Capitulos de este wiki
  1. 1 Sobre este estudio
  2. 2 El Humanismo y las dos culturas
  3. 3 Necesidad de un nuevo Humanismo
  4. 4 La tecnología al servicio de la Humanidades
  5. 5 Bibliografía

Ciencia, Humanismo, Humanidades y Tecnología - La tecnología al servicio de la Humanidades

4 - La tecnología al servicio de la Humanidades

Monografía creado por Joaquín Mª Aguirre Romero. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero19/humanism.html
07 de Septiembre de 2006

Hemos repasado la nueva situación en la que se encuentran el Humanismo y la Humanidades respecto al campo de la Ciencia. Nos queda por revisar el tercer elemento: la Tecnología.

Es cierto que cuando decimos “Tecnología” no estamos diciendo nada. Dentro de los tópicos que barajamos para la creación de los discursos “tecnología” es utilizado como un factor deshumanizante. Esto ha sido así desde la Revolución Industrial. El discurso romántico, que en gran medida nos sigue dominando en este campo, sataniza la máquina y la opone al hombre.

¿Pero por qué debemos considerar como opuestos la Tecnología y las Humanidades? ¿Por qué debemos pensar que son elementos que se contraponen? Nos gusta pensarnos como sapiens, pero somos también faber. De hecho, ambas características son complementarias y no habríamos tenido mucha ocasión de manifestar lo primero de no habernos aplicado a lo segundo. Las máquinas nacen de la inteligencia y de las habilidad de los seres humanos. No hay nada de inhumano en ellas.

El libro mismo es una máquina. De hecho, es el objeto que inaugura la moderna producción en serie. No difiere mucho de la cadena de montaje que inaugurará Ford. Aldous Huxley denominaba el tiempo de su “mundo feliz” la “Era de Ford”. La “Era de Ford” no era tanto la era de las máquinas en sí, sino la era en la que los hombres son producidos en serie, son fabricados como máquinas, es decir, sustituibles, programados, indiferenciados, nacidos con un destino ya cerrado.

De todas, la peor programación, la peor serialización, es la de la mente. Lo que en Huxley se lograba a través de la genética, se puede lograr con otros medios mucho más sutiles, incluida la Educación misma. El problema de nuestras sociedades no es que estén llenas de productos tecnológicos, de máquinas, sino más bien la programación de las personas, su reducción a la consideración de productos.

Lo contrario de la serie es lo personal, aquello que es único y valioso por su diferencia, por ser insustituible e irrepetible. En este sentido, cualquier elemento que permita la individualidad podrá ser utilizado provechosamente.

Cuando analizamos el fenómeno del Humanismo renacentista no podemos prescindir del hecho de que su difusión y alcance se fundamentó en la coincidencia con un acontecimiento que podemos calificar como “tecnológico”: la invención de la imprenta. El historiador Peter Burke ha señalado que:

(...) la función de la imprenta fue más allá de la de agente propagador, por importante que fuese esta tarea. Resulta difícil imaginar cómo hubieran podido desarrollar los humanistas la crítica textual (...) de no haber existido medios para preservar y difundir las enmiendas a los textos. Se suele afirmar -continúa Burke- que si el renacimiento carolingio y el del siglo XII se consumieron en un período de tiempo relativamente corto, mientras que “el” Renacimiento duró bastante más, el éxito de este último cabe atribuirlo en gran parte a la imprenta. (Burke 80-81)

La rápida expansión de los talleres de impresión y el aumento de la producción de libros son, pues, elementos imprescindibles para comprender el proceso cultural que se produce desde el Renacimiento y que afecta al desarrollo de todos los campos, con decisiva influencia en la formación de la nueva ciencia, la formación literaria y la religiosa. La imprenta permitió el aumento de la circulación textual y aceleró los procesos intelectuales y sociales. Es como si se hubiera modificado el tempo histórico. Todos estos procesos han sido estudiados y descritos y no es este el lugar ni el tiempo para desarrollarlos.

