La población de Roma, hacia el siglo III, dependía completamente de los alimentos que se producían fuera de sus muros. También todas las grandes ciudades del Imperio, pobladas por multitudes, entre las cuales prevalecían los pobres. Esto era particularmente inquietante, debido a que para evitar insurrecciones, el gobierno acostumbraba repartir alimentos gratuitos a las masas famélicas. El imperio sería destruido cuando los bárbaros que lo atacaban consolidaran una técnica guerrera superior a la ejercida por los romanos. Y con ello adquiriesen poder suficiente, como para interrumpir las vías por donde se trasladaban los alimentos de primera necesidad.
Esto comenzaría a ocurrir con la derrota de Valente, el último emperador que se atrevió a salir con sus ejércitos en busca de los bárbaros, con la intención de ahuyentarlos. Las legiones romanas, uno de los ejércitos más poderosos de la historia antigua, fueron ampliamente derrotadas en Adrianópolis (año 378).
Los germanos habían desarrollado un tipo particular de caballería. Esta combinaba los recursos partos del arco y la flecha con la tradición persa de la caballería blindada. Jinetes acorazados, que podían alinearse para una carga masiva, fueron los nuevos argumentos bélicos de los industriosos godos. Los romanos intentaron imitar estas fuerzas, pero debieron valerse para ello de mercenarios germanos. Esto terminaría por volverse en su contra.
Cada vez más numerosos ejércitos de bárbaros libres comenzaron a lanzarse contra el imperio, propinándole derrotas frecuentes.
Treinta y dos años después de la batalla de Adrianópolis, los godos ocuparían por primera vez la mismísima Roma. Luego de una semana de sitio, la gran ciudad desmoronó su resistencia. La clave de esta derrota -extremadamente rápida- residió en la interrupción de sus vías de comunicaciones, lo cual impidió el ingreso de alimentos esenciales. Los godos habían bloqueado el río Tiber, deteniendo el paso de las embarcaciones que traían el grano del África.
Acosadas desde fuera por grandes multitudes de bárbaros que contaban con una técnica superior, sometidas a la insatisfacción constante del proletariado interno, las clases dominantes no tardarían en abandonar su territorio, para establecerse en Oriente. Esta sería también una reafirmación de su identidad cultural. Ya que -a diferencia de lo que suele enseñarse ahora- los romanos jamás se sintieron parte del Occidente Europeo, sino continuadores de la civilización oriental.
Por aquellos tiempos la civilización era considerada un patrimonio de las culturas provenientes de Egipto, Babilonia y Persia. La amorfa cultura de las bárbaras tribus europeas, jamás fue siquiera lejanamente considerada como pariente cercana por los aristocráticos romanos. En esto no hacían más que seguir la tradición griega. Como se sabe, cuando Alejandro Magno conquistó Persia, cambió sus vestidos por el estilo persa, y obligó a sus funcionarios no sólo a adoptar las vestiduras, sino también los hábitos culturales y sociales de los persas, pues se los consideraba propios de una cultura superior. Tampoco es real que los romanos y griegos fueran rubicundos, de ojos celestes, como nos los muestran hoy las películas norteamericanas. Eso es fruto del narcisismo germánico y anglosajón. Lo más probable es que tanto romanos como griegos fueran normalmente morenos, más bien bajos de estatura, del tipo que hoy son más o menos los italianos del sur.