Las transformaciones ocurridas han revelado con mayor claridad la debilidad interna de la organización convencional de la biblioteca. Tradicionalmente, las bibliotecas se han organizado internamente en estructuras jerárquicas de acuerdo con las funciones. En esta estructura, la responsabilidad por la toma de decisiones se sitúa en la dirección de la biblioteca y la autoridad disminuye en la medida en que descienden los niveles de la pirámide organizacional.
Aunque esta organización tiene sus ventajas, es propensa a convertirse en una burocracia no comprometida. A menudo, resulta en una pobre comunicación, una estratificación organizacional, una iniciativa inhibida y un exceso de personal burocrático.
Además, la división funcional produce tensiones adicionales. La falta de coordinación dentro y entre los departamentos, así como la competencia entre las unidades por las prioridades, los recursos y los medios para obtener los objetivos de la biblioteca, aumentan la probabilidad de conflictos y malentendidos entre las diferentes secciones de la organización. Divididas las bibliotecas por los intereses de distintas facciones, los miembros de la organización centran su actividad en dominios limitados; pocas veces asumen una perspectiva holística y se resisten a los intentos por integrar sus esfuerzos con el trabajo de otros. En un medio estable, esta estructura ha demostrado funcionar con efectividad. Sin embargo, está claro que no posee las características adecuadas para enfrentar los desafíos de la era de la información electrónica.