Biografía de Pedro de Alarcón - Historia de mis libros

4 - Historia de mis libros

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Monografía creado por BibliotecasVirtuales.com. Extraido de: http://www.bibliotecasvirtuales.com/biblioteca/LiteraturaEspanola/pedrodealarcon/index.asp
27 de Septiembre de 2005
- I -

Explicación

Ni soy yo el primer escritor que a la vejez ha caído en la cuenta de que le convenía redactar por el mismo el Prólogo general de sus Obras, ni deja de ser necesario que todos los autores realicen, como despedida, algo semejante.

Porque, una de dos: o no tienen en nada sus libros, en cuyo caso deben quemarlos y prohibir a sus herederos que los reimpriman, o los consideran dignos del público, ya sea por debilidad de padre, ya por deferencia a los lectores que pagan: y, en este segundo caso, que es el mío, deben defender aquello que venden; deben deshacer errores y embustes acerca de su origen y significado; deben contestar a criticas basadas en materiales equivocaciones o falsos razonamientos; deben, en fin, poner las cosas en su punto y lugar, para que, llegada la hora de la muerte, no salga cualquier amigo o enemigo desfigurando las intenciones del inerme difunto, con risa o rabia de los pocos o muchos parciales discretos que le queden y, por de contado, con aflicción y pena de los propios hijos -que Dios bendiga, en cuanto a los míos toca.

Aquí tenéis, en cuatro palabras, la explicación del epítome o testamento literario que vais a leer; testamento que pienso escribir con la religiosa sinceridad correspondiente a toda confesión, sin dar oídos para nada al agravio, a la vanidad, ni a la conveniencia. De todo lo cual se deduce que sigo en el voluntario propósito, declarado tres años ha en la dedicatoria de LA PRODIGA, de no componer ningún nuevo libro (fuera de la terminación de mis Viajes por España), y que no me ya del todo mal en esta que llamaré barrera del circo literario, viendo ponerse en paz el sol de mi trabajada vida, mientras que allá abajo, sobre la ingrata arena, prosiguen luchando serviles autores y temerarios críticos de la moderna estofa, quienes no se afanan ya por enaltecer sobre el pedestal del Arte los más puros afectos del alma, sino por complacer a la turbamulta, regalándole cromos y fotografías de las peores ruindades del humano cuerpo.

Podrá ser, con todo, antiguos lectores míos, amantes de lo ideal y de lo decoroso, que el presente inventario resulte, a1 cabo de mis días, tarea incompleta, por lo temprana (suponiendo, y no es mucho suponer, que, antes de morirme, vuelva a la liza en uso de mi derecho, y componga y publique algunas novelas, de las muchas que aun me bullen en el magín); pero conste desde ahora que, si tal ocurre, las nuevas obras llevarán al frente una especie de codicilo, que mis editores póstumos tendrán la dignación de agregar a este mi testamento, con el fin de librarlas también, por todos los siglos de los siglos, de torcidas interpretaciones, y dejar asentado de un modo indudable que jamás contribuí, directa ni indirectamente, a la ruina del idealismo en España, ya que no bastasen mis escritos, por falta de mérito exterior, a libertar a nuestro siempre descuidado país de los estragos de la impiedad y del mal gusto.

Y hechas estas advertencias, que, hablando ahora más juiciosamente, considero inútiles y petulantes, por cuanto la concienzuda posteridad y mi obscuro nombre no llegarán nunca a darse los buenos días, paso a redactar la anunciada pobrísima Historia de mis libros, aunque no sea más que para entretenimiento privado de mis herederos y sucesores.

- II -


Poesías

En la ciudad de Guadix, que tiene Catedral, Alcazaba árabe, río, huertas, vega, olivares, viñas, sierras, Batallón provincial (hoy de depósito), Juez de ascenso, dos lápidas romanas y un alto relieve fenicio, escribí desde la edad de diez años a la de diez y nueve mis primeros versos, artículos y novelas.....

¿Quién me enseñó? -Nadie. -Yo no soy discípulo de ningún D. Alberto Lista, grande ni pequeño. -Sírvame esto de disculpa, o sirva más bien de disculpa a mis obras, dado que no comencé a literatear por selección ni por capricho, sino cediendo a una fuerza interior, tan espontánea y avasalladora como las de la vida, orgánica, y dado también que me fue desde luego forzoso tomar la cosa por oficio y entregar a la imprenta mis pobres borrones, so pena de quedar enterrado en Guadix y cantar misa, cuando mi vocación era el matrimonio, o verme obligado a desmentir en algún taller o mercería mi calidad de nieto de un hidalgo que vivió y murió «libre y exento de pagar ni contribuir en los pechos, derechos é servicios Reales ni Concejales, como los otros buenos homes pecheros», según que reza la Ejecutoria del padre de mi padre, al tenor de otras de sus ascendientes, escritas en letra gótica.

Dicho sea en verdad, casi ninguna de las composiciones poéticas de aquellos albores de mi vida va en esta colección, ni fue tampoco en la primera, que publiqué el año de 1870 bajo el título de Poesías serias y humorísticas..... Comienzo sin embargo, por aquí esta reseña bibliográfica, en atención a que mi primer tartamudeo literario consistió en componer versos, por virtud de no sé qué fatalidad innata, como la que dibuja las facciones de cada rostro..... -No quiere esto significar que aquellos frutos silvestres dejaran de ser bordes y detestables..... Pero bueno es haceros saber que de los nueve a los catorce años de edad, no sólo canté, como todo el mundo, el natalicio y los días de mis padres y hermanos, sino también las excelencias de cierta mina que nos costó al cabo mucho dinero, la toma de posesión de un Obispo, el antiguo poderío de los Moros, las ceremonias religiosas de la Catedral, los milagros del varón apostólico San Torcuato y los grandes espectáculos de la naturaleza, mañana, tarde, noche, luna, eclipses, etc., etc.; todo lo cual (refiérome a las canciones) fue pasto de las llamas al poco tiempo.

