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Amor, muerte y locura en La Chevelure, un relato fantástico de Maupassant - Sobre el sentido del Amor, la Muerte y la Locura en La Chevelure: estudio d

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Monografía creado por Juan Herrero Cecilia. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero31/maupass.html
25 de Octubre de 2006
Historia de la literatura

3 - Sobre el sentido del Amor, la Muerte y la Locura en La Chevelure: estudio d

Para empezar a abordar este punto, tenemos que preguntarnos si La Chevelure es un relato fantástico de Amor y Muerte como lo son algunos relatos considerados paradigmáticos de esta temática y que suelen presentar un título relacionado con un nombre de mujer como, por ejemplo, Ligeia de Poe, La Morte amoureuse, Arria Marcella y Spirite de Gautier o Vera de Villiers del’Isle-Adam. En estos relatos, una mujer vuelve del más allá de la muerte, atraída por la fuerza del amor que vibra en el alma del amante (Véra), o es el amante el que se siente atraído por la amada que le llama desde el Más Allá (Spirite), o la amada es una muerta-viva que ejerce una especial seducción sobre el amante como ocurre en La Morte amoureuse. La misteriosa identidad de la amada es percibida por el amante como un ser idealizado cuyos rasgos corresponden a los de una mujer supranatural. Esa mujer va a constituir el fenómeno fantástico que atrae, fascina y transforma al personaje. La fuerza especial del Amor (Eros) que une a los amantes llegará a vencer, al menos por un tiempo, el poder destructor de la Muerte (Thanatos). A esa fuerza victoriosa se refiere Villiers de l’Isle-Adam en la primera frase que abre el relato de Véra : “El Amor es más fuerte que la Muerte, ha dicho Salomón : ciertamente, su misterioso poder es ilimitado”. [23]

Ahora bien, La Chevelure no lleva por título el nombre de una mujer, sino el nombre de un elemento corporal asociado a una mujer, pero separado de ella : la “cabellera”. El poder de evocación y de sugestión que ejerce la cabellera sobre la sensibilidad y la mente del personaje será el verdadero fenómeno fantástico de este relato de Maupassant, y no la identidad de la mujer amada, que resulta difuminada e imprecisa. En un estudio titulado Le fantastique, Malrieu (1992) afirma que lo fundamental de lo fantástico consiste en “la relación entre el personaje y el fenómeno” (1992:59). La Chevelure presenta esencialmente una extraña relación entre el personaje (el esteta soñador) y una rubia cabellera que ha pertenecido, en el pasado, a una desconocida “mujer muerta”. El personaje, seducido por su poder de ensoñación, convierte a la cabellera en un fetiche idealizado, en la figura que representa (por relación metonímica) a la mujer deseada. Desde el primer momento la cabellera queda erotizada por el personaje y éste se deja cautivar por el hechizo de su vaporosa sensualidad y por la fascinante fantasmagoría que le va envolviendo y haciéndole desear, cada vez con más intensidad, que la cabellera acabe transformándose en la bella Muerta. Este tipo de relación amorosa, dirigido por las oscuras fuerzas de lo irracional, alcanza aquí una significación diferente de lo que puede significar el Amor que une a los amantes en otros relatos fantásticos de Amor y Muerte.

