Biografía de Pedro de Alarcón - Historia de mis libros (2ª parte)

5 - Historia de mis libros (2ª parte)

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27 de Septiembre de 2005
- VII -

Viajes por España

Al final de la obra que lleva este nombre hay un artículo titulado Cuadro general, etc., que sirve de eslabón o tránsito para llegar a otro volumen que estoy concluyendo, y publicaré muy en breve bajo la denominación de Más viajes por España.

En dicho artículo explico a los lectores todo lo que pudiera decirles aquí respecto de ambas obras: me remito, pues, a él enteramente, y paso a tratar de otros libros míos, con igual brevedad, si es posible, como muy ansioso que estoy de llegar a explicarme acerca de La Alpujarra de El Escándalo, de El Niño de la Bola y de La Pródiga, para desagravio de la verdad y de la justicia, maltratadas por algunos señores fiscales de lo temporal y de lo eterno, en su examen de estos cuatro libros.

- VIII -


Juicios literarios y artísticos

Las opiniones mías encerradas en este volumen abarcan toda mi larga vida de escritor. Sin embargo, obedecen a un solo criterio: al mismo que tengo en mis maduros años en punto a Buenas Letras y Bellas Artes.

Es decir, que la tesis de mi Discurso de entrada en la Real Academia Española; aquella tesis, calificada por espíritus apasionados o ligeros como una retractación o apostasía, no fué más que la confirmación o resumen de los mismos principios que proclamé, hace veintisiete años, en el artículo Los Pobres de Madrid (1857), y confirmé en él de Fanny (1858), en contra del naturalismo, del vulgarismo y del realismo sin argumento moral, que ya comenzaban a corromper la literatura francesa.

He demostrado, pues, siempre en la práctica (como ya habréis deducido del precedente examen de mis Novelas Cortas), y he proclamado siempre en teoría (según lo prueban los artículos de que hablo ahora), profundo amor al arte y a la literatura de nobles formas externas y de buena enseñanza íntima, o sea al consorcio de la Belleza y de la Moral. -Porque es de advertir que en mi citado discurso académico no declaré ni remotamente (aunque tal me atribuyeran los que no entienden lo que oyen, o los que se hacen los tontos cuando les conviene) que la Moral fuera artística por sí sola..... sino que tuve buen cuidado de establecer que lo bueno, en el sentido ético de la palabra, necesitaba, para convertirse en artístico, ser al propio tiempo bello en la aceptación didáctica de esta calificación.

He aquí, por si alguien lo duda, una de las fórmulas de que me valí, al condensar ante la Academia mi pensamiento (pág. 56 del tomo que analizo): -«Si la Moral NO PUEDE considerarse como EXCLUSIVO criterio de belleza artística, tampoco puede haber belleza artística INDIFERENTE a la moral, a menos que se niegue la indivisible UNIDAD de nuestro espíritu.» -Y antes había dicho (pág. 17):..... «La distinción no arguye contradicción, y si bien consideramos como DISTINTAS esas tres ideas supremas (VERDAD, BONDAD Y BELLEZA), las contemplamos en una armónica UNIDAD absoluta, donde no cabe ANTAGONISMO: afírmanse, por tanto, mutuamente, lejos de contradecirse, y se reflejan unas en otras, cual nobles hermanas de sorprendente parecido.»

¡No alcanzo a comprender cómo, refiriéndose a un discurso tan claro, hubo quien afirmase en letras de molde que, «según mi criterio, todo rasgo de honradez sería una obra de arte, de tal manera que un cuadro en que el pintor representara la limosna, merecería el dictado de bello, en el sentido estético, aunque estuviese pintado contra todas las reglas de la pintura!..... -¡Digo a Vdes. que se necesita paciencia para ser literato, orador, pintor o cualquier otra cosa fina, en un país donde la crítica tiene esas entendederas o esa buena fe!

¡Afortunadamente, yo aprendí de muy niño a reírme, como un bienaventurado, en ciertas circunstancias que suelen hacer llorar a casi todos los hombres!

