Ciencia, Humanismo, Humanidades y Tecnología - El Humanismo y las dos culturas
Vamos a comenzar con una fábula recogida por un gran humanista, Luis Vives:
El cuclillo y el ruiseñor cantan por el mismo tiempo, es decir, por primavera. Más o menos desde mediados de abril hasta fines de mayo. En cierta ocasión estas dos aves compitieron por la dulzura de su melodía. Se buscó un juez y, como se trataba del sonido, les pareció que el asno -como animal que tiene las orejas mayores- era a propósito. El asno rechazó al ruiseñor alegando que no entendía la armonía de su canto y adjudicó la victoria al cuclillo. El ruiseñor apeló al hombre, de forma que siempre que le ve trata de ganar su causa cantando con toda delicadeza. De este modo quiere buscar su aprobación y vengar la injuria que le infirió el asno. (Diálogos sobre la educación, diálogo 8, “Los charlatanes”)
Para sacar provecho a la fábula debemos primero repartir los papeles y entendamos esto como una licencia actualizadora del sentido. No nos mueve ninguna intención, sino tan solo el aprovechamiento de su estructura. Tenemos dos aves que compiten por la belleza de su canto, el cuclillo y el ruiseñor, y dos jueces, uno de grandes orejas, pero de juicio poco afinado -el asno-, y, por otro lado, el hombre. De este último no se nos dice cuál fue su juicio, sino simplemente que el ruiseñor sigue cantando a la espera de que se manifieste. Podemos pensar que el Hombre es astuto y, para disfrutar del canto del ruiseñor, pospone su respuesta. También podemos pensar que el Hombre es más insensible que el asno y que su silencio es el de la indiferencia. Sencillamente, ignora la belleza del canto del ruiseñor. En esta hipótesis, sería el asno el que saldría ganando ya que, al menos, ha realizado una decisión y emitido un juicio. Sin embargo, somos los humanos los que escribimos las fábulas y sabemos que un asno es un asno y un hombre es un hombre, un ser inteligente. En cualquier caso, el que vive en permanente desasosiego es el ruiseñor, condenado a cantar sin parar a la espera de que ese ser tan inteligente manifieste su opinión.
La lectura o interpretación que propongo, que pasa por esta arbitraria atribución de papeles simbólicos a los protagonistas, aprovecha la fábula para decir algo sobre los diferentes campos en que nos moveremos. Contemplemos al asno y al hombre como dos caras de la Humanidad: el asno encarna la seducción de lo inmediato, la respuesta a corto plazo. El cuclillo es el gusto de la mayoría, aquello que complace colectivamente, aquello que gusta porque atrae a los demás y nos funde con ellos, aquello por lo que dejamos de ser nosotros para dejarnos llevar cómodamente en el conjunto.
El ruiseñor representa tradicionalmente la belleza; no será ese nuestro sentido, sino aquello que define la belleza en la fábula: su dificultad. Lo que nos interesa del canto del ruiseñor es, precisamente, lo que tiene de difícil, aquello que hace que sea rechazado en primera instancia por el asno.
También nos interesa que el hombre no manifieste su opinión. Lo lógico, dentro de una lógica fácil, es que el hombre hubiera caído rendido ante la belleza del canto del ruiseñor. Quedaría claro que el hombre es mejor juez que el asno y que el ruiseñor tiene un canto más hermoso que el del cuclillo. La justicia resplandece y todos contentos. Pero la fábula es más sabia que todo esto. Suponemos, porque así nos interesa, que el ruiseñor, picado en su orgullo por la indiferencia del hombre, mejoraría progresivamente su canto. Le perseguiría esforzándose en obtener una respuesta que dejara satisfecha su vanidad canora. También suponemos, por el mismo motivo, que si el hombre se hubiera rendido en primera instancia al bello trino, el ruiseñor se habría sentido satisfecho y su canto se habría anquilosado, consumido de vanidad, y hasta es probable que se hubiera convertido en un pájaro despectivo e intratable. Pagado de sí mismo, el ruiseñor quedaría como un ave que viviría de las rentas canoras de su glorioso pasado.
