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En nuestro interés por recuperar la cultura española hecha fuera de España por quienes tuvieron que escoger el exilio como la única manera de sobrevivir, no podemos olvidar, en esta serie de Congresos que bajo la coordinación de GEXEL, se ponen en marcha este año de 1999 con motivo de cumplirse sesenta años de la salida de los exiliados, labor de quienes, desde hace años, nos han precedido en el estudio de la obra de los transterrados.
Uno de ellos es Julián Izquierdo Ortega, quien, por vínculos familiares, ha tenido que escoger, al final de su vida, Méjico como última residencia, ya que allí vive uno de sus hermanos desde el final de la guerra...
Izquierdo Ortega (1905) es un intelectual al que el destino, tras la victoria de Franco en la Guerra Civil, llevó al pueblecito abulense de Arenas de S. Pedro, apenas comenzados los años cuarenta, y allí convirtió, tras una década de silencio, los picachos de las faldas de Gredos a los que le gustaba subir, en un observatorio de la cultura de nuestro tiempo. Si he dado este carácter general a su obra es porque las reflexiones de Izquierdo Ortega no se centran exclusivamente en cuestiones filosóficas, -durante el periodo republicano publicó básicamente artículos sobre filósofos y sus ensayos más importantes son los de éste ámbito- sino que se extienden al mundo del arte y, sobre todo, tiene especial predilección por la literatura. Son centro de su atención los hombres del 98 y escritores de hondo peso intelectual como Goethe, Thomas Man....
Los artículos más significativos de estos temas los hemos recogido en un volumen que con el título Ensayos sobre arte y literatura, publicó en 1991 la Fundación Marcelo Gómez Matías, de Arenas de S. Pedro, con ilustraciones de Isabel Clara Ruiz Cano-Cortés. Pero, además de estas parcelas de la cultura, su obra crítica también abarca libros sobre historia, sociología, lingüística, ecología e, incluso, urbanismo, sin olvidar una veta importante, el Derecho con artículos sobre el quehacer intelectual de Antonio Hernández Gil.
Posiblemente en alguno de los lectores haya surgido una sonrisa o, al menos, una pregunta cargada de escepticismo: ¿Un intelectual, un filósofo en Arenas de S. Pedro? Les aseguro que no sería el primero. En una de las cartas del insigne Francisco Romero, ese sevillano trasplantado a Buenos Aires y enraizado en su cultura hasta el extremo de ser una de las figuras señeras dentro del ámbito filosófico argentino, ya aparecía; "pero, ¿de verdad vive usted en Arenas de S. Pedro?" preguntó a Izquierdo Ortega en la primera de sus cartas.
Aquel vendaval de fuego, sangre y muerte que fue la guerra destruyó las ilusiones de muchos españoles que se identificaban con las propuestas de los intelectuales de avanzada que aparecían en las revistas del pensamiento de la II República. Unos murieron en la batalla, otros fueron asesinados, muchos traspasaron las fronteras para sobrevivir y muchos tuvieron que soportar la tiranía de los mediocres. Izquierdo Ortega escogió el ostracismo como fórmula de supervivencia por lo que tuvo que sacar del baúl de las antiguallas el título de abogado que había obtenido en 1929 y que, rápidamente había pospuesto para dedicarse a la aventura del pensamiento.
Su interés por la filosofía le llevó de Valladolid a la capital del reino en busca de las palabras sabias de Ortega y García Morente. El magisterio de estas egregias personalidades y su viva curiosidad intelectual alimentada en largas horas de lectura en la biblioteca del Ateneo madrileño le dieron un peso y un poso que no tardarían en reconocer quienes reseñaron, en 1935, su libro Filosofía española en el que se hacía un análisis crítico del pensamiento de Ortega, Unamuno y Turró. Del libro y de su éxito de crítica guardaría su autor en los años cuarenta un silencio riguroso pues los ensayos iban
precedidos de un prólogo en el que se resaltaba la aparición de unos nuevos intelectuales que rompían con sus predecesores y a los que, en justicia, correspondía, el marbete de "generación de la República". El autor era el pensador socialista Luis Araquistáin, un padrino, del que convenía no hablar en los momentos más duros de la dictadura de Franco.