- IX -


Diario de un testigo de la guerra de África

En buen hora lo diga, de nada tengo que lamentarme por lo relativo a esta obra. -El patriotismo de la Nación entera se sobrepuso a toda consideración literaria o artística, y sin reparar, ni aun los escritores más cultos, en los naturales defectos de un libro tan dificultoso, improvisado, ora al aire libre, ora bajo la tienda de campaña, ora en camarines de moros y judíos, prodigáronme, aplausos y obsequios que, en puridad de verdad (lo reconozco), no iban dirigidos a mí, sino al heroico Ejército cuyas proezas me cabía la gloria de presenciar y referir diariamente.

Dos indicaciones tan sólo haré acerca del éxito de aquella crónica, publicada por entregas, con la celeridad de un periódico, durante los días de mayor angustia y entusiasmo de la madre Patria..... -Son las siguientes:

a cincuenta mil ejemplares llegó la tirada hecha en Madrid por las prensas de mis buenos amigos los Sres. Gaspar y Roig (hoy difuntos); y como el precio medio de cada ejemplar ascendió a cincuenta reales, resulta que la obra produjo dos millones y medio. -Es decir, que, deducidos gastos de impresión, y aunque aquellos señores se portaron conmigo espléndidamente (pues que, motu proprio, me dieron doble cantidad de la contratada), el beneficio líquido del negocio pasó, para ellos, de noventa mil duros.

La segunda prueba material que tuve del éxito del DIARIO DE UN TESTIGO fué que, el día que salí de Tetuán para España, me vi obligado a quemar más de veinte mil cartas de personas para mí desconocidas, quienes me habían escrito desde todos los ámbitos de la Nación, hablándome de la guerra y de mi obra en términos tan semejantes, que sus cariñosas epístolas parecían copias de un solo original redactado por el amor patrio. -Y las quemé, porque ocupaban dos grandes baúles, de difícil acarreo en tales circunstancias, y porque, tratándose de unos papeles que en cierto modo se asemejaban a lo que llamamos «Gloria», consideré muy natural y propio darme con ellos un gran baño de humo..... -Reciban, empero, aquí nuevamente todos aquellos favorecedores (aun los diez o doce mil que ya habrán pasado a mejor vida) las gracias que entonces les tributé del único modo posible, o sea por medio de cierto comunicado que mandé a los periódicos de esta Corte.

Acerca de lo demás que ahora pudiera exponer como respuesta a innumerables preguntas manuscritas, o como rectificación de varias equivocaciones impresas, para que todos quedasen enterados de cómo en África pude ser, a un mismo tiempo, testigo ocular de lo que cada día pasaba en nuestros varios Cuerpos de Ejército y soldado raso del Batallón Cazadores de Ciudad-Rodrigo; de cómo iba a caballo, siendo de infantería; de cómo senté plaza, cuando ni mi familia ni yo éramos del todo pobres; de qué puesto ocupaba los días de acción, etc., etc., remítome y refiérome completamente al Prólogo titulado Historia de este libro, que hace cuatro años puse al frente de la segunda edición del mencionado DIARIO DE UN TESTIGO DE LA GUERRA DE ÁFRICA; edición en que incluí también copia literal y legalizada de mi Licencia absoluta y de mi Hoja de servicios, para mayor autoridad y crédito de la única Historia fidedigna, exacta y cabal que hasta hoy existe de tan gloriosa empresa.

He agregado además, al final de dicha segunda edición, un Apéndice, que se titula «Nombres de los Generales, Jefes y Oficiales de todas armas é institutos del Ejército de África, que murieron en los campos de batalla, o por resultas de heridas o de enfermedad, desde el comienzo de la guerra hasta de Abril de 1860.»

Por último: he publicado allí mismo un «Resumen numérico de las bajas que por muerte o heridas ocurrieron EN TODAS LAS CLASES militares durante la campaña», según datos oficiales del Gobierno.

Eran homenajes debidos a todos los buenos hijos de España que vertieron su sangre en defensa del honor nacional. Y, aunque la mención de las clases de tropa no se hace más que en descarnadas cifras aritméticas, o sea por medio de fríos guarismos, todavía cada suma es como epitafio colectivo de tantos o cuantos héroes anónimos, y da, por ende, favorable ocasión a las piadosas bendiciones de la Patria.

