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Biografía de José Martí - Versos Sencillos (2ª parte)

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Monografía creado por BibliotecasVirtuales.com. Extraido de: http://www.bibliotecasvirtuales.com/biblioteca/LiteraturaCubana/marti/index.asp
26 de Septiembre de 2005
EscrituraEstilos literariosHistoria de la literaturaCuentosPoesía

5 - Versos Sencillos (2ª parte)

XXI   Ayer la vi en el salón De los pintores, y ayer Detrás de aquella mujer Se me saltó el corazón.   Sentada en el suelo rudo Está en el lienzo; dormido Al pie, el esposo rendido; Al seno el niño desnudo.   Sobre unas briznas de paja Se ven mendrugos mondados; Le cuelga el manto a los lados, Lo mismo que una mortaja.   No nace en el torvo suelo Ni una viola, ni una espiga: Muy lejos, la casa amiga, Muy triste y oscuro el cielo.   ¡Esa es la hermosa mujer Que me robó el corazón En el soberbio salón De los pintores de ayer!     XXII   Estoy en el baile extraño De polaina y casaquín Que dan, del año hacia el fin, Los cazadores del año.   Una duquesa violeta Va con un frac colorado; Marca un vizconde pintado El tiempo en la pandereta.   Y pasan las chupas rojas Pasan los tules de fuego, Como delante de un ciego Pasan volando las hojas.     XXIII   Yo quiero salir del mundo Por la puerta natural: En un carro de hojas verdes A morir me han de llevar.   No me pongan en lo oscuro A morir como un traidor; Yo soy bueno, y como bueno Moriré de cara al Sol!     XXIV   Sé de un pintor atrevido Que sale a pintar contento Sobre la tela del viento Y la espuma del olvido.   Yo sé de un pintor gigante, El de divinos colores, Puesto a pintarle las flores A una corbeta mercante.   Yo sé de un pobre pintor Que mira el agua al pintar,- El agua ronca del mar,- Con un entrañable amor.     XXV   ¡Yo pienso cuando me alegro Como un escolar sencillo, En el canario amarillo, Que tiene el ojo tan negro!   ¡Yo quiero, cuando me muera Sin patria, pero sin amo, Tener en mi losa un ramo De flores, y una bandera!     XXVI   Yo que vivo, aunque me he muerto, Soy un gran descubridor, Porque anoche he descubierto La medicina de amor.   Cuando al peso de la cruz El hombre morir resuelve, Sale a hacer bien, lo hace, y vuelve Como de un baño de luz.     XXVII   El enemigo brutal Nos pone fuego a la casa; El sable la calle arrasa, A la luna tropical.   Pocos salieron ilesos Del sable del español; La calle, al salir el sol, Era un reguero de sesos.   Pasa, entre balas, un coche: Entran, llorando, a una muerta; Llama una mano a la puerta En lo negro de la noche.   No hay bala que no taladre El portón; y la mujer Que llama, me ha dado el ser; Me viene a buscar mi madre.   A la boca de la muerte, Los valientes habaneros Se quitaron los sombreros Ante la matrona fuerte.   Y después que nos besamos Como dos locos, me dijo: "Vamos pronto, vamos, hijo; La luna está sola: vamos."     XXVIII   Por la tumba del cortijo Donde está el padre enterrado, Pasa el hijo, de soldado Del invasor; pasa el hijo.   El padre, un bravo en la guerra, Envuelto en su pabellón Alzase; y de un bofetón lo tiende, muerto, por tierra.   El rayo reluce; zumba El viento por el cortijo; El padre recoge al hijo, Y se lo lleva a la tumba.     XXIX   La imagen del rey, por ley Lleva el papel del Estado; El niño fue fusilado Por los fusiles del rey.   Festejar el santo es ley Del rey; en la fiesta santa ¡La hermana del niño canta Ante la imagen del rey!     XXX   El rayo surca, sangriento, El lóbrego nubarrón: Echa el barco, ciento a ciento, Los negros por el portón.   El viento, fiero, quebraba Los almácigos copudos; Andaba la hilera, andaba, De los esclavos desnudos.   