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Castilla, lugar común del 98 - El 98 como espacio generacional

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CopyLeft Monografía de Carlos Moreno Hernández - 22 de Agosto de 2006
6. El 98 como espacio generacional

Así pues, la generación del 98 de Azorín se complementa con la de Ortega en un espacio generacional, entre 1895 y 1922; ésta es, quizás, una de las razones por las que su propuesta no encuentra oposición y prospera. Dejando aparte la influencia determinista, quizás lo más característico de este espacio generacional es la ambivalencia sobre Castilla, una relación de amor-odio, un rechazo, más bien racional, que alterna con una identificación, más bien emocional. 'Porque -dice Varela (16)- ya fueran sucesivas, ya simultáneas, las actitudes de amor y odio, de esperanzas y desasosiego, el mito era capaz de conciliar todas las oposiciones'. Mito de Castilla, es decir, narraciones, historias en torno al lugar común, en oscilación.

Para Morón, esta ambivalencia se daría ya en En torno al casticismo, cuyo final interpreta como una palinodia, con la dificultad de discernir lo nativo de lo adventicio en un pueblo. De ahí la fórmula 'europeizarnos y chapuzarnos de pueblo' y las dos versiones de lo castizo, lo cerrado y exclusivista frente a lo intrahistórico y eterno, que oscilarán entre lo positivo y lo negativo.

Es Ortega, según Morón (29), quien dará el golpe de gracia a la idea de 'alma nacional' de Unamuno con su idea neokantiana de cultura, en 1908 ('Asamblea para el progreso de las ciencias', I: 102): La cultura es esfuerzo mental, inteligencia, ciencia, ética y estética (obra de los mejores?) y Europa equivale a ciencia. Entre 1908 y 1913 Ortega polemiza con Azorín, Maeztu y Unamuno en torno a este tema. Sin embargo, Ortega mantiene en su etapa perspectivística, hasta 1922, posiciones castellanistas, incluida la ambivalencia y la palinodia.

El principio y modelo es siempre Unamuno, con su primera etapa vascófila de rechazo, hasta 1897, año en que tiene lugar su 'conversión', a la vez religiosa y castellana. Castilla equivale a trascendencia a partir de ahora. Dice Juaristi (1997: 94-5):

El Unamuno de 1895-98, en quien resucita el antiguo interés en la ciencia del folclore o demología (término éste introducido en España por Machado Alvarez) parece creer en la existencia de unos primitivos sustratos raciales y culturales que, bajo la influencia de un determinado medio geográfico, explicarían ciertos comportamientos atávicos de las sociedades.

Y añade las influencias de Spencer y Taine en esta 'visión positivista' que se va sofisticando con el influjo de la Volkerpsychologie, o psicología de los pueblos, de Wundt. Es significativa la mención del padre de los Machado, que heredaron, escindido, su folclorismo, lo mismo que Unamuno traspasó su vasquismo primitivo a un castellanismo no menos folclórico que influyó, a su vez, en el Machado castellanista.

El primer texto donde se nota el cambio de Unamuno es 'Puesta del sol: recuerdo del 16 de diciembre de 1897', texto que Laitenberger (64) sitúa a unos ocho meses (después?) de la crisis religiosa. El paisaje, ahora, eleva hacia Dios, hay una valoración y un sentimiento religiosos del paisaje. En paralelo se sitúa su actitud sobre Don Quijote, que no cambiará hasta más tarde (1902-3). De ensalzar a Alonso Quijano, el bueno, se pasa a hacerlo con Don Quijote, el loco, héroe negativo antes. Caballero y tierra, con los que se identifica, se hacen así inseparables. Sin embargo, La Mancha como tal tiene un papel subordinado en Unamuno, cuyo punto de vista es la tierra de Salamanca, al contrario que Azorín, quien, en La ruta de don Quijote (1905) 'quería explicar la psicología del caballero loco a la luz de los paisajes y ambientes manchegos' (Laitenberger 68).

