Biografía de Pedro de Alarcón - Historia de mis libros (3ª parte)

6 - Historia de mis libros (3ª parte)

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27 de Septiembre de 2005
- XIV -

El escándalo

Tócame al fin hablar de la más discutida de mis producciones literarias; de la que más se vende y más se critica; de la que unos ponen en las nubes y otros por los suelos; de la que yo, su autor, consideraré siempre como la menos mala de mis obras y de mis acciones: tócame, en suma, hablar de EL ESCÁNDALO, respecto del cual estoy decidido a ser tan desenfadado y categórico como lo han sido y siguen siéndolo sus detractores.

¡Basta, sí, de silencio! ¡No ha de estar condenado el autor de un libro a ver que lo maltratan años y años, con razón o sin ella, sin que le sea permitido nunca defenderse ni defenderlo! ¡No ha de tolerar y consentir eternamente las perfidias o necedades del crítico, la falsedad a sabiendas, la sandia indignación, la gratuita hipótesis, la bufonada, el insulto, la calumnia, y todo ello por respeto a las ridículas convenciones y mentiras que llevan el nombre de modestia! -¡Seamos todos modestos y humildes, o no lo sea nadie! -¿Por qué ha de permitirse condenar las obras ajenas a cualquier estudiantón grosero y cursi, metido a crítico, que no sabe luego compaginar ni hacer legibles sus propias creaciones, y se nos ha de negar el dulcísimo derecho de llamarle tonto, y descortés, y atrevido, y hasta desaseado, a nosotros los que, cuando menos, hemos acertado siempre a escribir lo que nos propusimos, bueno o malo, tuerto o derecho, y solemos ser leídos de un tirón y con gusto por los hombres de bien, por las personas de clase, por las mujeres sanas y limpias y por los maestros de la verdadera literatura?

Pero no temáis que avance yo demasiado en ese camino de represalias: no temáis que pierda el tiempo y el estómago en examinar las insulsas y apestosas historietas que los Aristarcos antirreligiosos suelen componer a renglón seguido de haber tronado contra el éxito ajeno, historietas que se caen de las manos de sus mismos discípulos de pornografía, impiedad y vulgarismo, según que los pobres muchachos suelen decirnos en voz baja, lamentando que sus maestros escriban unas obras tan insoportables: no temáis, no, que yo me permita otra cosa en el presente capítulo que rectificar errores o simplezas referentes a mi pobre ESCÁNDALO, dejando, por lo demás, en mitad del arroyo las obras-modelo con que se pretendió deslumbrarme, y que, por lo pesadas, ramplonas y puercas, nunca penetrarán en el gabinete del genuino literato, ni en el hogar del buen padre de familia, ni en el tocador de la dama elegante, ni en el estudio del artista nativo, ni en la celda del estudioso escolapio, ni en el sotabanco de la costurera honrada, ni en la guardilla del escolar que tenga vergüenza.....

Entreténganse, si quieren, ellos allá en fingirse recíprocamente, a fuer de compadres de poca ropa, haber gozado muchísimo con tal o cual producto nuevo de su fabricación antipoética, antimoral, anticatólica y antisalubre (desabrido y vulgarote plagio, de la picante y graciosa indecencia francesa), mientras que yo, en Dios y en mi ánima les juro no volver a maltratarlos, cuando haya puesto fin a esta defensa de mis libros, ni guardarles rencor, ni desearles nunca malos negocios, sino, antes bien, pedir al cielo que pronto se purifiquen y enmienden, y me remitan alguna obra suya verosímil, poética y decorosa, para mandarles en seguida, como premio, mi perdón por sus críticas, un ramo de flores y un abrazo.

Conque tratemos ya del asunto.

A principios de Septiembre de 1868, hallándome en Granada, con prohibición oficial de residir en la Corte, comencé a escribir EL ESCÁNDALO, cuyo argumento me estorbaba en el cerebro y en el corazón desde los primeros meses de 1863.

Llevaba compuestos dos capítulos, cuando estalló la Revolución, y acudí a Sevilla, como tenía convenido con el inmortal Ayala; de allí pasé a Córdoba con el Ejército del Duque de la Torre, y asistí a la jornada del Puente de Alcolea; luego estuve en Madrid; después en Zaragoza; en seguida batallando en las elecciones de mi provincia; a continuación en las Cortes Constituyentes; más adelante en nuevas conspiraciones y nueva selecciones, o desempeñando por cuarta vez el cargo de Diputado, o manteniendo renovadas luchas periodísticas, o visitando la Alpujarra, o escribiendo el libro del mismo nombre, etc., etc.; y resultado de todo ello fue que transcurrieron seis años y dos meses antes de que me ocurriera volver a coger la pluma para continuar la interrumpida novela.

