Ciencia, Humanismo, Humanidades y Tecnología - Necesidad de un nuevo Humanismo

3 - Necesidad de un nuevo Humanismo

Monografía creado por Joaquín Mª Aguirre Romero. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero19/humanism.html
07 de Septiembre de 2006

Estos cambios profundos necesitan también de un cambio en el concepto de Humanismo y en el papel de los que trabajan en este campo. Es fundamental que logremos dotar de sentido este término, que sepamos qué compromiso adquirimos al utilizarlo y, en última instancia, cuál debe ser nuestro objetivo, no sea que este se convierta en un concepto vacío y, por ende, en una actividad vacía.

No quiero entender el Humanismo y la tradición humanista como una invención o recreación cultural del pasado, sino como una apertura a nuevas situaciones, a nuevos espacios que se abrían ante los hombres. No quiero pensarlo como un compromiso con los tiempos antiguos, sino como un compromiso con su propio tiempo. Prefiero considerar el Humanismo más como un impulso que como un depósito, más como una energía que como un cúmulo de conocimientos eruditos.

Me interesa considerarlo como un compromiso porque, entiendo, es la parte que nos muestra que la recuperación y reinterpretación del mundo antiguo que supuso tenía como principal finalidad dar respuestas a los seres humanos que estaban inmersos en una crisis profunda, en una época de cambio. Su investigación, su adquisición de conocimientos no tenía solo como finalidad la erudición, sino encontrar respuestas vivas.

Si el momento histórico que concebimos como el Renacimiento se hubiera limitado a sacar a la luz el pasado lejano, se hubiera producido un bloqueo, un estancamiento, y lo que sucedió fue justo lo contrario, una explosión de las artes y de las ciencias, una apertura general del conocimiento. El Renacimiento es ante todo el renacimiento de la inquietud. Esta solo surge cuando las respuestas dejan de funcionar, cuando nos sacudimos la costumbre y descubrimos que el mundo está lleno de interrogantes. En este sentido, nos emparentamos con la situación que se vivió en aquella época: las respuestas dejaron de funcionar y las preguntas sin respuesta se acumulaban. Solo así es posible explicar el rápido desarrollo, el impulso nervioso que llevó a la apertura de campos nuevos.

Nuestro nuevo Humanismo debe ser el que construye sobre el legado para lanzarse a encontrar sus propias respuestas. No es cierto que “no haya nada nuevo bajo el Sol”. Nuestro nuevo Humanismo no puede tener vocación de museo, sino precisamente de lo contrario, el compromiso de vaciar los museos para hacer que las piezas almacenadas salgan a la luz de ese Sol que las renueve haciéndolas útiles.

Como humanistas, el pasado no puede ser para nosotros un lastre, un peso insoportable que nos desconecte del presente. La belleza o la sabiduría acumuladas durante siglos, que constituyen nuestro tesoro y nuestro campo de trabajo, no serán valiosas porque los sometamos a una especie de adoración permanente, sino porque demostremos que son capaces de ofrecer algo a los seres que las contemplan.

Hace dos siglos y medio comenzó un doble proceso de aislamiento y encumbramiento del Arte en todas sus facetas. El Arte se separó de otros elementos para lograr su autonomía. De todos los aspectos que conforman la actividad humana, solo para el Arte se reivindicaba la inutilidad como un valor. La utilidad era el valor ascendente en aquel momento, el que reivindicaba el orden social construido por la burguesía. El Arte era lo inútilmente bello, la negación de la utilidad, considerada como una servidumbre mancilladora. El Arte y los artistas, según esta formulación, solo se debían a su Arte y se sacrificaban en aras de la Belleza misma, como la mariposa del poema baudelariano, bendiciendo el nombre de la llama en la que ardía. El final de este proceso, el paso de una cultura de elite a una de masas, es lo que tenemos hoy: una cultura consumista y relativista, carente en gran medida de capacidad de argumentación sobre los valores que la sostienen, en la que parecen no existir espacios entre el pragmatismo y utilitarismo más absolutos y el entretenimiento banal.

Estos fenómenos culturales han sido estudiados desde múltiples puntos de vista. Me interesa resaltar, por moverse en nuestro terreno, la obra de Alvin Kernan La muerte de la literatura porque no va en su búsqueda de responsabilidades por esta situación más allá de nosotros mismos. La idea de Kernan es que la Literatura misma, a través de los que la mantienen en todos sus niveles, tiene una gran responsabilidad en este proceso. Creo que Kernan tiene parte de razón en muchos de sus puntos de vista y, sobre todo, que si hay una parte del problema de la situación que vivimos que depende de nosotros, también estará en nosotros su corrección. Creo que existen también otros factores generales que nos han llevado a esta situación.

Desde el siglo XIX se ha ido produciendo un lento pero inexorable movimiento en detrimento de lo individual y a favor de lo colectivo. No solo es que las sociedades se hayan convertido en colectividades, sino que estas pasan a ser entidades contempladas no como conjuntos de individuos, sino como individualidades en sí mismas, es decir, como algo programable para determinados fines. Es más bien la idea de algo que debe funcionar dirigido y organizado.