La situación de aquello que entendemos por Humanidades no deja de ser algo parecido a esta última posibilidad interpretativa. Durante algunos siglos, los hombres se han extasiado ante la belleza de su canto y, poco a poco, su canto parece haber perdido su sentido. Los hombres se han aburrido de tanta belleza y el ruiseñor se ha aburrido de cantar, perdiendo la confianza en sus posibilidades musicales. Vive, por decirlo así, del éxito de sus primeras actuaciones y padece pánico a los escenarios.
Desde que C.P. Snow habló de la separación de las “dos culturas”, la Humanística y la Científica, a los que estamos en el terreno de las Humanidades nos gusta pensar que hemos perdido una especie de competición mítica. Depositarios de los valores de la Cultura, somos celosos guardianes de la Tradición. Se habla del “ascenso imparable de la Ciencia” frente a la “decadencia de las Humanidades”. A nosotros, en cambio, nos gusta pensarlo al contrario: es el resto del mundo el que está en decadencia y nosotros poseemos el tesoro acumulado por los siglos. Sin embargo, un tesoro guardado no es riqueza.
Lo primero que debemos señalar es que no existen “dos culturas”. No existe una “cultura” que se desprenda de la Ciencia, un conocimiento científico, y un conocimiento humanista vinculado con la tradición. Según este principio, el Humanismo miraría al pasado, se ocuparía de mantener vivo el legado de otros tiempos, mientras que la Ciencia se ocuparía de aumentar el conocimiento adentrándose en el presente y mirando hacia el futuro. Para la Ciencia, según este planteamiento, el pasado sería un lastre que debe ser superado por la propia dinámica del progreso del conocimiento: el pasado sería algo que se aleja. Desgraciadamente, este es el planteamiento que se ha mantenido vigente y que ha servido, asimilado por las dos facciones, para separarlas. Pensar en estos términos es un error que estamos pagando todos.
Concebir la Ciencia y la Cultura como algo separado es una contradicción que afecta a la raíz misma del pensamiento humanista. El Humanismo es tener al ser humano, en todas sus dimensiones, en el punto de mira, como referencia constante. Es tener en cuenta que es el Hombre quien produce el conocimiento y también su destinatario final. El conocimiento es un elemento consustancial al Hombre porque es el ser humano quien lo produce, quien lo maneja y quien lo padece o disfruta.
Si repasamos la Historia con detenimiento, observamos que siempre ha habido disonancias y divergencias. La Poesía sabe algo de esto. De hecho, siempre ha sido un elemento discordante: primero lo fue respecto a la Filosofía, luego respecto a la Historia, después respecto a la Ciencia. Que filósofos, historiadores y científicos, a lo largo de la Historia, se hayan sentido en la obligación de delimitar sus campos oponiéndolos a la Poesía debería ser, hasta cierto punto, deprimente, pero si mira bien puede ser hasta gratificante. Desde luego no por un motivo ni masoquista ni vanidoso, sino porque se puede interpretar que esa rivalidad proviene del simple hecho de que la Poesía comparte muchas cosas con la Filosofía, la Historia o la Ciencia. Las fronteras entre los campos son más difusas de lo que pensábamos. Nuestra manía analítica, la manía racionalista de buscar siempre lo “claro y distinto”, de forzar las diferencias y olvidar las semejanzas, tiene mucho que ver en esto. Desde que fue expulsada de la República platónica, la Poesía ha recorrido muchos caminos, ha sido llevada muchas veces a los banquillos de los acusados, pero ha sobrevivido en buen estado porque cumple funciones importantes para el ser humano, independientemente de lo que los seres humanos, en cada momento de la Historia, hayan podido pensar.
Es curioso cómo la visión que se tiene de la Ciencia desde el campo de las Humanidades tiene muy poco que ver ya con la Ciencia actual. Alejados de ella, se conserva una visión de la Ciencia más propia de los tiempos del positivismo, planteamiento que en gran medida ha sido abandonado en el propio campo científico. La Ciencia del siglo XXI ya no es la Ciencia del siglo XIX.