Como bien señalaba Burke y han estudiado, entre otros, personas como Roger Chartier o James O’Donnell, el cambio tecnológico propició también cambios en el sistema de trabajo ampliando sus posibilidades. Cambios materiales, pero también nuevas posibilidades intelectuales, nuevas formas de apropiación de los bienes culturales haciéndolos trabajar de forma distinta. Aspectos relacionados con la lengua como institución se vieron también afectados. R. H. Robins ha señalado que

(...) la invención de la imprenta hacía más importante la estandarización de la ortografía, y al hacer que se fijara la atención sobre las relaciones entre escritura y pronunciación, despertó el interés, desde entonces perenne, en el problema de la reforma ortográfica (en Zamora Munné 1993)

Pero el efecto más evidente fue, como es obvio, el derivado de las posibilidades de llegar más allá en el reducido mundo de los lectores. Por encima de cualquier otra consideración, lo que la innovación tecnológica de la imprenta permitió primero fue llegar a más gente, satisfacer y crear una demanda textual. La imprenta acabó venciendo a sus detractores, a todos aquellos que consideraban que el material cultural que componían los textos existentes no debía ser expuesto a la mirada profanadora del público, a los que entendían que la obligación de los adoradores del legado cultural era mantenerlo alejado del vulgo. A los argumentos en contra, la imprenta contestó con dos evidencias: permitía más lectores y permitía una producción más variada.

Hoy asistimos a un desarrollo tecnológico con un alcance similar al de aquella época. Y me gustaría que lo viéramos con una actitud similar a la que tuvieron muchos de aquellos intelectuales que acogieron una tecnología nueva captando sus posibilidades para amplificar sus esfuerzos. Donde muchos vieron en el nuevo libro impreso un peligro, otros creyeron ver nuevas posibilidades.

La revolución tecnológica que hoy contemplamos en sus inicios no es, desde mi punto de vista, algo que atente contra la idea de Cultura que hemos considerado hasta el momento como valiosa. En la medida en que una parte importante de esa revolución se centra en las tecnologías de las comunicaciones, entiendo que será positiva. No puede hablarse de Cultura sin tener en cuenta su dimensión comunicativa. La Cultura solo puede nacer de la comunicación misma, ya que supone la puesta en contacto de los que la comparten. Extender la Cultura es compartir la Cultura; extender la Cultura es hacerla llegar lo más lejos posible, abriéndola a todos los lugares y personas a los que pueda interesar. También es crear la condiciones para que ese interés se produzca y, en última instancia disponer de las herramientas para difundirla. Todos estos factores se relacionan entremezclándose para producir un sistema cultural

No tengo un concepto elitista de la Cultura; no creo que la Cultura deba ser algo que se deba proteger de la mirada de nadie. Permítanme que les cite unas palabras cargadas de ese humanismo, de esa intención que estoy intentando traer hoy aquí. Son de Séneca y las dirigió en una misiva a Lucilio:

En cuanto a mí, deseo comunicarte a ti todo; precisamente me complazco en aprender algo a fin de enseñártelo; ni doctrina alguna me deleitaría, por más excelente y saludable que fuese, si tuviera que conocerla solamente yo. Si la sabiduría se me otorgase bajo esta condición, de mantenerla oculta y no divulgarla, la rechazaría: sin compañía no es grata la posesión de bien alguno (Séneca. Libro I, Epíst. 6)

No creo que pueda encontrarse una consideración más sincera del profundo vínculo que significa la Cultura y su poder hermanador. Séneca está dispuesto a renunciar al bien que no puede compartir, porque, precisamente, lo hace suyo para poder comunicarlo. No le guía el deseo de la erudición, ni el deseo egoísta de situarse por encima de los demás. En su humildad ejemplar, Séneca aprende para enseñar y enseña para poder seguir aprendiendo. Sin el otro, nada tiene sentido. Es el otro el que da el sentido. Todo forma parte de una cadena comunicativa. Séneca recibe un legado y debe transmitirlo, compartirlo. Para eso fue inicialmente producido. Solo a través del acto comunicativo adquiere sentido el propio pensamiento; solo a través de la comunicación me justifico.

En una obra reciente, Philippe Breton (Breton 2000) critica con dureza lo que denomina “la utopía de la comunicación”. Bajo este concepto intenta mostrar cómo la comunicación es un valor que puede llegar a no significar nada. Breton analiza el carácter vacío que puede llegar a tener y la hace derivar del pensamiento tecnológico actual, de un modelo cibernético que piensa la comunicación en términos de intercambio informativo entre máquinas. La comunicación se presenta como un valor en sí mismo y se prescinde de cualquier otro elemento.