Llegado a la crisis fisiológica en que la ley permite al hombre hacer testamento y casarse; esto es, llegado a la pícara pubertad, cambié de musa a la par que de voz y de nariz; y la mujer, el amor, la idolatría física o las ilusiones poéticas referentes a tal o cual hija de Eva que sólo se diferenciaba de mí en algunos pormenores de forma y ropaje, fueron exclusivo objeto de mis cantos. -«A sus ojos.....» «A su boca.....» «A su pie.....» «A su pañuelo.....» «A su abanico.....», y también «A sus juramentos.....» «A su veleidad.....» «A su perjurio.....» «A su olvido.....» «A su muerte.....», se titulaban todas aquellas composiciones, escritas en una torre de mi casa, antes o después de ir cotidianamente al Seminario a cursar la Sagrada Teología.....; y de todas ellas tampoco resta nada, supuesto que perecieron también en la hoguera.

Espronceda y Zorrilla me habían servido de modelos hasta entonces. Los cómicos de la legua, que solían hambrear en Guadix por tiempos de feria, me recitaban de memoria los cantos de aquellos dos famosísimos vates. Y así compuse, y quemé también, de los catorce a los diez y seis años, cuatro dramas en octosílabos y endecasílabos, que por cierto me valieron, en el Liceo o teatro de aficionados de aquella ciudad, triunfos y coronas sin número, sólo envidiables (pronto lo discerní) por lo mucho que me gustaba la graciosa joven que representaba el papel de protagonista y a quien regalaba yo todos mis laureles. -Murió pocos años después aquella infortunada, y los necrológicos versos titulados Las Nubes, que escribí pensando en ella poco antes de salir de mi pueblo, son los más antiguos que figuran en esta colección, y tal vez los únicos salvados de tan repetidos y justos autos de fe.

Prosiguiendo la historia de mis Poesías, sin perjuicio de regresar luego hacia los primeros años para tomar desde el principio mis obras en prosa, diré que, entre lo quemado en otra hoguera posterior, figura una Continuación de El Diablo-Mundo, principiada en Guadix en 1851, proseguida en Madrid en 1853, y anulada completamente por la que publicó al poco tiempo el insigne amigo de Espronceda, D. Miguel de los Santos Álvarez. -Puedo decir que, desde entonces, no volví a versificar con propósito de alcanzar honra o provecho, sino por encargo de tal o cual amigo por razones domésticas o por compromisos sociales..... -Habíame convencido de que, entre ser poeta con toda el alma (como yo lo era por sensibilidad y entusiasmo del corazón y de la mente), y ser cantor en verso, con la entonación, el ritmo y la necesaria sublimidad de formas, hay esencialísimas diferencias, y de que mi propia excesiva facilidad para explicarme en tal o cual metro distaba mucho del verdadero canto; en el cual, lo mismo que en la buena música, hay que decir las cosas, no con expresiones directas, claras y terminantes, sino por medio de instintivas y misteriosas fórmulas semirreticentes, o sea en un lenguaje vago, simbólico y algo sibilítico, donde mucho tenga que adivinar y suplir, por ley de repercusión armónica, el excitado espíritu del auditorio. -«Sientes bien la poesía (díjome en 1856 Eulogio Florentino Sanz); pero reflexionas después demasiado, y concluyes por expresarla con sobrada claridad y lisura. No naciste para cantar, sino para pintar exactamente la vida interior y la exterior..... -No cantes: escribe.»

Si, a pesar de haberme dado yo mismo cuenta, antes que nadie, de lo que al cabo tuvo la franqueza de decirme el inmortal autor de la Epístola a Pedro, llegué, andando el tiempo, a reunir en un tomo las poesías que había compuesto para mi uso particular, o por compromiso, se debió a que cierta mañana del mencionado año de 1870 me comprometieron a ello (creo que por afición a mi persona y a los hechos consumados) mis nobles amigos D. Antonio Cánovas del Castillo, D. Juan Valera y D. José Luis Albareda, en reunión sin objeto que celebrábamos en casa de este último..... -Suministró Cánovas el título, diciendo que debían llamarse «Poesías serias y humorísticas»; ofreció Valera hacer el Prólogo, que por cierto fue una maravilla de ingenio y amabilidad, y brindóse Albareda a anticipar los gastos de la edición; alegando los tres, como réplica a mis escrúpulos, todas las especiosidades afectuosas y benévolas que estampa en dicho Prólogo el insigne autor de Pepita Jiménez. -Todo esto en cuanto a la primera edición..... -Si después, más convencido que nunca de que no nací cantor, he reimpreso voluntariamente el tomo de mis humildes poesías, y aun hoy mismo conozco que lo reimprimiré siempre que se agote, débese a que yo estoy más prendado que nadie del asunto de muchas de ellas, y a que no puedo menos de respetar, antes que mi nombradía literaria, algunas circunstancias íntimas que les conciernen. -Observad, como ejemplo, que al frente de la colección va una dedicatoria en verso «A mi mujer»; observad que por el canto épico El Suspiro del Moro gané en el Liceo granadino la medalla de oro y una corona de plata, y que todo ello lo dediqué a mi primogénita; observad, en fin, que muchos de los demás versos están dirigidos «A mi hija», «A la bandera del Batallón de Ciudad-Rodrigo», a la muerte del inolvidable niño, a distinguidas damas, a excelentes amigos, etc., etc..... -¿Por qué he de tener la soberbia de renegar de tales obras, absteniéndome de reimprimirlas, cuando son del agrado de personas tan amadas y homenaje precisamente del amor que les tengo? -¿A qué tanta ferocidad, por mucho que me disgusten las llanezas de mis poesías? -¿No queda a salvo mi conciencia literaria con declarar, como declaro sin esfuerzo alguno, que no soy cómplice impenitente de mi casera musa?