Libre al fin de penas y fatigas, en Noviembre de 1874 puse otra vez manos a la obra, recomenzándola, como si nada llevase hecho..... Pero, no había borroneado la mitad, cuando se dio en Sagunto el grito de Restauración de la Monarquía en la persona de D. Alfonso XII. -Afiliado yo hacía dos años bajo esta bandera, volví al estadio político, abandonando otra vez el literario, y con haber sido nombrado Consejero, con las Elecciones, con mis trabajos de Senador y con las tareas periodísticas, me vi privado durante otros cinco meses de continuar aquella historia, que parecía hallarse en pugna con mi predestinación.

¡Ay! No ¡era esto: era que EL ESCÁNDALO había sido concebido en horas de infinito pesar, y que otro inmenso pesar había de dominarme cuando lo escribiera! A fines del inmediato Mayo enfermaron de tos ferina todos mis hijos..... Luchaba ya con la muerte el más pequeño, cuando el 1.º de Junio lo llevamos a El Escorial, a ver si lo salvaban aquellos puros y salutíferos aires. -Pero murió al día siguiente de nuestra llegada..... -Allí lo enterré, si no con mis propias manos, presenciando yo su inhumación. Decididos entonces a no separarnos de su tumba sino lo más tarde posible, nos quedamos todo el verano en una casa frontera al cementerio, y desde la noche siguiente a la fúnebre ceremonia emprendí la tarea de acabar el malhadado libro.

No se interrumpió ya mi faena. Acostábame todos los días al obscurecer, y me levantaba a la una de la noche. Desde esta hora hasta las ocho de la mañana escribía incesantemente: a las nueve echaba al correo las cuartillas, y luego me iba al Monasterio, al Casino, a visitas, a los paseos, de tal modo que los inolvidables amigos que allí me acompañaban de sol a sol no pudieron entender nunca que un hombre tan desocupado, al parecer, hubiera escrito y hecho imprimir en cuatro semanas casi un volumen. -En efecto: la víspera del día de San Pedro, EL ESCÁNDALO estaba concluido, y el 1º de Julio de 1875 se ponía a la venta en todas las librerías de Madrid.

Tan complicada fue la elaboración de mi más dificultosa novela. Respondamos ahora a los cargos de que ha sido objeto.

Formada ya por los racionalistas, como dijimos al hablar de La Alpujarra, la fría resolución de acusarme de neocatólico y ultramontano, sin más causa ni fundamento que el no tenerme de su parte para negar la espiritualidad del alma, la existencia de otra vida y la responsabilidad de nuestras acciones ante un Sumo Dios, comenzaron por establecer que no había sido necesario, sino mero lujo levítico mío, el que Fabián Conde, en su tremendo caso de conciencia, acudiera, como acudió, a un clérigo célebre, en vez de dirigirse a cualquier famoso abogado o filósofo librepensador.

¡Parece imposible que los partidarios de la naturalidad o naturalismo, me hiciesen acusación semejante! -Porque, dígaseme: ¿no es lo más natural, lo más acostumbrado, lo verdaderamente español, cuando un joven de la aristocracia se ve abrumado por sus remordimientos y por sus pasiones el que busque al mejor confesor de que tenga noticia y le pida consejo y fuerzas, en lugar de llamar a la puerta de D. Cristino Martos, de D. Francisco Pi y Margall o de D. Nicolás Salmerón? -¡Con el confesor se habla en inviolable secreto y completamente de balde: el confesor no se impacienta; el confesor es dulce y piadoso por oficio....., mientras que los otros señores necesitan su tiempo, no están siempre de buen humor, y tienen además sus preferencias personales!

Pero (seguía diciendo la Crítica) suponiendo que Fabián Conde hiciese lo mejor o lo más acostumbrado en ir a hablar de su tribulación con un sacerdote famoso, el autor debió dotar a su joven protagonista de muchísima ciencia, de grandes facultades de orador, de todos los prodigiosos artificios mentales de la filosofía alemana, y, por este medio, el penitente habría podido medirse de igual a igual con el teólogo, y vencerle, y hasta convertirlo a la impiedad.....

Señores críticos: ¡por Dios! Fabián Conde no era socio del Ateneo, sino socio del Casino del Príncipe; Fabián Conde no había pasado la vida estudiando, sino requebrando mujeres; el problema que Fabián Conde sometió al Padre Manrique no fue ninguna especulación filosófica, sino un atranque material de la vida, y la contestación del clérigo no fue doctrinal, sino práctica: no le probó, ni juzgó necesario, probarle que Dios existía; le mandó y rogó que lo creyese, o que obrase como si lo creyera, y fue la verdad (así en la historia efectiva, que yo presencié, como en la novela, que yo escribí) que tan luego como el insubstancial y ambicioso lechuguino procedió en justicia contra sí propio, cual si estuviese convencido de que Dios leía dentro de su alma; tan luego como renunció a toda mentira, a toda usurpación, a todo bastardo interés; tan luego como desdeñó las felicidades terrenas y se abrazó a la Cruz que le presentaba Diego, volvieron a su espíritu la alegría, la paz y el valor; consideróse totalmente invencible, y reconoció la necesaria existencia de aquel Eterno Padre, que parece sonreír con bondad en el fondo de toda conciencia purificada. -Jesús lo dejó dicho: «¡Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios!»

