Un revolucionario para el siglo XXI
Salvador Allende Gossens nació el 26 de junio de 1908 en Valparaíso en el seno de una familia acomodada. Licenciado en Medicina, su trabajo en varios hospitales le enfrentó a la cruda realidad social de su país y fortaleció su compromiso con los explotados nacido de las ideas revolucionarias que le inculcó Juan Demarchi, un viejo zapatero anarquista italiano.26
El joven Allende tomó parte a finales de los años veinte en la actividad opositora contra la dictadura del general Ibáñez, por lo que fue encarcelado en dos ocasiones. En 1932, en los funerales de su padre, prometió dedicar su vida a la lucha social y un año después, el 19 de abril de 1933, participó en la fundación del Partido Socialista de Chile, una organización marxista, antiimperialista y latinoamericanista. Seis años después se convirtió en el primer ministro de Salubridad del Gobierno del Frente Popular.
Elegido diputado en 1937 y senador entre 1945 y 1969, Allende siempre defendió un marxismo alejado del estalinismo: “Obras fundamentales como
El estado y la revolución encierran ideas matrices, pero no pueden ser usadas como el Catecismo Romano”27. Su singular apuesta por la unidad socialista-comunista, auténtica clave de bóveda del crecimiento de la izquierda desde finales de los años 50, tampoco le impidió oponerse a las invasiones soviéticas de Hungría y Checoslovaquia. “Condenamos enérgicamente la intervención armada de los signatarios del Pacto de Varsovia en Checoslovaquia. Ha sido atropellada la soberanía de ese país”, aseguró días después de que Breznev ordenara acabar con la esperanzadora Primavera de Praga.28
Siempre apoyó a la Revolución Cubana porque este trascendental proceso de cambio social abrió el camino para la liberación de los pueblos de América Latina del dominio del imperialismo, si bien creía que en su país sí existían condiciones para construir el socialismo a partir de la legalidad burguesa.29
Allende viajó en diversas ocasiones a aquella isla, donde gozó de la amistad de Fidel Castro y Ernesto Guevara, quien le dedicó uno de los primeros ejemplares de
La guerra de guerrillas con estas palabras: “A Salvador Allende, que por otros medios trata de hacer lo mismo”. En 1969 Allende ayudó a retornar a su país a los únicos tres guerrilleros cubanos que sobrevivieron a la expedición del
Ché en Bolivia.
Por su lucha junto a los trabajadores, por su honestidad, por su consecuencia, el recuerdo de Salvador Allende perdura y quedará siempre ligado a uno de los más hermosos proyectos políticos que contempló un siglo XX golpeado por tantos crímenes ignominiosos y por tantos regímenes totalitarios. Un proyecto, la unidad de las fuerzas sociales y políticas revolucionarias, vigente hoy en un mundo donde la riqueza está más concentradada que nunca, donde miles de inmigrantes se juegan cada día la vida para llegar a la “tierra prometida”, donde trabajan 300 millones de niños, donde menos de 250 personas acaparan más riqueza que tres mil millones de personas.
Un canto truncado
A pesar de que supo de la sublevación militar, a primeras horas de la mañana del 11 de septiembre Víctor Jara acudió a la Universidad Técnica del Estado, en Santiago, porque iba a participar en un acto en el que Allende tenía previsto convocar un plebiscito sobre su permanencia en el poder como vía de resolución del conflicto político.
Aunque también fue un excelente director de teatro, Víctor Jara es recordado sobre todo como el principal representante del movimiento de la Nueva Canción Chilena. El autor de
Te recuerdo Amanda,
Plegaria a un labrador o
El derecho de vivir en paz era miembro del Comité Central de las Juventudes Comunistas y apoyó con entusiasmo al Gobierno de la Unidad Popular.
En sus canciones criticó con ironía el estilo de vida de la burguesía (
Casitas del Barrio Alto), denunció la brutal represión del Gobierno de Frei contra los trabajadores (
Preguntas por Puerto Montt) o cantó la lucha de revolucionarios como Luis Emilio Recabarren (padre del movimiento obrero chileno y fundador del Partido Comunista), el vietnamita Ho Chi Minh o el
Ché.