Si comparamos La Chevelure con Véra [24] de Villiers de Isle-Adam, podemos observar que entre ambos relatos existe un cierto paralelismo, pero se trata de un paralelismo antitético. La Chevelure es, de alguna manera, una reescritura de Véra desde una concepción muy diferente de la fuerza del amor; Maupassant manifiesta, en efecto, una concepción opuesta al idealismo supranatural que adquiere el Amor en el cuento de Villiers [25]. En ambos relatos, la amada vuelve del Más Allá, atraída por el intenso deseo que vibra en el alma del amante por “recuperar” el objeto de su apasionado Amor. Pero en Vera la relación de amor es interpersonal; esa relación existía entre los amantes, y la muerte de la amada ha introducido una trágica y fatal separación, de tal manera que el conde d’Athol (el marido de Vera), no se resigna a que su amada esposa haya muerto, y se encierra en su mansión convencido de que sigue viviendo allí con ella. Mientras que, en La Chevelure, el esteta soñador no ha conocido a la bella muerta a la que desea hacer “ volver” del Más Allá; ese deseo surge en su mente motivado por un objeto fascinante y sugestivo, es decir, de una manera fortuita, pasiva, involuntaria. En el relato de Villiers, los objetos que han acompañado a Vera en vida (su collar de perlas, el piano, la vieja lamparilla, el péndulo parado por el conde en la hora misma de la muerte de su esposa, etc.) adquieren un poder especial de evocación ante la mirada contemplativa del conde d’Athol, pero se animan en correspondencia con la voluntad visionaria de éste por recuperar a su amada, y se desvanecen cuando duda de que ella ha vuelto junto a él. En La Chevelure, el objeto evocador no acompaña el estado de ánimo del personaje sino que lo provoca y lo mantiene fatalmente cautivado, como si hubiera bebido una especie de filtro amoroso, dentro de su poderoso embrujo erótico. Ese embrujo acaba produciendo en la mente del esteta soñador alucinación y enajenación. Su mente enfebrecida ha generado el retorno de la bella “Muerta”, pero no ha sido un acto espiritual surgido de la fuerza del idealismo trascendente, de la fe absoluta que guía al marido de Véra en el relato de Villiers (donde el narrador en el momento clave exclama: “!Ah¡ las ideas son seres vivos[26]) sino un resultado del dinamismo apasionado e irracional que opera dentro del alma humana pudiéndola arrastrar, sin que sea consciente de ello, hacia la total alienación mental. Aquí surge el misterioso fenómeno de la “Locura” sobre el que nos ocuparemos más adelante.

Mayor similitud existe, sin embargo, entre La Chevelure y el cuento fantástico de Gautier titulado Arria Marcella (1852). En ambos relatos, el personaje es un esteta que sueña con acercarse a la eterna Belleza recuperando el amor de las bellas mujeres que han vivido en el pasado, y lo que desencadena el proceso de ensoñación y de fantasmagoría erótica es el magnetismo que ejerce sobre la sensibilidad y la imaginación la forma sugestiva de un elemento material relacionado con la belleza del cuerpo de una mujer muerta. En Arria Marcella ese elemento es un trozo de lava petrificado en el que ha quedado moldeado un pecho y un costado de una hermosa mujer que murió cuando el Vesubio arrasó la ciudad de Pomepeya en el siglo I de nuestra era.. Ese objeto despierta enseguida la ensoñación y la mutua atracción amorosa entre el joven soñador Octavien y la bella Arria Marcella que vuelve a la vida, despertada por la fuerza del Amor, arrastrando a Octavien hacia la lujosa casa donde ella vivía en Pompeya, antes de la erupción del Vesubio. El dinamismo de Eros ha vencido a Thanatos, y Arria Marcella puede decir a Octavien lo siguiente:

“La fe hace al dios, y el amor hace a la mujer. Sólo se está muerta de verdad cuando ya una no es amada ; tu deseo me ha devuelto a la vida, la poderosa evocación de tu corazón ha suprimido las distancias que nos separaban”. [27]

Pero en este relato, el personaje es consciente de la atmósfera de inquietante extrañeza y de indeterminación en la que se produce el fantástico encuentro amoroso, y por eso no sabe si todo ha sido un sueño, una alucinación o una fantasmagoría. Le queda, sin embargo, la misteriosa sensación de haber vivido una experiencia suprarracional o supranatural. La lucidez mental del personaje, que es consciente del extraño desdoblamiento por el que ha pasado su identidad, no le hace caer en la alienación de la locura, y esto constituye una diferencia importante con el protagonista de La Chevelure. Podríamos añadir, además, que en un párrafo de Arria Marcella se encuentra en germen la historia de La Chevelure. Ese párrafo puede haber inspirado a Maupassant. Pero Gautier trata con cierta ironía el tema de la fascinación que ejerció sobre Octavien la cabellera de una mujer, encontrada en un antiguo sepulcro de Roma:

