El imperio norteamericano llevaría un ritmo creciente a lo largo de todo el siglo XIX y la primera mitad del XX. Tiempos de prosperidad y optimismo, parecía que todo lo que se propusieran les resultaría posible. Participando con astucia en las dos guerras mundiales, a las que ingresaron cuando el enemigo ya estaba desgastado, lograron convertirse en los garantes de Europa y los árbitros del mundo.
Desde entonces ubicaron a la cola de sus proyectos a sus aliados europeos y todavía más a las naciones vencidas, Alemania y Japón.
Estados Unidos se convirtió entonces en el país más rico y avanzado del mundo, el lugar donde cualquier persona con un poco de ambición y voluntad podía llegar a ser feliz, según su extendida propaganda subliminal.
Pero no todos los recursos necesarios para seguir ampliando el confort norteamericano podían alcanzarse con técnica o astucia. Pronto el crecimiento demográfico provocaría en los estadounidenses esta sensación de apiñamiento que se les ha hecho familiar hoy. A finales de la Segunda Guerra Mundial se comenzaban a sentir tales síntomas, que fueron enfrentados con una inteligente política por parte de las clases dominantes. Se le llamó "New Deal". Un flujo de capitales sin precedentes se volcaría entonces para mejorar la performance tecnológica de todas las empresas estadounidenses, lo cual produjo una disponibilidad de recursos extraordinaria, renovando las esperanzas de prosperidad ilimitada. Hacia 1970 se habían agotado los recursos para este intento: su talón de Aquiles no tardó en aparecer. Se llamaba -se llama- "recursos energéticos". O, más específicamente, "petróleo".
El bienestar de Occidente se construyó sobre el requisito de la energía barata. Todas las civilizaciones anteriores usaron energía cara, por lo general mano de obra humana complementada con algo de trabajo animal. La energía es poder para efectuar el trabajo.
Resulta imprescindible para la construcción de un nicho humano amplio y civilizado.
La incapacidad para descubrir fuentes de energía alternativa condujeron al estancamiento del Imperio Romano. Dependían de esclavos para fabricar y trasladar cosas, así como para prestar servicios imprescindibles en una sociedad altamente civilizada. Esto exigía que un altísimo porcentaje de la población estuviera condenada a ser siempre pobre. Este elevado costo de la energía provocaba, además, un índice de productividad industrial extremadamente bajo. Hasta el punto de resultar insuficiente, al convertirse las ciudades en verdaderos hormigueros humanos, con crecientes demandas de suministros variados. Los negocios romanos difícilmente podían permitir la acumulación suficiente para generar un gran capitalismo. Tales ingresos, proporcionalmente modestos, significaban coeficientes impositivos restringidos. Lo cual traía como consecuencia gobiernos con bajos presupuestos, estancamiento en la tecnología militar y desmoronamiento progresivo de la inmensa estructura, montada durante las conquistas. Una civilización pobre en energía, es incapaz de solventar los costos de una burocracia grande y compleja, abasteciendo, además, a una población creciente.
Tarde o temprano tiene que entrar en crisis, y para intentar una salida puede empezar a dar golpes desesperados.
Los bárbaros que derribaron a Roma contaban, a poco de iniciar su proceso civilizatorio, con una base tecnológica considerable. Una vez establecida la Revolución Industrial, esta civilización descubrió que las Américas podían absorber los habitantes que sobraban. La multiplicación sin límites de la población europea, a la vez que despojaba de sus espacios vitales a otras sociedades menos tecnificadas, constituiría pronto la base sobre la que se consolidaría el exitoso modelo occidental de desarrollo. Habiendo descubierto cómo utilizar el carbón fósil y el petróleo, para hacer el trabajo que en civilizaciones anteriores hacían los esclavos, multiplicando su efectividad en millones, sentaron las bases para la acumulación de riquezas nunca conocidas. Fue este botín de energía fósil lo que permitió a Occidente llegar casi a la eliminación de la pobreza en sus territorios, pese a una población en constante crecimiento. Una gran parte de sus ciudadanos se volvieron ricos, acostumbrándose a vivir en un nicho muy amplio y confortable, provisto por las nuevas tecnologías. Si uno compara el nivel de confort disponible para un obrero francés del siglo XX, con el de un señor feudal de diez siglo atrás, puede calibrar la magnitud del progreso económico obtenido. Pero todo esto -desde el teléfono hasta la calefacción, pasando por los alimentos- ha sido posible gracias a la disponibilidad de un gran caudal de energía barata.