El 11 de septiembre la Universidad Técnica del Estado, una casa de estudios orgullosa de su izquierdismo, fue bombardeada y allanada por los militares y al igual que Víctor Jara muchos de sus alumnos, profesores y trabajadores fueron detenidos y recluidos en el Estadio Chile, el mayor recinto deportivo cubierto de la capital. Dos días después este cantautor se encontró allí con algunos de sus compañeros comunistas, entre ellos Marcos Suzarte, quien vive exiliado en Madrid desde hace más de veinte años.
“Estos van a asesinarme. El fascismo se ha instaurado en nuestro país, es una dictadura criminal. Tengan cuidado”, dijo Víctor a Marcos30. El 15 de septiembre Víctor Jara fue visto con vida por última vez cuando fue apartado de una fila de prisioneros que serían trasladados al Estadio Nacional; horas después su cuerpo fue hallado cerca del Cementerio Metropolitano junto a otros cinco cadáveres. El oficial Informe Rettig asegura que “murió a consecuencia de heridas múltiples de bala, las que suman 44 orificios de entrada de proyectil con 32 de salida”.31
El 18 de septiembre un compañero de Víctor avisó a Joan, su esposa, de que su cuerpo estaba depositado en la morgue. “Era Víctor, aunque le vi delgado y demacrado. ¿Qué te han hecho para consumirte así? Tenía los ojos abiertos y parecía mirar al frente desafiante, a pesar de una herida en la cabeza y terribles moratones en la mejilla. Tenía la ropa hecha jirones, el pecho acribillado y una herida abierta en el abdomen, las manos parecían colgarle de los brazos en extraño ángulo, como si tuviera rotas las muñecas... pero era Víctor, mi marido, mi amor”.32
Marcos Suzarte recuerda con emoción a su compañero, con quien compartió muchas horas de trabajo en el sello discográfico DICAP, perteneciente a las Juventudes Comunistas, y sobre todo la lucha por un mundo más justo. “Víctor amaba profundamente a su pueblo, sus canciones reflejan las luchas y las esperanzas de los más humildes. Vinculó su talento como director de teatro y como cantautor a su compromiso político y por ello es un ejemplo de consecuencia para los jóvenes”.
Mientras el decrépito Pinochet es uno de los paradigmas universales de la infamia y la abyección, Víctor Jara vive en los artistas populares que cantan sus canciones en los autobuses o en la peñas; vive en la lucha de los pobladores33, a quienes dedicó su hermoso disco
La Población –con las maravillosas “Herminda de la Victoria” o “Luchín”-; vive en el movimiento juvenil de izquierdas al que perteneció y que le ve como un ejemplo; y por supuesto su recuerdo está muy presente entre sus compañeros del Partido Comunista. Una iniciativa popular, asumida en especial por los jóvenes, propugna que el Estadio Chile se convierta en el Estadio Víctor Jara en memoria de todos quienes como él sufrieron allí martirio.
La
caravana de la muerte
El 30 de septiembre de 1973 una comitiva encabezada por el general Sergio Arellano Stark e integrada entre otros por el brigadier Pedro Espinoza, el coronel Sergio Arredondo, el mayor Marcelo Moren Brito y el teniente Armando Fernández Larios emprendió viaje a bordo de un helicóptero
Puma hacia la ciudad de Cauquenes. Tras su llegada cuatro prisioneros del Regimiento de Infantería
Andalién fueron ejecutados en el fundo El Oriente.
Ese mismo día viajaron a Valdivia, donde asesinaron a doce personas, la mayoría de ellas militantes del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) y dirigentes sindicales campesinos. El 16 de agosto de 1999 el general retirado Héctor Bravo Muñoz declaró ante el juez Juan Guzmán Tapia que Arellano firmó doce sentencias de muerte durante la estancia en la ciudad. Bravo, ex comandante de la IV División del Ejército, aseguró que “en los comunicados de prensa que se entregaron durante ese periodo a la opinión pública se señaló que las sentencias habían sido aprobadas por la Junta de Gobierno por cuanto Arellano en su calidad de oficial delegado las firmó”.34
El 16 de octubre la comitiva llegó a La Serena y procedió a sacar a quince presos de la cárcel para llevarlos al Regimiento
Arica, donde fueron ejecutados. “Tras torturarlos los mataron en la cancha de tiro de arma corta, de puño. No fueron fusilados, fueron tirados al suelo y rematados por cada uno de los oficiales que integraban el regimiento. Fueron ultimados de rodillas, en el suelo, con una bala por cada uno de los miembros de la
caravana y del regimiento”, señala Hugo Gutiérrez, uno de los abogados de la acusación en este caso.35
Por la noche volaron al Regimiento de Ingenieros nº 1 Atacama, en Copiapó. Trece personas recluidas en el centro penitenciario local fueron asesinadas en el sector de Cuesta Cardones. Dos días más tarde llegaron al Regimiento Esmeralda de Antofagasta y en la madrugada del día siguiente catorce prisioneros políticos fueron ejecutados en la quebrada El Way. “Los expedientes son macabros, terroríficos, la forma en que les mataron y les ultimaron... Les ametrallaron, les partieron los cuerpos a punta de metralla –precisa Hugo Gutiérrez-. La gente tiene que imaginarse: igual como los nazis sacaban esas ametralladoras y mataban a los judíos, así lo hicieron”.