En cambio, me puedo ufanar, y me ufano para concluir, de que en ninguna de mis composiciones poéticas hay nada contra las buenas costumbres ni contra las sanas doctrinas, por lo cual les concedo de nuevo aquel exequátur que denominaban nuestros padres «Las licencias necesarias».

- III -


El final de Norma

Respecto de esta afortunada novela, tengo que hacer también, ante todo, alguna observación cronológica. -Aunque se dio a luz por primera vez cuando ya había yo publicado otros escritos insertos hoy en las Colecciones de Novelas cortas y de Cosas que fueron, la verdad es que EL FINAL DE NORMA debe considerarse corno mi más antigua obra en prosa, si se exceptúa el artículo titulado Descubrimiento y paso del Cabo de Buena Esperanza.

Compuse efectivamente EL FINAL DE NORMA en Guadix, a la edad de diez y siete a diez y ocho años, «cuando sólo conocía del mundo y de los hombres lo que me habían enseñado mapas y libros», -según dije mucho después al dedicar la 4.ª edición a su traductor de París Mr. Charles d'Iriarte.

Aficionadísimo a la Geografía, por lo mismo que me consideraba preso para siempre en aquella estacionaria ciudad rodeada de cerros, había imaginado cuatro novelas, congruentes entre sí, que formarían una sola obra, titulada Los Cuatro puntos cardinales, cuya primera parte (el Norte) se denominaría EL FINAL DE NORMA. -Por cierto que, cuando en 1868 me vi nombrado Ministro Plenipotenciario en Suecia y Noruega, extraordinaria región, casi fantástica para mí, por donde hice viajar al enamorado violinista y a su amigo Alberto, y en donde suponía haber nacido Brunilda, Rurico de Cálix y Oscar el Pirata, parecióme que estaba soñando o que toda mi adolescencia había sido un sueño..... -De las otras tres partes de aquella tetralogía geográfica no borroneé más que la relativa al Oriente, cuyo irónico título era La Tierra Madre, pues venía a descubrir que la tal madre no es para el hombre sino madrastra, y que la vida natural, al gusto de Bernardino y de Saint-Pierre, o sea lejos de la sociedad y de la civilización, resulta desagradabilísima y hasta imposible para quien no ha nacido entre salvajes. No quedé, sin embargo, muy satisfecho del borrador de La Madre Tierra; y como entonces era yo el único juez y testigo de mis propios ensayos, quemé aquella monótona y facilísima defensa del mecanismo social, y no continué ya en ninguna otra forma Los Cuatro puntos cardinales.

Habíase salvado, empero, EL FINAL DE NORMA, y su borrador figuraba en mi capital, o sea en mi activo, cuando logré sentar los reales en Madrid. -Entonces, lo mismo que hoy (añade la citada dedicatoria), tratábase de una novela «falta de realidad y de filosofía, de cuerpo y de alma, de verosimilitud y de trascendencia..... Obra de pura imaginación, inocente, pueril, fantástica, de obvia y vulgarísima moraleja, y más a propósito para entretenimiento de niños, que para aleccionamiento de hombres; circunstancias todas que no la recomiendan grandemente cuando el siglo y yo estamos tan maduros.....»

Algunas de estas razones (escritas, me parece, en 1878) debieron ya de inquietarme en 1855: ello fue que al copiar en Segovia, donde convalecía de una enfermedad, las primitivas cuartillas de mi novela de muchacho, con objeto de publicarla al mes siguiente en la sabionda villa y corte, obligado a ello por la carencia de metales preciosos, me consideré en el caso de intercalar unos flamantes capitulillos y digresiones, llenos de fingida malignidad y de no sé qué aparente eclecticismo, que dejaban bien puesta, en mi opinión de entonces, la amplitud de espíritu del autor de tan inocente obra. -Había yo conocido ya al ingenioso y afrancesado escritor Agustín Bonnat, quien me trató desde luego fraternalmente (para morir tan pronto, y dejarme sin su amenísima compañía), y contagio eran de sus graciosos escritos aquel humorístico aparente, aquel charloteo con el lector, y todas aquellas excentricidades y chanzas con que salpimenté la primera edición de EL FINAL DE NORMA y otras varias publicaciones mías de la misma fecha.

Más adelante renuncié a todo lo que había de postizo y artificial en semejantes bromas literarias, que trastornan las leyes de la perspectiva artística, privando al lector de la ilusión necesaria para tomar como cierto lo fingido, y restablecí en otras ediciones el primer texto de EL FINAL DE NORMA, despojándolo de humorísticas añadiduras. -Y que nada perdió por ello, lo demuestra el creciente favor del público, nunca harto de leer, o sea de comprar, la quimérica y arbitraria historia del violinista Serafín y de la jarlesa Brunilda, no sin profundo asombro mío, que jamás he podido explicarme la buena suerte de esta fábula.

Tal vez consista (como también dije a mi buen amigo Iriarte) en que «gracias a Dios, EL FINAL DE NORMA, a juicio de honradísimos padres de familias, puede muy bien servir de recreo y pasatiempo a la juventud, sin peligro alguno para la fe o para la inocencia de los afortunados que poseen estos riquísimos tesoros. -¡Y es que en EL FINAL DE NORMA no se dan a nadie malas noticias, ni se levantan falsos testimonios al alma humana!» -De cualquier modo, conste que la crítica más exigente me tendrá siempre a su lado para censurar esta insignificante obra; y no digo más contra ella, por no hacer lo que Ticiano en la decrepitud, que dio en la manía de corregir todos los cuadros a que debía su fama, y lo hacía tan injustamente, que sus discípulos tuvieron que ponerle aceite de olivas en los colores, a fin de borrar luego las enmiendas. -No soy yo, ni por asomos, ningún Ticiano literario; pero tampoco he tenido otros títulos que mis obras al muy probado aprecio del público y del Gobierno de mi país, y no es cosa de irlas desacreditando una por una en esta enumeración testamentaria, cuando nadie me lo agradecerá verdaderamente, y yo propio puedo ser algo falible al calificar mis trabajos, aunque no tanto como al componerlos.

