Arrebatar la sexualidad y las identidades sexuales del campo de lo natural, de lo dado. Arrebatarlas de los campos de conocimiento que así las habían definido otorgándose el privilegio del acceso a ellas: la biología, la psicología/psiquiatría, la medicina. Para llevar la sexualidad al terreno de lo social y, dado que lo social está atravesado por el poder, al terreno de lo político. Este ha sido el objetivo de gran parte de la teoría gay y lesbiana desde los años setenta, y este ha sido el objetivo que la teoría queer ha pretendido reactivar y reforzar. Desnaturalizar la identidad sexual implica la renuncia a la reivindicación de la normalidad (sin el suelo discursivo que la invocación a la naturaleza proporciona, el binomio normal/patológico pierde su fuerza), la renuncia al intento de escudarse en el espacio de lo fijo e inevitable. Implica sustituir la aspiración a la integración en el orden socio-sexual que acompaña a toda política de normalización. Para reivindicar otro lugar de enunciación, otro discurso.
No se trata aquí de motivos epistemológicos. Evidentemente la intención es declaradamente política. Se trata de crear conocimiento como parte de una estrategia de toma de poder. Porque lo que está en juego no es otra cosa que quién tiene autoridad para decir (quién se constituye en sujeto de enunciación, en sujeto de conocimiento), y quién es el objeto de ese discurso (y por lo tanto se somete al escrutinio y al control de aquel). Se trata de desautorizar a todos aquellos discursos mediante la toma de palabra, y de construir un discurso que, revelándose a sí mismo como intervención política, sitúe a la vez a todos aquellos discursos que se escudan en su neutralidad epistemológica en ese mismo nivel. Si la sexualidad es un dispositivo social e histórico, cualquier discurso que la toma como objeto no se refiere a ella como a una realidad exterior, sino que incide en su construcción. Por lo tanto, una vez se ha renunciado a este exterior como dato al que hay que acceder, la lucha discursiva de la construcción/definición del objeto se revela como tal (por lo tanto como enunciación performativa) y ya no como diferentes grados de acercamiento a la verdad. Al reconocer el carácter posicionado y contingente de los discursos naturalizadores de lo sexual, la teoría queer ha de reconocer su propio carácter contingente y posicionado. No es posible ya atrincherarse en la imparcialidad de la objetividad científica (entendida ésta como conocimiento que ha expulsado de sí la contaminación de la ideología, del poder). Pero a la vez, dado que el espacio del juego es el mismo, no estamos ante una situación de inconmensurabilidad entre posiciones. Todas ellas deben necesariamente de enfrentarse en ese espacio de la construcción de un objeto, con lo cual la referencia al momento de lo universal, entendida ahora como hegemonización de ese campo de conocimiento vuelve a aparecer.
Una vez que la identidad sexual ha dejado de ser considerada como dato de la naturaleza, la teoría queer debe enfrentarse a la cuestión de su constitución, de su forma, de su funcionamiento. El intento de huída del discurso naturalizador y la insistencia en el carácter socialmente construido de la identidad sexual y de género ha conducido en ocasiones a dos posturas opuestas igualmente esencialistas. Bien a una concepción casi-funcionalista de lo social donde las estructuras de dominación patriarcal y heterosexual producen identidades socio-sexuales perfectamente adaptadas, que a su vez contribuyen a reforzar el funcionamiento de la totalidad estructural. Bien a la reintroducción de una subjetividad fundante y autónoma bajo la forma de diversos tipos de voluntarismo político: un sujeto exterior al género capaz de decidir qué género actúa, o un sujeto capaz de eludir la interpelación social, la asignación de una identidad sexual1. Ambas posiciones recurren a una noción de poder y de sujeto que no toma en consideración la crítica foucaultiana (Foucault: 1976). En el primer caso nos encontramos ante una norma capaz de totalizar la red de relaciones de poder y dar así un sentido definitivo a todos sus elementos: una estructura de La voluntad de saber (Foucault, 1976) como el proceso de invención de la homosexualidad por parte del in toto escapa a su sexualidad. Está presente en todo su ser: subyacente en todas sus conductas puesto que constituye su principio insidioso e indefinidamente activo; inscrita sin pudor en su rostro y su cuerpo porque consiste en un secreto que siempre se traiciona. Le es consustancial, menos como un pecado en materia de costumbres que como una naturaleza singular […] La mecánica del poder que persigue a toda esa disparidad no pretende suprimirla sino dándole una realidad analítica, visible y permanente: la hunde en los cuerpos, la desliza bajo las conductas, la convierte en principio de clasificación y de inteligibilidad, la constituye en razón de ser y orden natural del desorden" (Foucault, 1976: 56-57)
poder/dominación sin resistencia2. En el segundo caso se postula una subjetividad anterior a las relaciones de poder desde la que articular una acción política plenamente autónoma carente de ambigüedad en sus efectos.