Tomada de forma absoluta, la idea de Breton puede ser cierta, pero la comunicación es algo más que un intercambio mecánico, es algo más que el hecho de cerrar un circuito de transmisión. La palabras anteriores de Séneca nos sitúan en la dimensión correcta el valor de la comunicación. La comunicación no es un valor en sí mismo, sino una condición necesaria. Sin ella no es posible generar valores porque estos se vuelven estáticos, mueren en su soledad, se ven mermados. ¿Qué valor tiene un libro que no es leído? Queda reducido a materia. Solo está vivo cuando alguien lo hace suyo; solo así podrán ponerse en marcha su valores.

Breton explicaba que la comunicación se había convertido en un valor en sí misma porque todos los demás valores se habían relativizado o desaparecido. Desaparecidos los valores, solo quedaría el elemento que supone el simple contacto. Desparecido el diálogo, quedaría la charla intrascendente, vacía.

Es cierto que hoy nos encontramos en un mundo en el que predomina el parloteo, la cháchara insustancial y hueca. Es cierto que el gran poder de los medios de comunicación ha creado un espacio en el que la información constante no es garantía de una mayor densidad comunicativa, pero todo esto no anula el potencial de que disponemos hoy para reinstaurar valores que doten de sentido al acto comunicativo central en la construcción de la Cultura.

Creo que hoy disponemos de una gran oportunidad y, a la vez, de una gran responsabilidad. Vuelvo al campo inicial de la Ciencia para poner un ejemplo. Desde hace algunas décadas una parte importante de la comunidad científica ha comprendido que la Ciencia no podía ser un elemento aislado, un valor en sí mismo, sino que tenía la obligación, dado que es una actividad que afecta directa o indirectamente a la sociedad, de hacer partícipe a la sociedad misma de su conocimiento. La finalidad no es la divulgación por la divulgación, sino más bien el hacer conscientes a todos de que la responsabilidad sobre el desarrollo científico no es de un grupo o comunidad específica. Lo es de toda la sociedad. El científico realiza su trabajo, pero este no es algo aislado, irresponsable, sino una actividad en la sociedad y para la sociedad.

Como comunidad de personas que actúan en el campo de las humanidades, nuestra responsabilidad no es menor. Somos los encargados de velar por una parte del depósito almacenado por los siglos en nuestras sociedades. No somos los guardianes del templo; debemos ser las personas encargadas de que la gente llegue a todo ese mundo de textos que pueden serles de gran utilidad para su desarrollo personal y social.

Corremos el riesgo, ante la marea de futilidad que nos anega, de encerrarnos orgullosos en nuestra sabiduría y olvidarnos de nuestra finalidad real: hacer que todo eso llegue al mayor número de personas posible. Es en este sentido en el que la Tecnología puede ayudarnos de la misma forma que ayudó en otras épocas.

Un parte importante del desarrollo tecnológico reciente se basa en las comunicaciones. Hablamos hoy de una naciente Sociedad de la Información, que yo prefiero llamar Sociedad de la Comunicación, una sociedad en la que se han desarrollado poderosas herramientas que ponen en contacto a los seres humanos con una extensión e intensidad desconocida.

Desde mi punto de vista, son herramientas que pueden ayudarnos a llevar adelante ese proyecto humanista del que venimos hablando. En el fondo, nuestra necesidades son modestas. Recordemos las sencillas palabras de Séneca: “deseo comunicarte a ti todo”. Podemos hacerlas nuestras: deseamos comunicarnos con los otros para compartir, para poder establecer el diálogo necesario, para que se pueda crear el espacio cultural que surge del intercambio.

A diferencia de los grandes medios de comunicación de masas que se extiende homogeneizando, que buscan compactar el gusto y las ideas, lo que se está desarrollando hoy en día en una serie de micro media, de medios que poseen el alcance de los medios de masas e incluso los superan, pero que, a la vez, posibilitan formas de contacto similares a los medios más personales.

Como tecnología de las comunicaciones no es más que un vehículo, un continente, a la espera de ser cargado con los elementos más diversos. Lo que estas tecnologías han hecho es favorecer las posibilidades de establecer contactos, las posibilidades de transporte. En la medida en que son tecnologías informativas, son especialmente útiles para transportar todo aquello que el lenguaje acoge: nuestro mundo, el de los textos, el de los discursos, el de las ideas.