El temporal sacudía Los barracones henchidos; Una madre con su cría Pasaba dando alaridos.   Rojo, como en el desierto, salió el sol al horizonte; Y alumbró a un esclavo muerto, Colgado a un seibo del monte.   Un niño lo vio: tembló De pasión por los que gimen; Y, al pie del muerto, juró Lavar con su sangre el crimen!     XXXI   Para modelo de un dios El pintor lo envió a pedir: ¡Para eso no! ¡para ir, Patria, a servirse los dos!   Bien estará en la pintura El hijo que amo y bendigo: ¡Mejor en la ceja oscura, Cara a cara al enemigo!   Es rubio, es fuerte, es garzón De nobleza natural: ¡Hijo, por la luz natal! ¡Hijo, por el pabellón!   Vamos, pues, hijo viril; Vamos los dos; si yo muero, Me besas: si tú... ¡prefiero Verte muerto a verte vil!     XXXII   En el negro callejón Donde en tinieblas paseo, Alzo los ojos, y veo La iglesia, erguida, a un rincón.   ¿Será misterio? ¿Será Revelación y poder? ¿Será, rodilla, el deber De postrarse? ¿Qué será?   Tiembla la noche: en la parra Muerde el gusano el retoño; Grazna, llamando al otoño La hueca y hosca cigarra.   Graznan dos: atento al dúo Alzo los ojos y veo Que la iglesia del paseo Tiene la forma de un búho.     XXXIII   De mi desdicha espantosa Siento, ¡oh estrellas!, que muero; Yo quiero vivir, yo quiero Ver a una mujer hermosa.   El cabello, como un casco, Le corona el rostro bello: Brilla su negro cabello Como un sable de Damasco.   ¿Aquélla? ...Pues pon la hiel Del mundo entero en un haz, Y tállala en cuerpo, y haz, Un alma entera de hiel!   ¿Esta?... Pues ésta infeliz Lleva escarpines rosados, Y los labios colorados, Y la cara de barniz.   El alma lúgubre grita: "¡Mujer, maldita mujer!" ¡No sé yo quién pueda ser Entre las dos la maldita!     XXXIV   ¡Penas! ¿Quién osa decir Que tengo yo penas? Luego, Después del rayo, y del fuego, Tendré tiempo de sufrir.   Yo sé de un pesar profundo Entre las penas sin nombres: ¡La esclavitud de los hombres Es la gran pena del mundo!   Hay montes, y hay que subir Los montes altos; ¡después Veremos, alma, quién es Quien te me ha puesto al morir!     XXXV   ¿Qué importa que tu puñal Se me clave en el riñón? ¡Tengo mis versos, que son Más fuerte que tu puñal!   ¿Qué importa que este dolor Seque el mar y nuble el cielo? El verso, dulce consuelo, Nace al lado del dolor.     XXXVI   Ya sé: de carne se puede Hacer una flor; se puede, Con el poder del cariño, Hacer un cielo, ¡y un niño!   De carne se hace también El alacrán; y también El gusano de la rosa, Y la lechuza espantosa.     XXXVII   Aquí está el pecho, mujer, Que ya sé que lo herirás; ¡Más grande debiera ser, Para que lo hirieses más!   Porque noto, alma torcida, Que en mi pecho milagroso, Mientras más honda la herida, Es mi canto más hermoso.     XXXVIII   ¿Del tirano? Del tirano Di todo, ¡di más!; y clava Con furia de mano esclava Sobre su oprobio al tirano.   ¿Del error? Pues del error Di el antro, di las veredas Oscuras: di cuanto puedas Del tirano y del error.   ¿De mujer? Pues puede ser Que mueras de su mordida; ¡Pero no empañes tu vida Diciendo mal de mujer!     XXXIX   Cultivo una rosa blanca En julio como en enero, Para el amigo sincero Que me da su mano franca.   Y para el cruel que me arranca El corazón con que vivo, Cardo ni oruga cultivo; Cultivo la rosa blanca.     XL   Pinta mi amigo el pintor Sus angelones dorados, En nubes arrodillados, Con soles alrededor.   Pínteme con sus pinceles Los angelitos medrosos Que me trajeron, piadosos, Sus dos ramos de claveles.     XLI   Cuando me vino el honor De la tierra generosa, No pensé en Blanca ni en Rosa Ni en lo grande del favor.   Pensé en el pobre artillero Que está en la tumba, callado; Pensé en mi padre, el soldado; Pensé en mi padre, el obrero.   