Además, caballeros: si Fabián Conde no pasaba de ser un calavera discreto y un mediocre artista, como tantos y tantos marqueses o duques no metidos a filósofos trascendentales, tampoco el Padre Manrique era ningún sabio de primer orden y de reputación universal, un San Agustín, un Santo Tomás o un San Buenaventura, sino pura y simplemente el Padre Manrique que yo presento en mi obra, tal como Dios lo crió, y tal como solía alojarse en los Paúles bajo su verdadero nombre.

Su merced y el joven pecador hablaron lo que hablaron, y nada más. Si en las escuelas se mantienen hoy conversaciones más sublimes o abstrusas, mejor para las escuelas; pero ni semejantes controversias filosóficas se les ocurrieron a mis personajes, ni, por consiguiente, tuve yo que transcribirlas. -¿No decís vosotros que el autor debe omitir comentarios propios, debe ser un espejo indiferente, debe imitar la serenidad olímpica de Goethe? ¡Pues yo en EL ESCÁNDALO me he limitado a referir lo que pasó; a hacer hablar a mis héroes como hablan en Madrid los calaveras y los Jesuitas, en la seguridad de que, publicándolo, proporcionaba un beneficio a mis prójimos! Y que lo conseguí; que les proporcioné ese bien; que elegí sabiamente el asunto en la variada realidad de las costumbres madrileñas, me lo demostraron algunos de nuestros racionalistas más célebres, al decirme con noble sinceridad, en mitad de la calle, después de lamentar mucho el espíritu religioso de mi nueva obra: «que habían leído EL ESCÁNDALO sin descansar, y que después de leerlo se habían sentido MEJORES DE LO QUE ANTES ERAN.» -¡Vivos están, y por Madrid andan, y tal vez declaren espontáneamente que no miento algunos de aquellos leales materialistas! Si se les presenta ocasión y así no lo hacen, consistirá en que ahora son otra vez peores que cuando departieron conmigo.

¡Bien! ¡Bueno! ¡Sí!..... (continuarán, como entonces, diciendo los impíos de oficio). Admitimos la verosimilitud de ese triunfo de la religiosidad sobre determinadas conciencias, y aun sobre la conciencia de la inmensa mayoría de los españoles; admitimos también que estuvo V. en su derecho, y dentro de lo que le convenía, a fuer de conservador o canovista, publicando la victoria del sacerdote católico sobre el pisaverde escéptico y epicúreo; pero ¿había necesidad de que ese sacerdote católico fuese jesuita? ¿No pudo ser capuchino, hermano de San Vicente de Paúl, franciscano, cura secular, cualquier cosa, menos individuo de la Compañía de Jesús? ¿Negará V. que su objeto fue lisonjear a este instituto, defender a esos enemigos natos de la potestad civil, hacer acatamiento a San Ignacio de Loyola?

Vamos por partes. -Declaro en primer término que, como fiel pintor de costumbres, debía yo determinar que fuese precisamente jesuita el confesor o consultor a quien buscase un joven elegante de la aristocracia madrileña, en la cual, todas las personas finas lo saben, estaban entonces más de moda que nunca estos discretísimos padres de almas. Aseguro, además, en mi citada calidad de testigo de la historia tristemente cierta referida en EL ESCÁNDALO, que jesuita fue realmente el clérigo consultado por Fabián Conde. Añado también que ninguna acción ejecuta ni ninguna idea vierte el Padre Manrique en toda la obra que sea peculiar o exclusiva de la Compañía de Jesús, sino común y comunísima a todos los sacerdotes católicos, y aun a los meramente cristianos y hasta a los no cristianos, pero sí espiritualistas, como los judíos y los musulmanes. Diré, por último, que si doy estas explicaciones no es en son de disculpa, sino por respeto a la verdad del caso; pues ni yo tengo mala idea de los Padres Jesuitas, sino recuerdos de muy gratas impresiones morales é intelectuales recibidas en conversación con varios de ellos, ni me habría limitado a hacerles tan pocos y vulgares honores como les hago en EL ESCÁNDALO, si hubiese querido escribir una obra en su defensa. ¡Más apurado me vería, de seguro, para redactar el panegírico de cualquiera de los modernos sistemas filosóficos sociales, valorándolos por los resultados que les deben la paz y la felicidad de Europa!