El ascenso de los bárbaros occidentales dependió esencialmente de su capacidad para producir alimentos económicos. En tiempos del feudalismo, el bajo costo dependía de nuevas técnicas agrícolas, relacionadas con especies vegetales nuevas y rotación de los cultivos. Esto era suficiente para poblaciones moderadas, pero no hubiese alcanzado jamás para las inmensas concentraciones urbanas que se fueron desarrollando. Luego se obtendría el gran excedente alimentario proveniente de las colonias americanas, lo cual contribuyó de un modo importante a la concentración de los habitantes europeos en las ciudades, su creciente especialización técnica y una elevación en su nivel de vida.
El gran hallazgo, que originaría la posibilidad de producir alimentos en gran escala, sería la aplicación de la energía barata a la explotación agropecuaria. Tractores, cosechadoras, sembradoras, y sobre todo los fertilizantes químicos, redujeron los costos de la producción alimentaria, incrementando simultáneamente la provisión total. El bajo costo de los alimentos, pues, pasó a depender por completo del caudal de energía barata que se pondría al servicio de Occidente. El desarrollo trajo una nueva agricultura, sobre un sostén químico, dependiente absolutamente de la energía barata, obtenida principalmente del petróleo.
¿Hasta qué punto dependen los países industrializados del petróleo y sus derivados? Esta pregunta puede responderse señalando todo lo que se fabrica en base a los hidrocarburos: aceite para calefacción, grasas, ceras, asfaltos; además, aeronaves, automóviles, embarcaciones, pegamentos, resinas plásticas, pintura, ropa de poliéster, zapatillas deportivas, juguetes, tintes, aspirinas, desodorantes, maquillajes, discos, computadoras, televisores, teléfonos. Cada día, millones de personas usan gran parte de los más de cuatro mil artículos o productos derivados del petróleo que han puesto su signo en la vida contemporánea.
La ingeniería ecológica que permitió elaborar las variedades alimentarias contemporáneas puede sostenerse, únicamente, si no se interrumpe el gran flujo de energía barata utilizada hasta hoy.
Esto es, como se sabe, absolutamente imposible. El botín de combustible fósil sobre el que se construyó la prosperidad de los países industriales está llegando ya a su final. Cerca de la mitad del petróleo fue consumido ya por Occidente. Los mejores yacimientos carboníferos están agotados. Mientras tanto, poblaciones muy numerosas se han acostumbrado a la corriente eléctrica, los automóviles, los alimentos híbridos, el confort tecnológico, en fin, todos elementos para cuya producción o sostenimiento se requieren índices elevadísimos de combustibles fósiles. Pero a la exorbitante absorción de energía de Occidente se suman con velocidad creciente los requerimientos de inmensas masas poblacionales del Tercer Mundo, como las de China, América Latina o La India, arribando un poco tarde pero no por ello con menos apetencias al nicho occidental.
De tal modo, el mundo se está quedando ya sin disponibilidad de energía barata, tendencia que no hará otra cosa que acentuarse más y más. Los precios del petróleo alcanzarán en un corto plazo niveles que resultarán inalcanzables. Salvo que se domine los últimos yacimientos y se los administre despóticamente, para favorecer solamente a las naciones dominadoras.
Junto a esta elevación en los costos energéticos viene el encarecimiento, también, de los alimentos y el costo de la vida en las franjas civilizadas. Aún las especies vegetales híbridas serán cada vez más caras, impidiendo incluso que puedan disponer de ellas los países pobres. Y al mismo ritmo en que se vayan abandonando los cultivos de estas especies se producirá un alza creciente de los precios en el mercado, multiplicando la pobreza en el mundo entero.
Ante este panorama, la humanidad tiene al parecer únicamente dos caminos posibles. Uno es reducir y redistribuir sus potenciales energéticos, llevándolos a niveles admisibles, mientras emprende con decisión la sustitución de recursos. O cae bajo el control de los países más ricos y mejor armados, que establecerán áreas de prosperidad temporaria, junto a suburbios cada vez más pauperizados y carentes de toda tecnología.