“ En Roma, el descubrimiento de una espesa cabellera con trenzas exhumada de una tumba antigua, le hizo caer en un extraño delirio. Por medio de dos o tres cabellos obtenidos de un guarda seducido a precio de oro y entregados a un vidente de mucho poder, intentó evocar la sombra y la forma de esa muerta ; pero el fluido conductor se había evaporado después de tantos años, y la aparición no pudo salir de la noche eterna”. [28]

Si observamos ahora con cierto detenimiento el significado que adquiere el dinamismo del Amor en La Chevelure, tenemos que señalar que la relación entre el personaje y el fenómeno fantástico pasa por un proceso de metamorfosis y de mutua transformación. El protagonista y la cabellera se relacionan por medio del tacto. Al palpar la suave sensualidad de los cabellos de la misteriosa mujer muerta, le parece sentir un magnetismo vital perturbador y seductor. Él cree percibir en el contacto con la cabellera el estremecimiento de un ser vivo, escurridizo y dinámico, que se mueve porque está impulsado por el alma de la persona a la que perteneció en vida. La identidad de la cabellera es ambigua, extraña, fascinante. Se trata de algo inerte y vivo al mismo tiempo, una fuerza femenina que puede sentir la presencia del que la acaricia, y acariciar también ella misma con una caricia muy especial, la caricia de una muerta:

“Se me escurría entre los dedos; me cosquilleaba la piel con una caricia muy especial, una caricia de muerta. Me sentía enternecido como si fuera a llorar.

La guardé mucho tiempo, mucho tiempo, entre mis manos. Luego me pareció que se agitaba como si algo del alma hubiese quedado oculto en ella”. [29]

El contacto escurridizo y sensual de la cabellera se va convirtiendo en una necesidad vital para el personaje. Éste se convence cada vez más de que se trata de un ser vivo con el que desea fundirse en una especie de corriente líquida o de manantial placentero. La metáfora de la pasión fluvial, acuática, generada por la cada vez más obsesiva fantasmagoría erótica es una manera de desear sentirse unido al dinamismo vaporoso y primordial del cosmos, de imaginar volver al seno de la madre naturaleza, guiado por las extrañas sensaciones que emanan de ese “arroyo encantador de cabellos muertos”:

“Giraba la llave del armario con ese estremecimiento que se siente al abrir la puerta de la amada, pues en mis manos y en mi corazón surgía la necesidad confusa, especial, continua, sensual de mojar mis dedos en ese arroyo encantador de cabellos muertos.

(...) La sentía allí siempre, como si se tratara de un ser vivo, oculto, preso. Cuanto más la sentía, más la deseaba. Necesitaba de nuevo imperiosamente tocarla, palparla, ...”[30]

J.M. Borda Lapébie, en el artículo al que nos hemos referido más arriba, sitúa, entre los componentes míticos de la alienación, «el elemento acuático como metáfora de la mujer» y señala que «En La cabellera, el estado de arrobamiento al que se ve reducido el protagonista ante la figura de la mujer se plasma en una semántica de la pasión claramente líquida» [31]. Pensamos, por nuestra parte, que el deseo acuciante de “beber” la cabellera ahogando los ojos en “sus olas doradas”, es una metáfora de la vampirización que el sujeto ejerce sobre el “fenómeno” fantástico, y a la inversa: el sujeto, arrastrado por la obsesión irracional de su fantasmagoría erótica, se ha dejado vampirizar por la fuerza torrencial del “fenómeno”, y ha bebido el filtro amoroso que le va a atar para siempre al deseo de poseer a la “bella Muerta”:

“Me encerraba solo con ella para sentirla sobre mi piel, para clavar en ella mis labios, para morderla. La enrollaba alrededor de mi cara ; la bebía ; ahogaba mis ojos en sus olas doradas con el fin de ver el día rubio a través de ellas”. [32]

Convertido en un erotómano obsesionado por la idea fija del retorno de la “bella Muerta”, ese retorno acaba produciéndose en su mente: “la bella Muerta, la Adorable, la Misteriosa” ha vuelto al mundo de los vivos como resultado natural de la atracción apasionada que ejerce el Amor para que el personaje la pueda poseer “todos los días” y “todas las noches”:

“¡Los muertos vuelven ! Ella ha vuelto. La he visto. Si, la he visto, la he tenido entre mis manos, la he poseído (…) Si, la he poseído todos los días, todas las noches. La Muerta ha vuelto, la bella Muerta, la Adorable, la Misteriosa, la Desconocida, todas las noches”. [33]

Así el fenómeno ha transformado al personaje, y la mente visionaria del personaje ha transformado al fenómeno. La ”cabellera” se ha convertido al final en la “Adorable, la Misteriosa, la Desconocida”. Como afirma Malrieu, el fenómeno fantástico “solamente es inquietante para el personaje porque es ante todo percepción de una conciencia” (1992: 81). Aquí es la conciencia del personaje narrador la que cree haber percibido la vuelta al mundo de los vivos de la bella “Muerta”. Pero, apoyándose en el discurso mismo del narrador, el lector puede percibir fácilmente el juego inconsciente del desdoblamiento irracional de su identidad. El yo se ha convertido en otro, y ha generado una psicosis en su mente enfebrecida por la fantasmagoría erótica. Ha surgido entonces una alucinación que ha tomado por realidad el Sueño de poseer a la bella “Muerta” que le fascinaba a través del contacto sensual con la cabellera. Ese Sueño, fruto del dinamismo del deseo, puede ser considerado como una búsqueda mística del Eros primordial, como una especie de fuerza cósmica supratemporal en la que el alma angustiada del personaje desea encontrar la clave profunda de la armonía del universo, el refugio ideal frente a la sensación de vacío y de trágica fugacidad de la vida que le arrastra inexorablemente hacia la muerte y hacia la nada. Por eso, al principio de su relato sentía nostalgia y pesadumbre ante las bellas mujeres del pasado que han amado y que han muerto. Para él, la belleza y el beso son eternos, pero los seres que aman mueren y desaparecen:

“El beso es inmortal. Va de labio en labio, de siglo en siglo, d’época en época. - Los hombres lo recogen, lo dan y mueren (.,..) Yo lloro por todos los que han vivido. Quisiera detener el tiempo. Pero él avanza, avanza, pasa y se lleva algo de mí segundo tras segundo para la nada de mañana. Y no volveré jamás a vivir”. [34]

El retorno de la bella Muerta responde entonces a un trasfondo de angustia metafísica, a la necesidad de romper el círculo amenazante de la nada que envuelve al espíritu del ser humano para acceder a una sensación de plenitud vital. Al sentirse unido a la bella Muerta, que con su “vuelta” a este mundo ha roto los esquemas ordinarios del tiempo y del espacio, el esteta narrador cree haber accedido a una dimensión supranatural de misticismo erótico. Pero este retorno es al mismo tiempo la proyección de los fantasmas y de las pulsiones del inconsciente del personaje hacia el modelo de mujer que ha surgido de la ensoñación de su anima [35]. Este modelo es puramente sensual y, a diferencia de las enamoradas “muertas” de Gautier y de Villiers, la amada del esteta de La Chevelure no tiene voz ni rostro personal. El narrador sólo la percibe y la describe como un cuerpo divino y hermoso destinado a complacer eróticamente al amante:

“Sí, la he visto, la he tenido en mis manos, la he tenido tal como era cuando vivía en el pasado, grande, rubia, gorda, con los pechos fríos, la cadera en forma de lira; y he recorrido con mis caricias esta línea ondulante y divina que va de la garganta hasta los pies siguiendo todas las curvas de la carne”. [36]

El amante siente el gozo “sobrehumano“ de haber llegado a “poseer“ a una mujer “Invisible” y “Muerta”. Esta sensación de misticismo erótico traduce al mismo tiempo una pulsión inconsciente e irracional de total dominación de la amada convertida en un objeto soñado de placer:

“¡Sentía junto a ella un arrobamiento sobrehumano, el placer inmenso, inexplicable de poseer a la Inalcanzable, la Invisible, la Muerta! Ningún amante disfrutó jamás goces tan ardientes, tan terribles!”. [37]

De todas formas, la sensación de suma felicidad erótica va a durar poco, porque el comportamiento del personaje no puede ser admitido por la sociedad por haber roto todos los esquemas de la racionalidad y de las normas sociales :

“No he sabido ocultar mi felicidad (…) La he llevado conmigo siempre, por todas partes. La he paseado por la ciudad como mi mujer, y la he llevado al teatro en palcos discretos, como mi amante ... Pero la han visto … me la han quitado ... Y me han encerrado en una cárcel como un malhechor. Me la han quitado …¡Oh ! miseria!”. [38]

Estas palabras finales del cuaderno del personaje narrador enlazan con la situación descrita al principio del texto por el narrador testigo que ha venido a visitar al “loco” encerrado en la celda de un asilo. En ellas, el lector puede percibir ya el tipo de “locura” que sufre el personaje, aunque para éste la locura no ha existido nunca porque ha asumido el fenómeno fantástico como una experiencia real. Se deduce, en efecto, que la mujer que él “ha paseado por la ciudad”, ha sido, en realidad, la fascinante cabellera transformada en el doble imaginario de la muerta desconocida. Como la sociedad no puede percibir al doble de la muerta, sólo ve a un hombre que delira paseando una cabellera de mujer. Esta ruptura del orden social y racional se paga con el castigo del perturbador. Por eso, el esteta soñador será privado de la adorable cabellera y encerrado en un asilo para “locos”.

Al ser privado de lo que, para él, era el grado sumo de la felicidad, su alma se va sentir desgarrada y su salud corporal gravemente amenazada. En ese estado final le va a encontrar el narrador editor, que se quedará impresionado por el aspecto de este hombre que se está dejando devorar y destruir por un Sueño.

Intentaremos ahora poner de relieve el sentido especial de la Locura en este cuento de Maupassant en el que el personaje ha acabado inmerso en una trágica situación de alienación perdiendo por completo el dominio de su propia identidad. En esa situación, el fenómeno fantástico, percibido como un refugio supranatural contra el Tiempo que devora la vida y la lleva hacia la nada (“Segundo tras segundo se lleva algo de mí para la nada de mañana[39]), se ha convertido en una fuerza absorbente a la que el personaje se ha entregado en cuerpo y alma perdiendo la noción de su propia identidad y cayendo en la psicosis angustiosa de la persecución y del delirio. Por este camino, el amor se reduce a la fuerza irracional de una Obsesión que hace más trágico el poder de la Muerte. Para Maupassant, el amor no tiene un poder de liberación definitiva de la soledad del alma, sino que se percibe como una fuerte ilusión de no estar solo, como un intento de fusión con el otro, pero esa ilusión acaba rompiéndose y generando una mayor sensación de soledad, pues, como afirma el narrador de Solitude : “Cuando queremos juntarnos, nuestros impulsos del uno hacia el otro no hacen más que hacernos chocar uno contra otro (...) pues nunca se mezclan dos seres[40]. Por eso, el esteta de La Chevelure sólo puede “amar” a una mujer inventada por su imaginación soñadora, y esa mujer fantasmagórica, que no tiene identidad personal, le ha conducido al enclaustramiento total dentro de sus propias ilusiones y obsesiones; lo cual hace más angustiosa la alienación del personaje.

