En el 202a.C., después de cinco años y con la rápida caída del poderío militar de Cartago, Aníbal tuvo que volver a África para dirigir la defensa de su país contra una invasión romana a cargo de Escipión luego llamado el Africano.
Los dos generales se encontraron en Zama, donde conferenciaron sin llegar a ponerse de acuerdo. La batalla era inevitable.
La estrategia que tantos éxitos le había reportado, esta vez fue inútil.
Tras varios años de derrotas Escisión ya había aprendido como enfrentarlo.
Aníbal ya no era el general que había derrotado por cuatro veces consecutivas al poderoso ejercito romano. Había perdido la visión de un ojo por una enfermedad contraída en los años de lucha y la desidia de sus conciudadanos lo habían avejentado.
Sus inexpertos reclutas huyeron, muchos desertaron uniéndose a los romanos y los veteranos fueron reducidos. Cartago capituló ante Roma y la segunda Guerra Púnica llegó a su fin.
Luego de firmar un tratado de paz con Roma, Aníbal se preparó para una nueva guerra.
Eliminó la corrupción, reformó las leyes y saneó la economía de su ciudad. Esto no agradó a las clases dominantes de Cartago que no dudaron en entregarlo a los romanos que no veían con buenos ojos el rápido progreso de su ciudad enemiga.
Aníbal, conocedor de la naturaleza de sus conciudadanos, huyó, refugiándose en la corte de Antíoco III, rey Seléucida de Siria.
Luchó junto a este contra los romanos, pero cuando el monarca Seléucida fue derrotado en Magnesia del Sípilo (actual Manisa, en Turquía) en el 190a.C. y firmó un tratado con Roma prometiendo la rendición de Aníbal, éste escapó para refugiarse con Prusias II rey de Bitinia entre 192-148 ayudándolo a vencer a la ciudad de Pérgamo
Hombre miserable y ávido de gloria, Prusias no dudó en entregar a quien tanto lo había ayudado al ser pedido nuevamente por los romanos.
"Voy a liberar a los romanos de su miedo, ya que no quieren dejar morir a un hombre viejo en paz" dijo al envenenarse, mientras los soldados se acercaban para apresarlo.