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En el ámbito socio-cultural es posible identificar series de fenómenos que no comparten una misma esencia, sino cuando más un cierto aire de familia en la terminología del último Wittgenstein. Para abordar tales series de fenómenos, la ejemplificación pudiera ser más eficaz que la definición, siempre y cuando se trate de una ejemplificación prototípica en el marco de la teoría de los prototipos formulada por Eleanor Rosch. Porque los poetas se han especializado en explotar los recursos literarios hasta sus últimas consecuencias, ellos serían los maestros de la ejemplificación prototípica. La obra de Borges abunda en ejemplos.
Hay quienes miden la "riqueza" de un país en términos de producto interior bruto, quienes conciben el dinero como la medida de todas las cosas. No obstante, no todos reducen su "realidad" al mercado. Hay quienes ven en el Estado lo real por excelencia. No es otra la concepción filosófica implícita o explícita en los totalitarismos de todos los colores. Para el político clientelista, inclusive, la realidad gravita alrededor del poder. No es difícil explicarlo. Porque el poder sería un fin y no un medio, para el político clientelista las personas existen en su condición de electores únicamente. Para el poeta, en cambio, lo real sería aquello que lo inspira, que lo conmueve, que lo transforma, inclusive, y probablemente hallará prosaicas las preocupaciones de políticos y comerciantes. Para el filósofo, lo real serían las preguntas alrededor de las cuales gravita su trabajo. Para el físico, en cambio, lo real no es otra cosa que los campos de energía, y por supuesto pasará de largo ante las ficciones del poeta y las especulaciones del filósofo. Para el teólogo la verdadera realidad es otra y remite al más allá. Para el aficionado al fútbol no hay nada más real que el partido del domingo y los comentarios de las páginas deportivas del lunes. Aunque no falten los puntos de encuentro significativos ¡ cómo negarlo ! no vivimos en el mismo mundo.
Hay quienes consideran como lo real la intersección de lo que los diferentes individuos asumen como tal, su factor común, y a lo sumo lo real se reduciría al ámbito físico-biótico, simplificado claro está. Otros, en cambio, consideran como lo real todo cuanto tiene sentido para alguien, y la palabra "realidad" no nos diría nada, en tanto no habría algo que no sea real. O consideramos al hombre como especie (y lo real sería a lo sumo lo natural) o al hombre como individuo (y todo sería real). No obstante, el dilema en cuestión es una falacia. En primer lugar, debemos desconfiar de la reducción de la condición humana a la especie humana. No podemos hablar de seres humanos de la misma manera que hablamos de perros, gatos o caballos. Si bien los seres humanos comparten una serie de atributos desde un punto de vista físico-biótico, como ocurre con los animales; desde un punto socio-cultural, en cambio, comparten únicamente un cierto aire de familia en la terminología de Wittgenstein, cuando si bien no hay un atributo común a todos, no hay, de otro lado, un individuo que no comparta con los demás algunos atributos. En segundo lugar, debemos tomar distancia de la concepción del individuo como "átomo" de la existencia humana, porque los individuos son construcciones históricas en las que las tradiciones, los contextos juegan un rol de primer orden. Antes de la globalización, las unidades culturales giran alrededor de las unidades geográficas. No en vano se habló durante siglos de cultura china, de cultura árabe, de cultura bizantina, cada una de las cuales se caracteriza por sus preferencias estéticas, prioridades sociales, sentido religioso. A partir de la globalización, cuando las hondas de radio, la tv, internet atraviesan las fronteras geográficas sin pasar por aduana alguna, los grupos humanos se configuran alrededor de profesiones, aficiones, adicciones, y de esa manera los léxicos de allí mismo derivados no dejan de ser una construcción colectiva.
Asumir la realidad no como un fenómeno físico-biótico, sino como un fenómeno socio-cultural, en el que el mundo apalabrado por dos individuos resulta afín en la medida en que han construido contextos compartidos, implica la dislocación del concepto sólido, macizo de realidad. Sin embargo, no hay opción. Reducir lo real a lo sensible sería tanto como definir la vida humana con los parámetros de la vida animal. Reducir lo real a determinadas estructuras económicas o políticas no sólo sería una decisión arbitraria, sería una forma de violencia, inclusive.
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