Y en la valoración positiva del paisaje castellano en la segunda etapa de Unamuno aparecen las montañas, al contrario que antes. De hecho, la meseta se hace también montaña, 'cima', y las ciudades tienen un papel más importante, incluso Madrid, antes odiado; puede esto comprobarse desde 'Avila de los caballeros', de 1909, a 'Castillos y palacios', de 1931, artículo en el que dice: 'Madrid (...) es también cima; que toda Castilla es cumbre, y algunas de sus ciudades; tal Avila, dechado del Castillo interior de Santa Teresa...' (I: 377).

No deja de haber, sin embargo, ambivalencias en Unamuno en su segunda etapa: En 'La soledad de la España castellana', de 1916, culpa de la no intervención de España en la guerra mundial al espíritu aislacionista, de tierra adentro, y añora una 'España total' que integre lo de dentro, lo castellano, y lo de fuera, marítimo y europeo. Véase, también, 'Las dos vertientes de España' (1932), escrito desde Alicante, tras recorrer La Mancha. Don Quijote es aquí, como Unamuno, hombre de las dos vertientes.

Ortega, 'castellano' de Madrid, con raíces andaluzas, es el punto de confluencia, ensayista que es de todos ellos. A todos los trata en algún trabajo e intenta atraerlos con el marchamo generacional. Y ellos le responden, de una u otra manera. Desde el enfrentamiento con Unamuno en 'Unamuno y Europa' (1909; I: 128-32) hasta el artículo necrológico 'En la muerte de Unamuno' (1937; V: 264-5) las convergencias no faltan. El primer ensayo está motivado por un ataque antieuropeísta de Unamuno a Azorín en ABC. Ortega se apoya en una larga cita de Américo Castro, en favor de los hispanistas extranjeros, a los que Unamuno ataca, y se muestra en favor de la lógica y de la responsabilidad intelectual, y en contra del personalismo. Es la etapa 'objetivista' de Ortega, la de su fe en la ciencia, atemperada en la segunda década del siglo.

En el ensayo de 1937 Ortega dice que Unamuno ha muerto del 'mal de España' y le llama 'ese gran celtíbero', pues según Tito Livio los celtíberos eran el único pueblo que vestía de negro y adoraba a la muerte. Toda su generación -dice- conservaba e ingrediente de juglar que adquirió el intelectual en los comienzos del romanticismo, 'no habían descubierto la táctica y la delicia que es para el intelectual ocultarse e inexistir' (265). Su castellano era aprendido, lo que es inexacto, pues no comenzó a estudiar vasco hasta sus últimos años de bachillerato (Juaristi 224), y de ahí, según Ortega, su obsesión por la etimología y por la opacidad del lenguaje. Concluye:

En esto también se diferencia su generación de las siguientes, sobre todo de las que vienen, para las cuales la misión inexcusable de un intelectual es ante todo tener una doctrina taxativa, inequívoca y, a ser posible, formulada en tesis rigorosas, fácilmente inteligibles. Porque los intelectuales no estamos en en el planeta para hacer juegos malabares con las ideas y mostrar a las gentes los bíceps de nuestro talento, sino para encontrar ideas con las cuales puedan los demás hombres vivir. No somos juglares: somos artesanos, como el carpintero, como el albañil. (267)

Sin embargo, Ortega padecerá toda su vida de lo mismo que achaca a Unamuno. Es curioso que diga 'sobre todo las (generaciones) que vienen', como si él mismo todavía no, y sí las que vienen ahora, cuando escribe, en 1937. De hecho, como ha señalado algún crítico (Shaw: 255) respecto al problema de España, Ortega parece prolongar el enfoque del 98 más que ofrecer una alternativa.

Los artículos clave de Ortega sobre Castilla-España pertenecen a su fase perspectivística, publicados en El Espectador, coincidiendo con los libros desde Meditaciones del Quijote (1914), desde la famosa frase Yo soy yo y mi circunstancia a El tema de nuestro tiempo (1923). La circunstancia de Ortega es Castilla: ser castellano, es decir, mesetario, implica un punto de vista peculiar, una manera particular de estar en el mundo: Véase, al respecto, 'De Madrid a Asturias' (España, 1915-16) y compárese con 'Temas de viaje', de 1922, donde le da la vuelta al asunto, el mismo año de la carta de Unamuno a Bataillon en la que el vasco reniega del determinismo, y del libro de Febvre citado, crítica demoledora de ese determinsimo medioambiental, ya antes en otro geógrafo francés, Vidal de la Blanche (Moreno,1991).