Déjome, pues, de escrúpulos, y digo, volviendo a lo puramente histórico, que la primera edición de EL FINAL DE NORMA fue publicada en 1855 por el periódico El Occidente, de que era director mi siempre buen amigo don Cipriano del Mazo. Comenzó por insertar la novela en folletín, y luego la reunió en dos tomitos. -La Iberia y La América la publicaron también por aquellos años, y salió, además en mi tomo de «Más Novelas», que dio a luz don Alfonso Durán, creo que en 1864. -El editor de Sevilla, D. Francisco Álvarez, hizo otra copiosa edición en 1878, en un volumen de que ya no hay ejemplares, y recientemente la he reimpreso en esta colección uniforme de mis Obras, como parte de la Biblioteca de Escritores Castellanos.

Añadiré, para concluir, que de EL FINAL DE NORMA se han hecho muchas ediciones en la América latina y varias traducciones a lenguas extranjeras.....

Es cuanto puedo declarar, y la verdad, -como se dice en los tribunales de justicia.

- IV -


Novelas cortas

Tres series o tomos.

Titúlase el 1.º Cuentos amatorios; el 2.º Historietas nacionales, y el 3.º Cuentos inverosímiles; lo cual demuestra la heterogeneidad del conjunto; pero tendré que hablar indistinta o simultáneamente de los tres volúmenes, a fin de subordinar a una clasificación más crítica y didáctica que la fundada en el asunto, las treinta y ocho obrillas de que se compone la colección entera.

Necesito también advertir que no todas estas NOVELAS CORTAS son anteriores en fecha a mis artículos de costumbres, ni a otros escritos en prosa de que hablaré luego, y que si les otorgo aquí prioridad cronológica, débese a que nacieron como producto natural y espontáneo de mi espíritu, según claramente lo muestran los cuentos que hilvané mientras permanecí en Guadix, sin maestro ni mentor alguno, y según lo han proclamado después en muy obsequiosos términos algunos escritores insignes. -(Véanse los estudios sobre mis obras debidos a  Canalejas, Revilla, Rodríguez Correa y otros críticos.)

Conque pasemos adelante.

Tres maneras, distintas en la forma y en el fondo, ofrecen las NOVELAS CORTAS.

Es la primera la de Guadix, la natural, o más bien dicho, la primitiva, algo acomodada, por inclinación propia, a las obras francesas que más me agradaban entonces y de que por casualidad había tenido conocimiento. Comencé rindiendo vasallaje a Walter Scott, Alejandro Dumas y Víctor Hugo; pero me aficioné después con mayor vehemencia a Balzac y a Jorge Sand, por hallarlos más profundos y sensibles; y primeras resultas (muy desmedradas, como fruto de mi pobre imaginación) de tantas y tan diferentes influencias fueron El Clavo, El Amigo de la Muerte, Buena pesca, El Extranjero, El Asistente, La Buenaventura, Fin de una novela, El Rey se divierte, Dos retratos y Los ojos negros. -Hoy creo discernir que en estos ensayos predomina la influencia de Alejandro Dumas (siempre me refiero al padre), y lo que desde luego puedo afirmar es que de todos ellos preferí al cabo los puramente narrativos a los descriptivos y a los filosóficos, y que por esta razón insistí varias veces, fuera ya de Guadix, en relatar breves episodios o tradiciones nacionales, correspondientes por lo común a nuestra guerra de la Independencia, como El Carbonero Alcalde, El Afrancesado, ¡Viva el Papa! y El Ángel de la Guarda. -Están vaciados también en los moldes que adopté en mi pueblo La Corneta de llaves, Las dos glorias, Una conversación en la Alhambra, El año en Spitzberg, y otras obrillas del mismo orden.

Ya he referido más atrás lo que me aconteció recién llegado a Madrid, por haberme aficionado un querido amigo a sus rarezas literarias (aprendidas por cierto del entonces muy en candelero y siempre admirable Alfonso Karr, cuyas originalidades más chocantes y superfluas imitaba mí buen Agustín, y no lo verdaderamente humorístico, sentimental y filosófico del afiligranado autor francés). -Consecuencia de aquella aberración de Bonnat y mía fue el que yo escribiese diez o doce novelillas estrafalarias o bufonas, que muy mal hicieron en celebrarme tanto algunos periódicos, y que llevan por título: El Abrazo de Vergara, La Belleza ideal, Los seis velos, ¿Por qué era rubia?, Soy, tengo y quiero, etc. -Afortunadamente, debajo de aquellas chanzonetas y extravagancias había un pensamiento sano y hasta muchas veces ascético, cual es la constante burla que hago de los necios presumidos, de los cursis que todo lo juzgan extraordinario, y muy especialmente de los que confunden con el idealismo el amor puramente carnal..... ¡a no ser así, habría renegado completamente de tales bromas, eliminándolas de esta colección! -Y es cuanto tengo que decir de mi segunda manera como novelista, celebrando que fuera la más transitoria.