Y punto final, dado que, al descubrir que EL ESCÁNDALO es rigurosamente histórico, como les consta a muy respetables vecinos de Madrid, ya he refutado la objeción de ciertos pobres críticos, sin trato de gentes ni conocimiento práctico de la sociedad, acerca de la inverosimilitud de los caracteres de Gabriela y Lázaro..... -¡Mentecatos!..... Lázaro anda por el mundo; pero, como no es hombre que acostumbra a celebrarse, ni aun tan siquiera a defenderse, como yo me estoy defendiendo hace ya rato, nada tiene de particular el que sus virtudes extraordinarias no sean la comidilla de los cafés y de los casinos..... -Y en cuanto a Gabriela, manifestaré que no es culpa mía el que no se parezca en poco ni en mucho a la señora, a la pupilera o a la criada de ninguno de mis habituales censores; ¡pero que en el mundo de las sanas ideas, de la buena crianza y de la verdadera cultura, hay una porción de Gabrielas que Dios bendiga!

- XV -


El niño de la bola

-«Pues señor (me dije en 1879): ¡Acosemos a nuestros impugnadores en sus últimas y deleznables trincheras! Quiero decir: ¡Combatamos a los paladines de la materia bruta en el propio terreno donde intentan desacreditar la campaña espiritualista que emprendimos con La Alpujarra, que continuamos en El Escándalo, y a que ha puesto su verdadero nombre nuestro Discurso de entrada en la Academia Española! -Por no verse obligados a admitir que, cuando menos, la simple religiosidad del hombre, su piedad abstracta, su deísmo puro (no digamos ya ninguna religión positiva) sería indispensable para que no careciese de vida el alma ni de alma la sociedad, los tales desconocedores, ó, más bien, enemigos sistemáticos del mundo moral y metafísico, armaron una especie de motín liberalesco contra el citado Escándalo, preferido objeto de sus iras, tratando de hacer creer a los fogosos, cuanto inocentes revolucionarios de escalera abajo, que aquella novela, al parecer tan suave, no era una obra meramente espiritualista, en que con desinterés se indicaran consuelos, recursos y esperanzas supremas a todos los opresos y desvalidos, sino una pícara ratonera, ultramontana, neocatólica, jesuítica, en que se atrapaba a los pobres de espíritu y a los mansos, para enseñarles a defender las cadenas, el obscurantismo, la teocracia, la amortización, el tormento, y, por de contado, las hogueras del Santo Oficio..... -¡Esta denuncia sí que fue trampa! ¡Esta sí que fue ratonera! -Pudo, pues, muy bien ocurrir que algunos escolares, dedicados previamente al magisterio, cayesen en el lazo y juzgaran que el mejor modo de salvar a la humana especie era desconfiar y huir de los curas y de los creyentes que yo sacaba a plaza, y aconsejar, en suma, que se aborreciesen mis obras, etc., etc. -Por si tal sucedió, o llega a suceder, creo hallarme en el caso de publicar, sin pérdida de tiempo, otra novela espiritualista y religiosa, que sirva como de interpretación auténtica a El Escándalo, que restablezca su verdadero sentido, que marque los límites de su tendencia, y que deje en completo ridículo a los que confundieron la caridad más desinteresada con no sé qué afán de reclutar prosélitos para tal o cual escuela política o filosófica. -¡Ya tengo el asunto, sin necesidad de inventarlo! Me basta con recordar aquel drama romántico de chaqueta que presencié en Andalucía cuando niño..... -Escribamos, sí, con el título de EL NIÑO DE LA BOLA, una tragedia popular, en que haya también su correspondiente cura, pero que no sea jesuita, ni tan siquiera un teólogo conservador, sino un ignorante cura de misa y olla, muy simpático entre los mismos liberales, y solamente aborrecido por los impíos de profesión, declarados enemigos del género humano. Pongamos enfrente de él a un mal bicho, como hay varios en las cloacas de la sociedad, que, por haber nacido pobre y feo y carecido de familia que le predicase abnegación y paciencia, se ha proclamado antagonista de todo bien, de toda virtud, de toda esperanza, y, por consiguiente, apóstol del ateísmo, de la rebelión y del crimen. Coloquemos en medio una gran soberbia, una pasión desenfrenada, un amor de loco, mezclado con ira, sed de venganza y los más rabiosos celos, al par que servido por las fuerzas y la arrogancia de un león, y hagamos ver de qué modo tan natural y sencillo ésta que llamaré noble fiera humana fluctúa y oscila entre los furores de la bestia y las generosidades del ángel, según que suenan en su oído palabras de Dios o sugestiones del demonio. -Quedarán entonces demostradas, a los ojos de los mismos progresistas y republicanos de buena intención, la utilidad y necesidad de los sentimientos y respetos religiosos, y ejecutoriado, hasta cierto punto, que son unos perversos y unos infames todos aquellos escritores o artistas, catedráticos ú oradores, que se gozan en arrancar del alma del creyente la heredada fe, para no reemplazarla con otra que juzguen ser la verdadera; es decir, que si logro hacer abominable entre los menos empedernidos de mis impugnadores ese papel de gerentes de Satanás (o como quieran que denominemos al enemigo de la felicidad o la paciencia de la prole de Adán y Eva), algo habré contribuido con mi limosna moral a reducir el número de los rebeldes o desesperanzados que amenazan de muerte a la sociedad en que vivimos.»

