Carvalho es ciertamente un detective posmoderno, un personaje sumido en el más grande desconcierto ante un mundo cuyas contradicciones y complejidades le desbordan. Sin embargo, no parece éste el sentido de la obra de VM; no da la sensación de que la obra del autor catalán se coloque au-dessus de la mêlée, en una posición equidistante entre los sectores sociales, en un paraíso de neutralidad aséptica. Más bien todo lo contrario. ¿Cómo se explica esta aparente contradicción?
Hay una idea de Andre Gide, usada para justificar la necesidad de la crítica por Claude Edmonde Magny, que puede aclararnos este problema: “En última instancia -escribe Magny- la crítica es necesaria porque las ‘ideas’ del autor no son sino la parte más superficial de su mensaje, no constituyen sino una aproximación (burda en el fondo) de lo que procura decir. En un libro como en cualquier obra de arte, existen dos partes: primero el mensaje consciente del autor, lo que tiene la intención expresa de exponer, el efecto en vista del cual trató de acomodar su máquina (la caricatura de esto sería la ‘moraleja’ de las fábulas o las de las ‘obras de teatro con tesis’); en segundo lugar, la verdad que revela el escritor como sin saberlo, el aspecto del mundo que apareció ante sus ojos, casi a pesar suyo, en el transcurso de esta experiencia que constituye el hecho de escribir, esto es, más o menos, lo que Gide, en el prólogo de Paludes, llamó ‘la parte de Dios’” (15). La distinción me parece, en este caso, pertinente y clarificadora. No se olvide que el personaje es un instrumento en manos del autor, que puede querer lanzar un mensaje en una dirección totalmente contraria. Este desapego en cuanto a las cuestiones sociales, esta equidistancia entre distintas clases, esta diversidad de perspectivas son las del personaje, no las del autor. Y la intención última del autor (lo que Gide llama “la parte de Dios”, en una expresión que quizá no hubiese agradado al agnóstico VM) está explícita repetidamente en sus declaraciones, entrevistas y textos teóricos. Precisamente, una de las ventajas (que puede convertirse en dificultad) que se encuentra a la hora de estudiar la obra narrativa de VM es que este autor es, al tiempo que narrador (y otras muchas cosas), un agudo exponente de la reflexión literaria (la ajena y la propia); él mismo nos explica a veces las claves de su obra. El problema es que el uso de la ironía -a veces convertida en auténtico sarcasmo-, en la que es un maestro, hace que, en ocasiones, no sepamos si habla en serio o se burla del lector (o las dos cosas). Los estudiosos que se han ocupado de él están de acuerdo en situarlo en la izquierda ideológica. Su contundente militancia política, nunca abandonada ni rectificada, es muestra clara de ello. Joaquín Estefanía, reseñando su libro Manifiesto desde el planeta de los simios (16), observa como el autor ataca no sólo al neoconservadurismo y al paradigma liberal, sino también, incluso con más dureza a la socialdemocracia, que el fondo hace el juego a intereses distintos a los que dice representar y lo define, de forma rotunda, como “la conciencia más influyente de la izquierda no instalada”. La intención última y global de la obra de VM, pues, ha sido explicada explícitamente por el autor en más de una ocasión en su abundantes escritos teóricos. Antonio Beneyto, en un libro donde recoge entrevistas con diversos escritores españoles (17), pregunta al escritor sobre el sentido sociológico de su obra. La respuesta es esclarecedora: “Toda mi obra es, en sus distintas formas, una reflexión sobre el ‘yo’ y el fascismo, ‘yo’ y la represión, la represión política, sexual, moral (...) Ha sido monotemática, a pesar de la aparente diversidad genérica (...) Toda mi obra es una reflexión muy obsesiva sobre ‘yo’ y el fascismo”. La contestación supone una cierta simplificación o generalización del término “fascismo”, por otra parte muy extendida en la izquierda, pero nos da una clave evidente del sentido de su obra. Con su personaje VM quiere expresar su rechazo y crítica radical de lo él mismo llamaría “las contradicciones del capitalismo tardío”. El personaje en sus contradicciones y debilidades busca, si no la salvación, sí la resistencia en una sociedad cuyo vaciamiento moral no le permite otra cosa. Carvalho no es un cínico, sino una víctima del tipo de sociedad en la que le ha tocado vivir; su escepticismo es una forma de escape o, por lo menos, de supervivencia.
Sería simplista intentar situar la obra de VM en un binomio literatura comprometida / literatura pura. Siempre es arriesgada cualquier clasificación cuando se trata de un obra tan heterogénea, compleja y con una gran capacidad de ironía y distanciamiento, que puede despistar al público más avezado. Sin embargo, aun dejando a un lado el concepto de literatura comprometida, que aquí resulta insuficiente, arriesgo la afirmación de que en la base de la obra de VM hay una clara orientación ideológica que tiñe todo su discurso. Tomando el famoso binomio de Abrams, en El espejo y la lámpara, el lenguaje literario puede referir, reflejar o ser un instrumento que básicamente habla de sí mismo; dicho en términos de teoría literaria, ser semiosis o mímesis. En esta disyuntiva, la obra de VM es espejo, reflejo de la sociedad de su tiempo, con todas sus contradicciones y miserias. Descartado, por las razones aducidas, el término de literatura comprometida, quizá venga bien el de “testimonio” (18). Cabe calificar esta obra como testimonio y denuncia; sólo desde este presupuesto -me parece- se puede explicar su sentido último. El mismo VM ha dejado meridianamente clara su postura: “Yo reconozco la validez de la posmodernidad precisamente en lo que tiene de reconocimiento de la validez de todos los códigos hasta que no demuestren su invalidez y creo que esta disposición es precisamente lo vanguardista hoy y aquí. No reconozco, en cambio, la validez de la ahistoricidad del discurso posmoderno, que enmascara en mi opinión una interesada instalación política en el final de la Historia (...) Yo no creo que la Historia haya terminado, precisamente porque terminaría en muy mal, injusto, indecente momento” (19). Carvalho es fruto de esta inquietud y desencanto; nació en un tiempo complicado y difícil, de ciertas perspectivas de cambio, pero también de desesperanza; no eran tiempos de ingenuos optimismos, ni de escapismos elitistas; como dice el autor (aunque hubiera sonado bien en boca de su personaje), “teníamos la impresión de que nada cambiaría”.