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Castilla, lugar común del 98 - Hacia otra España

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CopyLeft Monografía de Carlos Moreno Hernández - 22 de Agosto de 2006
5. Hacia otra España

En su libro de 1899, Hacia otra España, Maeztu defiende como remedio la industrialización capitalista de la meseta, su colonización por el capital periférico, lo que ya ha triunfado en Cataluña y en el País Vasco; de ahí vendrá, sostiene, la solución a los separatismos, cosa para él de intelectuales y funcionarios a la búsqueda de puestos políticos y administrativos. Pero al decir industrializar, Maeztu lo entiende siempre en sentido agrario: construir canales, regar, rentabilizar los cultivos y sustituir las chozas del labriego por 'chalets multicolores' y desterrar el tétrico garbanzo, que hace meditar sobre las penas del infierno (1967:175). Castilla, la meseta, tiene que volver a ser el granero que fue, que es todavía, aunque venida a menos; Ford (12) decía ya que podría ser el granero de Europa. No es industrializar como en el País Vasco o Cataluña, industria del acero, textil o editorial, por ejemplo, aunque Castilla dominara con las armas, con la lana, con la lengua. En Barcelona, en 1902, publican Unamuno su En torno al casticismo y Azorín La voluntad ; el libro de Maeztu, recopilación de artículos anteriores, se edita en Bilbao. En uno de estos artículos 'La meseta castellana', de 1898, encontramos que, para Maeztu, esa meseta es algo más amplia que la de sus coetáneos y contemporáneos:

¿Y qué se encuentra en la inmensa meseta que se extiende desde Jaén hasta Vitoria, desde León hasta Albacete, desde Salamanca hasta Castellón, desde Badajoz hasta Teruel? (...) ¿Qué es hoy Castilla? Recórrase en cualquier dirección. ¿Qué es hoy Castilla? Un páramo horrible poblado por gentes cuya cualidad característica aparente es el odio al agua y al árbol; ¡las dos fuentes de futura riqueza! (1967: 176)

De hecho, la extensión de la meseta -de las mesetas- fluctúa, como Castilla misma, no sólo según el punto de vista del literato e historiador, sino incluso del geógrafo, que la trate, desde Macpherson hasta Lautensach; unas veces meseta se entiende en sentido estricto, otras incluye las montañas: véase una muestra en el trabajo citado de Solé Sabarís.

En 'Cataluña y las vascongadas ante España', publicado en Las Noticias el 16 de Agosto de 1899, la imagen de Castilla como meseta es muy gráfica, por hiperbólica:

Convengo en que el atraso de Castilla es harto disculpable. En Cataluña, como en todo el universo, los montes están en lo alto y los valles en lo bajo; así el agua montañesa es fuerza para las fábricas y riego para el campo. En Castilla, por una paradoja del destino, los valles están en lo alto y las montañas resultan escalones, por los que del llano se desciende. Es lógico que una estepa inacabable, lejos de la costa, situada a seiscientos metros sobre el nivel del mar, donde no llueve y apenas hay ríos, víctima de un calor tropical y de un frío de polo, sea pobre, y por pobre despoblada e ignorante. Pero no por ser lógico deja este atraso castellano de atar los brazos y ahogar las iniciativas de las regiones prósperas. Y ya tenemos una de las causas del regionalismo: el natural deseo de defender la riqueza propia frente a la miseria del vecino.
Hay muchas otras, sin hablar de las garambainas etnológicas, históricas y literarias, que para nada influyen en el destino de los pueblos. (1977:124)

En la reseña que Maeztu dedica a En torno al casticismo en La Lectura (5-II-1903) hay una de cal y otra de arena. La cal va para su idea de Castilla, que comparte:

Cuando Unamuno nos habla de la tradición eterna, se sumerge su pensamiento en metafísicas contradictorias. No es censura que dirijamos particularmente al maestro; ocurre lo propio a cuantos tratan de cosas semejantes. Ojos que no ven, pluma que debe estarse quieta. Cuando pasa de lo eterno inasequible a lo circunstancial que le rodea, el estilo de Unamuno cobra vida y color. Lo castizo español es Castilla. El libro En torno al casticismo hubiera podido llamarse El alma castellana ó Psicología del pueblo español, á no haber puesto estos títulos los señores Martínez Ruiz y Altamira á obras muy estimables, pero que no se consagraban enteramentea a tal estudio.
¿Cómo llegar al espíritu castellano?... Unamuno, no obstante su galofobia, sigue en este respecto los buenos métodos, los métodos de Taine. Somos productos de la Tierra; adheridos a su costra como imperceptibles animáculos, sus movimientos nos arrastran. La Tierra hace a sus hijos enérgicos o muelles, laboriosos u holgazanes, sobrios ó voluptuosos, pacíficos ó aguerridos: luego los hombres la transforman; pero la tierra es anterior y en ella hay que buscar el origen de lo castizo. el castellano se explica en Castilla.
Las páginas en que Unamuno describe las estepas centrales, fuera de algunos párrafos, son dignas del mismo Taine. (282-3)