- X -


De Madrid a Nápoles

Dos copiosísimas ediciones se han hecho de esta obra: la una en 1861, y la otra en 1878; ambas por la antigua casa Gaspar y Roig: la primera con grabados intercalados en el texto, y la segunda con láminas aparte; grabados y láminas procedentes de fotografías adquiridas por mí en cada localidad que visitaba.

Este libro DE MADRID A NÁPOLES, lo mismo que el mencionado Diario de un testigo, y que La Alpujarra, de que hablaré en seguida, fue redactado verdaderamente en los propios sitios o ante las propias obras de arte que menciona, y tanto es así, que aun conservo los álbumes de bolsillo en que fui apuntando con lápiz, muy extensamente y d'après nature, los caracteres, rasgos fisonómicos y circunstancias accidentales de cada cosa, así como los arranques, exclamaciones o juicios de impresión que me inspiró a primera vista. -En ferrocarril, en silla de postas, a caballo, en mulo, embarcado, marchando a pie; dentro de los museos, en mitad de plazas o calles, en las iglesias, en los cafés, en los palacios de los Reyes, en las estaciones y posadas del camino; donde quiera que veía, pensaba, sentía o me contaban algo, allí tomaba nota de ello, con todos sus pelos y señales, o bien con el color material o sabor moral de la realidad fehaciente, y no otro es el secreto de lo muchísimo que se leen (si los libreros no me engañan en perjuicio suyo) mis crónicas de soldado o de caminante.- Nada hay en ellas que no sea cierto, natural y espontáneo: nada que no haya dimanado inmediatamente de la actualidad o presencia de los hechos, sin compostura ni artificio literario de ninguna especie, tratárase de lo trivial o tratárase de lo sublime, y no reparando en las risas y lloros, cánticos y burlas, preces y crueldades, se sucedían con aquel desorden é incongruencia que son tan propios de la terrestre vida.

En esta crudeza y confusión, muy semejantes a lo que hoy se llama naturalismo, estriba en mi entender la diferencia esencial, y que nunca se recomendará demasiado, entre las narraciones de viajes y las de mera imaginación. Los relatos de imaginación, particularmente las novelas, deben ser fruto de la realidad humana, sazonada por la reflexión, la filosofía y el arte: las confidencias del viajero deben parecer fotografías escritas. Y de este modo, el que lea la historia de tal o cual peregrinación, llegará a figurarse, por resultas de la verosimilitud y franqueza de los fenómenos materiales o morales presentados ante su vista, que él y no otro es quien está viajando, mirando y sintiendo, pues que su instinto le persuade de que aquellos acontecimientos y emociones están lógicamente encadenados por la invariable Naturaleza, y no por la fría erudición ni por la soñadora fantasía de ningún literato.

Como ni un ápice de lo que estoy diciendo cede en elogio de mi libro DE MADRID A NÁPOLES, sino que, muy al contrario, todo ello demuestra la sencillez del sistema y método que tan excesivas ventajas me ha proporcionado, no tengo inconveniente alguno en declararlo, para aprovechamiento de principiantes y neófitos. -Por cierto que, entre esas ventajas, distinguiré siempre, como la mayor, un cariñoso artículo que el insigne D. Ramón Mesonero Romanos (el Curioso Parlante) publicó en La Ilustración Española y Americana, haciendo de este mi libro de viajes cuantas celebraciones pudiera apetecer el escritor más sediento de aplauso, aunque el aplauso fuese indebido. Indebido me pareció, en efecto, aquel extraordinario elogio, por más que la temeraria sinceridad de mi carácter, negado a todo género de ficción, me haya valido la nota de inmodesto (nota que para mí equivale a la de ingenuo y franco, pues que jamás topé con ninguna verdadera modestia en el escenario donde voluntariamente se exhiben literatos y artistas), y alégrome, por ende, de haber podido aliviar hoy mi conciencia revelando, como acabo de revelar al público, el facilísimo procedimiento que empleé en aquella y otras obras, mediante el cual, en lo sucesivo, todo bicho viviente que tenga ojos, oídos y una pluma, podrá escribir interesantísimas crónicas de viajes, mientras que se apolillen en las librerías, cerrados y mudos, los itinerarios estadísticos, simétricos y cabales, escritos sobre datos muertos de una erudición trasnochada, o los relatos (que también puede haberlos) de impresiones..... ajenas, vestidos con ditirambos propios, donde todo sea bonito y artificial, como en las tiendas de flores de trapo.

