio social en la población latinoamericana. Estos esfuerzos negativos, como se expone más adelante, provienen de la influencia de la academia norteamericana y de sus corrientes neopositivistas, posmodernas y funcionalistas que en los últimos años han cobrado auge e interés entre el público de los países subdesarrollados como, por ejemplo, el concepto de choque de civilizaciones del profesor Samuel P. Huntington, miembro del Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca.

De manera análoga a lo que aconteció en el curso de la primera década del siglo XX, en el lugar que ocupaban las ciencias sociales y el pensamiento crítico latinoamericanos dentro de los centros académicos y científicos resurgió una suerte de eurocentrismo y norteamericanismo anglosajones renovados con pretensiones de “epistemología global”. Lo anterior supone innecesario todo esfuerzo endógeno de elaboración de categorías, conceptos e hipótesis propias con fuerza interpretativa y transformadora, como había ocurrido en la formación histórica de las ideas y del pensamiento en América Latina por lo menos en los últimos doscientos años.

Lo nacional, regional y latinoamericano (dimensiones articuladas dentro del contexto mundial) son hoy pensados y caracterizados con paradigmas y marcos teóricos elaborados en los centros intelectuales dominantes del capitalismo central (para una crítica véase Fernández, 2003-2004: 93-113, donde analiza la corriente poscolonialista que pretende ignorar la historia social propia del continente). Ideas como “tercera vía”, “democracia” o “gobernabilidad” (governance), “choque de civilizaciones” y “trayectorias laborales”, se presentan como las rutas de investigación de todo “análisis científico”, de acuerdo con los cánones elaborados en los centros hegemónicos del capitalismo central.

Los países latinoamericanos permanecen substancial-mente en un marco de atraso económico-social, a pesar de los avances científico-técnicos y de la adopción de perfiles modernistas, y su fisonomía resulta distinta respecto de la forma como se estructuraron históricamente, en especial durante las décadas de los sesenta y setenta del siglo XX, que fue justamente el periodo más fructífero de elaboración de la teoría de la dependencia, hasta su culminación en la formulación (inacabada) de la TMD.

Para evaluar la vigencia de esta teoría en el siglo XXI es necesario partir del análisis de las condiciones históricas en que surgió hace más de treinta años. Porque la génesis de toda teoría o corriente de pensamiento se desenvuelve bajo determinadas condiciones que están imbricadas en la realidad social, económica, política, histórica y cultural de su contemporaneidad.

Por ejemplo, el surgimiento del hegelianismo, en el siglo XIX, fue una respuesta sistemática a las condiciones existentes peculiares de la Europa y la Alemania de esa época. El idealismo alemán es incomprensible sin la irrupción de la Revolución francesa, que trasladó el eje de la explicación y organización del Estado y la sociedad desde las ideas religiosas o metafísicas a una base racional —ya no “externa”— sobre la existencia del mundo y de la historia (Marcuse, 1998).

De la misma forma, no se puede comprender la peculiaridad del pensamiento latinoamericano y de la teoría de la dependencia sin antecedentes históricos tan significativos como el colonialismo, la gesta independentista responsable del proceso de formación de los Estados nacionales (1810-1850), el subdesarrollo y el atraso (1850-2005); condiciones que de manera directa

o indirecta van a influir en autores, teorías y corrientes de pensamiento en el transcurso de la historia.

El positivismo que surgió, se desarrolló y entró en crisis entre el último tercio del siglo XIX y el primer decenio del XX en México y en América Latina (véase Zea, 1984) tuvo una expresión completamente distinta a su matriz original europea, derivada del pensamiento de Augusto Comte y Herbert Spencer. En efecto, como dice el filósofo cubano Pablo Guadarrama:

La evolución del positivismo siguió en sentido general caminos divergentes en Europa y en América Latina, puesto que aquí, donde las transformaciones burguesas estaban lejos de haber obtenido su coronación y, más bien, constituían un imperativo histórico, el positivismo debía desempeñar en consecuencia, una función social progresista (Guadarrama, 1986:24. Para la recepción del marxismo en América Latina a través del positivismo véase Fornet-Betancourt, 2001).