Esto es algo que podemos apreciar muy bien en el campo de la investigación. El “conocimiento” hoy es información almacenada para su recuperación y aprovechamiento posterior. El conocimiento, tal como se entiende, es una producción fragmentaria cuya unidad viene determinada por su enajenación del ser humano como individualidad. Nuestras investigaciones, las de todos los campos, no son más que breves líneas que se van añadiendo a un depósito común para ir componiendo el texto complejo de lo que sabemos.

Esta circunstancia tiene graves implicaciones para el desarrollo social e individual. Implica que el conocimiento al que cada uno podemos aspirar no es más que una pequeña gota a la que muchas veces apenas se le encuentra sentido, pues se encuentra desconectado del conjunto. Es como si cada uno de nosotros solo fuéramos fabricantes de una pieza del puzzle del conocimiento y nos estuviera vedada la contemplación de la imagen resultante de juntar todas las piezas. Nos falta distancia para poder percibir las formas resultantes. Esta concepción de la producción del conocimiento es la que necesita de la especialización de los investigadores. Hoy todos somos pequeñas piezas, partes de un engranaje.

Este modelo proviene del campo de las ciencias tradicionales, campos en los que el trabajo investigador tiene otros condicionantes y otros métodos. En esos campos las personas forman partes de grupos, con tareas programadas, que a su vez forman parte de proyectos más amplios, que a su vez forman parte de otros. Así, se van juntando los resultados de los objetivos parciales hasta alcanzar el resultado total. Cada uno investiga parcialmente y cada uno produce parcialmente.

El conocimiento en el campo de la Humanidades se ha visto afectado por este tipo de planteamiento, que se ha ido incorporando poco a poco a nuestra mentalidad y a nuestras formas de trabajo. Entiendo que una parte importante de la denominada crisis de la Humanidades proviene de este hecho, de la fragmentación.

Por algunos de los aspectos que hemos tratado anteriormente y algunos que podríamos añadir, el Humanismo y las Humanidades se resienten de estos planteamientos. Como búsqueda de un saber que se encarna en el ser humano mismo, los saberes que produce no tienen sentido fuera de él. El objetivo final del Humanismo no es la objetivación del conocimiento sino lo contrario, su interiorización. Para que este hecho se produzca los conocimientos parciales no pueden producir más que interiorizaciones incompletas, es decir, seres humanos fragmentarios. El Humanismo puede trabajar con unidades superiores al ser individual, pero no puede prescindir de él. En nuestro campo no tienen sentido unidades genéricas o abstractas de conocimiento; nuestro fin es siempre la persona. Ese es nuestro objetivo: formarnos como personas y formar personas. Como ideal individual, el conocimiento fragmentario o especializado nos limita a no poder responder a preguntas que son siempre globales, abarcadoras de todas nuestras dimensiones; como ideal social, nuestro objetivo debe ser abrir a los demás a esas mismas preguntas o a otras.

El proyecto humanista en sí -y con él el de las Humanidades- se resiente desde el momento en el que renuncia a la integridad de la formación y a la totalidad como objetivo. Tampoco debemos ser ingenuos. Tenemos el ejemplo literario de Fausto que, llegado al final de su vida, apenas había logrado arañar la superficie del saber. Pero saber que apenas se sabe también es importante, especialmente cuando, hoy en día, el saber es un valor aplicado. Pero lo importante es, precisamente, el componente de reto que el proyecto humanístico debe tener. La Ciencia ha renunciado a la obtención de respuestas definitivas, pero no por ello renuncia a su proyecto; el Humanismo debe asumir ese mismo objetivo, que es el objetivo formativo que la tradición de casi todas las culturas reconoce: el mérito del caminar, el valor de no pararse, siempre intentar comprender.

Las sociedades que estamos generando han renunciado a la comprensión porque carecen de preguntas y las preguntas son los hitos del camino. La función básica de la Literatura no es entretener; es dejar registro de las preguntas y las respuestas. El proceso de sintonía que los lectores establecen con los textos pasa por esa identificación inquiridora que supone un mismo estado de perplejidad ante el mundo. Las obras que nos seducen son las que formalizan las preguntas que llevamos dentro. Pero en un mundo sin preguntas, es difícil que le reconozcamos más el valor que el de matar el tiempo, terrible y descriptiva expresión, ya que es el tiempo, el poco del que disponemos, el que nos permite avanzar.

1 opinión


Descubrí al profesor romero con motivo de un comentario que realizó a un texto de inger enkvist. Sin duda, un hecho de suerte para mi porque me pone en contacto con el pensamiento extraordinariamente lúcido y claro de este autor a quien seguiré avidamente en el futuro. Comparto todo cuanto expresa y sobre todo, lo que quizá sea el corolario de su exposición: el valor de la tecnología actual para el despliegue total del humanismo. No es extraño que la dimensión extraordinaria que la tecnología expresa mediante la creación de la red produzca cierta ¨angustia cultural¨(al decir de m. Mcluhan), este inimaginado instrumento nos enfrenta a nosotros mismos y a nuestras posibilidades y talentos; cada vez tenemos menos excusas... Alberto acera
sociólogo y docente
la plata, provincia de buenos aires
rep. Argentina.

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