- XI -


Paréntesis

Con el libro De Madrid a Nápoles terminó la primera época de mi vida literaria. -Dediquéme entonces a escribir, por patriótico afecto al Duque de Tetuán, un artículo político diario, protestando de mil maneras contra la ingratitud y locura que había derribado del poder a un General tan ilustre y tan apto para gobernar a España como aquel semi-irlandés, que tan a fondo nos conocía; eligiéronme luego mis paisanos diputado a Cortes, de oposición; lo fui después ministerial: cuestiones de campanario, intereses de localidad, luchas parlamentarias, obligaciones de partido, destierros, conspiraciones, la temida Revolución, toda la Comedia Infernal(2),en fin, de los llamados «intereses públicos», tal y como en los tiempos modernos ha sido y es representada por los Quijotes y beneficiada por los Sanchos, absorbió completamente mi actividad y mi tiempo, y pasáronse de este modo doce o trece años, sin que volviese yo a componer ningún libro.

No sé si, andando el tiempo, coleccionaré, como muestra, algunos de los folletos, artículos y discursos políticos, de interés no circunstancial y mudable, que produje en aquella época de tan efímero cuanto olvidado hablar y escribir..... Conviéneme, de todos modos, hacer constar hoy que las dos últimas obras de mi primer período literario (La guerra de África y De Madrid a Nápoles) expresaban, con suma claridad y energía, las mismas ideas religiosas, morales, de gobierno, didácticas y de todo orden con que reaparecí el año de 1874 en el palenque de las bellas letras. No se operó, pues, en mi ánimo conversión alguna durante el citado paréntesis puramente político, como dieron en afirmar censores recién salidos del cascarón, cuando publiqué La Alpujarra y El Escándalo. -¡Basta leer mis cristianas protestas escritas en la judería de Tetuán en 1860, o las reservas espiritualistas y religiosas con que asistí aquel mismo año a la emancipación de Italia, en medio del regocijo que me producía el ver cómo los franceses la iban liberando del yugo extranjero; basta pasar los ojos por el cuadro de la vida de París, con que principia el libro De Madrid a Nápoles, o por la relación de mi visita al venerable Pontífice Pío IX, para convencerse de la verdad que digo!..... Fueron, por consiguiente, muy pobres hombres los presuntos zahoríes que atribuyeron a seducciones de un sillón en el Consejo de Estado y de otro en la Academia Española el que mis obras de la edad madura no resultasen materialistas, pesimistas ni antipoéticas, sino tan defensoras de la inmortalidad del alma, del amor al bien y de los fueros de la poesía como lo habían sido los libros de mis verdes años. -Así es que mi obsequioso y querido amigo el Sr. D. Cándido Nocedal, en su discurso de contestación al que yo leí cuando tomé asiento en la dicha Academia, al pasar revista a los que él llamaba mis merecimientos morales y religiosos, no sólo mencionó mis libros de 1874 y 1875, sino también el artículo La Nochebuena del poeta, que publiqué a los veintidós años de edad, y El Hijo Pródigo, que di a la escena a los veinticuatro. -¡Y cuenta que el Sr. Nocedal tiene la manga estrecha!

¡Ah! ¡No nos hagamos ilusiones! -La variación, ocurrida efectivamente durante los doce o trece años que mediaron entre la publicación de De Madrid a Nápoles y la de La Alpujarra, no se había verificado en mi espíritu, sino en el de una gran parte de la Nación, o, cuando menos, en las cosas políticas y sociales; en los hechos, en las leyes, en las costumbres. -Yo, en 1874, era el mismo que en 1862; pero España era muy diferente. -En medio estaba toda la Revolución de 1868.