La Ciencia que el siglo diecinueve nos dejó, acabó en gran medida con el propio siglo, dando entrada a un pensamiento que se adentraba en la complejidad y que necesitaba de aquello de lo que el pensamiento racionalista y positivista había abominado: la imaginación. La visión comteana que auguraba la superación de los estadios míticos o religiosos y abstractos o metafísicos en beneficio del estado positivo, del estado en el que solo los hechos, lo factual, tuviera consideración se disolvió, como se disolvió el propio concepto de “materia” o el concepto de “hecho” mismo. La vieja objetividad, que postulaba la capacidad de observar el mundo desde fuera, como si no estuviera presente en él, se desvanecía y el observador pasaba a ser un elemento indisoluble de lo observado. Ya no existían unas impolutas Ciencias del mundo frente a unas contaminadas, subjetivas, erróneas producciones humanas. El ser humano no podía prescindir de su propia presencia en cada hecho observado, en cada descripción, en cada fórmula lograda. Todo pasaba a ser humano, no demasiado humano, sino necesariamente humano. El sociólogo Edgar Morin ha señalado:
...a medida que el tiempo pasa, cada vez descubrimos con mayor claridad que el problema de la ciencia es, aunque llevado a un grado superior, el de todo conocimiento: la relación entre el sujeto observador y el objeto observado. Ya sea en microfísica, en teoría de la información, en historia o en etnografía, se hace evidente que el objeto investigado ha sido construido por el observador, que siempre pasa a través de una descripción cerebral y que ésta, aún no siendo ni con mucho un puro fantasma, conlleva un carácter de ambigüedad que solo puede ser elucidado por una descripción de la descripción y una inscripción (Morin, 245).
En esta construcción, el sujeto humano no puede prescindir de su dimensión humana, ni de su condición biológica ni de su condición sociocultural. Una y otra se imbrican formando un todo perceptivo. Cuando miramos el mundo no podemos prescindir del mundo que llevamos como historia, como cultura, como conocimiento. Nuestra observación, nuestra capacidad de analizar, de comprender y explicar en última instancia, está determinada por lo que somos y lo que somos es el fruto de nuestra tradición, es decir, el fruto de lo que hemos construido con nuestras acciones, con nuestros deseos, con nuestras ficciones, con nuestras pinturas, con nuestros poemas...
Cuando leo las obras procedentes del campo de la moderna Filosofía de la Ciencia, siempre me viene a la mente la conocida distinción aristotélica entre Poesía e Historia. Aristóteles, al diferenciar en su Poética la labor del historiador respecto de la del poeta, señalaba que “difieren en que uno dice lo que ha ocurrido y el otro lo que podría ocurrir” (Poética, 1451b). Era su forma de diferenciar lo que ha sucedido, lo verificado, aquello a lo que conferimos el estatus de verdadero, de lo que no ha sido, de lo que no es posible probar desde el mundo. La Ciencia hoy trabaja en una especie de doble camino, en un camino de ida y vuelta, entre lo poético y lo verificable. Si entendemos lo poético como el resultado de la capacidad imaginativa, una imaginación sujeta a las normas no de la “verdad”, sino de la coherencia, veremos que este mismo procedimiento es el que se ha instaurado hoy en el centro de la Ciencia misma.
No debemos caer en la ingenuidad de minusvalorar la Ciencia para ensalzar el mundo poético. Lo que debemos buscar es el punto de encuentro y para ello dejarnos de recelos y comprender que una y otra buscan algo en común: la comprensión-explicación del mundo y del ser en el mundo. La Poesía especialmente, pero también otras artes, se han referido al ser en situación, al existente. Han tratado de explicarnos nuestro sentido; han buscado la forma de, comprendiéndonos, comprender. Si la Ciencia no puede prescindir de los sujetos para explicar, es decir, la Ciencia siempre es ciencia humana, y la Poesía explica a través de los sujetos, lo que nos queda en común es el ser imaginativo, el ser imaginante. La capacidad imaginativa pasa a ser determinante en el mundo del conocimiento como capacidad de establecer modelos coherentes capaces de explicar.
Veamos un ejemplo. Si hay un campo en el que se han desarrollado con gran intensidad las investigaciones sobre la metáfora en los últimos años ha sido en el científico. Esto no es privativo de algún tipo específico de investigación, sino que está en el centro mismo de los procesos del conocimiento. El biólogo Richard C. Lewontin escribe:
No es posible ocuparse de ciencia sin utilizar un lenguaje rico en metáforas. En teoría, todo el cuerpo de la ciencia moderna es un intento de explicar fenómenos de los cuales los seres humanos tienen una experiencia directa, aunque hace referencia a fuerzas y procesos que no podemos percibir directamente porque son demasiado pequeños, como las moléculas, o demasiado grandes, como todo el universo conocido; o bien se refiere al resultado de las fuerzas que nuestros sentidos no pueden captar, como el electromagnetismo o incluso el resultado de interacciones extremadamente complejas, como el nacimiento de un organismo individual desde el momento en que queda concebido en forma de óvulo fecundado.