Malrieu afirma lo siguiente sobre el sentido alienante de la locura como última etapa del recorrido del personaje en algunos relatos fantásticos :

“Si la locura es a menudo la última etapa del recorrido del personaje, eso sucede porque ella es una de las formas más extremas de la pérdida de identidad. En su experiencia con el fenómeno, el personaje deja definitivamente de ser él mismo.” [41]

La locura será también el resultado final del recorrido de Hugues Viane, el protagonista de una novela lírico-fantástica de Georges Rodenbach titulada Bruges-la-Morte (1892) donde la cabellera de una mujer muerta desempeña también un papel fundamental. Viane se ha retirado a la ciudad “muerta” de Brujas para vivir en el recuerdo idealizado de su esposa, muerta a la edad de treinta años. De ella ha conservado su larga y ondulada cabellera que guarda dentro de una vitrina y a la cual profesa un culto especial. Pero un día encontrará en la ciudad a una mujer joven de un extraordinario parecido con la esposa muerta y poco a poco se va a sentir seducido por la fascinante semejanza entre la muerta y la viva. Durante cierto tiempo va a sucumbir al encanto del doble y a la tentadora y confusa sensación de recuperar a la muerta estableciendo una relación amorosa con la viva. Luego se dará cuenta de que la diferencia espiritual entre ambas es enorme y tendrá la sensación de haber traicionado la memoria de la esposa muerta, pero ya será tarde. La viva va imponiendo su presencia y un día descubre los retratos y la cabellera de la esposa muerta. La deshace, juega con ella y se la enrolla al cuello. Viane, en un arrebato de vértigo y de locura, siente profanada la memoria de su esposa y ahoga con la cabellera a la joven Jane. Cuando ésta muere, él queda alucinado y ya no puede distinguir a la una de la otra:

“Las dos mujeres se habían identificado en una sola. Tan semejantes en la vida, y más aún en la muerte que las había otorgado la misma palidez, él ya no pudo distinguir a la una de la otra”. [42]

En este relato de Rodenbach, el doble de la esposa muerta, que acabará imponiéndose al personaje y arrastrándole al crimen y a la locura, es un ser exterior, mientras que en La Chevelure el doble de la “bella muerta”, que el personaje acoge como reencarnación sobrenatural de la mujer a la que perteneció la cabellera, es un producto de la mente alucinada del esteta soñador, y la confusión de la “aparecida” con la “muerta” es un signo de la psicosis paranoica dentro de la cual el personaje va a quedar encerrado sin ser consciente de ello. En ambos relatos, el magnetismo de la cabellera desempeña un papel muy diferente. En el texto de Rodenbach, la cabellera es un objeto sagrado con el que Viane profesa el culto del dolor por la muerte de su amada esposa. La profanación de ese objeto por la “otra”, se castiga con la muerte; pero la muerte y la locura han sido el resultado de la extraña fascinación que el doble exterior de la amada ha ejercido sobre la mente del personaje. En el cuento de Maupassant, la cabellera tiene un extraño poder por sí misma y se convierte en un objeto de un culto fetichista porque su morbosa sensualidad fascina al personaje y exalta su imaginación enfebrecida hasta producir el desdoblamiento y la autodestrucción de la identidad.

Señalaremos también que G.Ponnau, (1990), en un amplio y bien documentado estudio, ha puesto de relieve la relación entre el misterio de la locura y la estética de la literatura fantástica. Para él, este tipo de literatura explora la relación entre lo supranatural y la misteriosa realidad de los aspectos más desconcertantes del espíritu humano profundizando en el misterio mismo de la locura. [43]

Nodier, en la introducción a La Fée aux miettes (1832), señalaba que sólo el espíritu de un “loco” puede abrirse a las dimensiones poéticas de lo fantástico : “Llegué a la conclusión que la buena y verdadera historia fantástica de una época sin creencias sólo podía ser contada adecuadamente si era puesta en boca de un loco”. [44]