El 19 de octubre la expedición comandada por Arellano culminó su criminal trayecto en Calama, donde 26 detenidos, entre ellos el periodista Carlos Berger, fueron sacados de la cárcel pública y asesinados en los cerros del sector conocido como Topater. Carmen Hertz, viuda de Berger –director de la radio El Loa y militante comunista-, recuerda que el día anterior el fiscal militar había accedido a su petición de conmutar por una multa el poco tiempo de cárcel que le quedaba a su marido, condenado por un consejo de guerra a sesenta días de reclusión. Sin embargo, aquel 19 de octubre el fiscal militar rechazó su escrito con la única explicación de que había llegado un grupo de oficiales al mando del general Arellano en un helicóptero
Puma.
“Como no entendía (...) en qué consistía esta situación nueva y qué consecuencias podía tener, me fui a la cárcel para comunicarle esto a Carlos. Lo encontré extraordinariamente nervioso y preocupado porque habían sacado del penal a la mitad de los detenidos, encapuchados y maniatados, llevándoselos a un lugar desconocido (...) Lo acompañé hasta aproximadamente las cinco de la tarde. Estaba quemado por el sol, con sus
bluejeans, su camisa, su pipa. Nos despedimos con un beso. Su último beso...”
Al día siguiente Carmen supo que su marido había sido asesinado. “En Santiago conseguí el certificado de defunción: destrucción tórax y región cardíaca – fusilamiento. Hora: 18 horas. Una hora después que me despedí de él en la cárcel. Una hora después...”36 El cuerpo de Carlos Berger aún no ha aparecido.
Algunas de las 75 víctimas habían sido funcionarios del Gobierno de la Unidad Popular y en la mayoría de los casos fueron detenidos tras presentarse de manera voluntaria en los regimientos de sus ciudades tal y como exigían los bandos militares.
A través de la
caravana de la muerte Augusto Pinochet quiso involucrar al conjunto de las Fuerzas Armadas en el golpe de Estado y en la política sistemática de violaciones de los derechos humanos, así como sembrar el terror entre la población. Todos los oficiales que participaron en aquellos crímenes fueron premiados con ascensos por la junta militar y, a excepción de Arellano Stark, formaron parte después de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA).
26 Eric Hobsbawn explicó en un hermoso artículo, “Zapateros políticos” (
Gente poco corriente, ed. Crítica), la rica tradición revolucionaria de estos trabajadores.
27 Debray, Régis:
Conversación con Allende. Siglo XXI. México, 1974. p. 60.
28 Modak, Frida (coord.):
Salvador Allende en el umbral del siglo XXI. Plaza&Janés. México, 1998. p. 47.
29 Ernesto
Ché Guevara y Fidel Castro compartían la concepción de Allende sobre la lucha revolucionaria en Chile.
30 Amorós, Mario: Reportaje sobre Víctor Jara.
Diario 16, 14 de abril de 2000.
Mestizaje, p. 10.
31
Informe de la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación. Santiago de Chile, 1991. p. 144. Este informe se conoce como Informe Rettig por el jurista, Raúl Rettig, que presidió la Comisión.
32 Jara, Joan:
Víctor. Un canto truncado. Fundación Víctor Jara. Santiago de Chile, 1993. p. 255.
33 En Chile se denomina “pobladores” a los habitantes de las “poblaciones”, los paupérrimos campamentos de precarias viviendas que rodean las ciudades.
34 Consultado en
__http://www.derechoschile.com__
35
El Siglo, 5 de mayo de 2000. Edición digital:
__http://www.elsiglo.cl__
36 Verdugo, Patricia:
Los zarpazos del puma. CESOC. Santiago de Chile, 1989. pp. 226-228.