Antes del largo paréntesis que hay en mi vida literaria (de 1863 a 1874), durante el cual dediqué exclusiva atención, por espíritu quijotesco, a los intereses de cierto partido político y a las cuestiones de campanario, que servían de base a mi poderío electoral, había ya renunciado a aquella superficialidad aparente y cinismo postizo, imitados de la bohemia de París, donde es casi consubstancial del ingenio, y, dicho sea con la debida humildad, era ya autor de algunas otras novelillas, escritas en manera más española, ingenua y grave, que si, por un lado, recordaban mis primeros ensayos de Guadix, respondían por otro, aunque imperfectísimamente, al dogma de mis nuevos ídolos, o ya verdaderos dioses literarios, Cervantes, Goethe, Manzoni, Quevedo, los propios Walter Scott y Balzac (éste mejor apreciado), Goltmits, Dickens y demás novelistas que armonizan la realidad y el espiritualismo, y sobre todo revelaban mi culto al más prodigioso explorador del alma humana: ¡a Shakespeare! -Solamente como tenue luz crepuscular llegaba a mis nuevos escritos, por falta de diafanidad de mi inteligencia, el fulgor de estos inmortales modelos, neutralizado también por el invencible ascendiente que siempre ha ejercido sobre mí la sublime, pero enervante poesía de lord Byron..... Con todo, a los otros debióse el que mis últimas NOVELAS CORTAS de la tercera época tuviesen ya, a falta de otro mérito, la serenidad y circunspección que algunos han hallado en El Coro de Ángeles, en La Comendadora (que tanto complacía a nuestro inmortal Ayala), en La última calaverada, en la Novela Natural y en Moros y Cristianos, y aun en Sin un cuarto, y en el rapidísimo epigrama denominado Tic... tac..., con ser estos últimos tan atrevidos en la forma.

Viene aquí como de molde corroborar la anterior aseveración de que el fondo de todas mis NOVELAS CORTAS es sano y hasta ascético, por más que estén escritas en mis más procelosos años. Respecto del tomo de Historietas Nacionales no necesito aducir ninguna prueba: la patria y la gloria les sirven de exclusivo argumento. Y, en cuanto a las Narraciones inverosímiles, creo que les alcanza de medio a medio lo que dije de los Cuentos amatorios, al dedicárselos a mis amigos Catalina y Calonje. He aquí los términos de aquella defensa:

«Cuentos amatorios se titula esta serie de novelillas, y amatoria es efectivamente, hasta rayar en alegre y aun en picante, la forma exterior de casi todas ellas. Pero, en buena hora lo diga, ni por la forma, ni por la esencia, son amatorios al modo de ciertos libros de la literatura francesa contemporánea, en que el amor sensual se sobrepone a toda ley divina y humana, secando las fuentes de las verdaderas virtudes, talando el imperio del alma, arrancando de ella la fe y la esperanza, y destruyendo los respetos innatos que sirven de base a la familia y a la sociedad.

Mis cuentos son amatorios a la antigua española, a la buena de Dios, por humorada y capricho, como tantas y tantas novelas, comedias y poesías de nuestros antiguos y célebres escritores, en que, sin odio ni ataque deliberado a los buenos principios, ni aflicción, ni bochorno del género humano, se describían festivamente, y en son de picaresca burla, excesos y ridiculeces de estrambóticos amadores y de equívocas princesas, de paganos y de busconas, de rufianes y de celestinas, con los chascos, zumbas y epigramas que requería cada lance, todo ello teñido de un verdor primaveral y gozoso, que más inducía a risa que a pecado.

Nadie podrá desconocer que, en este punto; mis cuentos amatorios, no sólo no traspasan nunca los límites en que supieron contenerse Cervantes, Quevedo y Tirso, sino que rara vez llegan a sus inmediaciones. Por lo que respecta al fondo, creo haber sido más consecuente con la moral que ningún narrador de historias de aquel linaje, supliendo así con buenas doctrinas al mérito literario y artístico que faltaba a mis obras. Siempre me he complacido en deducir útiles enseñanzas y provechosas consecuencias de mis narraciones más libres de dibujo, y más subidas de color, como se ve en El Coro de Ángeles, en La última calaverada y en La Belleza ideal, escritas dos de ellas a la edad de veinte años: lo cual demuestra, en definitiva, que la tesis de mi Discurso Académico sobre la Moral en el Arte no ha sido, como afirmaron algunos críticos, flamante convicción de mi edad madura, sino regla constante de toda mi vida literaria.»

Y basta de defensas de autor, que siempre son algo ridículas, hasta cuando las hace, ultratumba, todo un Chateaubriand. -Oíd, en cambio, algunas aclaraciones de editor acerca de cada cual de las NOVELAS CORTAS.

He incluido entre ellas el trabajillo geográfico titulado Descubrimiento y paso del Cabo de Buena Esperanza, porque no sabía dónde meterlo, y no quería dejar de conservarlo en la colección de mis OBRAS. La explicación de este capricho hállase consignada en la siguiente nota, que figura en el tomo y lugar correspondientes: -«Este opúsculo fue mi primer trabajo literario en Prosa. Se publica cuando tenía yo diez y siete o diez y ocho años; pero lo escribí a los quince. Léase, pues, con indulgencia. Lo inserto en la presente colección, y lo he insertado en otras, por invencible cariño al primer fruto de esta pluma, ya tan cansada, a que debo cuanto soy y pueda ser en la vida.»