Maeztu, como luego Ortega, no comparte esas metafísicas contradictorias del escritor bilbaíno ni su manía de pensar en voz alta y de escribir cuanto piensa, pero sí su castellanismo. Lo que ocurre es que, para entonces, Unamuno va ya por otro camino, y en ese mismo prólogo de la edición que reseña Maeztu detalla su nuevo determinismo, posterior a 1895, apoyado en geógrafos, o geólogos, como Hernández Pacheco, que habían negado que las mesetas pudieran recuperarse con regadíos: La tierra castellana, la meseta, no es para ser cultivada, no sirve para eso, de ahí que el espíritu castellano sea de ganadero, más que de labrador; el castellano es pastor, trashumante y andariego, por vocación, y sólo agricultor por necesidad. De ahí que prefiera, entes que trabajar encorvado, meterse buhonero, aventurero o conquistador. Todo ello con una fundamentación ab ovo en el relato bíblico de Caín y Abel.

En realidad, Unamuno ya había contestado a Maeztu en 1899 en sus artículos 'La conquista de las mesetas' ratificando a Hernández Pacheco y argumentando, además, que al capital periférico no le interesa invertir en Castilla, no le es rentable hacerlo.

En Hacia otra España critica Maeztu al Unamuno místico y triste y apuesta por el progresista y lógico. Aunque venza el primero, dice, algo quedará que aproveche a 'una generación de literatos'. Si venciera el otro, 'brotarán de su pluma los evangelios de la patria nueva' (1967: 219). Vencerá el Unamuno místico y triste, y algo dejará que aproveche a los literatos. Él es el primero en todo, también en el cambio, ya desde el mismo fin de siglo; Ortega, enfrentado a él en otros aspectos, no lo está en muchos de los presupuestos castellanistas que, en sentido positivo o negativo, definen el lugar común, como puede verse en los ensayos viajeros de El Espectador. Esto es tanto más sorprendente cuanto que, dada su preparación y evolución intelectual, cabría esperar que hubiese superado, en este aspecto como en otros, el determinismo de raíz positivista; los presupuestos que mantiene le llevan a producir obras como España invertebrada (1920-21) que, con los inevitables malentendidos, se convertirá, a su pesar, en el breviario del fascismo español.

En la visión de Castilla que tiene el 98 hay una evolución desde posiciones negativas -Castilla frente a la periferia y frente a Europa- a positivas, las más tempranas en Unamuno, a quien podría aplicarse una medievalización cristiana del tópico: Castilla como locus para contemplar el otro mundo. Ya en su artículo de 1889 'En Alcalá de Henares', Unamuno identifica Castilla con la Meseta, por oposición al País Vasco, y la compara a las estepas asiáticas y la Arabia. La imagen negativa de Castilla se mantiene en los ensayos de En torno al casticismo (1895) escritos desde la Geografía de Reclus y la Historia de Taine, y desde la invención de la tradición vasca, también (Juaristi). Unamuno transmitirá la idea con la invención alternativa de una tradición castellana que juzgará negativamente en sus ensayos de 1895, para luego ir viéndola de forma cada vez más positiva. En su artículo de 1905 'La crisis actual del patriotismo español' predica la vasconización y la catalanización de Castilla, pero no a la manera de Maeztu, sino en un sentido intrahistórico. Su idea de Castilla como 'casta' hacedora de España sigue siendo la misma; pero la labor de esa casta ha concluido: les toca ahora a las otras el imponerse.

Podría decirse, pues, que Unamuno traspasa su creencia juvenil en una tradición vascuence, inventada en buena parte por la imaginación novelística decimonónica, a la creencia en otra tradición, la castellana, también inventada -en parte, por él mismo- tradición castiza que critica en principio, en los ensayos que compondrán En torno al casticismo, para luego, progresivamente, identificarse con ella.

