Un cambio radical y automático del modo de producción es imposible y menos aun en la cultura e ideología que los explica. Podemos si, generar cambios importantes dentro de la conducta de la población siempre y cuando estos se mantengan dentro del modo de producción imperante. Podemos hacer que los latinoamericanos, quienes al menos han interiorizado el intercambio mercantil, entren en una dinámica capitalista total, quizás a otras sociedades les sea aun más difícil.
Para los latinoamericanos que la economía sea regulada por la oferta y la demanda se encuentra dentro de su mundo conceptual así como también, que la producción de bienes y servicios, sea realmente competitiva y aproveche las ventajas comparativas al máximo. No les resulta ajeno ser proactivos, efectivos y sus ingresos estén asociados a su productividad laboral. Quizás resulte algo más duro aceptar la reducción de su sujeción al Estado y se convierta en un ser participativo, preocupado por su destino. Pero todos estos conceptos le son familiares, aunque en principio, se resista a aceptarlos
No podremos pretender que se convierta en corto plazo en cooperativista, espléndido, empático, equitativo, disciplinado, responsable, que sobreponga los interese colectivos sobre los propios, sin que antes se incremente la generación de excedentes de producción y la productividad laboral. Las actitudes deseable a exhibir los seres humanos son un subproducto de su interacción activa y protagónica en la realidad económica, política y social, la cual además de bienes, forje en si mismo, autoestima, orgullo personal por las metas alcanzadas. Sin demostración tangible de logros es imposible una actitud positiva en el entorno social donde se desenvuelve. No se puede compartir lo que no se posee.
El desarrollo alcanzado por el Hombre sobre su participación en la sociedad, reconoce que sus derechos terminan donde comienzan los ajenos. Quizás en épocas pretéritas, donde la generación de excedentes de producción era limitada, el Hombre exhibía una actitud y conducta frente al colectivo propia de nivel de producción y su escasa capacidad para participar en la definición de su destino. Posiblemente conllevó al individualismo, interpretado como una “inflamación” del ego, producto de la continua y permanente presión ejercida por la exacerbada socialización contra las necesidades humanas.
Ahora, la productividad del trabajo humano ha alcanzado tan altos niveles, que hace posible que las ciudades se desarrollen enormemente, concentrando un contingente poblacional no productivo, que requiere alimentarse. La relación cognoscitiva con la realidad citadina está sujeta al empleo, a la voluntad de terceras personas más que a la capacidad personal para producir. Los ingresos familiares alcanzan para cubrir los compromisos contraídos si trabajan, al menos, ambos cónyuges.
Las presiones para que la realidad Latinoamérica alcance patrones de consumo cónsono con las aspiraciones de los países industrializados, han hecho que la población se aferre a los tradicionales preceptos, cánones, normas, y parámetros de una realidad cultural, como una balsa a la deriva en un mar plagado de incertidumbre. El interés foráneo no es incrementar la producción y la productividad laboral de lo latinoamericanos, lo cual induciría un cambio de actitud frente a lo económico, político y social, sino incrementar el consumo y mantener la incapacidad de defender lo nuestro.
La lógica económica imperante en Latinoamérica y en otras partes del mundo, copia esquemas feudales en un mercado a medio hacer, rinde beneficios a quienes gozan de los privilegios de ser propietarios de la tierra, medios de producción o son cortesanos de los palacios gubernamentales, en complicidad con intereses foráneos que se sitúan en contra del desarrollo de la sociedad y los individuos.
Los cambios a favor de un latinoamericano más proactivo, productivo, emprendedor y universal pasa por entrar en la “modernidad” capitalista como escalón en la escalera del desarrollo del individuo hacia nuevas formas de comprender la realidad y de integrarse de manera activa en la administración de su propia existencia.
Primum vivere, deinde philosophare Comencemos por vivir por esfuerzo propio para luego poder explicarnos y reflexionar, con mayor objetividad, sobre nuestra existencia.