Con El Amigo de la Muerte me ha ocurrido una cosa singularísima. Contóme mi abuela paterna su argumento, cuando yo era niño, como me contó otros muchos cuentos de brujas, duendes, endemoniados, etc. Lo escribí en compendio antes de salir de Guadix, y lo publiqué en un semanario de Cádiz, titulado El Eco de Occidente. Visto su éxito, lo amplié en Madrid y volví a publicarlo en La América; y desde entonces hice de él ediciones continuas en mis colecciones de novelas. -Pues bien: hace pocos meses, un amigo queridísimo me contó que acababa de oír cantar en el teatro Real de esta villa y Corte una antigua ópera, titulada Crispino e la Comare, cuyo argumento venía a ser el mismo, mismísimo, de El Amigo de la Muerte. -Nunca había visto yo aquella ópera, aunque sí la conocía de nombre. Por otra parte, ningún crítico ni gacetillero, de los muchos que han analizado minuciosamente mis escritos, me habla acusado por tal semejanza, que parecía denunciar el más imprudente y cándido de los plagios..... Protesté, en consecuencia, contra la afirmación de mi amigo, no pudiendo admitir que dos autores concibieran independientemente dos fábulas tan parecidas..... Pero mi amigo (que es catalán) se calló, compró el libreto de Crispino e la Comare y me lo envió..... -¡Figuraos mi asombro! ¡El asunto de ambas obras no tenía meramente semejanza! ¡Era el mismo, con la circunstancia agravante de que la ópera llevaba fecha anterior a mi cuento! -¡Luego yo había sido el plagiario!..... -Pero ¿cómo, sin conciencia de lo que hacía? ¿Cómo, si mi memoria, mi entendimiento y mi voluntad me declaraban inocente? Pronto caí en la cuenta de lo que sin duda alguna había acontecido: el cuento, por su índole, era popular, y las viejas de toda Europa lo estarían refiriendo, como las de España, Dios sabe desde qué centuria. ¡Al autor de Crispino e la Comare se lo había contado su abuela y a mí me lo había contado la mía! -Por lo demás, excusado es decir que entre la obra lírico-dramática y mi cuento notábanse sobradas diferencias externas para justificar esta explicación. En la ópera, la Muerte es una vejezuela innoble, y en la mía un caballero invisible, que ejerce la medicina. El discípulo de la negra deidad es casado en la fábula extranjera, y soltero en la mía. Allí resuelve grotescos y ruines conflictos de un matrimonio vulgar; aquí da origen a un drama fantástico, con ínfulas de cósmico..... -En suma: no habrá quien me acuse de plagio, por grande que sea su mala fe; y, de todos modos, conste a los leales que yo he sido el primero en delatar al público esta pícara casualidad.

Prosigamos.

     La Comendadora es totalmente histórica. Sólo he cambiado nombres y fechas, y algún que otro pormenor inenarrable del empeño del niño..... -El caso ocurrió efectivamente en Granada.

     El Coro de Ángeles tiene también fundamento real, aunque está mucho más disfrazado. -Ya había yo escrito años antes una autopsia, titulada La Fea, que figura en mi tomo de Cosas que fueron, donde genéricamente se ve a Casimira de cuerpo entero. -Alejandro y Elisa andan por el mundo. -La Baronesa debe de haber fallecido..... o capitulado.

La Novela..... natural ofrece el solo mérito de no ser natural, aunque lo parece. No contiene más realidad que la que mi imaginación le haya prestado al hacer esta especie de ensayo de naturalismo decoroso. -Aun así, me desagrada el género fotográfico en las novelas.

El Clavo es, por lo tocante al fondo del asunto, una verdadera causa célebre, que me refirió cierto magistrado granadino cuando yo era muy muchacho. Como algunas otras novelillas mías, primero la escribí y publiqué muy sucintamente, y la desarrollé después en ediciones sucesivas. -Ha sido traducida a muchas lenguas, y aun me consta que en Austria sirvió de argumento a un drama, que no sé si se representó. -El autor austriaco me escribió hablándome de su manuscrito en Diciembre de 1868, y después no he vuelto a tener noticias suyas ni de su obra.

La última calaverada, La Belleza ideal y El Abrazo de Vergara no se fundan en sucesos reales y efectivos, fuera de algunos accidentes secundarios. Por ejemplo: lo de la niebla y el caballo, que sirve de recurso dramático a la primera, le sucedió a un Jefe político de Cáceres, bien que no en lance de amores. -Respecto de La Belleza ideal, indicaré que, aunque escrita después que El Coro de Ángeles, viene a ser completamente del austero sentido de esta defensa del alma humana contra la idolatría de la belleza puramente carnal.

Sin un cuarto..... aconteció al pie de la letra, tal y como se refiere, por inverosímil que parezca el suceso. Y no digo más, en atención a que viven el actor y los testigos.

¿Por qué era rubia?, esto es, el modo y forma como refiero que se llevó a cabo aquella regata, no discrepa en nada de la verdad. -¡Oh dulces recuerdos!.....

En Tic... tac... no hay ni una sola palabra inventada por mí. -Vivo está el héroe, suponiendo que el héroe sea el amante y no el propio marido.

     El Carbonero Alcalde. -El Afrancesado. -¡Viva el Papa! -El Extranjero. -El Ángel de la Guarda. -La Buenaventura. -La Corneta de llaves. -El Asistente. -Buena pesca. -El Rey se divierte, -y El Libro talonario son también históricos al pie de la letra. O los he oído contar a fidedignos testigos presenciales, o los he extractado de documentos incontrovertibles. -Yo soy poco aficionado a inventar historias.

Todos los versos de autor religioso anónimo que se citan en el Fin de una novela siguen escritos en las paredes del convento de que allí se trata. -Conste, antes de que lo echen abajo.

Una conversación en la Alhambra es pura fantasía. -Lo confieso.

     Dos retratos tiene de todo. -Léase la historia del emperador Carlos V, por Fr. Prudencio Sandoval, y se verá que, en el fondo, no he inventado nada, por mucho que haya exagerado, como otros autores, el amor del Duque de Gandía a la Emperatriz.

En La mujer alta, desde la primera letra del relato hasta el final del segundo encuentro de Telesforo con la terrible vieja, no se refiere ni un solo pormenor que no sea la propia realidad. -¡Lo atestiguo con todo el pavor que puede sentir el alma humana!

Los seis velos contienen algunos cuadros tomados de la vida ordinaria; pero su conjunto, como el de Moros y Cristianos, Soy, tengo y quiero, Los ojos negros y El año en Spitzberg, es pura química de mi imaginación.