Azorín, por su parte, no deja de preocuparse por la decadencia de Castilla hasta muy tarde, una Castilla libresca desde el principio, incluyendo, por supuesto a Taine, a quien dedica un capítulo en La evolucíon de la crítica, obra de 1899 que repasa las principales tendecias de la crítica literaria de entonces. En El alma castellana, de 1900, se limita a hacer una descripición de la vida y costumbres de la España del Antiguo Régimen, sacada de fuentes que registra al final de cada capítulo. 'Castellana' es aquí sólo un equivalente de casta dominante, como si quisiera ilustrar la idea de casta histórica de En torno al casticismo, que ejemplifica también en algunos pasajes de La voluntad, novela en la que el personaje Azorín se declara determinista convencido (2, IV-V). Repite ideas de Unamuno sobre el 'genio castellano', ejemplificado en el Quijote y los místicos, todavía en 1912, en Lecturas españolas (II: 544-48); repite también, mezclando arbitrariamente labriegos y pastores, los tópicos deterministas y las soluciones del regadío, situando el alma castellana en 'libros raros' como el de Manuel del Río sobre la Mesta ('Tópicos del momento', 1909; 'En la meseta', 1911, ed. Fox).

En Un pueblecito (1916) se lee:

España: un país donde nadie sabe geografía. Poco, la geografía del mundo. Nada, la geografía de España. (...) España ahora, como en 1721, cuando Montesquieu escribía sus Cartas Persas, está por explorar. Regiones enteras (naciones, como dice exactamente Montesquieu) nos son desconocidas. La base del patriotismo es la geografía. No amaremos nuestro país, no le amaremos bien, si no le conocemos. Sintamos nuestro paisaje; infiltremos nuestro espíritu en el paisaje. (III: 557 ss.)

Vuelve a reiterar aquí también lo que aparece ya en 1913, en su reseña al libro de Machado. Y de 1917, en el capítulo sobre Castilla de El paisaje de España visto por los españoles , es uno de sus pasajes más citados:

A Castilla, nuestra Castilla, la ha hecho la literatura. La Castilla literaria es distinta, acaso mucho más lata, de la expresión geográfica de Castilla. (III: 1186)

Encontramos aquí también lo que es, para Azorín, el 98:

Sería interesante examinar en qué grado el amor a Castilla, a las viejas ciudades, a los pueblos, al paisaje, suscitado por la generación de 1898, ha influido en el maestro. Si Galdós ha influido en los aludidos escritores, esos escritores han ejercido a su vez influencia sobre Galdós. (Ibid. 1188)

Ya en el artículo de 1913, en respuesta a Ortega, había señalado la importancia de Galdós:

La protesta de la generación del 98 -que Ortega y Gasset ha recordado- no hubiera podido producirse sin la labor crítica de una anterior generación. (...) Galdós iba paso a paso dándonos sus libros repletos de meduda realidad: las nuevas generaciones fuimos acercándonos, solidarizándonos, compenetrándonos con la realidad. En adelante, la tragedia de España había de saltarnos a los ojos... (II, 902/6)

Niega Azorín que la literatura regeneradora sea una consecuencia del desastre colonial del 98; todo había sido preparado antes. Por eso, cita en el libro de 1917 una descripción de Galdós de las llanuras rasas entre Medina y Madrigal que, según él, adelantan ya ese amor a los viejos pueblos y al paisaje característicos de la generación. Se trata del prólogo del libro Vieja España, de José Mª Salaverría, de 1907, obra ésta que se reduce a describir Burgos y sus alrededores en un viaje del autor desde Francia a Madrid en tren, pero que incluye, de segunda mano, todos los tópicos del momento sobre Castilla y es un excelente compendio de todos esos lugares comunes, históricos y geográficos, que Galdós no puede por menos que corregir, en parte, en el prólogo. Así, mientras que Salaverría no ve más que llanuras desde que el tren sale del País Vasco, matiza aquel:

Tal es la tierra de Burgos, épica, montuosa, guerrera (...), llana tan sólo desde Burgos hasta la confluencia de Arlanzón y Arlanza con el Pisuerga, embocando ya el país de Campos (Shoemaker 81)

