Aún considerando que María llena eres de gracia es la primera producción norteamericana hablada por completo en una lengua distinta al inglés, ninguna de las siguientes tres películas es una realización cien por ciento colombiana. No es posible hablar entonces de una industria cinematográfica sólida en el país. La razón de esta carencia no radica sin embargo en la tímida producción sino en la calidad de las realizaciones, de sus guiones. El futuro es prometedor si se repara en esfuerzos como Karma, de Orlando Pardo. En una hija a la deriva de la mano de la droga, manipulada por una madre liberal traidora y un padre conservador decepcionado por su hijo ambicioso. Es notorio el trabajo de mesa que tuvo el guión; algo que en producciones faranduleras, influidas por la ingerencia de la televisión, no aparece. Este artículo no abordará entonces ese tipo de realizaciones.
"LA GLORIA ES UNA ESTATUA QUE CAGAN LAS PALOMAS"
El único guión colombiano es el de La virgen de los sicarios, realizado por Fernando Vallejo, autor de la novela homónima. Su adaptación es impecable; respeta la intención artística de la novela: Colombia es un país que no ofrece oportunidades de vida ni de conciliación. Su protagonista, el Vallejo ficcional sopesa el pasado con el presente de una manera tan irónica como irreverente. El saldo es la imposibilidad de acceder a una vida llena de Eros en medio de una sociedad caótica. La ley del Talión hace que se 'viva' sólo a través de un acto de fe. En reiteradas ocasiones, el protagonista afirma que vino al país a morir, no es una exageración. Sus dos relaciones eróticas se dan en medio de visitas a las iglesias de Medellín. Se trata de un viaje dantesco que le permite contrastar la excelsa vida que tuvo de niño con la moribunda existencia que se sufre en el presente. Todo cambia porque hasta las piedras se mueven, afirma ante el símbolo del nacimiento de la patria: la estatua de Simón Bolívar. Este icono asociado a la Iglesia constituye la base de aquello que pretende criticar, una sociedad anquilosada en una ideología feudal. La fila de indigentes que reciben un pastel en medio de la calle, recuerdan el sacramento de la Comunión; común unión con el Todo, entre hermanos. Es la más alta ironía, el resultado de una patria libertada para la muerte. Muerte que brota de detrás de cada esquina, que ronda las iglesias a través de vendedores de psicotrópicos haciendo que el feligrés viva en medio de una realidad opiácea. La síntesis entre la gloria de un país democrático, libertado para la muerte y un presente a la sombra de la hoz de la Parca sólo puede terminar en el cierre desconsolado de las cortinas del apartamento de Fernando, la imposibilidad de acceder a la luz. El mensaje de Vallejo fue bien entendido por el director Barbet Schroeder. En las imágenes de alucinación del Vallejo ficcional aparecen los atolones de Mururoa, sitio sobre el que fue sembrada la muerte. Si se trata de una analogía, ¿dónde y cuándo fue sembrada la muerte en Colombia? La respuesta está dada en parte, con el nacimiento de la nación, con el régimen castrante del dogma eclesiástico. La otra parte aparece en el lenguaje del colombiano promedio. La forma de interacción común está relacionada con el orden sexual, con la imposibilidad de conciliarse o de interactuar, pues sólo es posible simbólicamente a través de la enfermedad y de manera enferma. En la escena del metro de Medellín, antes del tiroteo, el protagonista reflexiona sobre el lenguaje de sus interlocutores, pues ha sido ofendido con el término popular para la blenorragia "gonorrea". Aquí el lenguaje, la lengua es expuesta como un órgano social y enfermo. Un padecimiento que refleja la particular forma de relacionarse con el otro. Inmerso en el mundo de su amante sicario, el mundo del país, Vallejo pronuncia detenida y reiteradamente esta palabra al momento de su intento de suicidio, tras matar a un perro moribundo: "Dios no existe, y si existe es una gonorrea". Reacuérdese que fue el mismo Fernando Vallejo quien pronunció la célebre frase: "El amor es la blenorragia del alma".