Cuando llegó la pomposa Carta, en su noble cubierta, Pensé en la tumba desierta No pensé en Blanca ni en Rosa.     XLII   En el extraño bazar Del amor, junto a la mar, La perla triste y sin par Le tocó por suerte a Agar.   Agar de tanto tenerla Al pecho, de tanto verla Agar, llegó a aborrecerla; Majó, tiró al mar la perla.   Y cuando Agar, venenosa De inútil furia, y llorosa, Pidió al mar la perla hermosa, Dijo la mar borrascosa:   "¿Qué hiciste, torpe, qué hiciste De la perla que tuviste? La majaste, me la diste; Yo guardo la perla triste."     XLIII   Mucho, señora, daría Por tender sobre tu espalda Tu cabellera bravía, Tu cabellera de gualda:   Despacio la tendería, Callado la besaría.   Por sobre la oreja fina Baja lustroso el cabello, Lo mismo que una cortina Que se levanta hacia el cuello.   La oreja es obra divina De porcelana de China.   Mucho, señora te diera Por desenredar el nudo De tu roja cabellera Sobre tu cuello desnudo:   Muy despacio la esparciera Hilo por hilo la abriera.     XLIV   Tiene el leopardo un abrigo En su monte seco y pardo: Yo tengo más que el leopardo Porque tengo un buen amigo.   Duerme, como en un juguete, La mushma en su cojinete De arte del Japón yo digo: "No hay cojín como un amigo".   Tiene el conde su abolengo; Tiene la aurora el mendigo; Tiene ala el ave: ¡yo tengo Allá en México un amigo!   Tiene el señor presidente Un jardín con una fuente, Y un tesoro en oro y trigo: Tengo más, tengo un amigo.     XLV   Sueño con claustros de mármol Donde en silencio divino Los héroes, de pie, reposan: ¡De noche, a la luz del alma, Hablo con ellos; de noche! Están en fila: paseo Entre las filas: las manos De piedra les beso: abren Los ojos de piedra: mueven Los labios de piedra: tiemblan Las barbas de piedra: empuñan La espada de piedra: lloran ¡Vibra la espada en la vaina! Mudo, les beso la mano.   ¡Hablo con ellos, de noche! Están en fila: paseo Entre las filas: lloroso Me abrazo a un mármol: "¡Oh, mármol Dicen que beben tus hijos Su propia sangre en las copas Venenosas de sus dueños! ¡Que hablan la lengua podrida De sus rufianes! Que comen Juntos el pan del oprobio, En la mesa ensangrentada! Que pierden en lengua inútil El último fuego! ¡Dicen, Oh mármol, mármol dormido, Que ya se ha muerto tu raza!"   Échame en tierra de un bote El héroe que abrazo: me ase Del cuello: barre la tierra Con mi cabeza: levanta El brazo, ¡el brazo le luce lo mismo que un sol!: resuena La piedra: buscan el cinto Las manos blancas: del soplo Saltan los hombres de mármol!     XLVI   Vierte, corazón, tu pena Donde no te llegue a ver, Por soberbia, y por no ser Motivo de pena ajena.   Yo te quiero, verso amigo, Porque cuando siento el pecho Ya muy cargado y deshecho, Parto la carga contigo.   Tú me sufres, tú aposentas En tu regazo amoroso, Todo mi amor doloroso, Todas mis ansias y afrentas.   Tú, porque yo pueda en calma Amar y hacer bien, consientes En enturbiar tus corrientes Con cuanto me agobia el alma.   Tú, porque yo cruce fiero La tierra, y sin odio, y puro, Te arrastras, pálido y duro, Mi amoroso compañero.   Mi vida así se encamina Al cielo limpia y serena, Y tu me cargas mi pena Con tu paciencia divina.   Y porque mi cruel costumbre De echarme en ti te desvía De tu dichosa armonía Y natural mansedumbre;   Porque mis penas arrojo Sobre tu seno, y lo azotan, Y tu corriente alborotan, Y acá, lívido, allá rojo,   Blanco allá como la muerte, Ora arremetes y ruges, Ora con el peso crujes De un dolor más que tú fuerte,   ¿Habré, como me aconseja Un corazón mal nacido, De dejar en el olvido A aquel que nunca me deja?   ¡Verso, nos hablan de un Dios A donde van los difuntos: Verso, o nos condenan juntos, O nos salvamos los dos!
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