Luego se refiere a la 'imponente llanura' o 'meseta histórica', 'entre Burgos y Avila, Zamora y Aranda', teatro de lo que considera la ascensión y caída del reino castellano con los Reyes Católicos, a cuya evocación histórica dedica la segunda parte del prólogo, tras demorarse en la zona entre Medina y Madrigal citada por Azorín:

Entre la Mota y Madrigal, caminando hacia la cuna de doña Isabel, sentí la llanura con impresión hondísima. Es la perfecta planimetría sin accidentes, como un mar convertido en tierra. (...) Es el paisaje elemental, el descanso de los ojos y el suplicio de la imaginación. (...) Entre dos miras lejanas y verticales rodamos derechamente, sin desviarnos a un lado ni otro. No vamos llevados por la fantasía, sino por la razón pura... Poca gente encontramos en este camino de la verdad matemática. (Ibid. 86)

Ortega luego, en su 'De Madrid a Asturias' (1915) parece 'copiar' a Galdós, en el apartado 'Geometría de la Meseta' en el que se lee aquello de: '-¡Caballero, en Castilla no hay curvas!' (II: 251). No faltan tampoco los ecos de Unamuno:

El ti-ti-ti de la abubilla es la suma sencillez musical, como el campo, el camino y el suelo son la suma secillez topográfica. El alma del viajero se adormece en dulce pereza. Por un camino psicológico, igualmente rectilíneo, se va al ascetismo y al desprecio de todos los goces. (...) La llanura absorbe el espíritu del viandante, lo hace suyo. El hombre se siente ciudadano del país intuitivo, del mirar en sí. (Ibid. 86-7)

Tampoco comparte Galdós el pesimismo de Salaverría sobre lo que ve, por lo que, desde su magisterio, anima a los nuevos escritores

que gustan de husmear en las ciudades viejas, para que desentrañen la existencia ideal y positiva del pueblo castellano (Ibid. 84)

Obsérvese la conjunción de ideal y positivo. La larga evocación histórica, guiada por Mariana, hace caer a Galdós también en los tópicos consagrados por la historiografía decimonónica, la madre Castilla y sus heroicas grandezas pasadas, que mezcla con las pretensiones regeneracionistas sobre su recuperación agrícola por medio del regadío. El determinismo decimonónico también le alcanza y se refiere, aquí y allá, a la raza castellana y a su ser castizo, al genio de Castilla dormido que es preciso recuperar con un 'querer intenso'. En el entorno del 98, pues, también él encuentra el lugar común castellano.

Comparemos con la narración del viaje de Pedro A. de Alarcón 'De Madrid a Santander', fechado en 1858. Entre Madrid y Valladolid, 23 horas de diligencia, en verano, no hay la menor alusión al paisaje; sólo un leve apunte histórico sobre

el país clásico de los infanzones de Castilla, la tierra que pisaron los Condes, los Reyes y los Caballeros, el lugar de mil batallas portentosas y de treinta Cortes que hoy son pobres y oscuras villas' (1179-80)

Salido ya de Valladolid, ciudad que elogia por su riqueza agrícola, ganadera e industrial, con gran futuro, añade:

Desde que se entra en la provincia de Palencia el suelo se quebranta y empieza a rizarse en valles y colinas. Las llanuras castellanas se accidentan. que diría un francés. todo anuncia la proximidad de las grandes montañas cantábricas. (1182).

Azorín, en su artículo de 1913, llama 'abstracto' a Alarcón. La Pardo Bazán, más propiamente, en La cuestión palpitante (1882-3), le llama idealista y romántico, frente al naturalismo, un idealismo al revés, dice, que sólo se ocupa de lo feo. En medio sitúa al realismo, a Galdós y a ella misma, seguidores por igual de lo ideal y lo positivo. Los del 98, por su parte, oscilan de uno al otro extremo, sin conjugarlos, lo que explicaría el vaivén generacional del modernismo al positivismo, y viceversa, que Ramsden (1974b) les atribuye o que Fox (1976) relaciona con la influencia krausista.