Para concluir: si además de las NOVELAS CORTAS contenidas en los tres tomos publicados por la Colección de Escritores Castellanos, aparecen algunas otras de mi juventud, conste que reniego de ellas y que prohíbo absolutamente su reimpresión, por considerarlas insubstanciales y de mal gusto. -No son, empero, menos inocentes que las que reconozco y sigo reimprimiendo; pues vuelvo a decir que en ninguno de los trabajos de aquellos tiempos en que los críticos racionalistas me suponen indiferente como moralizador, hay concepción o relato que no lleve el sello del idealismo más puro, o en que deje de proponerme un fin consolador y edificante, bien que a las veces se reduzca a ridiculizar el falso amor y el sensualismo, como se ve en mis más picantes novelillas, desde La Belleza ideal hasta Sin un cuarto, desde El Coro de Ángeles hasta Tic... tac... -Y así se explica que en aquella época (1858) diese yo el primer grito de alarma contra el naturalismo y el vulgarismo, con un artículo condenatorio de La Fanny, de M. Feydeau; artículo que inició entre nosotros la campaña defensiva de la sociedad y de la literatura, en que después me he visto tan bien acompañado.

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Nota bene.- Las NOVELAS CORTAS y demás trabajos contenidos en un tomo que publiqué con el título de Amores y Amoríos, han pasado a formar parte de los correspondientes volúmenes de la colección de mis Obras.

En consecuencia, y siendo, como es, otra vez mía, por haber pasado cierto plazo, la propiedad de dicho tomo, del que sólo enajené aquella edición, no hay fundamento para que ni mis herederos ni nadie reimpriman separadamente los tales Amores y Amoríos.

- V -


Cosas que fueron

De los muchos artículos de costumbres y de las muchísimas Revistas de Madrid que di a luz durante mi primera época literaria, sólo he juzgado coleccionables diez y seis, que son los contenidos en este volumen. Excluí y arrumbé los restantes, porque eran de transitorias circunstancias e interés pasajero; y, fundado en la misma razón, ordeno y mando en esta disposición testamentaria que nunca jamás se resuciten por mis causahabientes. -¡Basta y sobra con los diez y seis susodichos, para que el ingeniosísimo autor del prólogo de COSAS QUE FUERON, Sr. Rodríguez Correa, y los demás escritores que tanto me han mimado en todo tiempo, considerándome como una especie de regenerador o novador de los artículos de costumbres españolas, se vean negros ante la formidable crítica moderna, siempre que se propongan justificar tan indulgente y benévolo dictamen!

Los tranquilizaré, sin embargo, hasta cierto punto, manifestándoles que mucha parte del público español y extranjero sigue siendo cómplice de su equivocada opinión; que la venta del afortunado tomo se sostiene y hasta progresa; que todos los años publican algunos periódicos, sin mi permiso, varias de las citadas obrillas, como La Noche buena del poeta y Lo que se ve con un anteojo, y que otras se ven traducidas frecuentemente a lenguas extranjeras, con particularidad El Pañuelo, El Maestro de Antaño y la mencionada Noche buena.

Por lo que a mí toca, decidme: ¿qué puedo hacer ya, a la altura en que estamos, sino continuar reimprimiendo este volumen, cada vez que se agote, aunque haya habido algún escritor implacable que no me incluya entre los articulistas de costumbres de nuestra España? -¡Mucho respeto la censura omisa de este crítico; pero no me creo por ello en el deber de casar, según se dice jurídicamente, la favorable sentencia de tantos generosos panegiristas, suprimiendo un antiguo libro que todavía me renta algunos maravedises!

En lo demás, o sea en lo referente al fondo de COSAS QUE FUERON, reproduzco aquí al pie de la letra cuanto más atrás dejo expuesto acerca del espiritualismo y sentido grave y docente de todas mis NOVELAS CORTAS, aun de aquellas más festivas y alegres en lo exterior. Únicamente añadiré (por ser cosa que cierto periódico puso en duda hace poco tiempo) que hoy, día de la fecha, treinta años después de haber escrito el artículo Lo que se ve con un anteojo, soy tan enemigo de la pena de muerte como entonces, y como lo seré el resto de mi vida. -Es decir, que si mañana o el otro, en unas Cortes de que yo formara parte, se legislase sobre esta materia, mi voto sería contrario a la pena capital. Del propio modo, si hoy fuera magistrado o ministro, cumpliría o haría cumplir las actuales leyes de mi patria, por mucho que me doliese la aplicación de las que, como ésta, repugnan a mi personal criterio. -Y es que, cuando el hombre vive en sociedad, y, sobre todo, cuando interviene en las funciones del Estado, no puede hacer exclusivamente su gusto.

He dicho.

- VI -


El hijo pródigo

Si Dios me da tiempo, corregiré este drama; en cuyo caso otorgaré permiso para que pueda volver a ser representado..... cuando yo pase a mejor vida. -¡Antes no!

La principal enmienda que pienso hacerle será a costa de excesivo prosaísmo de su exterioridad, contrapuesto deliberadamente, cuando lo escribí, al exuberante lirismo de que adolecían entonces casi todas nuestras obras dramáticas. Aquella mi exagerada sencillez de estilo, de indumentaria y de recursos de guardarropía, me valió celebraciones de muchos literatos de buen nombre; pero hoy se me alcanza que, sin tocar por ello en lo falso ni en lo inverosímil, hay que dar al arte lo que le corresponde, haciendo que las creaciones del ingenio sean algo más interesantes o seductoras que la común realidad de cada día. - Poetizaré, pues, un poco (si corrijo el drama) la condición social, el estilo y el equipo escénico de algunos personajes. -¡Y nada más, supuesto que, en el fondo y en la acción, la crítica acerba de los folletines me dejó a obscuras acerca de lo que debí hacer o no hacer para que la obra fuese de su agrado, como plugo a Dios que lo fuera del de mi buen amigo el público!

Por lo que respecta a la representación de EL HIJO PRÓDIGO, verificada en Madrid el 5 de Noviembre de 1857, a beneficio del primer actor D. Joaquín Arjona, creo necesario ceder la palabra a dos de mis biógrafos, que tratan el asunto como yo no podría hacerlo en manera alguna.

