1. Acontecimientos políticos.
La división de Italia en ciudades-estados y pequeñas señorías tiende a desaparecer, porque son absorbidas en los Estados regionales de régimen principesco u oligárquico. Emergen en el panorama político las ciudades de Venecia, Florencia y Génova. El Piemonte está bajo la influencia de Francia. Los Estados Pontificios adolecen gravemente de las consecuencias de los cismas. El reino de Nápoles junto con Cerdeña caen bajo la influencia de la Corona Aragonesa. Sin embargo, el sentimiento de rivalidad entre los estados es tan fuerte que no permiten reaccionar en común cuando las coronas de Francia y España vendrán con pretextos dinásticos a empadronarse de tierras italianas y a dirimir en la península italiana sus propias disputas.
2. Vida cultural.
El entusiasmo por el Humanismo, que se desenvuelve principalmente desde Florencia, se enciende por toda Italia. Se mira al descubrimiento del mundo clásico y tal reconquista es, al mismo tiempo, causa y efecto de una renovada fe en las fuerzas humanas y en su capacidad de construir una convivencia civil y un nuevo sentimiento sobre la importancia del hombre en el mundo. El término humanismo es adoptado de la expresión ciceroniana studia humanitatis, con la que los intelectuales de este siglo bautizaron sus investigaciones filológicas, su esfuerzo en reconstruir e interpretar correctamente los textos antiguos y a encontrar lo que de humano y de verdadero hay en ellos, con el fin de penetrar más adentro en los problemas del hombre y contribuir a su formación moral. La expresión studia humanitatis, por lo tanto, es entendida como el conjunto de disciplinas literarias y filosóficas capaces de expresar plenamente las facultades espirituales del hombre. Lo que caracteriza el espíritu de toda la educación humanística es la exigencia en la formación del hombre de forma integral, buen ciudadano y, si es preciso, buen soldado, pero, al mismo tiempo, hombre culto, hombre de gusto que sabe gozar la belleza y sabe degustar la vida. El sentimiento de los bienes terrenales se hace ahora más vivo, se tiene una mayor conciencia del valor de la personalidad humana: el hombre es considerado no como una de las cosas creadas, sino como lo más bello e importante que ha creado Dios, y por ello ha sido dotado de inteligencia, para que le sea permitido penetrar en la realidad que Dios le ha puesto alrededor. A partir de aquí aparece una exaltación orgullosa del ingenio humano, de la inteligencia del hombre en particular que obra en el mundo que Dios ha creado, pero que él ha enriquecido y perfeccionado con su propio trabajo. El reino humano es, por tanto, el reino del trabajo humano, y el hombre es el árbitro de los acontecimientos de la historia, pero no por esto se debe creer que los hombres de la nueva época nieguen a Dios. El Humanismo se contrapone al rigor ascético de la Edad Medieval, no al Cristianismo. Los humanistas sienten la necesidad de una religiosidad más íntima y de una moral no catequística, sino que busque la libertad de su espíritu. El Quattrocento, en conclusión, inicia el distanciamiento de la filosofía de la teología y la autonomía de la ciencia, de la historia, de la política y del arte.
La introducción en Italia de la prensa es quizás el más admirable fruto del Humanismo. Mientras que el libro es manuscrito, está destinado a una o a poquísimas personas, pero cuando los editores comienzan a producir cientos de ejemplares para la imprenta, se preocupan de ser comprendidos por su público, y piensan en presentar los libros con un aspecto gramatical correcto y coherente, y con palabras ampliamente inteligibles. Ésta es la vía por la que la industria del libro promocionó fuertemente la aceptación de una norma común, ya sea en la gramática como en el léxico, contribuyendo a una mayor estabilidad y uniformidad de la lengua. No obstante, los libros escritos en latín continúan siendo mucho más numerosos que los que se escriben en lengua vulgar.
3. La literatura en el Quattrocento.
El entusiasmo por el estudio de los clásicos se refleja en una producción literaria erudita y crítica. Cada manuscrito es leído, copiado y contrastado con otros ejemplares para encontrar la lección más exacta y cercana al texto original. Los humanistas ponen todo tipo de cuidado en el estudio de la palabra y del lenguaje. Resurge así la filología, el estudio intenso para devolver a las voces antiguas toda su pureza. Con el romano Lorenzo Valla se introduce un método basado en una consideración crítica e histórica de la lengua latina; sus obras deben entenderse con la finalidad de liberar el latín de toda impureza medieval.
El amor por los clásicos arrastra a los estudiosos a la imitación. Los humanistas, considerando a los antiguos como creadores de modelos perfectos, defienden que no les queda a ellos más que proseguir el camino ya señalado e intentar acercarse lo más posible a la perfección. Además de las traducciones e imitaciones, merecen particular atención los estudios históricos y epistolográficos.
Entusiasmados por el estudio de los clásicos, los humanistas desprecian la lengua vulgar. La literatura en vulgar se desarrolla junto a los escritos en latín, repitiendo formas, temas, motivos desarrollados en el siglo anterior. Aparecen imitadores de Petrarca y también de Boccaccio, como Masuccio Salernitano. Conviene destacar, no obstante, autores importantes en lengua vulgar del Quattrocento como son: Lorenzo dei Medici, Angelo Poliziano, Luigi Pulci, Matteo Maria Boiardo, el susodicho Masuccio Salernitano y, sobre todo, Jacopo Sannazaro.