Así me dije, en mis soledades de Valdemoro, el verano del referido año; con lo que algunos meses después, el 26 de Enero de 1880, día muy solemne en mi casa, apareció en los escaparates de las librerías EL NIÑO DE LA BOLA.

Por cierto que en aquella ocasión ocurrieron particularidades muy significativas, de que debo dar cuenta en esta memoria bibliográfica. Sabedores de que la tal novela iba a salir a luz de un momento a otro, los Sres. D. José Ortega y Munilla, director de Los Lunes de El Imparcial; D. Alfredo Escobar, director de Los Lunes de la Época, y D. Pedro Bofill, redactor literario de El Globo, todos ellos muy cariñosos amigos míos y de mis obras, así como de sus propios Diarios, me escribieron, casi a una misma hora, obsequiosísimas cartas, que conservo, pidiéndome que les permitiese publicar el argumento de algunos capítulos del nuevo libro la víspera del día en que se pusiese a la venta. Vine en ello de muy buen grado, por cuanto yo era el verdaderamente favorecido, bien que no se me ocultara (y se lo dije a los tres) que alguien podría atribuirme la idea de aquel honrosísimo anuncio.....

Aconteció lo mismo que me había figurado. Cuando los detractores sistemáticos de mis obras y de todo lo que yo hago y digo trataron de poner en práctica su plan, muy luego descubierto, de ahogar en la cuna a EL NIÑO DE LA BOLA, pregonando que era una majadería y que nadie debía comprarlo ni pensar en él, halláronse con que toda España conocía ya su argumento y varios de sus capítulos; con que las muestras habían sido muy del agrado de nuestro piadoso y romántico público, y con que, en cuarenta y ocho horas, dicha nunca sonada en nuestras librerías, habíase agotado, por compras, o por pedidos telegráficos, toda la primera copiosísima edición. - «¡Fraude! ¡Traición! ¡Felonía!..... (apellidaron, pues, como energúmenos los procuradores de la impiedad y el pesimismo, representados principalmente por los más notorios corifeos de la envidia). ¡No ha debido leerse ese libro hasta que nosotros lo hubiésemos juzgado! ¡Nadie ha debido comprarlo sin conocer antes nuestra sentencia! ¡Anatema sobre el pícaro Autor, que ha tratado de asegurarse el triunfo! ¡Execración a ese triunfo, no intervenido por nuestras difamaciones previas!»

Yo no me afligí en manera alguna. Gocé mucho, por el contrario, al ver que la concurrencia espontánea y coincidente de La Época, El Imparcial y El Globo había sido contramina providencial, y que a ella debía su salvación mi pobre libro, amenazado por la más aleve asechanza. Agréguese a esto que el público, no obstante los articulazos que mis despechados sitiadores se apresuraron a escribir en contra de EL NIÑO DE LA BOLA, y, sin embargo, también de las cuchufletas y falsedades a que acudían otros, agotaba en el siguiente mes la segunda edición, muy a sabiendas ya de que las hazañas de D. Trinidad Muley no eran del gusto de los señores racionalistas y materialistas.....; y agréguese, por último, que literatos muy respetables seguían elogiando la obra bajo su firma, mientras que en todos los círculos de Madrid culto sólo había cuestión sobre si debí o no debí escribir el Epílogo, por el significado filosófico que muchos le daban, aunque calificándolo unos y otros del más dramático capítulo trazado por mi humilde pluma.

Fuera de esto, ocioso es decir que aquel horror (cuya falsedad queda probada, y que un periódico neciamente me atribuía) de haber procurado ¡yo mismo! llamar la atención pública hacia mi nueva producción literaria, no hubiera constituido ningún delito, ni aun en el caso de ser cierto. ¡Nada, absolutamente nada habría tenido de reprensible el que yo anunciase, exhibiese, instalara (como se dice ahora), en la forma y disposición más llamativas, un fruto de mi honesto trabajo, para que, llegando pronto la noticia de su publicación a conocimiento de todo el universo mundo, se convirtiese en provecho mío y de mis hijos! Muy al contrario; hubiera imitado con tan sabia conducta el usual procedimiento de los autores de comedias y dramas, o de esculturas, o de cuadros; quienes coadyuvan en cuanto pueden a la más conspicua y ventajosa presentación de sus obras, a fin de sacar el mejor partido de ellas...., o sea del público.....