El libro de Salaverría es objeto también de un artículo de Unamuno titulado 'Otro escritor vasco', fechado en Salamanca en diciembre de 1907 y publicado en La Nación de Buenos Aires el 21 de Enero del año siguiente. En su obsesión castellana, el profesor de Salamanca repasa todas las figuras históricas de origen vasco que fueron grandes por servir a Castilla y a su espíritu, desde el Canciller Ayala hasta Zumalacárregui, pasando por Loyola, que encarna el alma castellana del siglo XVI. La geografía no podía faltar en su apreciación:

... nos gusta la estepa, la llanura eterna, poderosa tentación de todo montañés, como dice Salaverría en su Vieja España, hermoso libro cuya lectura me sugiere esta correspondencia a La Nación. Creo que los vascos somos los que mejor hemos sentido a Castilla y no me dejarán mentir los cuadros de Zuloaga y las novelas de Baroja. Creo más, y es que hay más de un aspecto íntimo de Castilla y de su espíritu que se lo hemos revelado a los castellanos mismos. (III: 1266)

La óptica del 98 sobre Castilla, con Unamuno al frente, oscila de lo negativo degradante -tierra y carácter baldíos- a lo positivo sublimador, proyectando el nombre histórico de un reino, al que el País Vasco pertenecía, sobre una superficie plana y elevada, mera abstracción geográfica. Desde el punto de vista retórico, la oscilación va de la metáfora -el guerrero y la fortaleza, u otras análogas, símbolos del poder dominante que hubo- a la metonimia, pars pro toto , -la meseta por el reino y el país, etc. Es conocida la distinción de Jakobson entre proceso metafórico, dominante en poesía, en el romanticismo y en el simbolismo, y el proceso metonímico que gobierna y define la corriente literaria llamada realismo.

Si comparamos el pasaje antes citado de Azorín de 1913, sobre Galdós, con el de éste animando a los jóvenes, y los artículos de Ortega -'Competencia I y II'- a los que alude Martínez Ruiz, parece claro que éste anima a Ortega, a la vez que se deja animar por él, en la tarea de regeneración que los 'viejos' como Galdós, Campoamor y Echegaray, habían ya iniciado, a los que defiende de la protesta de la 'gente nueva' contra ellos, motivo del artículo. Y desde el punto de vista de la consideración del paisaje castellano la defensa que hace Azorín de Galdós es comprensible, como lo es su actitud hacia el ensayista madrileño, pues nadie mejor que Ortega sabe continuar con la identificación entre la llanura mesetaria, Castilla y el carácter nacional.

En efecto, encontramos sucesivos ensayos de Ortega dedicados a temas de viaje, donde no sólo continúa la obsesiva identificación entre Castilla y meseta, paisaje y carácter, sino que la amplía y diversifica. 'Temas de viaje' (1911) y 'De Madrid a Asturias o los dos paisajes' (1915-16) entran de lleno en el determinismo noventayochista, mientras que 'Temas de viaje (Julio de 1922)' supone ya una retractación; otros ensayos 'viajeros' de El espectador como 'Pepe Tudela vuelve a la Mesta' (1921), 'Notas del vago estío' (1925) o 'Cuaderno de bitácora' (1927) apenas contienen restos de esa asociación entre carácter nacional y marco geográfico.

Nada de todo esto encontraremos en Baroja, quien 'responde' a Azorín en su Nuevo tablado de Arlequín, recopilación de artículos escritos entre 1914 y 1917. Niega los rasgos caracterizadores del hombre español que se vienen usando, o que haya una base en la literatura aúrea para sostenerlos; niega también la idea de decadencia: España, dice, nunca estuvo muy arriba y su cultura ha sido siempre periférica, con esporádicos brotes de genio. En cuanto a la llamada generación del 98, dice en sus Divagaciones apasionadas (1924) que no cree que haya habido, ni que haya, tal cosa, invento de Azorín. En cualquier caso, él no pertenecería a ella; sólo la protesta contra la Restauración, añade, unía en 1898 a un grupo de escritores.

Baroja casi siempre habla de España en general, no de Castilla. En 'Triste país', ensayo de El tablado de Arlequín (1904) referido a España, dice, a propósito del País Vasco, que todos los paisajes se dan en él, también llanuras extensas, hacia Castilla, que hay un fondo guerrero en los vascongados y que en San Ignacio se aprecia la voluntad de la raza, hecha de gente silenciosa y antisocial. Casi lo mismo, le sirve a Unamuno para definir el espíritu castellano o para justificarlo como derivado del vasco. En 'Vieja España, patria nueva', del mismo libro, trata Baroja de la redención de España, a la que ve como un viejo árbol desmochado o como una vieja iglesia estropeada; hay que recuperar y restaurar, no derribar para hacer de nuevo. Para ello es preciso conocer el pasado, pero es el caso que no hay historia, no sabemos lo que era España en su época más grande y queremos hacer revivir su espíritu, pero ¿cómo, si no lo hemos descubierto todavía? La redención de España es muy difícil porque ni siquiera hemos llegado a descubrir España.