La estancia en Arenas, durante el verano de 1952, de Juan Fernández Figueroa, director de Índice de Artes y Letras, fue el punto de partida para que Izquierdo Ortega retomase, con mucho recelo, la pluma para reemprender una actividad, la crítica de libros, que había cultivado durante la II República en diferentes publicaciones, por ejemplo, en Leviatán había presentado la obra de Beltrand Russel. Los contactos que consigue en el círculo de Fernández Figueroa le abren las puertas de diferentes revistas extranjeras y será precisamente una de ellas, Cultura Universitaria, de la Universidad Central de Caracas la que saca su primer artículo en el extranjero, una exaltación de Antonio Machado, una figura que, junto a Miguel Hernández, había sido muy denigrada en los aledaños del régimen como nos muestran los artículos que aparecieron en los primeros números de Escorial, en los años cuarenta. Después los artículos de Izquierdo Ortega aparecerán en revistas de Méjico, Estados Unidos y en Europa en Cuadernos para la Libertad, de París; Índice, de Madrid y Cuadernos Americanos, de Méjico, serán las revistas en las que publicará con más asiduidad.
Sus artículos filosóficos se centran en lo que se publica en España, principalmente obras de Ortega, Aranguren, Zubiri , y, sobre todo, la de los pensadores del exilio y los de Hispanoamérica -Francisco Romero, Alejandro Korn- o de procedencia española como Jorge Santayana; está en contacto epistolar con muchos de ellos -García Bacca, Ferrater...-; recibe revistas de las universidades más importantes e, incluso, llegan a Arenas ponencias de congresos de Filosofía que se celebran, por ejemplo, en Montevideo o separatas de revistas bonaerenses.
De los filósofos exiliados se va a fijar con especial predilección en García Bacca, Ferrater Mora, Eduardo Nicol, José Gaos, Manuel Granell. En una España cerrada sobre sí misma Izquierdo Ortega, a través de las páginas de Índice, es uno de los primeros en presentar la obra de aquellos filósofos que habían tenido que exiliarse y su obra no podía llegar a los ámbitos universitarios. Cuando José Luis Abellán, uno de los máximos conocedores de esta parcela de la filosofía española, empieza a interesarse por el tema se acerca hasta Arenas de San Pedro para charlar con Izquierdo Ortega.
En su artículo "Pensadores españoles fuera de España" que Izquierdo Ortega publica en enero de 1966 en Cuadernos Americanos traza un panorama general, aunque incompleto, de los filósofos antes mencionados y añade, además, notas esclarecedoras sobre otros como Eugenio Imaz, Luis Abad Carretero, Joaquín Xirau y Antonio Rodríguez Huéscar. De la obra de todos ellos, hablando de una forma global, sostiene que "al cultivar la filosofía fuera de España con esfuerzo y talento admirables, han contribuido casi todos ellos a ampliar y fecundar la cultura española, creando un pensamiento vivo y profundo, y también han logrado enriquecer la cultura de Hispanoamérica y la europea."
De GARCÍA BACCA, al que dedica varios artículos, expone las líneas generales de su Metafísica resaltando tanto su capacidad para aprovechar los conocimientos de la Física actual para el enfoque de los problemas metafísicos como "la agudeza de su pensamiento al ser capaz de apartarse de la metafísica clásica" a la que Izquierdo Ortega cree que le asesta un duro golpe en tanto que es "sólo metafísica de la interpretación de la realidad". La reseña de Izquierdo Ortega le agrada tanto al autor que éste le escribe una carta de la que quiero resaltar un párrafo. "Me llegó el número de
Índice en el que usted publica la nota sobre Metafísica. Se la agradezco cordialmente y me felicito de que haya en España personas que se interesen por enfoques tan heterodoxos de materias tan clásicas, y casi de monopolio de tratamiento, como esa obra mía". Mas adelante añade: "Me complace que desconcierte un poco, que haga pensar y que desaparezca ese miedo a pensar y a dejar que los otros piensen que veo cernerse sobre tantas partes y entre ellas mi España. Por eso me felicito de haber hallado en usted la paciencia y alta comprensión que caracterizan su nota." Esa relación epistolar dará paso a una gran amistad hasta el extremo de que en las visitas de García Bacca a España este filósofo busca una espacio en su agenda para charlar con Izquierdo Ortega, en Madrid, sobre problemas filosóficos.