Para que tales explicaciones no sean sólo proposiciones formales expresadas en un lenguaje técnico inventado, sino que están basadas en la comprensión del mundo que hemos logrado con nuestra experiencia cotidiana, debemos recurrir al empleo del lenguaje metafórico (Lewontin, 11)
Lewontin advierte del poder y la necesidad de la metáfora y de su peligro, y concluye citando a Norbert Wiener: “el precio de la metáfora es la eterna vigilancia” (Lewontin, 12). Las metáforas están en el centro no del lenguaje poético sino en el centro de nuestra capacidad de conceptualización, de representación y de explicación.
Reducida a simple figura retórica, a desplazamiento engañoso y tergiversador de la verdad, la metáfora fue la base del descrédito que separó el lenguaje poético, la ficción misma, de la Ciencia y, por ende, de la Verdad, ya que ésta solo era posible a través de los lenguajes transparentes de la lógica o de la matemática o de la evidencia empírica. Sin embargo, las últimas décadas han situado las investigaciones sobre la metáfora en el centro del pensamiento científico.
La metáfora ya no se concibe como un desplazamiento, como un desvío engañoso, respecto a la verdad, sino como un elemento necesario y especialmente fructífero. Para que esto fuera posible, la Verdad, la verdad con mayúsculas, la verdad que no es nuestra sino que está ahí, tuvo que hundirse en su propia miseria. Tras ocupar el lugar central en todos los sistemas, ser la aspiración máxima, la Verdad desapareció discretamente por la puerta de atrás para evitar arrastrar tras de sí a los sistemas mismos.
La transformación fue profunda. El mundo dejó de concebirse como un conjunto de hechos y pasó a mostrarse como textualidad. El mundo ya no era un objeto distante, sino algo que interpretar. Los científicos pasaron a ser lectores, intérpretes de un texto apasionante al que llamamos realidad. Y esa realidad se configuraba, se construía, gracias a nuestros conocimientos previos como lectores-portadores de otros textos, gracias a nuestra enciclopedia de conocimientos.
Para que este nuevo concepto textual de la realidad fuera posible se tuvo que dar un paso más: la comprensión de la complejidad. Hubo que abandonar los esquemas simplificadores de la realidad en beneficio de una concepción del mundo como sistema complejo. El texto, al igual que el universo, es un sistema complejo. Esto quiere decir que se manifiesta como el resultado de una confluencia de factores que lo construyen como forma y lo explican como significado. El universo, en suma, es un texto cuyos signos podemos captar, pero cuyo sentido tenemos que interpretar afinando poco a poco su significado, estableciendo hipótesis sobre su sentido y funcionamiento. Es un texto incompleto del que vamos descubriendo páginas sucesivas, del que vamos fijando nuevos sentidos concordantes con nuestros conocimientos adquiridos. En ocasiones, la Ciencia encuentra un nuevo párrafo o un nuevo sentido parcial que obliga a revisar todo el texto, un párrafo-descubrimiento que obliga a modificar el sentido de la totalidad del texto, produciéndose un cambio de paradigma. La comunidad científica de lectores se ve obligada a cambiar sus interpretaciones y sus enciclopedias y diccionarios a cambiar las entradas de los términos recogidos.
La Ciencia, que se ocupa del mundo, se comienza a asemejar a la Cultura, que es lo que producimos. La Cultura es el mundo del entretejido, de las conexiones, de las multirrelaciones... Es el universo de la complejidad informativa. Es un universo también en el que nada se pierde, un universo en el que todo se transforma a través de los procesos de transmisión, de apropiación, etc. Cada texto, cada obra de arte, acoge en su seno millares de referencias que provienen de la tradición, del depósito cultural que comparten los individuos y a través de su pertenencia a los entornos sociales en que se desarrollan. Y cada uno de esos objetos, ideas, textos... pasan a ser materia de otras construcciones. Analizamos e interpretamos los textos individualmente, pero siempre descubrimos que forman parte de una trama compleja de relaciones de la que son concreciones. Nada está aislado en la Cultura, como nada está aislado en el universo de la Ciencia: la Cultura como Sistema y el Universo como Sistema. Ambos, los reinos de la complejidad.