Nada hay tampoco en las descripciones de Baroja que permita atribuirle alguna clase de castellanocentrismo mesetario de tipo determinista; no es castellanista ni vasquista, a diferencia de Unamuno. Su viaje de 1900 a Soria, por ejemplo, descrito en 'A orillas del Duero' sólo puede relacionarse con algunos versos de 'Campos de Soria' y, por el espacio geográfico que describe, montañoso, boscoso y ganadero, con la versión en prosa de La tierra de Alvargonzález. Camino de Perfección, la novela de 1902 que más ha contribuido a su caracterización como noventayochista, apenas utiliza la palabra Castilla, y la peregrinación del personaje a El Paular, Toledo o Yécora, 'en medio del paisaje castellano' (Varela 12), no es equiparable al lugar común castellano invención del 98: Yécora, la Yecla azoriniana es, además, un enclave mesetario de Murcia, muchas de cuyas características proyecta luego el escritor levantino sobre La Mancha en general.

Unos pocos poemas, un título, Campos de Castilla, y sus 'maestros' -Unamuno, Azorín, Ortega- hacen a Machado 'castellanista'. La heterogeneidad del libro confirma, sólo a veces, el contagio de Unamuno y otras, en cambio, la evolución de Machado y su adelanto, en este tema, respecto a Ortega. A la altura de 1912, tras su vivencia soriana, Castilla no está bien definida en él como territorio: se vale a veces del lugar común, pero en otros casos su experiencia personal le hace huir del tópico. Tampoco usará del término meseta -sí el 'alto llano numantino'-como abstracción terminológica que es, y varias Castillas están y se hacen en él, del pasado al futuro. Poco antes de sus artículos sobre la generación, Ortega reseña Campos de Castilla alabando precisamente el poema 'A orillas del Duero' desde el punto de vista más historicista y tópico: la tierra de Soria, 'nuestra tierra santa de la vieja Castilla', alegorizada bajo la figura de un guerrero con casco (I: 573). Azorín también hace su reseña ('El paisaje en la poesía'), y define el libro como una colección de paisajes castellanos y, a diferencia de Ortega, destaca los 'Campos de Soria' como lo más característico. Su teoría sobre el paisaje adelanta lo del 'correlato objetivo' de Eliot, en línea con el simbolismo.

La heterogeneidad del libro de Machado hace necesaria la pregunta: ¿cuales son, propiamente, los poemas sobre el lugar común castellano? Aunque admitiéramos a 'Campos de Soria' entre ellos, ¿qué hay, aparte de éste y de 'A orillas del Duero'? Sólo aquellos que alternan hombre y paisaje sugiriendo una caracterología determinista, es decir, 'Por tierras de España', 'Un criminal', y 'La tierra de Alvargonzález', un poema éste de relleno que domina el libro desde el centro, un pastiche, fabricado sobre un relato de crímenes rurales, propio de cantares de ciego o de aleluyas trajineras. Es un poema de circunstancias en sentido estricto, pues justificaba, por su longitud, la publicación del libro, anunciado mucho antes, y el adelanto recibido por su autor de la editorial Renacimiento. En su interior, asociado a la montaña que describe, surge a veces el tópico, a la vez geográfico e histórico: "La hermosa tierra de España / adusta, fina y guerrera / Castilla, de largos ríos,/ tiene un puñado de sierras /entre Soria y Burgos como /reductos de fortaleza, /como yelmos crestonados, /y Urbión es una cimera."

Luego, Machado, entre 1913 y 1917, cuando más relacionado está con Ortega y se percibe su influjo, dará de vez en cuando algún poema que otro sobre el tema, como los dedicados a Castilla de Azorín, fechados en 1913, como si hablara en ellos por Ortega, y poca cosa más. Los pocos poemas que sitúan a Machado en el lugar común son todos poemas de circunstancias, no de sus circunstancias personales en la tierra de Soria, sino de las que lo relacionan con sus 'maestros'. En su oscilación, la influencia -más bien negativa- de éstos sobre una Castilla alterna con su propia vivencia de otra Castilla, fuera del lugar común.

Autor y licencia de 'Castilla, lugar común del 98 - Hacia otra España'
Carlos Moreno Hernández Extraído de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero8/castilla.htm CopyLeft
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