Desde el comienzo de la utilización masiva de dos inventos chinos -la imprenta y la pólvora- (1) llevadas a su máximo desarrollo en Occidente, ninguna nación imperialista ha podido conservar ventajas técnicas el tiempo suficiente como para asegurarse una conquista.
Los alemanes, con Hitler a la cabeza, estuvieron a punto de lograrlo por última vez. Pero ni siquiera con su fulminante blitzkrieg, lograron evitar que sus enemigos aprendieran sus métodos y encontraran otra solución militar, en un tiempo suficientemente breve como para derrotarlos.
Mas la invención de bombas nucleares, volando hacia sus objetivos en cohetes teledirigidos, ha cambiado sustancialmente las condiciones de la guerra. Este potencial terrible permite destruir a distancia y sistemáticamente la resistencia militar de un país, incluyendo a su población. Por cruel que parezca, esto puede resultar una ventaja adicional para el conquistador (los imperios pocas veces se detuvieron por consideraciones morales en su historia). Una victoria veloz, un territorio con poca gente habitándolo: tales fueron los objetivos ideales de toda conquista militar imperialista, siempre.
El ataque nuclear liberaría, pues, a los conquistadores del engorroso problema de dar ubicación u ocuparse del status social de los derrotados. Sólo habría que desembarazarse de sus cadáveres.
Ahora bien, podríamos preguntarnos si es apetecible, para un país agresor, la ocupación de un país impregnado radioactividad. Los estrategas ya contestaron esta inquisición, luego de un análisis concienzudo de la realidad. Y su respuesta es "sí".
Una vez que el país elegido como víctima fuera convertido en un cementerio radioactivo, es posible aprovechar la mayor parte de su territorio en un lapso de sólo veinte años. Este periodo resulta pequeño, si consideramos los periodos de tiempo normales en que suele desarrollarse cualquier proceso histórico. Comprobaciones empíricas han demostrado que veinte años después de haber sido bombardeada masivamente con armas nucleares, la tierra recupera su fauna y su flora prácticamente con la misma vitalidad previa a su destrucción. Los estrategas han señalado incluso que, si los atacantes apuntaran exclusivamente a las ciudades, para eliminar a la población, los campos de cultivo podrían ser utilizados casi inmediatamente después de terminado el exterminio de ciudadanos enemigos.
Ahora bien, si el objetivo es el dominio de fuentes de energía, como el petróleo, el carbón o el gas, una buena parte del país conquistado podría utilizarse de inmediato. La riqueza subterránea permanecería intacta, luego de cualquier ataque nuclear, por intenso que este fuese. Y difícilmente alguien se interesaría por enfrentarse con un país que exhibiese tamaña capacidad de destrucción.
Razón por la cual una blitzkrieg nuclear ha venido a significar hoy el camino más conveniente para las potencias con capacidad para efectuarla. Máxime teniendo en cuenta que el problema principal que aflige a dichas potencias, hoy, es el agotamiento a muy corto plazo de sus reservas energéticas estratégicas. Y el peligro que representa para ellas la multiplicación de la demanda de energía en los incipientes sistemas tecnificados de las ciudades tercermundistas.
(1) ...en 751... a orillas del río Chu... salieron vencedores los árabes[...] Entre los prisioneros chinos [...] había algunos que conocían el secreto de la fabricación del papel (técnica descubierta en China al menos seiscientos cincuenta años antes). [...]...la manufactura del papel se extendió a Samarkanda y a Bagdad, desde allí pasó a Damasco, El Cairo y Marruecos y posteriormente entraría en Europa a través de Italia y España. (Historia Universal. Tomo 2.
"El mundo medieval". John A. Garraty y Peter Gay, de la Universidad de Columbia, EE.UU. Bruguera, España, 1981.
[...]...en 919, los chinos descubrieron la pólvora. (Isaac Asimov. Cronología del mundo. Ariel Ciencia. Colombia, 1991.