Antes de aquella revolución, ser cristiano católico apostólico romano no implicaba impopularidad a los ojos de nadie; todo el mundo lo era, o lo parecía: carecíase de libertad o autoridad para demostrar lo contrario: el descreimiento no militaba públicamente como dogma político: ¡había tolerancia en los incrédulos para los creyentes!..... -Por eso nadie me hizo la guerra, durante mi primera época literaria, aunque todas mis obras respirasen, como respiraban, espiritualismo, religiosidad, culto a Jesús crucificado y a su moral divina. -Pero vino la revolución: estallaron todas las pretensiones del racionalismo alemán y todos los rencores contra la Religión cristiana; y mientras los conservadores transigíamos en evitación de mayores males, y estampábamos la tolerancia en la Constitución del Estado, los impíos propasáronse a declarar ex cáthedra que las creencias religiosas eran incompatibles con la libertad y contrarias a la filosofía y a la civilización. -« Todo el que cree es necesariamente carlista», fue la extrema fórmula de la impiedad.....; y como al propio tiempo, y por desventura, los partidarios de D. Carlos exclamaban: -«¡Todo el que no es carlista es necesariamente impío!», aconteció, como natural consecuencia, que esta execrable consonancia de los radicalismos produjo la más grosera calumnia y arbitraria condenación para las intenciones de los partidos medios, y aun para las intenciones de aquellos absolutistas que no amaban precisamente a determinado candidato regio, o de aquellos republicanos que no habían renegado la fe de Cristo. -Y aquí tenéis explicado, con toda claridad, por qué en 1874, me atrajeron la nota de neocatólico, teócrata y obscurantista, ideas y creencias que nadie apreció de tal modo en 1862, y por qué se me llamaba variable, apóstata y converso, cuando no era yo, sino las circunstancias, las que habían cambiado.

Conque no hablemos más del particular, y entremos de lleno en el segundo período de mis empresas literarias, no sin hacer antes otra declaración que se me ocurre ahora. -Yo soy el primero en reconocer que las nuevas obras que di entonces a luz se diferenciaban algo de las de la primera época; pero ni esta variación tocaba al fondo de las dichas ideas o creencias, ni obedeció a los supuestos motivos que acabo de negar. Toda la alteración estaba en la manera de expresar mis constantes afectos; en el humor y temple de mi alma; en haberse aumentado los registros de mi corazón; cambio naturalísimo y justificado, puesto que, durante aquellos doce o trece años de silencio, había perdido a mi padre, me había casado, había tenido hijos, se me habían muerto dos; mi inolvidable maestro Pastor Díaz descansaba también en la tumba, y, en fin, para colmo de transformación, la fatalidad o la Providencia me había sometido, en mis últimos años de soltero, a una de aquellas pruebas que refunden y modifican la naturaleza más áspera y rebelde..... -¡Era otro hombre! -Y, sin embargo, no fui otro escritor. -Esto lo dice todo.

- XII -


La Alpujarra

Sucede con frecuencia en el estadio de la literatura, y sobre todo en los teatros, que la masa general del público entiende mejor las obras y se penetra más de su esencia que los críticos de profesión y gentes del oficio; lo cual consiste en que, dominados éstos por ideas y pasiones de escuela, o empeñados en que cada autor corresponda a determinado molde, no se fijan tanto en lo que por su parte sienten como en lo que piensan, y, antes que al experimento, refieren su crítica a preocupaciones o prejuicios.