El arielismo, como una filosofía local que surgió en Uruguay a principios del siglo XX bajo la autoría del escritor uruguayo, periodista, ensayista y maestro José Enrique Rodó (1871-1917), fue un subproducto de la influencia del positivismo norteamericano. Pero a pesar de ello su perspectiva crítica denunció el materialismo norteamericano de la época al caracterizarlo de “imperio de la materia” (o reino de Calibán), cuyo utilitarismo habría aprisionado a los valores morales y espirituales de la época. Ariel también es una denuncia y un rechazó a la imposición de los valores y costumbres norteamericanos (american way of life) en las sociedades latinoamericanas que, más adelante, en la segunda mitad del siglo XX, se convertirán en “técnica” y “método científico” para comparar y erigir “modelos ideales”, siendo Rostow (1974) uno de los más fieles impulsores de este procedimiento, como se expone más adelante.

Posteriormente, teorías como la marxista (Mariátegui, 1976 y 1959), de la modernización y el cambio social (Germani, 1968), de la dependencia (Marini, 1973; Bambirra, 1978; Dos Santos, 1969: 11-133 y 2002), la estructuralista (CEPAL, 1998), neoestructuralista (Guillén, 1997), la neoliberal (Gunder Frank, enero-marzo de 1977: 61-90) y la poscolonialista (Fernández, 20032004: 93-113) surgieron y se desplegaron en condiciones más avanzadas de la etapa expansiva de la industrialización, la urbanización y modernización de las sociedades latinoamericanas, de las concurrentes crisis económicas de las décadas de los años sesenta y setenta del siglo XX, y del posterior agotamiento de los patrones de acumulación y reproducción del capital que condujeron al “triunfo” del neoliberalismo en la escena académica e intelectual.

En el plano de las ideas, esa variedad de corrientes, perspectivas y enfoques teóricos expresa la complejidad de la realidad latinoamericana y de las distintas interpretaciones ideológicas y de clase social respecto a la dinámica de la sociedad y de sus peculiares transformaciones. El pensamiento latinoamericano es, así, un mosaico heterogéneo de ideas, teorías y métodos de investigación que buscan comprender la naturaleza de nuestros países y sociedades en un contexto histórico global enclavado en las vicisitudes de la expansión del capitalismo mundial, así como de las condiciones propias, locales y regionales de cada país en particular. El enfoque teórico y la manera en que se abordan esas cuestiones (método), es lo que le confiere el barniz específico a cada una de las corrientes de pensamiento.

Autonomía del pensamiento social latinoamericano: positivismo y liberalismo


Existe consenso entre la mayor parte de los investigadores latinoamericanos respecto a que las ciencias sociales asumieron un carácter institucional después de la Segunda Guerra Mundial, bajo la influencia del pensamiento occidental europeo, pero manteniendo su autonomía.2

Como dice Sonntag (1989a: 70):

...la masiva institucionalización de las ciencias sociales en la gran mayoría de los países latinoamericanos ocurrió paralelamente con el periodo de expansión capitalista global después de la Segunda Guerra Mundial y la subsiguiente modernización de las sociedades latinoamericanas [...] Coincidió pues con la puesta en marcha del cepalismo y de sus ciencias sociales concomitantes como paradigmas, mas también con los esfuerzos por mantener o renovar el marxismo. Se instauraron cátedras y carreras universitarias, se crearon centros de investigación en instituciones universitarias, se enviaron los primeros egresados a estudios de posgrado en el exterior. Este proceso, modestamente comenzado en los cuarenta, fue acelerándose en los cincuenta y, sobre todo, en los sesenta, después de la reformulación que condujo al segundo momento del cepalismo.

En el ámbito institucional, hasta antes de ese periodo —el de la Segunda Guerra Mundial— lo que se tenía era un pensamiento latinoamericano liberal equivalente a un sistema de ideas precientífico y premo

2Sobre la influencia del positivismo y del liberalismo como paradigmas “eurocentristas” en América Latina, véase el libro de Bagú, 1971. He desarrollado el resurgimiento contemporáneo de este pensamiento en mi ensayo, 1993: 323-344. Esta autonomía, su existencia o inexistencia, pone en entredicho las tesis centrales de la teoría poscolonial, la cual sostiene que el pensamiento latinoamericano global ha sido víctima del eurocentrismo. Véase más adelante, capítulo 2.

derno;3 un pensamiento cuyo método se basaba más en la especulación, la filosofía y la jurisprudencia que en el método científico occidental centrado en la observación y predicción, hegemonizado por el positivismo como representante de las clases conservadoras y terratenientes.