Porque lo único ilícito en estas materias, y lo que yo no he hecho ni haría nunca, bien que se le permita a otras clases de productores, es celebrar la propia mercancía literaria, o pagar la alabanza ajena, aunque haya quienes propongan tales negocios..... -Pero anunciar uno su obra; notificar a las provincias de aquende y allende los mares que ya está a su disposición en Madrid; alegrarse, como autor y como dueño, de que no falte quien la celebre y la compre; regalar ejemplares (o butacas, o invitaciones, según lo que sea) para que los amigos la conozcan.....; todo esto, no es ya solamente lícito y acostumbrado, sino indispensable y preciso, máxime cuando vemos que los incrédulos y envidiosos acuden al más cobarde medio de persecución y ruina de los intereses de escritores honrados, cual es procurar que la imprenta, exclusivo órgano de la publicidad, no escriba nada respecto de ciertas obras (ni tan siquiera para censurarlas y deprimirlas), hasta lograr de muchos periódicos que no las anuncien; que no se den por entendidos de su aparición; que no aludan ni por casualidad a su existencia.....

¡Y a esto se llama respetos literarios, protesta contra el bombo, evitación del fraude en asuntos de fama y gloria, defensa de la candidez del público!..... -¡Oh, no! ¡Eso es pura estrategia, auxiliada por la envidia, como ya he dicho varias veces; eso es maldad; eso es impotencia; eso es despecho! -Porque contra el libro absurdo o pernicioso no ha habido ni habrá nunca más que un sistema decente: combatirlo; revelar que ha surgido aquel riesgo para el gusto, o para la moral, o para la buena filosofía; prevenir en severos artículos cualquier ligereza de los incautos; criticarlo y censurarlo, en fin, hasta desvanecer el error, la falsedad o la mentira. -¡Y no otra cosa hacéis vosotros mismos con las obras que en realidad os parecen malas.... y que no os importan! Lejos de remitirlas al silencio, las impugnáis hasta no dejarles un hueso sano!..... -¿Por qué no os merecen tanto honor las mías?

Al hablar luego de La Pródiga, y de cómo resolví hace tres años no escribir más novelas, añadiré algo sobre esta conjuración del silencio (creo que así la llaman sus biliosos y poco nobles individuos). Entretanto, responderé sucintamente, y con la debida urbanidad, a las dos únicas objeciones que la crítica de buena fe (pues siempre quedara alguien que la ejerza) hizo a mi romántico NIÑO DE LA BOLA.

Primera objeción: Habíame yo esmerado mucho, cuando escribí a Vitriolo, en explicar a los lectores que el abominable mancebo de la botica no era deforme y malvado como consecuencia fisiológica y estética de ser ateo, sino que, muy al contrario, era ateo y perverso por tristes resultas de su nativa deformidad y mal alma, puesto que el pobre monstruo se había criado y educado sin padres que le predicaran mansedumbre y resignación..... No contento con discernir y exponer categóricamente esta diferencia, coloqué al lado de Vitriolo, y formando contraste con él, a otro incrédulo y republicano, Pedro Antúnez, de muy ventajosas prendas personales, el cual, lejos de confundir, como su indigno maestro, la incredulidad religiosa con el aborrecimiento a la virtud, o el republicanismo político con el amor al crimen y al desastre, honradamente procuraba, según los erróneos dictados de su conciencia, lograr el mejoramiento de todos sus prójimos.

Pues bien: cierto elegante crítico, muy afecto por señas a EL NIÑO DE LA BOLA, se obcecó hasta el extremo de no entender ninguna de estas distinciones, y, en medio de un artículo gallardamente laudatorio, me acusó de haber incurrido en la vulgaridad de los dramaturgos patibularios, haciendo que el traidor de mi libro, el mencionado Vitriolo, fuese feo y repugnante por cuanto era malvado y ateo..... ¡Y no se contentó aquel buen hermano con decirlo una vez, sino que, a favor de la amistosa indulgencia con que entonces me hice el desentendido, llegó a enamorarse de su soñado descubrimiento, y lo ha citado posteriormente en otros dos artículos, con tal descrédito de mi inteligencia, unido a tanta delectación y ufanía de la suya propia, que, no obstante lo muchísimo que le quiero, me he visto en la dura necesidad de desengañarlo aquí, para eximirme del capote que presumió darme..... -Perdónele a mis canas esta sacudida, y aguántela como penitencia por el abandono en que me tiene hace años, cuando tan sabrosas y útiles me eran sus visitas, allá en los alegres tiempos de nuestra larga concomitancia.....