El interés de la teoría performativa de la identidad de Judith Butler reside, desde mi punto de vista, en que ha conseguido articular una propuesta teórica sobre la constitución de la identidad sin caer en el voluntarismo subjetivista, ni en el esencialismo sociologista.
La teoría de la interpelación ideológica de Althusser sirve a Butler de marco donde considerar la formación del sujeto sexuado/sexual. La interpelación es el mecanismo por el cual los aparatos de dominación actúan sobre los individuos para convertirlos en sujetos de su propia estructura de poder (lo que equivale en este caso a decir: sujetos a su estructura de poder). Por medio de este mecanismo, el individuo es llamado a situarse en el lugar que se le ha asignado y a asumir los contenidos asociados al mismo en lo que se refiere a prácticas y significados sociales. La interpelación de la ley produce al sujeto a la vez que genera la ilusión de que este sujeto ya estaba constituido antes de su operación, produce un sujeto que ya-desde siempre había estado allí. La operación ideológica de la interpelación y constitución subjetiva es pues un mecanismo doble. Acto de reconocimiento por el cual el sujeto es interpelado y se identifica con aquello a lo que es llamado a identificarse. Pero a la vez, acto de desconocimiento del propio mecanismo ideológico que lo constituye en tanto que sujeto: es el acto de reconocimiento el que hace del sujeto aquello con lo que se identifica y que considera como lo que ya-desde siempre había sido (Althusser, 1970). Es por lo tanto la propia operación ideológica de constitución de los sujetos la que genera la "ilusión" de un sujeto esencial anterior a lo social y constituyente del mismo. Uno se convierte en lo que es en la medida en que reconoce en ese ser lo que ya-desde siempre ha sido, situándolo de esta forma en un lugar anterior al acto de interpelación/socialización. Es en este sentido en el que Butler va a proponer una lectura del sexo como efecto del proceso de naturalización de la estructura social del género y la matriz heterosexual. El sujeto es llamado a identificarse con una determinada identidad sexual y de género sobre la base de una ilusión de que esa identidad responde a una interioridad que estuvo allí antes del acto de interpelación. Lo cual es precisamente uno de los aspectos fundamentales de la concepción performativa del género. No hay una esencia detrás de las performances o actuaciones del género del que estas sean expresiones o externalizaciones. Al contrario, son las propias actuaciones (performances) en su repetición compulsiva las que producen el efecto-ilusión de una esencia natural. Del mismo modo, este mecanismo discursivo es el que Foucault analiza en
discurso médico y psiquiátrico del siglo XIX. La producción del sujeto homosexual implica la inscripción de una naturaleza singular en el interior del cuerpo del sujeto.
"El homosexual del siglo XIX ha llegado a ser un personaje: un pasado, una historia y una infancia, un carácter, una forma de vida; así mismo una morfología, con una anatomía indiscreta y quizás misteriosa fisiología. Nada de lo que él es
La posterior interrogación y descubrimiento de esa esencia-secreto, técnica por excelencia en la que se apoya el poder de los discursos normativos de la sexualidad, es por lo tanto estrictamente performativa. Lo que se pretende como descripción y análisis de un dato que pre-existe en el cuerpo y la psique del homosexual es el propio acto discursivo de producción de ese dato, el cual por su parte va a ser el fundamento de su legitimación como descripción y acto de descubrimiento.