"MARÍA LLENA ERES DE GRACIA..." EL SEÑOR NO ES CONTIGO
En el guión escrito por el norteamericano Joshua Marston aparece de nuevo el aspecto religioso. Y de nuevo la idea del futuro negado es el leitmotiv en la figura de una criatura a punto de nacer en un país que no es el suyo, decisión que ha tomado conscientemente su madre. ¿Por qué esta decisión en una cultura que honra la patria como un dios, un padre? Más que el desempleo, el aburrimiento de un pueblo sin oportunidades de realización o la desazón de vivir en una familia explotadora, la razón por la que María se auto exilia en los Estados Unidos es la falta de un padre, para sí, y para su hijo. Esta carencia es la razón que la lleva a atentar contra su vida y la de su hijo nonato. Circunstancia que parece de ficción, pero que es superada por la realidad de los correos humanos kamikaze. Lo impactante del guión es precisamente la actitud suicida de una mujer joven, futura madre que representa al 90% de la sociedad colombiana: una sociedad que se ve abocada a pasar por encima de su estima, de su amor propio por una vida mejor, por un futuro, al menos. El responsable de esa situación no es ni el narcotráfico, ni la guerrilla, ni el ímpetu juvenil azuzado por la televisión, no. En la película se ve claramente que es la falta de empleo y aparece el responsable representado en las parejas de María. El novio de la protagonista es un niño que juega al ocio en el parque del pueblo, que tampoco tiene empleo ni posibilidades y que no obstante gracias a su estructura social hace frente al embarazo que el causó diciendo que él responde. Se trata de un muchacho que es incapaz de subir a una construcción que se encuentra en obra negra y desde la cual María quiere ver el mundo de otra forma. No sólo no la acompaña sino que la abandona cobardemente. Es la representación del orden patriarcal, de su fracaso al frente del estado. Esta mujer se encuentra con otro muchacho, el de la vida fácil que vive a expensas de la mujer. Y termina sirviendo a otro orden paternal, el del narcotráfico.
La contraparte, es decir, la mujer, es el eje de la narración en la medida en que saca adelante el futuro a expensas de un orden ineficaz. Al llegar a Estados Unidos, María se encuentra con ella misma de manera proyectada. Se trata de una mujer mayor, embarazada, con una vida plena a pesar de residir en un país que no es el suyo. Ella le comenta la alegría que vivió cuando pudo enviar por primera vez un giro a su familia. En Colombia, las agencias de encomiendas y las casas de cambio tuvieron un periodo de alta utilidad en los últimos diez años. Las aerolíneas internacionales han hecho su agosto ampliando itinerarios a países en donde la mano de obra barata de los colombianos es mundialmente apetecida. Para el espectador no hay duda de que en el extranjero, María y su hijo tendrán un mejor futuro.
"MATAR ES MÁS FÁCIL QUE AMAR: RES-PE-TO".
La Madre protectora del feligrés colombiano no sólo es quien intercede ante Dios por el perdón de los pecados, sino que es la auxiliadora de los cristianos al momento de la muerte. Ha sufrido sin embargo una resemantización, un cambio de sentido que abordan novelas y realizaciones cinematográficas como La virgen de los sicarios y Rosario tijeras: la albacea y madrina de los asesinos. Las tijeras, una herramienta de trabajo, pasan a ser un arma homicida, ¿por qué? Lo aberrante no es que María Auxiliadora proteja a los asesinos, que les de la puntería necesaria para perpetrar el crimen o la existencia de jóvenes asesinos a sueldo, sino que haya un sector de alta extracción social que ha asistido a Harvard y que financia el sicariato en Colombia.
De la misma manera como nacieron los grupos paramilitares y las guerrillas (grupos financiados clandestinamente por los partidos para acabar con su rival y quedarse con sus tierras) nació el sicariato. Las oleadas de desplazados que conformaron los cinturones de miseria en las ciudades metropolitanas dieron luz a grupos de muchachos caracterizados por una patología psicosocial. Al llegar a la adolescencia sin la presencia de un padre, los muchachos vieron el camino libre para ir más allá de la adoración materna. Asesinan en su gran mayoría para acabar con el fantasma del incesto, se matan matando al otro y con la paga regalan a su madre. Los pequeños hermanos y vecinos ven a diario esta dinámica explotada por sectores de poder. Lo novedoso de la trama de Jorge Franco es la figura de una mujer: Rosario. Sin embargo, la novela no va más allá de este hecho, pues se regodea en una historia de amor. El guión de Marcelo Figueras dice aquello que la novela ni siquiera aborda: el abuso sexual infantil. Más de 13.600 casos de violencia sexual al año (sólo en menores de edad) son la base de una sociedad colombiana enferma. El otro aspecto que el guión aborda es la figura de los altos capos extranjeros y nacionales. Son el cáncer que corroe una sociedad de jóvenes que aparte de padecer forclusión en su mayoría, carecen de oportunidades de educación y empleo. Son carne de cañón de propios y foráneos y la obsesión violenta de Rosario. Ella ha sido vendida por sus amigos, por su propia madre, por la sociedad colombiana. Sus relaciones amatorias sólo pueden ser thanáticas, pues son la expresión de la imposibilidad de conciliar un Estado excluyente con un sector al que consideran "la piedra en el zapato", preguntándose de manera ingenua por qué no desaparecieron con la extinción de Pablo Escobar.
Pocos guionistas colombianos han representado de manera artística la realidad colombiana. Hay tres razones para ello en la actualidad. La falta de preparación profesional, el temor de los productores al fracaso de la inversión y la ingerencia de las grandes empresas televisivas en las producciones. Así las cosas, pasará mucho tiempo antes que las palmas dejen de ser reconocimientos eventuales.