Algo de esto pasó cuando publiqué LA ALPUJARRA. Era aquel libro, en su economía interna, un alegato en favor de la tolerancia religiosa; demostraba que la mente de Jesucristo no fue nunca crucificar a los adversarios o desconocedores de su doctrina, como lo crucificaron a él los sacerdotes hebreos, sino convertirlos, catequizarlos, salvarlos por medio de la caridad, aun a riesgo de la propia muerte; condenaba yo desde este punto de vista, y también desde el de los intereses patrios, la expulsión de los Judíos y de los Moriscos; concretábame luego a estos últimos, y deploraba que no se hubiesen cumplido las Capitulaciones en cuya virtud se rindió Granada a los Cristianos; me quejaba de que la Inquisición obligase, como obligó, por el terror y la violencia, a los rendidos islamitas a dejar sus leyes, trajes y costumbres, y de que los forzara a recibir un bautismo colectivo, inútil y hasta blasfematorio, por cuanto lo aborrecían y despreciaban aquellos mismos hombres y mujeres, viejos y niños, a quienes, con una escoba, se rociaba de agua bendita, imaginándolos por ende convertidos a la fe cristiana; lamentaba, en fin, que, con tales atropellos, injusticias y ridiculeces se les hubiera impulsado a la rebelión y a la venganza, según declara el Tácito español, D. Diego Hurtado de Mendoza, cuando era indudable que, de seguirse el primitivo sistema de atracción, benignidad y buenos ejemplos, practicado y recomendado por Isabel la Católica, el Arzobispo Hernando de Talavera y el gran Tendilla, todos aquellos moros tan inteligentes, cultos y apegados a España, se habrían confundido muy luego con los vencedores, en una sola religión y un solo sentimiento patrio, según que ya iba aconteciendo antes de que el Tribunal del Santo Oficio tomase cartas en el asunto.

Al mismo tiempo que estas ideas de tolerancia y de evangelización pacífica, defendía yo, en varios capítulos de LA ALPUJARRA, la absoluta necesidad de que cada Gobierno del mundo costeara y enalteciera la religión de la mayoría de sus administrados o comitentes; impugnaba la flamante teoría de indiferencia o ateísmo del Estado, por ser mi opinión que no pueden subsistir socialmente aquellos pueblos que llegan a desconocer la responsabilidad humana ante un eterno juez; pedía al Poder público de España que favoreciese y propagase el Catolicismo, bien que por medios caritativos y edificantes, adecuados a la divina moral del Evangelio, y aducía, por último, como fundamento de esta demanda, no sólo mi propia adoración a Jesucristo, sino la seguridad y evidencia de que la inmensa mayoría..... (¿qué digo mayoría?), la casi totalidad de los españoles que hoy tienen religión positiva, son católicos apostólicos romanos.

Pues bien: algunos críticos, no el público; varios censores sistemáticos, no los lectores de buena fe; los propagandistas de la impiedad, en una palabra, se desentendieron del sentido general de mi obra, así como de clarísimas declaraciones contenidas en ella; y, mientras infinidad de gentes leales y despreocupadas (pues también es preocupación el racionalismo ilimitado) me hablaban de la imparcialidad histórica y de la religiosidad abstracta con que había yo defendido los fueros de la conciencia contra la tiranía de los conquistadores, exaltando el espiritualismo de toda fe mística, aunque fuese errónea como la de los moros, sobre el materialismo y la indiferencia religiosa, que imperan hoy en las aulas del continente europeo, vi que los mencionados apóstoles del ateísmo, indudablemente a sabiendas de que engañaban al público, dieron en la flor de proclamar en letras de molde que LA ALPUJARRA (¡aquel libro en que con tanto afán recomendaba yo la armonía entre la libertad y la fe, o sea las paces entre la Iglesia y la democracia!) no pasaba de ser «el engendro, más o menos artístico y literario de un intolerante de siete suelas, inquisidor de tomo y lomo, y enemigo implacable de los mahometanos y de los judíos»; con lo cual y con la indulgencia de algunos neocatólicos muy amables, que por entonces me regalaban su gratuito aplauso, halléme de pronto convertido, a los ojos de filosofastros imberbes, en una especie de Torquemada.....