Solamente la —más o menos rápida— imposición del proyecto oligárquico por las clases dominantes en los diferentes países hizo que la ideología “liberal” y su base teórica, esto es: el positivismo, llegarán a ser, sobre todo en la segunda mitad del siglo XIX y hasta las primeras décadas del actual, hegemónicas en el sentido de una virtual exclusión de las manifestaciones de otras corrientes del pensamiento social (Sonntag, 1989a: 18-19).

Será posteriormente cuando se consoliden las ciencias sociales en la región sobre esa base metodológica a la que se agregarán la estadística y la matemática. De esta forma:

...la década de los sesenta inicia una suerte de época de oro de nuestras ciencias sociales, que por primera vez dejan de

3Debo aclarar que de ninguna manera considero “inferior” al pensamiento existente antes de la institucionalización de las ciencias sociales, así como al conjunto de ideas recreadas en torno a él; por el contrario, el corpus epistemológico que se desprende de dicho pensamiento con autores de la talla de Martí, Simón Bolívar, Morelos, Julio Antonio Mella, Enrique José Varona, Mariátegui o Sarmiento, es tan sólido que en muchas ocasiones supera con creces a las mismas ciencias sociales que a veces se muestran incapaces para explicar en profundidad la dinámica, los fenómenos sociales y humanos sin distorsionarlos.

ser una mera caja de resonancia de lo que se dice en Europa

o Estados Unidos para configurar su propia problemática y hasta pretender elaborar su propia teoría: la de la dependencia. Esas ciencias sociales están además altamente politizadas y en un interesante vaivén dialéctico contribuyen, a su turno, a dar asidero científico a las tesis de las diversas organizaciones políticas (Cueva, 1986: 33).

Desde el punto de vista de las ciencias sociales, este fenómeno se puede catalogar —parafraseando a Germani— como el tránsito de una ciencia social de tipo tradicional a una de tipo moderna basada en el método científico de investigación y observación. Tránsito que coincide con las políticas de modernización e industrialización impulsadas por la burguesía industrial (dependiente) y el Estado latinoamericano desde la década de los sesenta y que desplazaron por lo menos formalmente al viejo sistema oligárquico-terrateniente.

En virtud de este último proceso y al influjo de la necesidad de consolidar el poder económico y político de las clases sociales emergentes —las clases medias y altas en las ciudades y la misma burguesía industrial en ascenso en este periodo— sobre el proletariado, la clase obrera y los sectores populares, las corrientes del liberalismo y el positivismo fueron desalojadas paulatinamente, en tanto expresiones ideológicas de los intereses materiales de las clases oligárquicas y terratenientes asentadas en el patrón de reproducción capitalista primario-exportador que habían dominado el panorama intelectual de la región durante la segunda parte del siglo

XIX.

De esta forma, el predominio de los estudios filosóficos y de jurisprudencia de los pensadores y los ensayistas (cuyas ideas enciclopédicas se movían por los contornos y contenidos de las ciencias sociales, humanas y filosóficas, abordando la más diversa gama de temas y problemáticas desde las económicas hasta las culturales, jurídicas y filosóficas) cedió el paso a los estudios científico-empiristas caracterizados, según Gino Germani, por “...la incorporación de las orientaciones teóricas y metodológicas de la sociología contemporánea” de inspiración funcionalista (Germani: 1964: 2).

El pensamiento latinoamericano enfrentará estas corrientes para construir nuevos marcos teóricos y metodológicos que analicen, interpreten e investiguen los fenómenos de la realidad social, así como los contenidos y temas de las ciencias sociales para adaptarlos a las —nuevas— vicisitudes de la historia latinoamericana.