La situación de la Ciencia respecto al mundo es, pues, hermenéutica. Como ante cualquier otro tipo de textualidad o situación de comprensión funciona el método del “círculo hermenéutico”, un constante ir y venir entre los conocido y lo por conocer, porque lo nuevo solo se puede comprender desde lo que ya sabemos, desde la tradición, como una tensión, como una relación dialéctica.
Como hermenéutas literarios, como críticos, hacemos lo mismo. Nos enfrentamos a un texto cargados con otros textos y con nuestros conocimientos acumulados sobre ellos. Un texto es también un sistema complejo, algo inagotable en sus vías, porque los sujetos que se enfrentan a él son múltiples y aportan tanto su enciclopedia personal como la de su tiempo. También nosotros buscamos la coherencia de nuestras explicaciones conjuntando los elementos parciales con los que afectan al conjunto. También nosotros intentamos unir las piezas del rompecabezas que es la Cultura buscando que encajen cada una en su sitio, trabajo inacabable de Sísifo, porque como sucede a los científicos en su objetos de investigación, estos constantemente se modifican.
Hoy se debaten los límites del conocimiento y los límites de la Ciencia. Ya no se cree -como sería propio de los siglos racionalistas y positivistas- en la posibilidad de conocerlo “todo”. Se debate sobre si nos es posible conocer, como especie, “todo”, sobre si no existirán niveles de conocimiento que nos estarán vedados como seres humanos.
Nosotros, por nuestra parte y de forma paralela, debatimos sobre los límites de la Interpretación, sobre si es posible agotar nuestros textos, sobre si el conocimiento que se acumula es definitivo o, por el contrario, permanece abierto a futuras interpretaciones actualizadoras, sobre si es posible comprender desde la distancia histórica que nos va separando de los textos, sobre el peso de la tradición en la interpretación, etc.
La misma revolución que ha sacudido a la Ciencia en el siglo XX es la que ha sacudido en la misma media a los estudios literarios y no podía ser de otra manera, ya que se trata de una crisis que afecta al conocimiento y a las posibilidades del conocer. En el fondo, todas las crisis a las que hemos tenido que poner nombre en los últimos cien años -la crisis de la Metafísica, la crisis de la Razón, la de la Historia, la crisis de la Ciencia, etc.- no son más que el resultado de una crisis: la crisis del sujeto enfrentado al mundo y a sí mismo. Mundo y sujeto han entrado en crisis conjuntamente, como no podía ser de otra manera. Pero esta crisis, en gran medida, es la de su historicidad, la de su estar en el mundo, no sobre el mundo, su estar aquí y ahora, siempre aquí y ahora, cargando su pasado no como un lastre, sino como fundamento y apoyo.
Recordemos los versos cervantinos del Viaje del Parnaso en los que Mercurio -dios parlante- invita al poeta a seguirle en la galera formada, no de sólidas maderas y resistentes hierros, sino de composiciones poéticas:
Ármate de tus versos luego, y ponte
a punto de seguir este viaje
conmigo, y a la gran obra disponte.
Así es hoy nuestra visión del Hombre: un ser cargado de discursos: discursos científicos, discursos filosóficos, discursos literarios, políticos, históricos, sociales, amorosos... Ese barco construido con palabras es una hermosa metáfora que nos ayuda a comprender y a comprendernos.
Ante un cambio de este calibre en el conocimiento, es lógico que el mundo de las Humanidades también se viera sacudido en sus cimientos. La brújula de la Historia se ha desviado, por un camino inesperado, hacia otro rumbo, hacia la “otra” Cultura. Ante este cambio no es posible seguir manteniendo la fisura, la incomunicación, la ausencia de diálogo. Lo que ha cambiado no es solo la Ciencia; es también y sobre todo la concepción que tenemos de nosotros mismos como seres humanos.
|
Opiniona sobre 'Ciencia, Humanismo, Humanidades y Tecnología - El Humanismo y las dos culturas' (1)
Opina sobre este monografía |