Y vamos a la otra objeción, hecha, también en letras de molde, por un crítico eminente que ya ha muerto. -Me honró aquel ingenio, malogrado mucho antes de bajar a la tumba, escribiendo minucioso y doctoral estudio de EL NIÑO DE LA BOLA, donde, como siempre, me colmaba de aplausos; pero en esta ocasión se le metió en la cabeza la manía de creer que, si Manuel Venegas era medio loco, no consistía en que yo hubiese resuelto crearlo en tal estado intelectual, sino en que me había salido así por equivocación. -Y no bastó al buen psicólogo que el ama de D. Trinidad Muley estuviera advirtiendo siempre al señor Cura que el pobre huérfano quedó herido en su sensatez por el solo hecho de no verter lágrimas al presenciar la muerte de su padre: inútiles fueron también otras insinuaciones análogas que hacen diversos personajes del libro (ya que el autor, por sistema estético, no emite en él opinión propia sobre ningún asunto): ni tan siquiera se fijó aquel diantre de hombre en estas reservas mías: «Nosotros ignoramos lo cierto; pues entre los papeles que nos sirven de guía no figura ningún dictamen facultativo sobre el particular, y eso de decidir en nuestro pobre mundo quién se halla en su juicio o quién está loco, es materia más peliaguda de lo que parece..... Juzgue cada lector lo que se le antoje, en vista de los sucesos que vayamos contando.....» «¡Nada, nada bastó al preocupado crítico! Se empeñó en que las excentricidades de Venegas se las colgaba yo a un joven enteramente racional, y de aquí sacó muy equivocadas consecuencias acerca de la verosimilitud de mi obra.....

¡Dios haya perdonado al sabio y acerado escritor! -Pero Dios ayude también a los novelistas y a los autores dramáticos, para que puedan sufrir con paciencia tan injustificados ataques.

Y aquí termina cuanto me conviene manifestar con relación a EL NIÑO DE LA BOLA, novela traducida, lo mismo que El Escándalo, a diferentes idiomas europeos, y calificada, por insignes individuos de la Real Academia Española, como mi obra más literaria y artística. -¡Yo me contentaría con saber de fijo que estos señores no la juzgaron enteramente indigna de llevar el nombre de un escritor a quien ya habían ennoblecido con sus votos!

- XVI -


El capitán veneno

Puedo señalar también con piedra blanca, en la galería de mis obras literarias de la segunda época, este bienaventurado cuanto diminuto libro. -Sólo plácemes y felicitaciones me valió su publicación, aun en medio de la sistemática guerra que me hacían los doctores de la cáscara amarga.

Lo escribí en ocho días, en el sitio, fecha y circunstancias que refiere su dedicatoria al Sr. D. Manuel Tamayo y Baus; lo publiqué, por trozos quincenales, en la Revista Hispano-Americana, y después se han hecho de él tres ediciones en tomo.

Me sucede con esta obra lo que con El Sombrero de Tres Picos: que como no ha suscitado contradicciones, me parece que le falta algo, y la quiero menos que a sus combatidas hermanas. -Y es que, a mi juicio, en los actuales calamitosos tiempos hay que tener furiosos adversarios, corno señal de haber cumplido uno con su obligación. -Ser del agrado de todos, cuando tanto abundan los demoledores de la sociedad, arguye criminal apatía en el aplaudido..... ¡Benditas, por consecuencia, las animosidades que me valieron El Escándalo y El Niño de la Bola; pues hasta las heridas son envidiables trofeos cuando se reciben luchando frente a frente en el campo que consideramos del honor!

Conque tornemos a la batalla.

- XVII -


La pródiga

También publiqué esta novela por trozos, en la Revista Hispano -Americana, a medida que la fuí componiendo en Valdemoro, y luego en Madrid, el otoño de 1881. -Nueve trozos, a tres días, son veintisiete días: ni una hora más ni menos tardé en escribir y corregir LA PRÓDIGA.

Aquella manera paulatina de sacarla a luz, en que el propio texto iba sirviéndose a sí mismo de anuncio y de mejor o peor patente literaria, me evitó desagradables arremetidas de los críticos de mala fe, encaminadas a frustrar el primer efecto de la obra en el verdadero público....., -dado que éste, sin ayuda de nadie, formó juicio de LA PRÓDIGA; la favoreció, desde luego, con sus simpatías; se la recomendaron unos lectores a otros; aguardóse a que los libreros la pusiesen a la venta en volumen, y, llegado muy pronto aquel caso, se agotó rapidísimamente en Madrid una edición de muchos miles de ejemplares.