Pero como en el caso de Unamuno, no deja de haber en Ortega ambivalencias, con apoyo en los especialistas. Si el geógrafo de Unamuno es Reclus, Ortega se apoya en Dantín Cereceda, discípulo de Hernández Pacheco, con quien Maeztu polemiza. En 'De Madrid a Asturias', después de citar a Giner para destacar la belleza superior, la 'irrealidad visual' del paisaje castellano (II: 254), anota dos libros de Dantín y apoya su idea de 'región natural'. Frente a España como abstracción política e histórica, dice, la región natural afirma su calidad real, es algo que entra por los ojos, y

Sólo bajo la especie de región influye de un modo vital la tierra sobre el hombre. La configuración, la escultura del terreno, poblada de sus plantas familiares, y sobre ella el aire húmedo o seco, diáfano o perlúcido es el gran escultor de humanidad. Como el agua da a la piedra, gota a gota, su labranza, así el paisaje modela su raza e hombres, gota a gota; es decir, costumbre a costumbre. Un pueblo es, en primer término, un repertorio de costumbres. (II: 259)

En España invertebrada ('El Sol',1920; Madrid: Calpe, 1921) el determinismo geográfico cede su paso al histórico:

Porque no se le dé vueltas: España es una cosa hecha por Castilla y hay razones para ir sospechando que sólo cabezas castellanas tiene órganos adecuados para percibir el gran problema de la España integral (...) Para quien ha nacido en esta cruda altiplanicie que se despereza del Ebro al Tajo, nada hay tan conmovedor como reconstruir el proceso incorporativo que Castilla impone a la periferia peninsular. Desde un principio se advierte que Castilla sabe mandar (III: 61-2) (...)
Para mí esto no ofrece duda: cuando una sociedad se consume víctima del particularismo, puede siempre afirmarse que el primero en mostrarse particularista fue precisamente el Poder central. Y esto es lo que ha pasado en España. Castilla ha hecho a España, y Castilla la ha deshecho. (...) si nos asomamos a la España de Felipe III advertimos una terrible mudanza (...) Castilla se transforma en lo más opuesto a sí misma: se vuelve suspicaz, angosta, sórdida, agria. Ya no se ocupa en potenciar la vida de otras regiones; celosa de ellas, las abandona a sí mismas y empieza a no enterarse de lo que en ellas pasa. (69-70)

'Castilla se hizo España' -decía Costa- y avanzó la idea de una España enferma que hay que curar, si se deja, con la terapia del cirujano de hierro; Ortega propone minorías egregias que gobiernen los espíritus y orienten las voluntades, pues hay que ponerse a forjar un nuevo tipo de hombre español:

No basta con mejoras políticas: es imprescindible una labor mucho más profunda que produzca un mejoramiento de la raza.
Mas ese asunto debe quedar aquí intacto para que lo meditemos en otro ensayo de ensayo. (127)

En el prólogo a la segunda edición (1922) ya teme malas interpretaciones, por 'lectores no previstos', a la vez que, como en 'Temas de viaje', canta la palinodia: Lo mismo que Baroja años antes, se muestra en contra de la idea prevaleciente de que fuimos grandes y ahora estamos en una inevitable decadencia; y añade que la enfermedad de España también la tiene Europa, en cuanto al predominio de las masas, lo que confirma en el prólogo a la cuarta edición, de 1934.

'Temas de viaje' está fechado en julio de 1922. Vuelve a citar a Dantín, con la obsesión de siempre, la España árida, casi toda España. Si antes era Castilla frente a Asturias, ahora se trata de España frente a Francia, aridez frente a verdor; no abandonamos todavía el determinismo: con tantas estepas salinas,

¿Cómo podrán extrañar la sequedad, la salinidad de las almas españolas? "El animal o la planta -dice Dantín- parecen reflejar la fisonomía de la región, al punto de aparecer totalmente concertados con su paisaje..." (II: 368)

Hasta aquí todo parece seguir las pautas anteriores, pero Ortega guarda una sorpresa; es como si quisiera poner fin al 98:

Al menos durante un siglo apenas hay idea más popular, más obvia, que tan cómodamente se encaje en las mentes al uso como ésta de la influencia soberana del "medio" sobre el hombre. (...) Taine, personaje sin genio, pero exacto receptor de los tópicos de su época, popularizó la idea de milieu, que ya había servido a Buckle para explicar la inspiración metafísica de los indos por el enorme consumo que hacen de arroz.
Sin embargo, en un ensayo de ensayo sobre la historia de España, publicado por mí hace unos meses, no se mienta siquiera el factor geográfico. (...) Pío Baroja, de cuyo espíritu agudo no logramos nunca desalojar cierto materialismo contraído en la mocedad, echaba de menos en mi decoración histórica las usuales estadísticas sobre suelo y clima.
Es que, a mi juicio, la interpretación geográfica de la historia, según ha sido empleada, carece de valor científico. Es una de tantas ideas lanzadas por el siglo XVIII (no se olvide que ésta viene de Montesquieu) y que a pesar de no cumplir la promesa intelectual que nos hicieron se han instalado en los espíritus como dogmas íntimos. (...)
La tierra influye en el hombre, pero el hombre es un ser reactivo cuya reacción puede transformar la tierra en torno. (...) Por eso, cuando el tren ha dejado atrás Burdeos y corre entre los viñedos sonrientes ha cesado dentro de mí la depresión mágica que un instante me produjera el materialismo geográfico.
El dato geográfico es muy importante para la historia, pero en sentido opuesto al que Taine le daba. No es aprovechable como causa que explica el carácter de un pueblo, sino, al revés, como síntoma y símbolo de ese carácter. (...) Castilla es tan terriblemente árida porque es árido el hombre castellano. Nuestra raza ha aceptado la sequía ambiente por sentirla afín con la estepa interior de su alma. (...) En el castellano (...) todo emerge de un fondo saturado de desdén a la vida. (...) El campo de Castilla no es sólo árido, desértico, áspero; hay en él, además, la huella del abandono. Es un campo desdeñado.
Dentro de los límites de España aparece el desdén castellano rodeado de voluptuosidades por todas partes. (...) Frente a la España real que ha sido, que es, hay muchas Españas posibles, todas ellas brote diversamente orientado de un mismo germen, estilo o temperamento. (...) la manera española es múltiple. Hasta ahora se ha usado una, tal vez la peor.
Tal vez siempre se ha sentido que los pueblos son modos de existir radicalmente distintos. (...) es inútil buscar el origen de la variedad étnica en influencias externas (...) La causa de la diversificación tuvo que ser, pues, espiritual (...) Porque no cabe pensar en pueblos diferentes sin lenguajes diferentes, y el lenguaje es, por cierto, algo espiritual. (...) cada pueblo es una mitología diferente, un repertorio exclusivo de maneras intelectuales y afectivas. (II: 369-73)

¿Ha abandonado Ortega el determinismo? ¿Sólo el geográfico? ¿Está leyendo, en su viaje por Francia, a Vidal de la Blanche y a Febvre? De España como Castilla, hemos pasado a la manera múltiple de ser español; pero Castilla ha sido, sigue siendo, algo real, tal vez la manera peor de ser España, y si antes el hombre castellano era árido por culpa de la tierra, ahora sucede al revés. Cambiemos la mentalidad, la mitología, y cambiaremos el país.

'Temas de viaje' ha de leerse, inseparablemente, con España invertebrada. Los dos textos clausuran el 98 como espacio generacional de escritores, jóvenes o viejos, que mantienen la ambivalencia, u oscilación, entre idealismo y positivismo, de raíz krausista. Con la Restauración tocando a su fin, Ortega abandona el determinismo geográfico que hace de Castilla un lugar común, pero no la idea de generación, fundada en el positivismo de Comte: su primera formulación explícita aparece en el primer capítulo de El tema de nuestro tiempo (1923).

Autor y licencia de 'Castilla, lugar común del 98 - El 98 como espacio generacional'
Carlos Moreno Hernández Extraído de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero8/castilla.htm CopyLeft
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