El interés de Izquierdo Ortega por la obra de Ferrater Mora aparece en uno de los primeros párrafos de su artículo "La ontología de Ferrater Mora" que luego incluye en
"Pensadores..." "He seguido fielmente el curso del desarrollo de Ferrater Mora, desde su primer libro hasta el último -prueba de esto es, por ejemplo, el comentario que en Índice había dedicado al Diccionario de Filosofía-, y con todo interés he observado su lucha interior, su amplitud de horizonte, su viva y múltiple curiosidad filosófica y su fina y rápida captación y compresión del pensamiento ajeno; y finalmente, cómo, en un elevado esfuerzo intelectual de fidelidad a sí mismo, ha logrado dibujar el perfil de una filosofía propia en El Ser y la Muerte, libro de honda y rica palpitación actual. En suma: he podido ver cómo el pensador español ganaba terreno hasta afirmarse y producir un pensamiento vigoroso que sabe llegar a la raíz de los problemas".
La preocupación filosófica de Ferrater Mora por la posible relación entre la muerte humana y la de los demás organismos le da pie para construir una metafísica de lo orgánico y una filosofía de la persona. Izquierdo Ortega señala que Ferrater Mora no
se queda en el reduccionismo de los monistas clásicos -materia o espíritu, sino que es una ontología integracionista ya que no hay realidad material que carezca de "ciertos rasgos espirituales" y el espíritu " es inconcebible sin un cierto arraigo en lo material". Respecto a la idea de la muerte en el hombre, Izquierdo Ortega valora en muy alto grado la posición de Ferrater Mora ya que "su pensamiento maduro afirma puntos de vista originales frente a los de Heidegger y a Sartre, si bien en algunos aspectos coincide con Simmel. El hombre no es un ser para la muerte. "El morir revierte sobre la vida humana, en tanto que afecta a sus contenidos". Respecto al peso que tiene en éstos le parece a Izquierdo Ortega más convincente la tesis de los existencialistas.
A la obra de JOSÉ GAOS dedica varios comentarios; concretamente en su artículo "Pensadores..." se centra en su obra De la Filosofía. Asegura Izquierdo Ortega que "comienza el curso con una fenomenología de la expresión verbal, la cual conduce a Gaos a una fenomenología de la razón y de ahí llega al estudio de los conceptos principales o categorías. La doctrina de las categorías le conduce a una antropología filosófica." Izquierdo Ortega resalta la importancia que le da Gaos a la fenomenología de la existencia frente a la de las esencias y el tránsito de la fenomenología de la expresión verbal a la de los objetos.
Reconoce a Brentano, Husserl, Scheler, Hartmann y Heidegger como guías del pensamiento de Gaos subrayando algunos aspectos en los que se diferencia de éste último. En su comentario al libro de Gaos Sobre Ortega y Gasset y otros trabajos de historia de las ideas en España y en la América española se centra exclusivamente en los que dedica al filósofo madrileño. Aunque reconoce a Gaos, por su relación estrecha y conocimiento de Ortega, la calidad de ser la persona más idónea para escribir sobre la relación entre la filosofía orteguiana, el espíritu del autor y las circunstancias que envolvieron su vida, no asume Izquierdo Ortega sus afirmaciones claves porque la publicación de los inéditos con posterioridad al libro de Gaos ofrece una imagen diferente del quehacer de Ortega, especialmente en su interés por las cuestiones puras, ontológicas, como muestra en La idea de principio en Leibniz y El hombre y la gente.
Esto le hace discrepar a Izquierdo Ortega también de la división que Gaos hace de la obra orteguiana; las etapas que Gaos establece (Mocedades, Plenitud y Expatriación) Izquierdo Ortega prefiere simplificarlas con una clasificación que a nosotros nos parece poco definitoria como es la división en obra publicada y la inédita.
Para la exposición del pensamiento de JOAQUÍN XIRAU se centra en dos obras: Amor y Mundo y Lo fugaz y lo eterno. Refiriéndose a la primera de ellas, Izquierdo Ortega muestra los rasgos del amor, desde el punto de vista metafísico que desde la perspectiva que lo trata Xirau, y su relación con los valores; especialmente hace hincapié en la concepción del amor como una proyección hacia el exterior ya que cada ser en el hecho de salir de sí mismo halla su propia afirmación.