Uno de los primeros artículos que recogí de las redes fue el de una profesora holandesa en el que se exponía la idea de que la primera Internet fue la red de monasterios medievales. Los monjes recorrían el mundo conocido, de un monasterio en otro, a la busca de manuscritos para copiar. Regresaban con su tesoro textual después de recorrer cientos o miles de kilómetros. Le llevaba su fe y su deseo de recuperar algo que consideraban valioso.

Para nosotros esta nueva red es también un elemento valioso al menos en tres sentidos. En primer lugar, nos permite recuperar y acceder a una gran cantidad de material textual. El viejo sueño de la biblioteca de Alejandría será digital. Esto debemos contemplarlo no solo desde nuestra perspectiva, sino desde la de millones de personas a las que se le abre también un mundo

En segundo lugar, nos permite permanecer unidos, crear nuestras propias redes de comunicación. A la red física, a la tecnológica, se tiene que superponer la red intelectual. La base de la red es la cooperación. Para que la comunicación no sea un hecho vacío, como advertía Philippe Breton, tiene que dotarse de contenido para llenarse de sentido, y en nuestro caso esto significa la realización de proyectos, el desarrollo de foros, espacios de diálogo, puntos de encuentro.

En tercer lugar y en consonancia con lo anterior, la tecnología es un estímulo para nuestro trabajo. En un mundo mercantilizado y que prefiere la banalidad, estas tecnologías dan la autonomía necesaria para que la producción intelectual pueda crearse sus propios circuitos de distribución.

No piensen que estoy haciendo un discurso tecnófilo. Al contrario, trato de que esa tecnología que hoy está a nuestra disposición se convierta en una herramienta útil para lo auténticamente importante: eliminar las barreras que se han ido levantando a nuestro alrededor. Creo que nuestro trabajo es hoy muy necesario dada la evolución de la sociedad. Creo que hoy más que nunca es necesario que las ideas circulen para que lleguen lo más lejos posible y cualquier cosa que nos ayude a conseguir este objetivo debe ser evaluada positivamente. No podemos permitirnos el lujo de desaprovechar esta ocasión; sería irresponsable por nuestra parte y por la de una sociedad cada vez más necesitada de referentes valiosos.

No puedo dejar de referirme en este espacio a lo que supone para nosotros, los que compartimos una misma lengua. Hace apenas unos años era frecuente escuchar que la Internet era un espacio de convergencia del inglés. Su futuro y el de cualquiera que tuviera la pretensión de hacer algo pasaba por abandonar su idioma y acogerse al idioma inglés. Hoy hemos podido constatar que esto no es cierto. Ni tampoco deseable.

Para los que hablamos la misma lengua es una oportunidad de crear proyectos, de abrir diálogos, de compartir saberes... como nunca habíamos tenido. Mi experiencia personal en este terreno es que la Red permite abrir y mantener el contacto permanente y que de este es de donde pueden salir muchas cosas enriquecedoras para todos los que participan.

Séneca escribió en otras de sus cartas a Lucilio: “(...) las mejores cosas son patrimonio común” (Libro I, Epist. 12). Hoy en día, ese patrimonio común puede verse agrandado y fortalecido gracias a la comunicación que las redes permiten. Nosotros, los que estamos repartidos por toda una amplia geografía y mantenemos un vínculo a través de las palabras, podemos aprender mucho y enseñar mucho si sabemos aprovecharlo.

1 opinión


Descubrí al profesor romero con motivo de un comentario que realizó a un texto de inger enkvist. Sin duda, un hecho de suerte para mi porque me pone en contacto con el pensamiento extraordinariamente lúcido y claro de este autor a quien seguiré avidamente en el futuro. Comparto todo cuanto expresa y sobre todo, lo que quizá sea el corolario de su exposición: el valor de la tecnología actual para el despliegue total del humanismo. No es extraño que la dimensión extraordinaria que la tecnología expresa mediante la creación de la red produzca cierta ¨angustia cultural¨(al decir de m. Mcluhan), este inimaginado instrumento nos enfrenta a nosotros mismos y a nuestras posibilidades y talentos; cada vez tenemos menos excusas... Alberto acera
sociólogo y docente
la plata, provincia de buenos aires
rep. Argentina.

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Monografía de Joaquín Mª Aguirre Romero. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero19/humanism.html CopyLeft
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