Mucho me hizo reír entonces el verme con este disfraz, que me endosaron juntamente la malevolencia de unos y la sagacidad de otros..... ¡En medio de todo, y comparados los terroristas de la derecha con los terroristas de la izquierda, más agradable érame el trato de los atildados, discretos y corteses inquisidores sin ejercicio, hacia cuyo campo me empujaban todos, que la compañía o las celebraciones de aquellos petroleros morales, faltos de aseo intelectual y social, cuyo primer saludo, en mitad de la calle, era decirme: -«¡Cuánto más «valdrían los libros de V., si hablasen pestes de Dios, de la Virgen y de los Santos!» -Pero, como hoy, al hacer este mi testamento, debo exponer seriamente las cosas, declaro, en confirmación del espíritu y letra de LA ALPUJARRA, que tan enemigo soy de un terror como de otro, que lo mismo condeno y condené siempre a los moriscos que martirizaban cristianos, que a los cristianos que martirizaban moriscos; que aborrezco toda violencia en materias de fe; que, a fuer de hijo del Evangelio, soy tolerante y liberal en el buen sentido de ambas palabras, y que dentro de esa tolerancia y ese liberalismo cabe y aconsejo una constante predicación pacífica (no meramente con palabras, sino también con ejemplos) de las excelencias y ventajas de la Religión..... española.

Para las restantes aclaraciones y advertencias me remito a los Prolegómenos con que empieza mi libro; y, en cuanto a los defectos de la composición y del lenguaje, cedo la palabra a mis peores adversarios, conformándome desde ahora con sus críticas, por duras que resulten, con tal que ellos se resignen en cambio a declarar que se puede muy bien no ser intolerante y ultramontano, aun no siendo tampoco materialista ni impío. -Dicho lo cual, terminaré añadiendo, pues así me lo preceptúa la gratitud, que comencé a escribir LA ALPUJARRA el mismo día que cumplí cuarenta años de edad (10 de Marzo de 1873), en una hermosa Dehesa, hoy Colonia, de la Provincia de Cáceres, como huésped de mi querido amigo el Sr. D. Joaquín Boix, entre un magnífico pinar lleno de medrosa poesía, y aquellas alegres orillas del Tiétar, que describo en mi Visita al Monasterio de Yuste.

- XIII -


El sombrero de tres picos

Un día del verano de 1874, en Madrid, apremiábame la obligación de enviar a la Isla de Cuba algún cuentecillo jocoso, para cierto semanario festivo que allí se publicaba. Recordé, no sé cómo, el picaresco romance de El Corregidor y la Molinera, que tantas veces había oído relatar cuando niño, y me dije:

-¿Por qué no he de escribir una historieta, fundada en tan peregrino argumento?

-Porque es muy difícil, dentro de las conveniencias sociales..... -respondió mi buena crianza.

-¡Razón de más para intentar escribirla de modo que nadie se escandalice! - arguyó mi temeridad de artista viejo, recordando haber hecho un milagro semejante con el cuento de La Comendadora.

     -Pues probemos..... (contestó mi pereza, para librarse de seguir buscando asunto). ¡En medio de todo, el semanario de que se trata tiene pocos lectores, y tal vez ninguno de ellos resida en el continente europeo!

-¡Manos a la obra! -concluyó la parte atrevida de mi ser moral.

Y veinticuatro horas después había escrito diez o doce cuartillas, que contenían, muy en compendio, todo EL SOMBRERO DE TRES PICOS, o sea toda la historia de El Corregidor y la Molinera, tal y como me pareció prudente arreglarla y componerla ad usum del respetable público.

Iba ya a meterla en un sobre para echarla al correo, cuando me dijo repentinamente la conciencia artística:

-¡Qué lástima! Aquí hay materia para escribir una historia diez veces más larga.....

-¡Ya lo creo!..... (respondió la pereza). Y de ese modo nos ahorraríamos, durante dos meses, la penosa tarea de buscar asuntos para el semanario.....

-¡Pues recomencemos!.....

-¡Oh..... no!..... ¿Quién inutiliza lo ya redactado, y se pone ahora a volver a empezar la ración de mañana?

Vacilé algún tiempo, y esta vez triunfó la actividad. -Comencé, pues, de nuevo la historia de EL SOMBRERO DE TRES PICOS.

Al otro día, iba ya también a meter en un sobre la primera décima parte del segundo relato, o sea del relato actual, que llegaba a la descripción del tío Lucas, cuando entró en mi despacho un buen amigo, versado en letras; referíle el asunto de mi nueva obra; le leí lo que llevaba escrito, y ved aquí sus terminantes palabras:

-No envíe V. al otro mundo esas cuartillas. Reténgalas en Madrid, y continúe la obra con amor, hasta acabarla y perfeccionarla cuanto pueda. De este modo se encontrará V., dentro de pocas semanas, con un libro que podrá convenirle publicar en Madrid, en tomo. -¡El asunto es de perlas!