Izquierdo Ortega ve el entroncamiento que hay ambas obras al citar una frase de la segunda, Lo fugaz y lo eterno: "Vivir es transcenderse, penetrar en la realidad plenaria del mundo circundante, incorporar el mundo a la propia experiencia, henchirla de sus tesoros inagotables".
De EUGENIO IMAZ, en el artículo "Pensadores..", enfatiza su aportación al análisis de Dilthey tanto por las traducciones de sus obras como, sobre todo, por los prólogos y, especialmente el estudio El pensamiento de Dilthey valorando sobre todo la parte que dedica al estudio dilthayano de los años juveniles de Hegel.
En las páginas que dedica a EDUARDO NICOL en "Pensadores..." entresaca sus pensamientos básicos en defensa de la historización de la metafísica especialmente los relacionados con la tesis de que el ser no es una individualidad aislada sin relación con lo que no es él y con lo que a él le constituye; todo esto le lleva a esa afirmación clave de Nicol para quien la "historia es el nuevo principio de individuación".
Izquierdo Ortega no se queda exclusivamente en la exposición del pensamiento de Nicol, sino que, igual que en el tratamiento que hace de los demás autores, lo relaciona con otras autoridades en el desarrollo del pensamiento filosófico; en este caso muestra las diferencias de Nicol frente a Dilthey y Heidegger, lo mismo que después hará , al referirse a Metafísica de la expresión respecto al método fenomenológico de Husserl. Aunque Izquierdo Ortega cree hallar algunas contradicciones entre ambas obras, le reconoce a Nicol un lugar relevante en el pensamiento filosófico español.
Consecuente con esta afirmación Izquierdo Ortega sigue la trayectoria de Nicol y así, el año siguiente, para los lectores de Índice, comenta Los principios de la ciencia. Izquierdo Ortega ve cómo Nicol ahonda en el campo de la metafísica preocupado por la incapacidad de ésta para "revelar la unidad fundamental de la ciencia y cuales son los condiciones universales y necesarias del conocimiento en general." De ahí que Nicol se plantee el problema de los principios y aporte líneas por las que puedan transitar los filósofos posteriores pues uno de los capítulos básicos lo dedica a demoler el principio de la causalidad por provenir de otro que es el principio de la racionalidad del ser.
Al analizar el principio de contradicción Izquierdo Ortega cree que Nicol hace unas reflexiones que muestran la "insuficiencia de las meditaciones metafísicas de Heidegger y Sartre en torno a este concepto." Frente al enfoque tradicional de los primeros principios como conceptos mentales Nicol sostiene que son hechos reales por lo cual son inmutables y salva la contradicción entre la individualidad del hecho y el carácter universal de los principios concibiendo los hechos reales asociados en "campos "de modo que según el filósofo "la realidad se nos presenta como un sistema orgánico de formas de ser (y de formas de cambiar que son también formas de ser)."
Izquierdo Ortega termina su comentario al libro de Nicol con un análisis de las condiciones que Nicol exige a los principios: "1) han de ser primarios y comunes; 2) han de ser objetivos o reales, no subjetivos ni teoréticos; 3) apodícticos, y por ello necesarios en el orden del ser y en el orden del conocer; y 4) fundamento de la existencia y no sólo de la ciencia." La temprana muerte de este filósofo puso fin a un pensamiento tan audaz como brillante.
Con estos párrafos y la bibliografía que adjunto, -anoto solamente la relacionada con pensadores que tuvieron que salir de España- creo haber puesto de manifiesto el quehacer de un intelectual que, ajeno a un entorno, si no abiertamente hostil sí desdeñoso para con su persona por no acomodarse al régimen triunfante, supo ser fiel consigo mismo y, en el silencio de un pueblo escondido entre montañas, supo mirar más
allá de lo que era usual en los intelectuales de aquellas calendas; ciertamente era una figura extraña porque, en vez de aplaudir a quienes en pleno éxito le podían favorecer, trató de presentar a quienes sufrían, transterrados, por haber soñado, igual que él, en plena juventud, una España distinta.
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