Decía uno de ellos en 1869:

«En 1857 se representó en el teatro del Circo un drama en tres actos y en verso, original de Alarcón, titulado EL HIJO PRÓDIGO. Todos los criticados por el autor, es decir, la mayor parte de los poetas, artistas y actores de la Corte, cayeron sobre esta obra como sobre una presa que se arrojaba a su vengativo encono. El drama se salvó, sin embargo; fue muy aplaudido, y proporcionó al autor, llamado repetidas veces al palco escénico, un legítimo triunfo. Mas ni aun así retrocedió el odio. Algunos periódicos, no contentos con criticar apasionadamente el drama, dedicáronse a mentir con cínico descaro; y mientras el público lloraba y aplaudía una noche y otra en el teatro del Circo, la gacetilla contaba que EL HIJO PRÓDIGO había sido silbado, y que nadie acudía a sus representaciones, o que los aplausos que se le tributaban eran comprados, cuando no aconsejaba ¡cosa inaudita!, QUE SE DEJASE DE IR AL CIRCO......, creándose de aquí en el concepto público, acerca del éxito de la obra, una confusa idea, que el tiempo no ha dejado aclarar, ni podrá aclararse enteramente, mientras el autor no desista de su empeño de impedir que vuelva a representarse EL HIJO PRÓDIGO.

Doce años van pasados desde estos sucesos, y Alarcón no ha vuelto a escribir para el teatro. ¡Tanto le repugnó aquella inicua confabulación de la venganza, de la injusticia y de la impotencia! -Que EL HIJO PRÓDIGO tiene defectos, es indudable; pero ¿son perfectas las obras que aplaudían en aquel entonces los detractores del drama de Alarcón? -Afortunadamente, una nueva generación de escritores, desprovistos de aquellos odios, ejerce hoy el magisterio de la crítica y administra la publicidad, y esta generación, al leer EL HIJO PRÓDIGO, ha vuelto ya muchas veces por los fueros de la justicia. -En cuanto a nosotros, somos demasiado amigos de Alarcón para emitir nuestra opinión en el asunto.»

El otro biógrafo, o sea mi muy querido amigo D. Mariano Catalina, individuo de número de la Real Academia Española, amplifica y comenta del siguiente modo la historia de aquel deplorable suceso:

«El Occidente, La Discusión, El Criterio, La América, El Museo Universal, El Semanario Pintoresco, La Ilustración, El Eco Hispano -Americano, El Mundo Pintoresco, El Correo de Ultramar y otros muchos periódicos, participaron de la fecundidad de nuestro escritor; y los artículos de costumbres, las novelas, las revistas locales y de viajes llevaron su nombre con aplauso por toda la Península. No descuidó tampoco el teatro, antes bien dedicó a la crítica dramática una buena parte de su tiempo, siendo por algunos años el terror de los literatos que escribían para la escena, pues su crítica era severa, acerada, aguda y nutrida de lógica y sólido razonamiento. Muchos disgustos le valió el cultivo de este género de literatura, que siempre lastima la susceptibilidad de los criticados; pero el mayor de todos lo recibió cuando quiso que se representara una obra dramática que acababa de escribir.

a fines del año de 1857 se anunciaba en los carteles del teatro del Circo un drama titulado EL HIJO PRÓDIGO. Llenóse la platea, la noche del estreno, de periodistas, poetas y artistas de todas las categorías y condiciones, y de aficionados a las primeras representaciones, en quienes la de aquella noche había excitado mayor curiosidad..... Aun antes de levantarse el telón..... ya se veía el espíritu de hostilidad que dominaba en una gran parte de los que habían de juzgarle: los chistes de unos, las hipócritas é intencionadas alabanzas de otros, los ataques no disimulados de aquellos que deseaban vengarse del crítico que tan severamente había juzgado sus obras, y el desdichado carácter español, propicio siempre a dejarse arrastrar por el camino que más perjudique al compatriota que se eleva, formaban aquella noche una atmósfera tan contraria a la obra de Alarcón, que bien a las claras se veían las malas condiciones con que penetraba en el palenque dramático, y, sin esperar a que se alzara el telón, podía asegurarse que el drama tenía que luchar con elementos contrarios y con diez probabilidades de éxito contra noventa. El drama, sin embargo, impuso silencio a sus detractores; se apoderó desde el principio de una parte del público; reconcilió después con otra a su autor, y, por último, arrancó ruidosos aplausos. Alarcón fue llamado a la escena repetidas veces, salvándose la obra y proporcionándole un triunfo legítimo. Pero si la colectividad había sido vencida y subyugada, las individualidades tenían aún recursos para impedir que el autor gozase de las ventajas de la victoria; y, en efecto, al día siguiente muchos periódicos lanzaban apasionadas críticas del drama, ocultando la verdad del éxito unos, afirmando que no lo había tenido otros, desfigurando su argumento algunos, tachándole de inmoral no pocos; cuál aseguraba que había sido silbado; cuál otro que los aplausos eran comprados; aquél, que nadie asistía al teatro aunque los carteles seguían anunciando EL HIJO PRÓDIGO; éste aconsejaba que se dejase de ir al Circo; en fin, el clamoreo fue tal y tan contradictorio, que la opinión no pudo formar verdadero juicio de la obra.....

Profundamente herido Alarcón con la confabulación que la injusticia, la envidia y la venganza habían tramado contra su drama, resolvió retirarlo de la escena y no autorizar jamás su representación. Veinticuatro años han pasado, y ni ha vuelto a escribir para el teatro, ni ha consentido, por más instancias que se le han hecho, la representación de EL HIJO PRÓDIGO, obra que, no estando libre de defectos, tiene cualidades relevantes, y a la cual profundos críticos, que la han juzgado años después, le han señalado el puesto que merecía en las letras y que le habían negado los criticados que presenciaron su estreno.
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2 opiniones

Acerca del autor.

No me sirve la info xk no hacen una investigacion completa su biografía esta muy incompleta y no me gusta no sirve mucho adios.
Opinion libre.

Creo que este es unmuy buen recurso porque en algunas partes no esta la informacion completa pero es exelente y muchas gracias por este recurso.

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