Podemos observar un cierto paralelismo entre Michel, el “loco” de La Fée aux miettes, y el esteta narrador de La Chevelure. Ambos están encerrados en un asilo psiquiátrico y ambos narran su extraña experiencia (Michel lo hace en un relato “oral” dirigido al narrador editor). Michel, apoyándose en el encanto que se desprende de un retrato de Belkiss (la reina de Saba) que él lleva en un medallón que le ha regalado la “Fée aux miettes”, conseguirá que Belkiss salga del medallón y venga a dormir con él todas las noches. El esteta del cuento de Maupassant fascinado por el encanto de la cabellera conseguirá que la bella Muerta venga también con él “todas las noches”. Pero Michel ha vivido una intensa y fantástica historia de amor en la cual Belkiss y la “Fée aux miettes” acaban teniendo la misma identidad. Cuando muere su amada, ella le ha prometido que volverá, si Michel llega a encontrar la mandrágora que canta. Y a ello dedica su afán.

Pero la noción de “locura” que defiende Nodier va unida al concepto del hombre cuyo espíritu no se guía por la lógica de lo aparente o de lo “real” sino que se siente atraído por un orden de cosas más profundo y vital que sólo puede entenderse desde la perspectiva de lo visionario y de la sensibilidad espiritual abierta a lo maravilloso y a lo sobrenatural. Maupassant, sin embargo, cultiva una visión más angustiosa y más inquietante de la misteriosa realidad de la locura. Para él, el enigma de la locura se enmarca dentro de los límites contra los que choca el ser humano cuyo pensamiento es una realidad insondable y cuya interioridad percibe el enigma de la vida desde la soledad más radical, como afirma el personaje del cuento titulado Solitude (1884) donde cita esta frase atribuida a Flaubert : “Todos nos encontramos en un desierto. Nadie entiende a nadie”. [45]

Concluiremos nuestro análisis señalando una vez más que los relatos fantásticos de Maupassant son la expresión de un profundo deseo de romper el círculo angustioso de la soledad radical en la que se halla encerrada la identidad espiritual del ser humano. El intento de romper ese círculo conduce a un proceso de misteriosa y desconcertante confusión de nuestras sensaciones y percepciones, y esto genera la inquietud y la angustia interior, la impresión irracional de no poder salir del “subterráneo oscuro” y “sin límites” que es para nosotros la vida, como afirma el personaje de Solitude [46]. El miedo irracional a chocar contra nuestros propios límites alimenta la psicosis angustiosa del narrador personaje de Le Horla (1887) que se siente confuso y desconcertado ante la imposibilidad de enfrentarse con un enemigo invisible y desconocido que le acecha.. La angustia irracional que produce en el alma el sentimiento de soledad y de vacío llegarán a dominar por completo la mente del narrador de Lui? (1883), que no puede librarse del “terror incomprensible” y del miedo a sus propios miedos : “ ¡Tengo miedo de mí mismo ; tengo miedo del miedo ; miedo de los espasmos de mi espíritu que enloquece, miedo de esa horrible sensación del terror incomprensible![47]. Pero es tal vez el personaje principal de Solitude el que formula con mayor lucidez la clave del misterio que explica la búsqueda que todo ser humano se siente obligado a emprender para intentar escapar de la terrible sensación de soledad ante el enigma de nuestro destino :

“Entre todos los misterios de la vida humana, existe uno que yo he sondeado : nuestro mayor tormento en la existencia procede de que estamos eternamente solos, y todos nuestros esfuerzos, todos nuestros actos tienden únicamente a escapar de esta soledad”. [48]

Por eso, lo fantástico en Maupassant tiene una dimensión trágica y metafísica que nos hace palpar por la vía de la ficción literaria la misteriosa realidad de las fuerzas oscuras e irracionales que se agitan en el interior del alma humana.

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