Esta articulación entre realidad y pensamiento social constituyó, desde el principio, una característica sui generis; por lo menos desde el siglo XIX el pensamiento latinoamericano —y, posteriormente, las ciencias sociales después de la Segunda Guerra Mundial— vinculó la actividad teórica con la realidad histórica de nuestros países y sociedades. Así, Sonntag (1989a: 36) afirma que “...aún con el estructural-funcionalismo como marco teórico-conceptual, se estuvo en la búsqueda de aproximaciones más propias a la realidad latinoamericana, al igual que el cepalismo desde sus inicios”.

De esta manera, se originó un rico pensamiento social latinoamericano estrechamente ligado al estudio del acontecer social, a los problemas candentes que enfrentaba la región y al proceso histórico de crisis y transformación del modo de producción capitalista. Como expresa Alarcón (septiembre de 2001: 63): “el interés por desarrollar una nueva Sociología debe estar en el pueblo, en la comunidad, sus angustias, esperanzas y utopías, sin menoscabar los desafíos de la época”.

Junto a la unidad de la praxis con la teoría, en la mejor tradición marxista del pensamiento latinoamericano, destaca su autonomía frente a todas las formas de eurocentrismo, particularmente en el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial, que forjó una concepción global del acontecer latinoamericano en el contexto mundial, primero con el teorema centro-periferia elaborado por la CEPAL y, más tarde, con la teoría del imperialismo y la marxista de la dependencia. Como expresa Ruy Mauro Marini:

...sólo se puede hablar del surgimiento de una corriente estructurada y, bajo muchos aspectos, original de pensamiento en la región a partir del informe divulgado por la Comisión Económica de América Latina, de las Naciones Unidas, en 1950. La importancia de la teorización que allí comienza reside en la novedad de algunos de sus planteamientos —aunque, a veces, sólo parecieran nuevos por el desconocimiento del marxismo que caracterizaba entonces a nuestra vida intelectual— y en la gran repercusión que ella ha alcanzado tanto en el plano académico como político. El análisis de las concepciones cepalinas es pues indispensable a quien desee conocer la evolución del moderno pensamiento latinoamericano (Marini, 1993: 57).4

La teoría de la CEPAL, junto con el estructural funcionalismo y el marxismo ortodoxo, constituyen las fuentes de inspiración más importantes de las ciencias sociales latinoamericanas (Sonntag, 1989a). Uno de sus frutos fue haber alcanzado, relativamente, cierta autonomía cognoscitiva en el plano de las ideas frente a la supremacía del pensamiento de los centros intelectuales del capitalismo avanzado: Inglaterra, Francia y Estados Unidos. Autonomía que precisamente hoy se encuentra seriamente cuestionada por su sumisión al imperialismo cultural; además de haberse distanciado de éste para elaborar sus principios y resultados, abrió camino para que en el curso de las décadas de los cincuenta, sesenta y setenta se consolidaran las principales corrientes teóricas: el estructuralismo, el funcionalismo y el marxismo, así como diversas expresiones, tales como la teoría de la modernización, la articulación de modos de producción y la teoría de la marginalidad social (Nun, 2001), el “dualismo estructural” y, finalmente, la teoría de la dependencia en sus tres vertientes fundamentales: marxista, no marxista y reformista.

4Para consultar la corriente cepalina véase Rodríguez (1993), y para la marxista Cueva (1986:25-37) y Fornet-Betancourt (2001).

Conclusión


Cualquier ciencia o disciplina social que se precie de serlo aspira a construir su autonomía cognoscitiva, de no ser así (como parece estar ocurriendo hoy en día en América Latina), difícilmente puede desarrollarse, cumplir con sus cometidos y producir resultados a la altura de la explicación que exige el proceso histórico. Las dificultades son inmensas, los obstáculos mayores, pero no se puede renunciar a reivindicar un pensamiento propio, si bien imbricado en las corrientes mundiales, sin tener que pagar las consecuencias totales de quedar huérfanos de teoría y víctimas de un eurocentrismo y anglosajonismo que sólo miran por los intereses del imperio.

La hora del pensamiento latinoamericano reclama la recuperación de su capacidad crítica y la restitución de sus cualidades éticas y libertarias. De no ser así, se convertirá en una caja de resonancia de cuanto se hable en el Norte.
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