Seis días después volvió a visitarme el amigo, y se halló con que EL SOMBRERO DE TRES PICOS estaba terminado, y hasta puesto en limpio, en la forma que hoy tiene. Al siguiente día empezó a imprimirse en la Revista Europea, que publicaban en esta Corte los Sres. Medina y Navarro; al cabo de un mes se reimprimía solemnemente en tomo aparte, y esta es la hora en que van hechas, sólo dentro de nuestra Península, ocho numerosas ediciones.

Tal es la historia de este dichoso librejo, contra el cual no se han alzado mis adversarios. Por la inversa, todo el mundo lo ha tratado hasta con mimo, así en el campo de los innovadores o blasfemadores del Arte, de la Moral y del Alma, como en el de los ortodoxos y arcaístas de todas especies. a tal extremo ha llegado esta unanimidad, que muchas veces he sentido aborrecimiento y desdén a la pícara obra por nadie impugnada, atribuyendo su fortuna a nulidad é insignificancia internas. -Empero últimamente me han reconciliado con este hijo del acaso, no sé qué tardía querencia paternal y la consideración de que, a los diez o más años de publicado, sigue produciéndome tan segura y casi tan pingüe renta como su juicioso hermano El Escándalo. -Además: EL SOMBRERO DE TRES PICOS ha sido traducido, que yo sepa, al portugués (con preciosas ilustraciones), al alemán, al ruso, al francés, al italiano, al inglés y al rumano, como también ha dado argumento a dos operetas cómicas, la una francesa y la otra belga; y, en vista de tanto ruido y de tantas nueces, he tenido que acabar por decir: - «¡Pues, señor, el asunto era de oro! ¡Estoy en deuda con la musa popular, o sea con los ciegos que componen romances!»

Acerca de la moralidad y color de la obra, en el Prefacio que lleva al frente he dicho cuanto correspondía a mi reputación de escritor honesto y de persona bien criada. Conviéneme, sin embargo, añadir, para mayor refulgencia de la castidad de mi musa y de la del público español en general, que uno de los mejores literatos de Francia, Alejandro Dumas (hijo), a quien debo amistosísimas atenciones, tuvo hace años la franqueza de escribirme que mi SOMBRERO DE TRES PICOS habría ganado mucho, particularmente en aquella nación, si yo hubiese conservado el desenlace crudelísimo dado por la versión plebeya, o sea por los romances de ciego, al quid pro quo de que fue inocente objeto doña Mercedes..... -Es decir, que ni aquel insigne escritor ni el público francés se habrían escandalizado ante la consumación de una atrocidad en el molino, ni ante la efectividad de sus represalias en el Corregimiento..... ¡Es decir, que.....!

Pero doblemos la hoja..... -¡Bueno está, sin más ribetes ni escarapelas, mi empecatado SOMBRERO DE TRES PICOS!..... -Y lo peor de todo es, hablando aquí en reserva, que «también me gusta a mí la señá Frasquita»; por aquello de que la Molinera «como guapa, es guapa»....., aunque «también sea guapa la Corregidora».

¡Oh inefable delicia, la de crear seres con la pluma! ¡Oh complacencia, poder uno formarlos a su arbitrio y moverlos según su agrado! ¡Oh tormento, tener que resolverse a dejar de lanzar al mundo tantos y tantos personajes como aun le bullen en la imaginación, y haber de morirse algún día exclamando: «Morid también vosotros, sin haber nacido!» -Pero así son las cosas humanas. Ars longa, vita brevis! -Y, además, que no todos tenemos filosofía bastante para decir: Satis est equitem mihi plaudere.
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2 opiniones

Acerca del autor.

No me sirve la info xk no hacen una investigacion completa su biografía esta muy incompleta y no me gusta no sirve mucho adios.
Opinion libre.

Creo que este es unmuy buen recurso porque en algunas partes no esta la informacion completa pero es exelente y muchas gracias por este recurso.

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