Pero los enemigos de mis tendencias moralizadoras debieron de notar en tal momento que el desenlace de la historia de Julia era un alegato en favor de las leyes divinas y humanas que rigen nuestra sociedad, y saliendo de pronto de la actitud indiferente en que dejaron correr El Capitán Veneno y la primera edición de LA PRÓDIGA, impidieron masónicamente (este adverbio es una metáfora) que muchos, muchísimos periódicos diesen noticia a sus subscriptores, como cándidamente se lo advertíamos mis libreros y yo, del simple hecho material de haberse ya publicado la edición segunda, con gran impaciencia esperada por los corresponsales de provincias; y entonces fue (¡perdóneme Dios el asco y la soberbia con que lo escribo!) cuando me di cuenta exacta de que existía contra mis obras la precitada conjuración del silencio.

     ¡Oh, sí! Entonces llegué a enterarme de que en vano, desde la aparición de LA PRÓDIGA, algunos diarios y revistas muy importantes publicaban artículos encomiásticos de escritores célebres, que me llenaban de regocijo y gratitud, bien que no de orgullo, pues yo amo demasiado el Arte para poder estar orgulloso de las pobres obras que escribo..... ¡La oposición seguía desentendiéndose de que tal PRÓDIGA hubiera en el mundo! Sus periódicos, o los periódicos seducidos por ellos en nombre de una mal llamada independencia de la prensa, no se dignaban ni tan siquiera censurarme, combatirme, condenarme desde el punto de vista de sus ideas y sentimientos; y, mientras del hemisferio americano, de Filipinas, de Francia, de Italia, de Alemania, se hacían pedidos de la obra, o de licencia para traducirla; mientras otra copiosa edición era agotada en pocos meses; mientras nuestra aristocracia política, literaria y financiera me honraba con singulares distinciones y discutía muy seriamente sobre si el tipo de la Marquesa Julia era español, francés o ruso, y sobre si Guillermo resultaba tan adocenado como carácter, porque tal hubiera sido mi deseo, o muy a pesar mío, varios escritores españoles, no contentos con haberme notificado un año y otro, en sus folletines y gacetillas, que vivían en Madrid novelistas mejores que yo (de lo cual me había alegrado muchísimo); que mis obras no agradaban a los filósofos (de lo cual me había alegrado también hasta cierto punto), y que yo era un insoportable monaguillo metido a literato, negábanme ya, estoy por creer, hasta el derecho de existir sobre el planeta, ni tan siquiera con aquella sobrepelliz que me habían endosado.....

Confieso mi debilidad. Un invencible tedio hacia la vida literaria se apoderó de mi ánimo en vista de tanta miseria y descortesía. Diome empacho de que cuatro almas enfermas se figurasen, una vez más, que yo buscaba o echaba de menos sus tristes elogios. Conocí que hacía tiempo experimentaba no sé qué malestar y angustia, así como asfixia, al ver que ciertos periódicos me escatimaban el aire de la publicidad, el terreno de las manifestaciones artísticas, el anuncio, el examen, la contradicción, la posibilidad, en fin, de la gloria legítima, vida de todo aquel que nació para soldado de estas nobles contiendas..... ¡No me bastaba la creciente ganancia material; no me bastaban el aplauso de los buenos y el favor del público anónimo; ni tan siquiera me bastaban el desdén que sentía hacia algunos de mis adversarios y la convicción que abrigaba de que los otros procedían por espíritu de secta!..... -Quería la paz; me estorbaba tan ruin odio; me avergonzaba semejante lucha; recusaba a mis enemigos; despreciaba la victoria, como dice no recuerdo qué personaje de tragedia; sucedíame lo que a aquel héroe de lord Byron, que exclamó al morir: «No deseo el Paraíso, sino el descanso»; y, por resultas de todo ello, decidí no componer nunca más novelas.

Tres años llevo de cumplir este formal propósito; tres años de paz y quietud, ya que no de vida y goces imaginativos; y tres años también (yo no debo ocultaros nada) de murmurar algunas veces por lo bajo: -«¡Ay de mí, si andando el tiempo, y porque el malogro de las prosaicas esperanzas que hoy acaricio lo exija, me veo forzado, para cubrir domésticas obligaciones, a descolgar la pluma de novelista y volver a la arena pública!»..... -¡Me comerán vivo aquellos a quienes hoy desprecio!.....

Pero ¡quién sabe! (ocúrreseme ahora decir, para terminar alegremente). ¡Tal vez entonces estará otra vez de moda confesar la existencia de un sumo Dios y la inmortalidad y responsabilidad del alma, y no hallarán mis libros ni un adversario para un remedio!

MADRID, 1º de Noviembre de 1884.
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2 opiniones

Acerca del autor.

No me sirve la info xk no hacen una investigacion completa su biografía esta muy incompleta y no me gusta no sirve mucho adios.
Opinion libre.

Creo que este es unmuy buen recurso porque en algunas partes no esta la informacion completa pero es exelente y muchas gracias por este recurso.

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